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sábado, 5 de octubre de 2013

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, San Juan de Luz, agosto 1924




A Gonzalo Zaldumbide
Hoy a las once y media
San Juan de Luz. Agosto 1924

Querido Gonzalo: como al llegar aquí esta tarde recibí tu carta, ahora, sin poder leer ya más, porque el Seducteur tiene el don de ponerme a llorar dulzura y de nostalgia, desvelada como estoy, resuelvo contestar tu carta, no al pliego de adentro, sino a la impresión del sobre entre mis manos.

Te escribo con lápiz aunque me hayas dado tu pluma de oro. Quisiera hacerte sentir este momento mío tan hondo y tan lleno de regrets. Me dijiste el otro día que era incapaz de sentir ternura, y desde la muerte de mi pobre Emilia que era para mí todo un mar de cariño no hago sino pedir limosna de ternura y en estas horas de la noche, en mi cama, tan inhospitalaria, busco los mendrugos recogidos y se me vuelven todos, todos esos regrets de que te hablo que se me suben a los ojos y me ruedan por las mejillas. ¿Pero, qué te importa a ti nada de esto? Leerás estas palabras con tu mirada ausente hundida en su más allá, y no las comprenderás, dirás tal vez como Hamilcar: «escribe signos que no tienen sentido». Bien, entretanto sigo yo con mis regrets a cuestas y tan, tan solita dentro de mi alma. Tú no estás en ella, te puse en una silla para que te sentaras y hace ya varios días que ni siquiera la silla veo. Siento el más profundo desprecio por esa cosa que llaman amor, que es brutal y salvaje como los toros del domingo, con los pobres caballos destrozados. No quiero sino ternura, eso que tú crees que yo no conozco y en lo cual soy maestra especialista imposible de equivocarse ni engañar.

Isabelita y María se fueron a Pérgola, Mamá duerme y yo pienso sin cesar en esta historia nuestra que no comprendo todavía. Tengo en general como diría María, miedo a ti y horror a los demás hombres, ¡ah si supieras quererme con alma de mujer! Me bastaría con el alma y prescindiría del cuerpo. No te rías ni pienses en el cuento de la petite différence, porque una cosa y otra serían muy contrarias a mi estado de alma desencantada y triste, ¡triste! ¡triste!

Estoy furiosa con la Compañía Trasatlántica y tengo en general como volvería a decir María, unas ganas infinitas de morirme... se alegraría muchísimo y tú no te molestarías siquiera en ponerme este epitafio: «cantó mientras esperaba»... ¡Ya tenemos aquí quince días! Bonsoir, 

Gonzalo, duerme bastante, y recuérdate mañana con tu agua de rosa ¿tendrás quizás algunos dedos que te la pasen sobre los ojos?

¡Quién sabe!

Teresa

Carta de Teresa de la Parra a don Miguel de Unamuno, julio de 1925




A don Miguel de Unamuno

Es a usted, mi estimado amigo y maestro, a quien debo, más que a nadie, la satisfacción íntima y serena, depurada de toda vanidad, de haber escrito un libro.

Cuando lo conocí y le dediqué mi novela en el almuerzo literario de hace algunas semanas, pensé que no iba usted a leer ni una de sus 520 páginas. Es verdad que con acento austero y patriarcal de abuelo vasco, había demostrado interesarse muy vivamente por su raza española de más allá del mar. Habló de ella con pasión, como si hablara de su propia ascendencia, «verdadera resurrección de la carne» explicó usted. Pero también es cierto que luego, con el mismo acento austero de abuelo vasco, y con aire además muy despectivo, habló de las personas superficiales, de las mujeres cuya única ocupación es el vestir, y de todos aquellos que confunden lamentablemente el modernismo o moda con la verdadera elegancia: la escultórica, la que reside en el ademán y en el esqueleto, como la del Esopo de Velásquez en sus harapos, o como la de Ulises al presentarse desnudo ante Nausícaa. Deduje que mal podía encontrar gracia ante sus ojos una novela, cuyo órgano directo de expresión, como el teclado en un piano, era casi todo el tiempo la preocupación de la elegancia, no la escultórica, sino la otra, la de la equivocación lamentable, la del modernismo o moda. Y me fui convencida de que novela y autora habían de parecerles igualmente triviales e indignas de atención.

Grandísima fue mi sorpresa el otro día, cuando al entrar en un recinto oí que hablaba usted de Ifigenia ante numeroso auditorio: ¡Ya estaba leído! ¡Y con lujo de pormenores anotado! La analizaba usted detalle por detalle, sin entusiasmos ni elogios, sino con esa paciente curiosidad con que examina el naturalista un insecto del campo o la flor silvestre que por primera vez ha llamado su atención. Mi presencia no alteró ni un ápice el hilo de su conversación, y siguió detallando el libro como si entre la autora y la recién llegada no existiese el menor lazo común. Yo sentí al instante el milagro del desdoblamiento, me hice también auditorio, y por primera vez, encantada, libre de censura y de elogios directos, sin asomos de vanidad, tuve la sensación noble y reconfortante de «haber escrito».

Quiero darle las gracias por el milagro de desdoblamiento, quiero dárselas por el juicio escrito, pero quiero dárselas sobre todo por estas 4 páginas que recibí anteayer, apretadas notas, hechas con lápiz al calor de la lectura. ¡Cuántas son y qué llenas están de vida!

Los elogios son sobrios, sólo dicen indicando página y párrafo «Bien», «Muy bien» y algunas veces «¡Muy bien!», sin dar razones lo cual es una forma de generosidad, porque mi imaginación puede elegir lo que más le agrade, ¡y en ratos de fecundo optimismo, forjarlas y elegirlas todas!

Las objeciones son mucho menos lacónicas. Como algunas de ellas terminan en un punto de interrogación, me persiguen sin cesar con su voz de pregunta. Yo quisiera acallarlas, pero ellas no se avienen al silencio. Necesito pues contestar algunas de las que tengan a mi entender contestación, o sea defensa, porque hay otras, lo confieso, que al igual de la Esfinge, ¡se quedarán interrogando eternamente!
  
Copio pues las escogidas, bajo el párrafo aludido, y con el número correspondiente de la página tal cual usted lo ha hecho, voy contestando:

Pág. 52 y 53... «tiene para todas las criaturas la dulce piedad fraternal de San Francisco de Asís»... Yo no creo que la piedad de Gregoria fuese precisamente franciscana, ¿o es que se refiere usted entonces a ese San Francisco elegantizado por una leyenda turbia? Me es difícil saber cuál es mi San Francisco, don Miguel ¡he visto pasar tantos! Al primero lo recuerdo entre las nieblas sonrosadas y confusas de mi primera infancia, cuando aún no sabía leer. Lo conocí en una oleografía presidiendo la hospitalidad de cierta casa amiga, sobre el portón cerrado del zaguán o vestíbulo, tal cual acostumbraba hacerse allá en Caracas. Era como el portero complaciente y mudo de aquella casa. Yo solía contemplarlo a mi sabor mientras venían a abrir. Lo representaba la oleografía, abrazando al Crucificado, con los estigmas que despedían cinco rayos y el globo del mundo bajo sus pies. Este primer San Francisco portero, si bien me entretuvo a ratos, no encendió jamás mi cariño ni mi admiración. Tal vez porque mis ojos recién abiertos a la vida juzgaban a las personas según las apariencias, y aquel pobre capuchino de sandalias y cerquillo, tan semejante a cualquier contemporáneo, tan inferior al dulce Crucificado, no podía evocar el prestigio del pasado ni el esplendor augusto del cielo. Desde entonces, han seguido desfilando ante mi vista diversos San Franciscos, en cuadros, esculturas, sermones y versos decadentes, hasta conocerlo por fin, descrito por Jörgensen y por la Pardo Bazán. Estos dos autores despertaron definitivamente mi admiración y mi ternura por el santo tal cual si le hubiera visto en su dulce andar sobre la tierra hablando y sonriendo. ¿Será éste por fin el verdadero?... Confieso que no he leído aún el San Francisco de Sabatier y que no conozco el texto entero de «Las Florecillas». En todo caso, el San Francisco a que aludo en mi novela es aquel suave y descalzo hermano de todo cuanto existe; el que llegó a cantar a «la hermana muerte», el que a fuerza de amar toda pobreza, amó en el Hermano Junípero la miseria fragante de su inteligencia, y el que de haber conocido a mi vieja lavandera, pobre, negra y fea, en vista de la humildad alegre de su espíritu, no hubiese titubeado en llamarla también: «Hermana Gregoria».

Pág. 111... «abuso y soberbia de la inteligencia...» ¿Y qué me dice usted del abuso y soberbia de la tontería?

Pero es que «Tío Pancho» no parangona aquí la inteligencia con la tontería, sino que la parangona con las luces naturales del instinto a los que juzga superiores y mucho más amables. Yo considero que la tontería no es ininteligencia, sino debilidad de inteligencia, con desorden comunicativo en las ideas y gran facilidad de palabra para manifestarlo. Me parece como usted que el tonto es con frecuencia más funesto que el torpe, y creo que ambos son más incómodos que el bruto con lo cual vuelvo a caer en las mismas ideas que expresaba Tío Pancho.

Pág. 113... «La gran armonía del Universo basada en la resignación   —562→   completa de las víctimas...» ¿Y esa resignación no es a veces el divino desprecio hacia el tirano?
-¡Cierto! Yo también pienso que en toda resignación y en todo sacrificio hay un divino desprecio hacia alguien o hacia algo, un divino desprecio inactivo, que no pide venganza ni espera justicia, y que duerme tranquilo con el dulce sueño de la serenidad.

Pág. 47 «...Las monjas acaban por olvidarse de sí mismas a fuerza de no mirarse (bella expresión) en los espejos...» Como uno se olvida de sí mismo, Teresa, desdoblándose y vaciándose, es a fuerza de mirarse en el espejo. ¿El espejo nos da acaso nuestro fondo?
-No. Pero recuerdo que María Eugenia Alonso no hablaba aquí del alma. Hablaba del rostro de la apariencia exterior. Era la belleza física de su amiga Mercedes Galindo, a la que ella aludía. Y de ésa, con sus caprichosas alternativas y dolorosas decadencias, sólo nos habla el espejo, o las espontáneas manifestaciones ajenas que también vienen de otro espejo: los ojos.

Pág. 149. «...la mentira, dulce hermana de paz...» ¿La verdad, entonces, hermana de la guerra?
-¡Sí; sí; yo creo mil veces que sí, aunque usted no lo apruebe! Perdóneme esta insubordinación agravada y aparente cinismo. Pero los que tenemos el espíritu orientado hacia la verdad, no tanto por virtud, como por un natural indolente, distraído o falto de imaginación, conocemos las amarguras de guerras encendidas, por verdades imprudentes que podíamos muy bien haber dejado dormir en la penumbra. Esto desde el punto de vista de egoísmo o conveniencia. Desde otro punto de vista, el de la piedad y altruismo, considero que la verdad, desencadenada en nuestra boca, puede producir heridas tan dolorosas, crueles e inútiles como las que producen fusiles y cañones en tiempo de guerra. Creo en suma, que si al conocimiento de la verdad debemos algunos instantes de exaltada satisfacción, es el de su perpetua ignorancia quien nos concede en cambio el feliz aprecio de nosotros mismos y la cordial consecuencia que de ello resulta: estar siempre de acuerdo con nuestra propia persona y con todas aquellas otras que acompañándonos en la vida nos la siembran de flores, porque también aprendieron a venerar, discreta y bondadosamente, dicha afable ignorancia.

Pág. 259... «¿Por qué no publica usted más versos?»
-Porque sólo he hecho en toda mi vida, a costa de mucho esfuerzo, dos o tres poesías que juzgo bastante mediocres. Yo creo que en el fondo de casi toda poesía lírica, hay un impudor de alma que se desnuda, y el impudor necesita gran pureza de forma, a fin de no exponerse a ser reprochable o a ser cómico.

Pág... «...el único objeto de la fe es la esperanza... La aparente irreligiosidad de la pobre señorita que escribió porque se fastidiaba, es una forma de religiosidad y nada me extrañaría que María Eugenia Alonso acabara en devota, ya que no en mística, y mucho menos en asceta. Su verdadera   —563→   tragedia está expresada allí, en su sed de inmortalidad, si no en el sentido católico y judaico, en el otro en que ya le he hablado: el helénico y platónico. ¿Es por eso por lo que escribió y no por fastidio? ¿Por qué no escribió usted «hastío» que es más castellano y más enérgico?

-El título primitivo de mi novela era: Ifigenia, y como subtítulo: «Diario de una señorita que se aburre». Antes de terminar el libro, se publicaron unos fragmentos encabezados tan sólo con el subtítulo. Debía anunciarse la aparición de los fragmentos, y para ello, antes de remitir mi manuscrito, di el título de viva voz para el anuncio. Publicaron por error: que «se fastidia» en lugar de que «se aburre», y yo no corregí, en parte por inercia o acuerdo con lo va establecido, en parte también porque la substitución me advertía que si la palabra «fastidio» era menos precisa, resultaba en cambio más espontánea o natural dentro del léxico venezolano. La acepté pues como un venezolanismo, y corregí el libro de acuerdo con el nuevo título. No creía entonces que mi novela fuese más allá de Venezuela. Pero estoy muy de acuerdo con usted: en español de España, en castellano, la palabra «fastidio» que tiene otras acepciones no expresa de una manera precisa la idea del hastío. Muchísimo me complace el comprobar que prescindiendo de tantas otras, es ésta la única objeción que me hace usted, en cuanto a léxico ¡ésta misma que mi oído me advirtió muy a tiempo! Y digo mi oído, don Miguel, porque es en él donde la analogía, la sintaxis, la retórica, el diccionario de galicismos, y aun el de la Academia, han tejido al azar su caprichoso nido, sin colaboración ninguna de mi parte, tal cual las aves del cielo y como Dios les ha dado a entender. Desde allí promulgan leyes que yo no me esfuerzo en recopilar: y que un travieso espíritu tan propicio a las artes como rebelde a las ciencias me obliga de continuo a obedecer. Yo escucho atolondradamente sus locas insinuaciones, con ellas por todo bagaje me voy a escribir y me consuelo de tal pobreza pensando que esa agradable virtud la de humillar así la inteligencia, que su soberbia puede expiarse con terrible pena de pedantería, y es servidumbre caer bajo su dictadura, ya que nunca fue ella, sino nuestra madre la necesidad y nuestro buen hermano el uso, los autores de toda gracia y toda naturalidad...

...«Y ahora un consejo: no se preocupe de lo que digan, ni dejen de decir de su libro; recójase en sí; tire el espejo, Teresa...» -¡Recogerse en sí! No sabe qué de acuerdo estoy con ese paternal consejo, que me he dado a mí misma tantas veces, sin obtener como resultado sino la tristeza, el remordimiento y la humillación de no haberlo seguido nunca. Y si como usted tanto aprecio el recogimiento, no es porque el trato con mi propia persona me parezca especialmente interesante, sino porque es en la soledad del alma donde suelen visitarnos, con sus rostros más amables y sonrientes, las imágenes de nuestros semejantes. Allí entablan alegres y amenísimas tertulias en donde las palabras corren libremente, sin que las emponzoñe el deseo de brillar ni las cohíba el temor de resultar indiscretas. En cuanto al espejo, créame, el culto diario que le rindo por rutina y sin asomos de fe, está   —564→   cruelmente castigado por aquella aridez espiritual de que hablan los místicos: ausencia de la divina gracia por tibieza en el fervor. Creo que el espejo, no solamente nos vacía o nos desdobla como usted bien dice, sino que nos multiplica además hasta lo infinito en partículas tan insignificantes, que las vamos perdiendo como alfileres, por salones, dancings y casinos, sin que nos sea posible volver a encontrarlas nunca. Prueba de mi poco fervor al espejo, don Miguel, es que muchas, muchas veces, mirando desfilar maniquíes en las exposiciones de las casas de moda, mientras mis pobres se entornan, agobiados por todas las zozobras de la indecisión y de los precios inabordables, sorprendo de pronto a mi espíritu, que furtivamente, sin más traje que sus dos alas de nostalgia, se ha ido volando, camino de aquella otra exposición que usted conoce muy bien: la que se extiende a orillas del Sena desde el Quai de la Tournelle, al Quai d'Orsay, la que bajo el cielo, la lluvia y el sol, abre a todos los ojos sus generosos cajones, la tan amable de aspectos como afable de precio: la exposición de libreros de lance ¡vieja amiga llena de regalos y de ricas sorpresas a quien siempre tengo presente y a quien nunca voy a ver!... No, yo no hubiera inventado el espejo. Si como Narciso me ahogo todos los días en su insípida atracción, no es por convencimiento, créalo; es por arraigada tontería, por obstinado espíritu de asociación, por inercia de hoja seca, que corre, salta y se destroza sobre la corriente con apariencia de inmenso regocijo; es, en una palabra, por esta cómoda mentalidad de carnero que nos conduce por la vida a hombres y a mujeres, en plácidos y apretadísimos rebaños. De todo lo cual deduzco que no debemos engreírnos ni despreciarnos demasiado por nuestras propias acciones, ya que como opinaba el buen abate Coignard: viles o nobles no son enteramente nuestras, las recibimos de todas las manos y casi nunca las merecemos.

Esperando que tendré el gusto de verlo pasado mañana, y que sabré entonces lo que piensa de esta última herejía lo saludo con todo mi cariño, y mi gran devoción.

Ana Teresa Parra Sanojo


No sobra decir que la venezolana Teresa de la Parra (París 1989–Madrid 1936) es una de las más grandes novelistas de nuestra lengua, sino que es un elemental y necesario acto de justicia literaria. Autora entre otras páginas de dos libros magistrales, Ifigenia (1924) y Memorias de Mamá Blanca (1929), ocupa un sorprendente lugar marginal en la memoria de nuestra tradición, por lo que resulta imprescindible moverla al centro.

Teresa de la Parra estuvo en contacto directo con las vanguardias europeas y latinoamericanas. Sin dejarse fascinar por éstas pero tampoco desoyendo sus enseñanzas, optó por una manera de narrar más siglo XIX que innovadora, respetó las reglas básicas de la narrativa decimonónica y usando esos recursos para describir un conflicto muy siglo XX: la independencia económica e intelectual de la mujer y el destino trágico y poco edificante de la Ciudad. Para conseguirlo, la autora siguió sus propios demonios, impermeable a obsesiones ajenas, y encontró la joya a que aspira todo escritor: su propia voz, un estilo único e inimitable, la autenticidad.

Ifigenia es una de las novelas más convincentes, inteligentes y seductoras en nuestra lengua. La autora desaparece detrás del texto. La protagonista y narradora de su propia historia, Eugenia, un testigo parcial, con voz inimitable, en un tono de autenticidad y frescura sin paralelo, nos contará su historia, seremos sus confidentes. El personaje cobra vida desde las primeras páginas, nos habla al oído con un tono inconfundible. Nos dejamos llevar por un trayecto aparentemente seguro. Pronto el lector se da cuenta de que el mundo al que Eugenia ha sido llevada y en el que nos ha sumergido dista mucho de ser un paraíso. Crecer, madurar, comprender equivalen a disminuir, perder cordura, dejar morir partes de uno mismo. En el título nos ha insinuado el sacrificio. Pero toda insinuación en esta novela portentosa camina por rutas opuestas. Incorporarse al orden social es sacrificarse, cierto, pero la voz que hemos escuchado –así cultivada y “social”– es el testigo de que todo debe renovarse. La novela misma es la renovación, y lo es por respetar las reglas impuestas en el siglo que es verdugo de su protagonista. La crítica ha sido plasmada. Eugenia será Ifigenia, el lector el hijo de su conciencia.

Crítica de la sociedad, meditación acerca de la naturaleza humana, visita impagable al universo femenino, Ifigenia es un libro clásico con todo derecho.


Fuente: Carmen Boullosa NY - Julio 2006

Teresa de La Parra 124 años de su nacimiento.




Nacimiento.

El 5 de octubre de 1889 nace en París, Francia, Ana Teresa Parra Sanojo, escritora venezolana conocida por su seudónimo Teresa de la Parra. Hija de padres Venezolanos residenciados en París, en un hogar de la más rancia aristocracia caraqueña. Entre sus ascendientes se contaban Fanny de Villiars y Aristeguieta y su famoso primo Simón Bolívar.

Deceso.

Ana Teresa viaja a Europa, donde inicia su segunda Novela “Memorias de Mamá Blanca”, la cual publica en París en 1929. Ese mismo año regresa a Venezuela pero su permanencia en el país fue corta debido a que contrae Tuberculosis y regresa a Europa, donde se interna en un sanatorio en Suiza. Poco antes de su muerte, Ana Teresa se traslada a Madrid para morir en paz. Fallece en la capital española el 23 de abril de 1936.

Legado.

A los 15 años, compitió con alumnas de las Academias del Sagrado Corazón de España sobre el tema de la Inmaculada Concepción y obtuvo el primer premio. En 1918 conoció al poeta español Francisco Villaespesa, quien había llegado a Caracas para estrenar su drama titulado Bolívar; amistad que le dio alguna notoriedad a la joven escritora, quien además se destacaba ya por su belleza, elegancia, ademanes finos y una discreta afición al champagne. El entonces ministro de Educación, Felipe Guevara Rojas, se enamoró perdidamente de ella pero no fue correspondido.

A comienzos de la década de los años 20 se retiró a su hacienda de Macuto y empezó a escribir con pasión febril su primera novela. Poco tiempo después publicó un fragmento bajo el título de "Diario de una señorita que escribe, porque se fastidia", en la revista La Lectura Semanal, por lo cual fue elogiada por el consagrado narrador José Rafael Pocaterra. Se trataba de una literatura libre y sincera, tremendamente femenina.

Al terminar la novela la envió a un concurso organizado por una editorial franco-americana de París y meses después obtuvo el primer premio. En 1924 apareció la primera edición de Ifigenia.

Este "libro-mujer", como lo denominó Arturo Uslar-Pietri, critica las costumbres conventuales de su tiempo, la hipocresía social, la entrega de la mujer a un novio adinerado escogido de antemano y la rígida autoridad paterna. Todo ello disgustó a la sociedad caraqueña, a su cerrado círculo literario y a su familia. No tardó en recibir la autora comentarios mordaces y venenosos en la prensa de la época y en sentir los arañazos de la envidia a través de maledicencias y de anónimos.

Sin embargo, esta obra tremendamente femenina y feminista, donde se deja traslucir lo más entrañable del alma de su género, escrita en lenguaje sutil con ritmo ágil y cadencioso, fue elogiada por Francis de Miomandre, Miguel de Unamuno, Mariano Picón Salas y Gabriela Mistral, entre otros. Esta última llamó a Teresa de la Parra "hermana en la literatura, distinta de otras".

Teresa viajó en diversas ocasiones por Europa y América. En París compartió tertulias con la Mistral frente a una tropa de cultos exiliados latinoamericanos. Allí conoció a su gran amor: el poeta ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide, a quien Alfonso Reyes dedicó una vez la lectura de su Ifigenia cruel. Pero el celebrado autor de Égloga trágica contrajo matrimonio al poco tiempo con una acaudalada viuda española.

Desde temprana edad, Teresa de la Parra sufrió quebrantos de salud debidos a una lesión en un pulmón. Esto la obligó en varias ocasiones a internarse en sanatorios, tanto en su patria como en Europa.

Entre 1928 y 1930 estuvo varias veces en Cuba, una de ellas con motivo del Séptimo Congreso de la Prensa Latina, celebrado en La Habana, donde ofreció una charla magistral en el Lyceum de la capital cubana. Durante su estancia en la isla visitó las provincias de Matanzas, Las Villas y Pinar del Río; admiró el cultivo de cítricos en Isla de Pinos, paseó por Trinidad y se bañó en el mar de Varadero. Le gustaba caminar por las calles de La Habana, especialmente por la de Calzada en El Veda

De regreso a Venezuela pasó por Colombia donde dictó conferencias en Bogotá, Tunja, Medellín y Cartagena. Colocó una rosa en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, donde no pudo ocultar su emoción cuando recibió de manos de la niña Margot Valdeblánquez Moreu un anagrama de su autoría hecho con las letras de su nombre.

En 1929 publicó su segunda novela, Memorias de Mamá Blanca, inspirada en las costumbres campesinas y acerca de una anciana que le deja su fortuna a una niña de 12 años. Es una obra donde se reflexiona sobre la fugacidad de la vida y en donde predominan los sentidos, los colores y los recuerdos.

De nuevo en Europa sufre serias recaídas y es internada sucesivamente en sanatorios de Suiza, Francia y España. Por esa época tiene la idea de escribir una biografía novelada de Bolívar, la cual no llega a concluir. En 1932 llega a Leysing, "la ciudad de los tísicos", donde ingresa al sanatorio Grand-Hotel. De ahí pasa a la Casa Richemont de Vevey; luego a Lausana, Suiza, y más tarde a Neuilly en París. Allí se entera de la muerte del médico y espiritista colombiano Luis Zea Uribe, su amigo y confidente, hecho que la sume en la más profunda depresión.

Después de unos viajes cortos por Barcelona y Francia, llega al sanatorio de La Fuenfría en Madrid, cansada, deprimida y agotada. Escribe torrencialmente anotaciones y reflexiones con destino a su diario personal, quizás como una forma de defenderse contra la adversidad.

Fuente: Wikispaces Classroom is now free, social, and easier than ever. Try it today.

Hoy se cumplen 124 años de su nacimiento.



TERESA DE LA PARRA 
(1889-1936) 

Teresa de la Parra es el nombre de pluma de Ana Teresa Parra Sanojo, nacida en París en 1889.

Sus padres descendían de la aristocracia criolla de la Caracas colonial que había hecho la Independencia. Al momento de nacer Ana Teresa, su padre sedesempeñaba como Cónsul general de Venezuela en Berlín, pero como tanto latinoamericano aristocrático de entonces, prefería vivir en París.

La familia regresa a Venezuela en el '91 para establecerse en su hacienda de caña de azúcar al sur de la capital. En 1898, cuando Ana Teresa tiene nueve años, su padre fallece de tuberculosis, lo cual provoca el traslado, en 1900, de su madre y los seis niños a España para vivir junto a unos parientes.

En Mislata, Valencia, pasarán la primera década del siglo. Ana Teresa ingresará como internada en un colegio de monjas del Sagrado Corazón, donde completará su educación formal en 1908. En 1910, a los veinte años, regresa con una hermana a Caracas, seguida después por su madre.

Ana Teresa vive en Caracas entre 1910 y 1923, años que corresponden al primer período de la dictadura de Juan Vicente Gómez (1909-1935). Son años de rápido desarrollo y consolidación de la industria petrolera local, cuando el país se transforma de principalmente agroexportador a petrolero (1926).

Es en estos años que Ana Teresa empieza a publicar, y en 1923, al abandonar a Venezuela para radicarse en Europa, lleva su primera novela terminada. Esta saldrá editada en París bajo su recién adquirido nombre de pluma «Teresa de la Parra». 

En septiembre del '24 aparece su novela feminista Ifigenia: Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, publicada y premiada por la Casa Editora Franco-Ibero-Americana. Su segunda y última novela, Las memorias de Mamá Blanca, también se publicará en París, cinco años más tarde, en 1929.

Entre 1924 y su muerte en 1936, la autora volverá tres veces a las Américas: la primera, por unos dos meses, a Caracas a finales de 1924, para arreglar los asuntos de una herencia que la permitirá vivir con independencia económica por el resto de su vida; la segunda, por unos meses entre los años '27 y '28, para dictar una conferencia en La Habana y visitar a su familia en Caracas, y la tercera, en 1930, a Bogotá y Baranquilla, Colombia, para dictar sus conocidas tres conferencias sobre «La importancia de la mujer americana durante la colonia, la conquista y la Independencia.» Durante el tercer viaje, es posible que ni hiciera escala en Venezuela, aunque sí lo hizo en Nueva York, La Habana y Panamá.

En Europa, vive principalmente en París, donde se mueve entre los altos círculos sociales de intelectuales y diplomáticos latinoamericanos y europeos. Trata, entre otros, con Alfonso Reyes, Gabriela Mistral y Miguel de Unamuno.
Viaja a Alemania, a Suiza, a la Italia de Mussolini, y a España. 

En 1927 se encuentra en París con la cubana Lydia Cabrera, a quien había conocido en 1924 durante su paso por La Habana. Con ella iniciará una amistad estrecha y profunda, que sólo terminará con la muerte de la venezolana nueve años después. En 1932, se le diagnostica tuberculosis, enfermedad contra la cual luchará hasta sucumbir. 

A partir de ese momento, pasará largos períodos en sanatorios, principalmente en Suiza y España. 
El 23 de abril de 1936, morirá en la Madrid del recién instalado Frente Popular la escritora feminista quien en materia política siempre había sido conservadora.

Después de su novela Memorias…, Teresa de la Parra deja de publicar, aunque trabajará por un tiempo en una biografía sentimental de Simón Bolívar. En 1931, inicia un diario íntimo, que se publicará, incompleto y póstumo, por primera vez, en 1982.

Durante sus años europeos, será una incansable escritora de cartas, muchas de las cuales se publicaron, también póstumamente.

viernes, 4 de octubre de 2013

IFIGENIA: UNA VOZ DE MUJER*




Rafael Fauquié 

En alguna oportunidad lei un comentario sobre Teresa de la Parra que me interesa repetir aquí: la autora de Ifigenia demostró con su mejor novela que la frivolidad y la finesse d'esprit podían ser un material literario tan válido como cualquier otro y que el buen gusto no tenía por que ser ajeno al terreno novelesco. Comparto ambas ideas. Teresa de la Parra, la primera de nuestras escritoras, con su "Diario de una señorita que se fastidia", testimonió que había mucho de narrable en el complejo universo de las jóvenes venezolanas de la época. Uno de los epítetos que inmediatamente sugiere la escritura de Ifigenia* es el de sutileza. 

Descripciones, digresiones y diálogos aparecen siempre acompañados de un espíritu que, por sobre todo, es sutil. Buen gusto, elegancia, inteligencia, lucidez y sagacidad son rasgos que ilustran directamente a la autora y a la mujer. No hay pugnacidad en Ifigenia. No escuchamos en ella los destemplados gritos de las beligerantes del feminismo. En acto de encantadora complicidad, 

Teresa de la Parra nos adentra en un universo de signos femeninos, remoto y clandestino para casi cualquier lector hombre Wole Soyinka, el escritor africano ganador del último Premio Nobel, decía en relación a la famosa "negritud" que ésta debía ser una forma esencial, no artificiosa, de asumir la condición de negro. Un tigre, explicaba Soyinka, no necesita proclamar tigritud alguna. Simplemente salta y devora a su presa. 

Lo mismo es aplicable a lo femenino. Una mujer no necesita vociferar su feminidad; le basta con ser femenina. Una consideración en relación a la confidencia de Teresa de la Parra, la perdurabilidad de su "gesto". Al abrir ella, mujer, las puertas de su mundo, nos permitió a nosotros, hombres, conocer de cerca el interior de ese mundo. Sólo una mujer podía realizar con sencilla naturalidad un esfuerzo que sinceriza la labor, casi siempre fallida, emprendida por ciertos hombres esotéricamente empeñados en describir o en divinizar a la mujer. A la postre, lo más lógico es soslayar a los dilettantes mediadores y acudir directamente a la versión genuina, la de la propia mujer. La belleza y exactitud de la versión que nos legó Teresa de la Parra es la cabal razón de la perdurabilidad de su mensaje. 

 Tempranamente muere Teresa de la Parra. En 1936, en Madrid, en vísperas de la guerra civil que ensangrentará a España. Tenía apenas cuarenta y seis años. Entre quienes, conmovidos, comentan su desaparición está el gran poeta Juan Ramón Jiménez. "No has vivido menos -dice. Tuviste el poder de escuchar lo breve, de hacer constante la mirada, presente la voz ... No estás muerta, femenina presencia". Teresa de la Parra forma parte del mejor patrimonio latinoamericano. 

En una oportunidad, Picón Salas dijo que "América la llamaba". Ese llamado, auténtica pasión por la cultura y la historia de su patria, de su continente, iba en camino de producir -proyecto que truncó su muerte- una biografía de Bolívar. Biografía novedosa iba a ser ésta, muy diferente -y podemos imaginar cuánto- de los tradicionales y acartonados panegíricos a la memoria del Libertador. Este año de 1986, con motivo de cumplirse cincuenta años de su muerte, Monteávila editores acaba de lanzar una nueva edición de Ifigenia. 

Es un homenaje justo. Si el recuerdo de los hombres son sus obras, el de los escritores son sus libros. Reeditar éstos es, obviamente, la más gratificante y vital ofrenda al recuerdo de sus autores. 

 1986 

* PARRA, Teresa de la: Ifigenia, Caracas Monteávila editores, prólogo de Francisco Rivera, 2 volúmenes, . 
 *Capítulo perteneciente al libro La mirada, la palabra

Teresa de la Parra y su alusión crítica al racismo criollo.




La novelística de Teresa de la Parra no sólo deja escuchar lo personal de la vida de mujeres venezolanas del encierro doméstico de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Sino que, en su obra, también se evidencia su deseo de definir la identidad nacional del país al que pertenece, desde el mestizaje, la interculturación y la multicultaridad. 

El artículo de hoy es sólo un breve bosquejo al respecto, con énfasis en el racismo criollo La niña Ana Teresa del Rosario Parra Sanojo que nació en París en 1889 de madre y padre venezolanos, tiene su primer encuentro con Venezuela criolla en 1891, cuando después de regresar a Venezuela su familia se residencia en "Tazón" la plantación la caña de azúcar de su propiedad, cercana a la ciudad de Caracas. Iniciándose la niña Ana Teresa en el proceso de criollización. 

 Corta fue su permanencia en la hacienda, pero suficiente para llevársela en su memoria cuando después de la muerte del padre en 1898, su vida da un viraje que la conduce con su familia a España, donde pasa su segunda infancia. Cuando regresa de España a Venezuela en 1909 comienza a gestarse la escritora. Una morada del Caribe venezolano abrió sus puertas a Teresa de la Parra en los años 20, y allí escribió su primera novela, que la convierte en escritora de fama: "Yo tengo muy buenos recuerdos de Macuto. Allí escribí casi toda mi novela Ifigenia. 

Me encerraba a escribir en una casita en ruina. Oía las conversaciones de la gente por la calle. Les intrigaba a algunos los motivos que me llevaban a encerrarme en aquella casa que parecía horrible y a mí me encantaba". En 1923 Teresa de la Parra se va a París, donde establece amistad con escritores latinoamericanos y participa en salones literarios. 

Es un momento en que existe un gran interés por lo estético y lo etnográfico, que hace que algunos escritores retornen a su memoria y a recuerdos de la niñez en busca de las raíces que se difuminan. En la Navidad de 1933, tres años antes de su muerte, Teresa de la Parra le escribe una carta a su amigo Gonzalo Zaldumbide desde el sanatorio de Leysin donde está recluida, y evoca su infancia en la hacienda "Tazón": "Hoy veo los distintos pasados de mi vida tan diversos y tan cerca unos de otros como los tablones de una hacienda de caña vistos desde arriba, desde la casa (...) Rilke dice que los recuerdos de juventud y de infancia son una mina inagotable para el escritor superior a todo lo que encierran los libros y demás medios de cultura ¿será cierto eso? A mí me ha hecho impresión esa idea". 

En la memoria de Teresa de la Parra están vivos los recuerdos de su primera infancia transcurrida en la hacienda "Tazón"; recuerdos que ella misma admitió haber recreado en su novela Las Memorias de Mamá Blanca. Develando lo no dicho En la obra literaria de Teresa de la Parra nos percatamos de que existe en la escritora un deseo imperioso de definir y afirmar su identidad personal y la identidad nacional del país al que pertenece, desde el mestizaje, la interculturación y la multiculturalidad. Por ello, nos dedicamos ahora a ir tras espacios que la escritora deja en blanco en Ifigenia (1924) y Memorias de Mamá Blanca (1929). Y allí, nos encontramos con el "otro país", debajo de algunas de las descripciones de sus novelas. 

Con sutileza y tacto Teresa de la Parra refleja en su ficción literaria el drama de la criollización de la sociedad venezolana semi colonial de finales del siglo XIX, del país minoritario que detenta el poder y que no asume su mestizaje étnico-racial. 

El conflicto aparece reflejado en su novelística como una sobrevaloración de lo blanco y su cultura por la clase dominante, y la desvalorización por parte de ésta de los otros grupos étnicos (negros, indígenas) y su cultura, lo que significa el no reconocimiento de la multiculturalidad en la configuración de la identidad individual y colectiva de la nación venezolana; así como también, una idea de "progreso" de tinte positivista basada en la racionalidad y valores de la clase dominante minoritaria, que se asume como raza blanca "sin mestizaje". 

Preocupación constante de Teresa de la Parra que había dejado entrever en la carta que en 1928 dirige a su amigo Gonzalo Zaldumbide antes de la publicación de Las Memorias de Mamá Blanca: "Dentro de algún tiempo me dedicaré a leer y estudiar todo lo popular y lo característico criollo y español no sólo en los libros sino en la vida y entonces tal vez se me desate la lengua, si leo además, a menudo esos autores que tienen el don de estimularnos". 

Representación textual Hurgando con nuestras manos en otras dimensiones de los textos de la escritora, nos vamos a encontrar que en espacios invisibles de la literalidad, la parodia, la ironía y el humor se encargan de desenmascarar la violencia cultural de relaciones de discriminación y de desigualdad. En el discurso del tío Eduardo cuando le da la bienvenida al país a María Eugenia Alonso (la protagonista de Ifigenia), procedente de Europa, confluyen elementos que hacen alusión al ambiente caluroso del puerto de La Guaira, como al racismo del "blanco criollo": "-Te vine a recibir así...ya ves...porque aquí no se puede andar sino vestido de blanco, ¡hace calor! Y desde ahora te advierto que La Guaira te va a hacer muy mal efecto. 

Es horrible, unas calles angostísimas, mal empedradas, mucho, mucho calor, y...-añadió con misterio bajando la voz- ¡muchos negros! ¡Ah! ¡Es horrible!". También en Ifigenia tío Pancho se encargará de abrir la cortina del racismo para mostrarnos a María Antonia, la esposa de su hermano Eduardo como una mulata atormentada por su origen étnico, que trasluce en su mirada: "Los ojos de María Antonia parecen estar hechos de lo que el vulgo llama envidia negra". En Ifigenia, en un segmento, la protagonista María Eugenia Alonso es el espejo a través del cual la belleza de su amiga Mercedes Galindo es representada en el texto en todo su esplendor. 

Pero sucede que la voz de María Eugeniaes acallada por la de la cultura dominante, que la escucharemos como réplica en la misma voz de María Eugenia Alonso. Mercedes es sometida al veredicto del "ideal del bello" de la clase dominante. "Mercedes es muy linda, sí, Mercedes es preciosísima, pero yo soy todavía mucho más bonita que ella. No cabe duda soy más alta; más blanca; tengo más sedoso el pelo: tengo mejor boca y mejor forma de uñas". 

Por otra parte, Vicente Cochocho (Memorias de Mamá Blanca), el criado de la familia, el personaje que Teresa de la Parra vincula a los poderes creadores de la naturaleza, pasa a convertirse para la cultura de la dominación en un subversivo, y la medicina del legado de sus ancestros, que éste practica, es objeto de persecución y hasta es prohibida por el amo Juan Manuel para imponerse él como "médico" y ejercer control sobre el cuerpo de sus servidores. 

Exterminio desde la Colonia Lo mismo hicieron los colonizadores europeos de los siglos XV y XVI que se encargaron del exterminar los conocimientos ancestrales acumulados por la población indígena de América; como igual sucedió con los conocimientos de la población negra africana sometida a la esclavitud en las plantaciones de caña de azúcar en el Caribe a partir del siglo entre los siglo XVI_XIX. La esclavitud negra opuso fiera resistencia y encontró los subterfugios para preservar el legado cultural de sus ancestros. 

Teresa de la Parra en carta que en 1930 le dirige a su amigo Vicente Lecuna, le relata un descubrimiento que ella ha hecho en Cuba: "He visto una procesión o cabildo Congo con bailes de diablito, el dios Changó, el crucifijo con sus velas y su incienso, y una cabeza de chivo sacrificado a Changó, con canto, tambor y música africana. 

Nadie que pase por Cuba sospecha que existe esto. Si son "intelectuales" se van a los banquetes a beber pedantería y a escuchar falsos talentos". Teresa de la Parra, posteriormente le escribe a Vicente Lecuna otra carta en 1931 en la que le dice que piensa escribirle a algunos amigos para que le envíen lo que haya sobre folklore venezolano: "tengo algo pero es muy poco y también me parece indispensable conocerlo lo mejor posible, pues el pueblo por su misma ignorancia de las cosas oficiales, conserva mucho la tradición y la trasmite sin esfuerzo". Lamentablemente al poco tiempo se enfermó y la dolencia que le ocasionó la muerte en 1936 le impidió acometer esta tarea. 

Una nueva historiografía Teresa de la Parra no sólo va reflejar en sus novelas el malestar en la cultura de las mujeres de su época, sino que de igual manera va reflejar su mirada y lectura del acontecer cultural y social, surgiendo así una nueva historiografía de lo no contado en la voz de una de las silenciadas. 

escrito por Teresa Sosa domingo, 15 de agosto de 2010 
Fuente: http://diariodelosandes.com/content/view/127628/