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miércoles, 17 de febrero de 2016

Ifigenia y El Taller de Mario Muchnik, de Teresa de la Parra



Por Leonardo Rodríguez

Recuerda Ednodio Quintero en sus Visiones de un narrador (1997) que la poca ficción del siglo XIX venezolano, nuestro siglo fundacional, es una celebración heroica de la gesta de Independencia. La ficción de aquel siglo es un montón de estampillas pseudorreligiosas ofrecidas como espejo profundo de la recién fundada nación. Los héroes militares brillan, el resto es sombra y, a veces, vacío.

Sobre esa cerrazón trata en parte Ifigenia, publicada en el ¿decimonónico? año venezolano de 1924, cuando Teresa de la Parra era ya una mujer de su siglo, y es, entre otras cosas, un olfativo y lúcido sondeo en el eros criollo. En una de sus conferencias sobre “La influencia de las mujeres en el alma hispanoamericana”, dictadas en Bogotá a principios de los años treinta, De la Parra hablaba de “una voz de mujer tras la celosía” como símbolo íntimo de esa colonia a su entender tan cercana, y de la falta de aire como causa del bovarismo hispanoamericano, esa sofocante enfermedad novelesca que aparece en el cuerpo de la historia y de la que De la Parra fue una cronista en su género. ¿O fue más bien la exorcista del fantasma hispanoamericano de Emma Bovary?

La sofocación es un rasgo de su imagen de la colonia, y el asma –dolencia que acompañaría a la autora a través de su vida– es uno de sus males arquetípicos. En el caso de María Eugenia Alonso, la Ifigenia criolla, tan caraqueña y afrancesada como la autora, esta insatisfacción –esta falta de aire– trae consigo una vocación: la escritura, una forma de introspección, más consciente que los rezos de la solterona tía beata y que el mascullar ininteligible de la abuela costurera, pero nada ajena a su condición de doméstico monólogo interior. En ella van a dar las flechas más donosas y agudas del eros teresiano.

Pertenece Ifigenia a la escuela perdurable de lo que alguien llamaría el realismo irónico. Con todo y su “misticismo sin Dios”, Teresa de la Parra cultivó menos la magia que la ironía, y nunca se infatuó con su propio carisma literario. En esto, podría ser un antídoto contra los triunfalismos y los heroísmos de toda calaña, sin excluir los estéticos. Pero quizá ese misticismo ateo no sirva ni para ejemplo ni para remedio, y entonces se impone alguna comprensión.

Según ella, y hay razones para creerle, escribió para un puñado de lectores: sus amigos, y sobre todo para sí misma. Ese credo entre franciscano y flaubertiano fue como su vela y su velo de intimidad. Nada demasiado “profesional”, ni didáctico ni apoteósico hay en su literatura, salvo al final de Ifigenia, cuando María Eugenia, sin remedio y en soledad, parece que fuera ¡a levitar! ¿Se entregará María Eugenia a Dios o al asma? De la Parra, al menos, se fue por el asma. Los sanatorios de Suiza y España serán sus monasterios.

No le interesaba el tópico poder visto desde dentro, ni el mundo ancho y ajeno, sino la relegada intimidad y sus voces secretas, un ámbito menor y familiar, donde a menudo, por cierto, asomaba la viril y virulenta política.

De la Parra pudo gritar como el alejandrino Calímaco: “Lo público me repugna todo”. Pero no lo hizo. La educación sentimental de la colonia, una edad que ella intuyó viva en la sensibilidad y los valores de mucha gente y de sí misma, fue para ella una escuela y un ideal. Esa paideia criolla, nada programática, tiene lugar entre cuatro paredes y en la iglesia, una educación de patios interiores, zaguanes, haciendas, monólogos, rezos, confesionarios y conventos, de velos más que de desvelos. “La colonia no fue escéptica”: ella tampoco. Hay a su vez en esa imagen de la colonia un escándalo de confituras, un culto casero a la mesa y una cultura del coqueteo detrás de la ventana. Esa confitura, esa mesa y esa seducción se sienten en la prosa de De la Parra, que asume todas esas “lecciones” y las coteja con la otra escuela, la novelística, la escuela de eros e ironía. El alma (“voz de mujer detrás de la celosía”) observa en el umbral, tramando una como teogonía casera.

Pocas obras tan iluminadoras como las de De la Parra para adentrarse en los contrastes del alma criolla, en esa oposición enfática entre la casa y la política, entre el eros femenino y un cerrado mundo familiar, entre el mundo de una familia criolla caída en desgracia y la corte cambiante de elegidos por la fortuna económica. En casa de María Eugenia Alonso se habla en gestos, puertas, humores y silencios. Hay que tener una llave para entrarle a esa lengua casera. Habla la corte familiar (la sirvienta mulata es la única que se “gana” la vida con su trabajo y es tal vez la voz más comprensiva, irónica y vivaz de la casa), y otras cortes ausentes, no siempre benévolas, aunque casi siempre familiares. La lengua de la casa oscila entre la histeria y el misterio. Se habla español.

Como la Ifigenia griega en cumplimiento de la promesa guerrera de su padre, María Eugenia tiene que sacrificarse en manos de un arribista del régimen, entre cuartelario, cerril y positivista,  del inevitable Juan Vicente Gómez. Eros y política se encuentran en la misma sala. Elisa Lerner escribió que una “vasta novela política corre paralela a la historia de amor incompleto”. Hay que decir que esas “dos novelas” se anudan en varios momentos. Es en la desazón, ese sabor que es también un sentimiento, donde se reúnen eros y poder.

El siglo XIX latinoamericano fundó  una idea republicana –todo lo fallida que se quiera–, una idea secular de lo público, pero no una nueva mitología, mucho menos una crítica de la sensibilidad puertas adentro. La llamada Ilustración criolla dejó la casa aún más a oscuras y, a veces, a la intemperie. Leer a Teresa de la Parra es visitar esa casa algo oscurecida y chamuscada por los fulgores heroicos de la historia. Es, si cruzamos el umbral, verse en un espejo recóndito y nada vacío.  ~

Fuente: http://www.letraslibres.com/revista/libros/ifigenia-y-el-taller-de-mario-muchnik-de-teresa-de-la-parra

domingo, 6 de octubre de 2013

Carta de Teresa de la Parra a Enrique Bernardo Núñez, París, 25 de noviembre



A Enrique Bernardo Núñez 
París, noviembre 25 

Estimado amigo: 


Al llegar a París recibí su carta, amable y gentil, que leí con verdadero placer; mucho me alegro de cuanto en ella me dice; y le doy las gracias por sus datos. 

Espero que habrá visto ya en El Nuevo Tiempo el primer capítulo de mi nuevo librito que también remite al Universal. 

Veo que la situación Ifigenia en Bogotá está «brava», vale decir muy divertida. Recibí, aunque muy tarde, un folleto, chabacano, pero graciosísimo; ¿quién es ese Carlos de Villena que trata a María Eugenia Alonso con una furia ingenua, como si ni por un segundo se tratase de una ficción? A pesar, repito, de la chabacanería, a mí me ha producido una sensación exquisita, es el comentario vivo y palpitante de nuestras ciudades pequeñas: María Eugenia Alonso viva pasa por la calle, Carlos de Villena detenido, en la esquina al mirar que se aleja la ataca esgrimiendo como energúmeno, naturalmente la moral; pero tal furia no es en el fondo sino la exasperación del deseo ante la mujer bonita, coqueta e inaccesible; en resumen es el homenaje más sincero y menos incómodo que puede recibir una mujer: imagínese usted la furia moralista de Carlos de Villena encauzada por su camino normal y vuelta furia de amor con declaraciones y reclamaciones; ¡qué fastidio para la paciente! A lo mejor Villena es un ungido cura o sacerdote, pero en todo caso es un Sátiro. De ser persona decente y de ser el folleto menos chabacano se prestaría a una respuesta divertidísima de parte de la propia María Eugenia Alonso. Yo que soy en la vida corriente la persona de la paz (me dejo engañar, maltratar o robar con tal de no oír, ni decir una palabra agria), soy muy pica-pleito; cuando se trata de escribir yo misma no me reconozco. Quizás de los pleitos sea la voz lo que me encoge y asusta. Al tener conocimiento del folleto, sin haberlo leído escribí a Arciniegas una carta que no me resolví a enviar, después desarmada por la chabacanería del escrito. Creo que voy siempre a remitírsela a fin de que la publique o no, según quien sea el autor del folleto. 

He terminado ya con honra mis «memorias de mamá Blanca». Las he escrito con cariño y están materialmente muy de acuerdo con mi gusto actual por lo cual les profeso gran afecto. No creo que tengan el escrito de Ifigenia porque ni es propiamente una novela ni se presta a discusión. Veremos cuánto tardan ahora en editarla las tortugas de los editores. Si el libro gusta seguiré en la serie, puesto que termina la obra al cumplir «mamá Blanca» siete años.

Teresa

viernes, 4 de octubre de 2013

IFIGENIA: UNA VOZ DE MUJER*




Rafael Fauquié 

En alguna oportunidad lei un comentario sobre Teresa de la Parra que me interesa repetir aquí: la autora de Ifigenia demostró con su mejor novela que la frivolidad y la finesse d'esprit podían ser un material literario tan válido como cualquier otro y que el buen gusto no tenía por que ser ajeno al terreno novelesco. Comparto ambas ideas. Teresa de la Parra, la primera de nuestras escritoras, con su "Diario de una señorita que se fastidia", testimonió que había mucho de narrable en el complejo universo de las jóvenes venezolanas de la época. Uno de los epítetos que inmediatamente sugiere la escritura de Ifigenia* es el de sutileza. 

Descripciones, digresiones y diálogos aparecen siempre acompañados de un espíritu que, por sobre todo, es sutil. Buen gusto, elegancia, inteligencia, lucidez y sagacidad son rasgos que ilustran directamente a la autora y a la mujer. No hay pugnacidad en Ifigenia. No escuchamos en ella los destemplados gritos de las beligerantes del feminismo. En acto de encantadora complicidad, 

Teresa de la Parra nos adentra en un universo de signos femeninos, remoto y clandestino para casi cualquier lector hombre Wole Soyinka, el escritor africano ganador del último Premio Nobel, decía en relación a la famosa "negritud" que ésta debía ser una forma esencial, no artificiosa, de asumir la condición de negro. Un tigre, explicaba Soyinka, no necesita proclamar tigritud alguna. Simplemente salta y devora a su presa. 

Lo mismo es aplicable a lo femenino. Una mujer no necesita vociferar su feminidad; le basta con ser femenina. Una consideración en relación a la confidencia de Teresa de la Parra, la perdurabilidad de su "gesto". Al abrir ella, mujer, las puertas de su mundo, nos permitió a nosotros, hombres, conocer de cerca el interior de ese mundo. Sólo una mujer podía realizar con sencilla naturalidad un esfuerzo que sinceriza la labor, casi siempre fallida, emprendida por ciertos hombres esotéricamente empeñados en describir o en divinizar a la mujer. A la postre, lo más lógico es soslayar a los dilettantes mediadores y acudir directamente a la versión genuina, la de la propia mujer. La belleza y exactitud de la versión que nos legó Teresa de la Parra es la cabal razón de la perdurabilidad de su mensaje. 

 Tempranamente muere Teresa de la Parra. En 1936, en Madrid, en vísperas de la guerra civil que ensangrentará a España. Tenía apenas cuarenta y seis años. Entre quienes, conmovidos, comentan su desaparición está el gran poeta Juan Ramón Jiménez. "No has vivido menos -dice. Tuviste el poder de escuchar lo breve, de hacer constante la mirada, presente la voz ... No estás muerta, femenina presencia". Teresa de la Parra forma parte del mejor patrimonio latinoamericano. 

En una oportunidad, Picón Salas dijo que "América la llamaba". Ese llamado, auténtica pasión por la cultura y la historia de su patria, de su continente, iba en camino de producir -proyecto que truncó su muerte- una biografía de Bolívar. Biografía novedosa iba a ser ésta, muy diferente -y podemos imaginar cuánto- de los tradicionales y acartonados panegíricos a la memoria del Libertador. Este año de 1986, con motivo de cumplirse cincuenta años de su muerte, Monteávila editores acaba de lanzar una nueva edición de Ifigenia. 

Es un homenaje justo. Si el recuerdo de los hombres son sus obras, el de los escritores son sus libros. Reeditar éstos es, obviamente, la más gratificante y vital ofrenda al recuerdo de sus autores. 

 1986 

* PARRA, Teresa de la: Ifigenia, Caracas Monteávila editores, prólogo de Francisco Rivera, 2 volúmenes, . 
 *Capítulo perteneciente al libro La mirada, la palabra

miércoles, 28 de agosto de 2013

Los universos íntimos de Teresa de la Parra



Por Oneirú Caraballo para Literofilia

Antes de referirnos a cualquier otro asunto o detalle sobre su vida y obra, apremia decir que la escritora Teresa de la Parra (1889-1936) posee una prosa transparente con el tono singular de una conversación deliciosa. En sus textos la sensación de leer es reemplazada por un “sonido” sedoso que encierra al lector en un burbuja de una cadencia impecable, sutil y sofisticada. Sus obras son un cristal impoluto y su dicción literaria, inmejorable. En la figura intelectual de Teresa convergen las nacionalidades española, francesa y venezolana como un todo indisoluble.

Escribió tres cuentos fantásticos que se cree que datan del año 1915. Narraciones que hilvanan tres historias ambientadas en ese espacio aislado del mundo al que se le suele asignar el nombre de hogar, morada o habitación; tienen como títulos: El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y la Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol. En ellas los objetos cotidianos cobran vida y virtudes y defectos humanos para animar un pequeño universo sobre  la mesa de un poeta, en el interior de un reloj, en el armario de un comedor o en el rayo de sol que se cuela en la alcoba de una dama. Son relatos cortos que poseen una candidez y una gracia inusual y concisa. Lo más parecido a pasear por un lugar indeterminado pero salvajemente ameno.

En El ermitaño del reloj; un pequeño monje capuchino, que cree ser parte imprescindible del mecanismo de un reloj de mesa, abandona una noche, su eterna tarea de tocar las horas del reloj –a instancias de una bella figurilla de la Reina de Saba– para conocer las magníficas historias de la vida de los objetos que habitan en las afueras de su pequeña “casa-reloj” y a su vez descubrir “que su trabajo y su sacrificio diario no eran sino de risa, casi, casi un escarnio público”.

El protagonista de El genio del pesacartas es un gnomo “de alambre, paño y piel de guante” que después de un sinnúmero de peripecias logra llegar a un puesto nunca antes alcanzado por uno de  su especie: ser “el genio del pesacartas sobre el escritorio de un poeta” y tal proeza llenó su personalidad de pedantería, soberbia y arrogancia hasta que un revés inesperado le hace perder para siempre su reinado sobre la superficie del escritorio.

En la “Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol”, un muñeco de fieltro sostiene una placentera conversación  con su dueña, a la que le confiesa su intenso enamoramiento por una mota de polvo que una mañana observó flotando, con infinita gracia, en un rayo de sol que se filtraba por una ventana y que era un ser extraordinario que, según su ilusión, “como rostro no tenía ninguno propiamente hablando. Te diré que en realidad no poseía una firma precisa. Pero tomaba del sol con vertiginosa rapidez todos los rostros que yo hubiese podido soñar y que eran precisamente los mismos con que soñaba cuando pensaba en el amor”.
Estos tres cuentos sólo comprenden una parte de la producción temprana de Teresa de la Parra y son anteriores a la creación de su obra cumbre Ifigenia, pero en ellos ya se siente perfectamente el aroma por los universos íntimos, rebosantes de simplicidad y delicadeza que caracteriza la mayoría de sus obras. Las cuales dejan en el lector la sensación de un encierro cálido y confortable, sin nunca dejar de ser lugares provistos de rejas y candados invisibles.

En junio de 1923, Teresa de la Parra envió un larguísima carta a Juan Vicente Gómez –dictador supremo de Venezuela– demandándole ayuda monetaria para publicar su novelaIfigenia, diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, y aunque no tuvo respuesta, en la actualidad el gesto nos puede llegar a parecer poco elegante, si ignoramos el contexto histórico que lo enmarca, pero sobre todo se puede considerar la prueba de la sólida confianza que tenía la escritora en el valor de su propia obra. Obra reducida y limitada por una tuberculosis pulmonar que acortó la vida de la autora a cuarenta y siete años que, sin embargo, abarca cuentos, novelas, ensayos, conferencias y diarios de viaje.
Ifigenia, su obra más importante y difundida fue publicada en 1926 en Francia. En ella lo que en la ficción y en la realidad se suele llamar “la moral y las buenas costumbres” quedan, ante el lector, grotescamente pintarrajeadas como las más absurdas de las cárceles mentales del ser humano, a través de la mirada rebosante de vitalidad de la protagonista principal. Ya que sólo desde su punto de vista se dibuja con maestría la concepción del mundo de los personajes que la rodean y del universo que los encierra. La frivolidad que ocupa gran parte del tiempo de la joven protagonista, incluye un significado más profundo y complejo: el mecanismo inconsciente que embellece lo absurdo de su entorno y, a su vez, la lucha inútil contra un destino inmerecido del que no podrá huir.

Muchos de los personajes de Teresa de la Parra son esclavos de un rumbo injusto, deambulan por universos íntimos, cerrados casi herméticamente al resto del mundo, atrapados en el ritmo monótono de un espacio doméstico casi deleitable.  Incluso su diario privado pocas veces se aleja de la intimidad de ese pequeño mundo para posar su mirada en la calle y sus alrededores. Sin embargo, el lector pasea muy a gusto por ese cosmos que se encierra con vanos y muros, en compañía de una prosa que jamás se empaña, porque el tono cadencioso de grata conversación en ningún momento aburre al lector, sino que acaricia su pensamiento con una acogedora habilidad.

(La obra completa de la escritora se encuentra reunida en un volumen editado por la Biblioteca Ayacucho, titulado, Teresa de la Parra: Obra (Narrativa, ensayos, cartas) Caracas, 1991.)


Fuente: http://literofilia.com/?p=7737

domingo, 9 de junio de 2013

Mis criticas: Diario de una caraqueña por el lejano Oriente.



A veces llegan libros que nos atraen en cierta manera y sin saber el por qué. Este pequeño relato de viajes de una caraqueña por el lejano oriente es uno de ellos. Teresa de la Parra fue una intrépida mujer, una mujer de esas que tan bien retrata Cristina Morató en sus libros de mujeres viajeras e intrépidas. Gran curiosa de todas las culturas, y sin miedo en el cuerpo, se dedicó de lleno en vida a recorrer el ancho mundo escribiendo una pequeña pero interesante obra literaria en la que los cuadernos de viaje brillan por su concisión y humor. El “Diario de una caraqueña por el lejano oriente” es una obra que apareció hace casi un siglo en la revista Actualidades, dirigida por Rómulo Gallegos, en Venezuela, su país de origen. Y en este breve pero jugoso librito, una bitácora de ruta de un inconcluso viaje, nos detalla anécdotas de todo tipo. Desde el sempiterno baile de disfraces de los transatlánticos de entonces (pag. 39), a las dificultades por obtener los papeles de la embajada rusa en Estados Unidos en la época, abril de 1919, para viajar poco antes a Caracas. 

Nos descubre el Chicago de entonces, no muy diferente del de ahora, al Kioto de hace 100 años, de aspecto igual al que podemos visitar hoy en día (y lo constato por el viaje que hice hace unos meses). Nos divierte con esos comentarios acerca de lo sucios que son los habitantes de Kobe (Pag. 64) y lo malolientes que son los puertos de Japón (se ve que no era amante de las lonjas…). 

Escribe con igual sorna sobre las posturas de los japoneses a la hora de comer (no dejaba de tener cierto parecido con la que suelen tomar las ranas…pag. 66) y con la costumbre de los peluqueros chinos de cortar el pelo en plazas, en medio de multitudes (pag. 79), para acabar el relato en territorios rusos, donde la huella del viaje se difumina ante la incertidumbre de la ruta a tomar para efectuar la vuelta.

Diario de una caraqueña por el lejano oriente es el semblante de una de las últimas viajeras románticas del mundo, con unos preparativos exhaustivos, y que, sin embargo, a veces las cosas no salen como se planean. pero, sobre todo es esa pequeña agenda de ruta que a todos nos gustaría trazar, con tiernos y alegres comentarios, y que sirve como recuerdo y complemento de un viaje que, bien que sabemos, nunca más volveremos a hacer. 

A destacar de igual manera ese jugoso prólogo de Marco Porras, citando a escritores españoles, contemporáneos o no de la autora, y que hablan con aprecio y amor sobre su figura.

Javier 

Fuente: http://www.lalibreriadejavier.com/?p=12601 

Teresa de la Parra, en busca del tiempo encontrado.


Publicado por ccwolf en enero 23, 2011

Por: Eduardo Casanova.

Teresa de la Parra (Ana Teresa Parra Sanojo, nacida en París en octubre de 1889 y muerta en Madrid en 1936), no fue la primera novelista venezolana. Ni siquiera fue la primera escritora venezolana. Esa posición le corresponde a Zulima (Lina López de Aramburu), que en 1885 publicó “El Medallón”, en 1889, año en que nació Teresa, publicó “Un crimen misterioso”, y en 1898 “Blanca; o consecuencias de la vanidad”. 

Pero la posición en las letras venezolanas, americanas y mundiales de Teresa de la Parra va mucho más allá. Domingo Miliani, uno de los más serios investigadores de nuestra literatura, la relaciona con Marcel Proust (1871-1922), Franz Kafka (1883-1924) y James Joyce (1882-1941), es decir, con lo más alto de la novelística mundial de su momento. 

Fueron suficientes dos libros –afirma Miliani– para que su proyección en la historia de nuestra narrativa emergiera, casi insular, en un arte de la ironía finísima, del humor piadoso ante una sociedad en declive, tratada en tono de añoranza vivencial, con un tiempo lento y perdido, que la aproximó, a los ojos de una crítica más moderna, al nombre de Marcel Proust. José Rafael Pocaterra, en su revista de narrativa, La lectura semanal, había insertado en 1922, un fragmento de Ifigenia, “diario de una señorita que se fastidia”. Dos años después, aquella novela obtuvo un premio de novela en París. Su nombre era casi ignorado hasta ese momento. Vino la crítica, elogiosa. Llovieron las entrevistas y las declaraciones de prensa. 

Una de ellas, la colocaba como simpatizante del gomecismo y entonces, también supo del escarnio y la negación. Pero la obra, impecable, profunda, crítica de la burguesía provinciana [95] de Caracas, perduró y rompió esquemas y estereotipos. (…) En 1929, su segundo libro, Memorias de mamá Blanca completó el cuadro, menudo en número, cuantioso en hallazgos, de un relato hecho para quedar como un clásico de nuestra mejor literatura moderna. La novela europea escrita por los mismos años en que Teresa de la Parra escribía las suyas, había eliminado ya el proyecto de narrar una historia dentro de tina cronología lineal. Irónica y poética, la novela ahora comienza a “Evocar, en vez de contar, saborear en los hechos la emoción que ellos llevan en sí, más que la lógica de su encantamiento” (…) Ese fue el legado de Teresa de la Parra a la novela venezolana, como fue el de Gide, Rilke, Barres, o Valery Larbaud a la novela europea de los mismos años. Un mundo que Proust había de resumir y agotar en sí mismo. Y en realidad, Ifigenia y Memorias de mamá blanca, son, por sí solas, suficientes para poner el nombre de su autora en la cumbre de la novelística nuestra e hispanoamericana en general.

Nació la novelista en París, en donde sus padres (Rafael Parra Hernáiz, representante diplomático de Venezuela en Berlín, e Isabel Sanojo de Parra) se encontraban de paso. A los dos años se estableció con sus padres en la hacienda de la familia, “Tazón”, que era entonces la salida de Caracas hacia los Valles del Tuy (y volvería a serlo en la década de 1960, cuando se abrió la Autopista Regional del Centro). 

Con la legada del siglo XX murió su padre, y su madre decidió ir a vivir a Europa. La niña entró a un colegio de monjas, el Sagrado Corazón de Godella, en tierras de la Valencia original, en España. Allí empezó su formación literaria, especialmente por su interés en la poesía. 

En 1909 ganó un premio por unos versos dedicados a la beatificación de la Madre Magdalena Sofía Barat. Un año después se establecieron en Caracas, en pleno centro, a poca distancia de la Plaza Bolívar (Torre a Veroes). En 1915 publica sus primeros cuentos fantásticos. En El Universal y en Lectura Semanal (Un evangelio indio: Buda y la leprosa, Flor de loto: una leyenda japonesa, El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y La historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol), con el seudónimo “Fru-Fru”. 

En Actualidades, la revista de Rómulo Gallegos, aparece en 1920 Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente, que no es en realidad un Diario, sino una obra de ficción, precursora de Ifigenia, su primera gran novela, editada en español y francés en 1924, con la que estrenó su seudónimo Teresa de la Parra, y que le valió en París, a donde se había mudado en 1923, el primer premio del concurso literario del Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa. 

Y además la fama, no sólo en Venezuela, sino en los círculos literarios europeos. En ese tiempo se acercó a otra de las grandes estrellas de las letras hispanoamericanas, Gabriela Mistral. Viajó por Cuba, Estados Unidos, Colombia, y dondequiera fue recibida en forma apoteósica. En 1929 publicó su segunda novela, Memorias de Mamá Blanca, escrita en Vevey, Suiza, y en 1931, luego de recorrer varios sitios en plan de auténtica estrella de las letras, se instaló de nuevo en Europa. Las costumbres sociales de su tiempo, especialmente las de su país, le impidieron tomar el camino que su sexualidad le pedía, y en el terreno sentimental se limitó a mantener una relación más de afecto y amistad que de amor, con el gran escritor y diplomático ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide (1884-1965). 

Por los problemas pulmonares que la se le manifestaron poco después, buscó la curación en las montañas Suizas, tal como los personajes de La montaña mágica (1924) de Thomas Mann (1875-1955), pero la situación política de Europa la compelió a buscar otros paisajes. Finalmente la tuberculosis acaba con su vida en abril de 1936, en el Sanatorio de La Fuenfría, ubicado en la Sierra de Guadarrama, no lejos de Madrid. En sus últimos momentos la acompañaron su madre, su hermana, María, y su gran amiga cubana Lydia Cabrera (1899-1991), que le dedicó su obra fundamental: Contes nègres de Cuba, editados por Gallimard ese mismo año. Había empezado una biografía de Simón Bolívar que no concluyó. A pesar de la altísima calidad de la literatura escrita por mujeres venezolanas, Teresa de la Parra siempre se destacará entre todos los escritores venezolanos de todos los tiempos.

*Eduardo Casanova, novelista venezolano, ensayista, biógrafo y editor de la Revista digital Literanova

martes, 4 de junio de 2013

Historia de la señorita Grano de Polvo bailarina del Sol. (cuento)


Teresa de la Parra

Era una mañana a fines del mes de abril. El buen tiempo en delirio, contrastaba irónicamente con un pobre trabajo de escribanillo que tenía yo entre manos aquel día. De pronto como levantara la cabeza vi a Jimmy, mi muñeco de fieltro que se balanceaba sentado frente a mí, apoyando la espalda en la columna de la lámpara. La pantalla parecía servirle de parasol. No me veía y su mirada, una mirada que yo no le conocía estaba fija con extraña atención en un rayo de sol que atravesaba la pieza.

-¿Qué tienes, querido Jimmy? -le pregunté-. ¿En qué piensas?

-En el pasado -me respondió simplemente sin mirarme- y volvió a sumirse en su contemplación.

Y como temiese haberme herido por la brusquedad de la respuesta:

-No tengo motivos para esconderte nada -replicó-. Pero por otro lado, nada puedes hacer ¡ay! por mí; y suspiró en forma que me destrozó el corazón.

Tomó cierto tiempo. Dio media vuelta a las dos arandelas de fieltro blanco que rodean sus pupilas negras y que son el alma de su expresión. Pasó ésta al punto de la atención íntima, al ensueño melancólico. Y me habló así:

-Sí, pienso en el pasado. Pienso siempre en el pasado. Pero hoy especialmente, esta primavera tibia e insinuante reanima mi recuerdo. En cuanto al rayo de sol quien, clava a tus pies, fíjate bien, la alfombra que transfigura, este rayo de sol se parece tanto a aquel otro en el cual encontré por primera vez a… ¡Ah! ¡siento que necesitarás suplir con tu complacencia la pobreza de mis palabras!

-Imagínate la criatura más rubia, más argentinada, más locamente etérea que haya nunca danzado por sobre las miserias de la vida. Apareció y, mi ensueño se armonizó al instante con su presencia milagrosa. ¡Qué encanto! Bajaba por el rayo de sol, hollando con su presencia deslumbrante aquel camino de claridad que acababa de recordármela. Suspiros imperceptibles a nuestro burdo tacto animaban a su alrededor un pueblo de seres semejantes a ella, pero sin su gracia soberana ni su atractivo fulminante. Retozaba ella con todos un instante, se enlazaba en sus corros, se escapaba hábil por un intersticio, evitaba de un brinco el torpe abrazo del monstruo-mosquito ebrio y pesado como una fiera… mientras que un balanceo insensible y dulce la iba atrayendo hacia mí-. Dios mío ¡qué linda era!

-Como rostro no tenía ninguno propiamente hablando. Te diré que en realidad no poseía una forma precisa. Pero tomaba del sol con vertiginosa rapidez todos los rostros que yo hubiese podido soñar y que eran precisamente los mismos con que soñaba cuando pensaba en el amor. Su sonrisa en vez de limitarse a los pliegues de la boca se extendía por sobre todos sus movimientos. Así, aparecía, tan pronto rubia como el reflejo de un cobre, tan pronto pálida y gris como la luz del crepúsculo, ya oscura y misteriosa como la noche. Era a la vez suave como el terciopelo, loca como la arena en el viento, pérfida como el ápice de espuma al borde de una ola que se rompe. Era mil y mil cosas más rápido que mis palabras no lograban seguir sus metamorfosis.

-Quedé larguísimo rato mirándola invadido por una especie de estupor sagrado… De pronto se me escapó un grito… La bailarina etérea iba a tocar el suelo. Todo mi ser protestó ante la ignominia de semejante encuentro, y me precipité.

-Mi movimiento brusco produjo extrema perturbación en el mundo del rayo de sol y muchos de los geniecillos se lanzaron, creo que por temor hacia las alturas. Pero mis ojos no perdían de vista a mi amada. Inmóvil, conteniendo la respiración, la espiaba con la mano extendida. ¡Ah divina alegría! La mayor y la última ya de mi vida. En esa mano extendida había ella caído. Renuncio a detallarte mi estado de espíritu. El corazón me latía en forma tan acelerada que en mi mano temblorosa, mi dueña bailaba todavía. Era un vals lento y cadencioso de una coquetería infinita.

-Señorita Grano de Polvo… -le dije.

-¿Y cómo sabes mi nombre?

-Por intuición, le contesté, el… en fin… el amor.

-El amor, exclamó ella, ¡Ah! y volvió a bailar pero de un modo impertinente. Me pareció que se reía.

-No te rías -le reproché-, te quiero de veras. Es muy serio.

-Pero yo no tengo nada de seria -replicó-. Soy la señorita Grano de Polvo, bailarina del Sol. Sé demasiado que mi alcurnia no es de las más brillantes. Nací en una grieta del piso y nunca he vuelto a mi madre. Cuando me dicen que es una modesta suela de zapato, tengo que creerlo, pero nada me importa puesto que soy ahora la bailarina del Sol. No puedes quererme. Si me quieres, querrás también llevarme contigo y entonces ¿qué sería de mí? Prueba, quita tu mano un instante y ponla fuera del rayo.

Le obedecí. Cuál no fue mi decepción cuando en mi mano, reintegrada a la penumbra, contemplé una cosita lamentable e informe, de un gris dudoso, toda ella inerte y achatada. ¡Tenía ganas de llorar!

-¡Ya ves! -dijo ella-. Está ya hecha la experiencia. Sólo vivo para mi arte. Vuelve a ponerme pronto en el rayo de sol.

Obedecí. Agradecida bailó de nuevo un instante en mi mano.

-¿De qué cosa es tu mano?

-Es de fieltro, contesté ingenuamente.

-¡Es carrasposa! -exclamó-. Cuánto más prefiero mi camino aéreo -y trató de volar.

Yo no sé qué me invadió. Furioso, por el insulto, pero además por el temor de perder a mi conquista, jugué mi vida entera en una decisión audaz. Será opaca, pero será mía, «pensé». La cogí y la encerré dentro de mi cartera que coloqué sobre mi corazón.

Aquí está desde hace un año. Pero la alegría ha huido de mí. Esta hada que escondo, no me atrevo ya a mirarla tan distinta la sé, de aquella visión que despertó mi amor. Y sin embargo prefiero retenerla así que perderla de un todo al devolverle su libertad.

-¿De modo que la tienes todavía en tu cartera? -le pregunté picado de curiosidad.

-Sí. ¿Quieres verla?

Sin esperar mi respuesta y porque no podía aguantar más su propio deseo, abrió la cartera y sacó lo que se llamaba: «la momia de la señorita Grano de Polvo». Hice como si la viera pero sólo por amabilidad, pues en el fondo, no veía absolutamente nada. Hubo entre Jimmy y yo un momento de silencio penoso.

-Si quieres un consejo -le dije al fin- te doy éste: dale la libertad a tu amiga. Aprovecha ese rayo de sol. Aunque no dure más que dos horas serán dos horas de éxtasis. Eso vale más que continuar el martirio en que vives.

-¿Lo crees de veras? -interrogó él mirándome con ansiedad-. Dos horas. ¡Ah, qué tentaciones siento! Sí, acabemos: ¡sea!

Así diciendo, sacó de su cartera a la señorita Grano de Polvo y la volvió a colocar en el rayo. Fue una resurrección maravillosa. Saliendo de su misterioso letargo la bailarinita se lanzó loca, imponderable y como espiritual, idéntica a la descripción entusiasta que me había hecho Jimmy. Comprendí al punto su pasión. Había que verlo a él inmóvil, bocabierto ebrio de belleza. La voluptuosidad amarga del sacrificio se unía a la alegría purísima de la contemplación. Y a decir verdad, su rostro me parecía más bello que la danza del hada, puesto que estaba iluminado de una nobleza moral extraña a la falaz bailarina.

De pronto, juntos, exhalamos un grito. Un insecto enorme y estúpido, insecto grande como la cabeza de un alfiler, al bostezar acababa de tragarse a la señorita Grano de Polvo.

¿Qué más decir ahora?


El pobre Jimmy con los ojos fijos consideraba la extensión de su deleite. Nos quedamos largo rato silenciosos incapaces de hallar nada que pudiese expresar, yo mi remordimiento y él su desesperación. No tuvo ni para mí, ni para la fatalidad siquiera una palabra de reproche, pero vi muy bien cómo bajo el pretexto de levantar la arandela de fieltro que gradúa la expresión de sus pupilas, se enjugó furtivamente una lágrima.

http://www.biblioteca.org.ar/libros/154837.pdf

jueves, 30 de mayo de 2013

23 de abril de 1936, muere en París, Francia la escritora Teresa de la Parra



Al  23 ABRIL 2013

23 de abril de 1936, muere en París, Francia la escritora Teresa de la Parra, autora de Memorias de Mamá Blanca e Ifigenia. Este mismo día, pero en 1616 mueren Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare

La escritora venezolana Ana Teresa Parra Sanojo, nació en París (Francia) el 5 de octubre de 1889, hija de padres venezolanos residenciados en París, mejor conocida por su seudónimo Teresa de la Parra, que adopta como firma de sus obras literarias.
Teresa de la Parra Familia

Con tan solo dos años su familia regresa a Venezuela, su infancia transcurrirá en la Hacienda 

“El Tazón” cercana a la ciudad de Caracas.
“Tanto mi madre como mi abuela pertenecían por su mentalidad y sus costumbres a los restos de la vieja sociedad colonial de Caracas”, escribía Teresa de la Parra en 1931, en una breve reseña autobiográfica.

En esa misma reseña declaraba haber nacido en Venezuela, y aunque París dista nueve mil kilómetros de Caracas, apenas puede decirse que mintiera, ya que la infancia de Ana Teresa transcurrió cerca de la capital venezolana, en la hacienda familiar de Tazón.
Teresa de la Parra y sus anotaciones

Su padre fallece repentinamente cuando tenía once años, lo que motivó a su madre decidir establecer nuevamente a la familia en Europa, se trasladó con su madre y hermanos a España, y en 1902 ingresó en el valenciano internado del Colegio del Sagrado Corazón de Godella (Valencia, España), en donde se aflora su inquietud por la poesía y se dedicara a la lectura de famosos escritores que influirán en su formación literaria.

Con tan solo 20 años, compone unos versos para el día de Beatificación de la Madre Magdalena Sofía Barat, recibiendo sus primeros elogios y otorgándole el primer premio escolar.

Regresa a Venezuela diez años después, e inicia su vocación de escritora en diversos artículos publicados en diferentes diarios capitalinos. La visita del Infante Don Fernando de Baviera y Borbón a Venezuela, le permite a Teresa una gran oportunidad, al ser elegida para contestar un mensaje enviado por la Infanta Doña Paz de Borbón, dirigido a Chile y a toda la América Hispánica, recibiendo grandes elogios por la profundidad de su pensamiento y por su encanto prosístico.

Teresa de la Parra Sanatorio

El éxito obtenido por sus artículos y cuentos publicados en los periódicos caraqueños, la lleva a escribir el “Diario de una Señorita”, que posteriormente publicaría en 1924, con el nombre de “Ifigenia”. La cual será su novela más conocida, donde planteó por primera vez en el país el drama de la mujer frente a una sociedad que no le permitía tener voz propia.

Nuevamente viaja a Europa y se establece en Vevey, junto al Lago Lemán, aquí comenzaría a escribir “Memorias de Mamá Blanca”, publicándola París en 1929. Esta novela fue escrita con gran sutileza, llena de nostalgia por su tierra natal, y de su infancia.

Teresa de la Parra fue la primera gran escritora dentro del proceso de las letras venezolanas, logró ser la mujer que encontró en sus bellas novelas un espacio para la mujer dentro de la narrativa, ámbito que ésta antes no había tenido.

Se le diagnostica una bronquitis asmática en 1934, acabando con su vida el 23 de abril de 1936. Para el momento de su muerte la acompañan su madre, Isabel Sanojo de Parra; su hermana María y su amiga Lydia Cabrera, escritora cubana que le dedicara a Teresa su libro Cuentos negros.

Teresa de la Parra

La escritora cubana Lidya Cabrera la acompañó hasta el último momento durante su dolorosa peregrinación por sanatorios suizos y españoles, en busca de la imposible curación de su tuberculosis. La enfermedad, cuyos primeros síntomas se manifestaron en 1931, modificó de raíz su personalidad y su vida. Con respecto a su obra, sería más acertado decir que la enfermedad agravó cierto giro que la autora había comenzado a dar desde su ciclo de conferencias del año anterior. “Acomodar las palabras a la vida, renunciando a sí mismo, sin moda, sin pretensiones de éxito personales, es lo único que me atrae por el momento”, escribía en 1930 al historiador venezolano Vicente Lecuna.

Surgió entonces el proyecto, que no alcanzó a realizar, de escribir una “biografía íntima” de Simón Bolívar que evitara las facilidades de la novela histórica, que Teresa decía detestar. Salvando las distancias entre autores tan disímiles, puede decirse que Teresa de la Parra fue la primera en concebir una idea que ejecutarían, en muy distintos registros, Álvaro Mutis en su cuento El último rostro y García Márquez en El general en su laberinto.
Sus restos fueron sepultados en el cementerio de Almudena, son repatriados en 1947 al panteón familiar Parra Sanojo y finalmente al cumplirse el centenario de su nacimiento son llevados el 7 de noviembre de 1989 al Panteón Nacional de Venezuela.

En París llevó el género de vida que convenía a una señorita de la buena sociedad caraqueña: asistir a recepciones en embajadas y frecuentar a escritores hispanoamericanos. Inició entonces con el diplomático y escritor ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide una amistad, amorosa primero, después entrañable y fraternal, que ha quedado documentada en un nutrido epistolario.

Esta segunda etapa, la de la asunción plena de su vocación, fue también la de su otra gran amistad, amorosa y sororal, con  Cabrera, a quien conoció en 1927 durante un viaje a Cuba en el que representó a Venezuela en la Conferencia Interamericana de Periodistas y disertó sobre “La influencia oculta de las mujeres en el Continente y en la vida de Bolívar”.

“Colocando el país que somos, en lugar que todos queremos”.

Fuente: Periodista/redactor: Francisco Albornoz, Iconos de Venezuela @iconosvenezuela

Notas sobre Teresa de la Parra


Valmore Muñoz Arteaga y Piero Arria
Universidad Católica Cecilio Acosta
Centro de Estudios Filosóficos (LUZ)
vajomar@cantv.net


"...la larga y divagante confidencia de un alma profundamente femenina. Ve, habla, describe y piensa, como nunca podía hacerlo un hombre".
Arturo Uslar Pietri.

No debe caber la menor duda en afirmar que Teresa de la Parra es la figura femenina más importante de las letras venezolanas. Su obra, aunque mínima, más que mínima breve, está reconocida en Latinoamérica como el más claro reflejo de la sociedad venezolano entre los siglos XIX y XX. Ana Teresa Parra Sanojo, hija de Rafael Parra Hernaíz, a la sazón Cónsul de Venezuela en Berlín, y de Isabel Sanojo Ezpelosín de Parra, nace en París en 1889. Año cuando Guzmán Blanco renuncia a la primera magistratura y se funda el Partido Democrático Venezolano. Una Caracas azotada por un pueblo rebelde que derrumbaba las estatuas del Ilustre americano y saquea sus propiedades. El mundo era sacudido por el interés reformista, fundamentalmente en Europa, ya que en España se promulga el Código Civil, en Francia se funda la Segunda Internacional, en Alemania se tejen diferentes huelgas en el rubro minero, además de dictarse una serie de leyes de protección social, en Inglaterra los estibadores entran en huelga, en América latina se proclama la República de Brasil, se realiza la Primera Conferencia de los estados americanos en Washintong, el matrimonio civil se permite en Argentina, entre otros hechos. También es el año de la Edad de Oro de José Martí, de Los elementos de la sociología de Durkheim, también de los nacimientos de Toynbee, Heiddeger, Gabriela Mistral, Alfonso Reyes, Armando Reverón y Tito Salas.

Entre 1891 y 1899 se constituye un lapso totalmente desconocido de la escritora. Años de su traslado a Venezuela, sus primeros años transcurren en la hacienda de caña “Tazón”, que luego recrearía magistralmente en Memorias de Mamá Blanca. Allí muere su padre. En Venezuela nace una nueva Constitución y se inician las confrontaciones con Colombia por los límites entre ambos países, confrontación que terminará perdiendo Venezuela. Después de la muerte de su padre, su madre y sus hermanos se ven obligados a trasladarse a España y acontecen sus años en el internado en el Colegio de religiosas “Sagrado Corazón”, en Godella, Valencia, España. Sus experiencias en el internado se abren al conocimiento a través de sus novelas, liadas con la invención literaria. El internado tenía un Boletín de inclinaciones literarias, religiosas y filosóficas, allí publica la joven Teresa sus primeros trabajos, propiamente versos dedicados a la Beatificación de la Venerable Madre María Sofía Barat, con los cuales obtuvo el primer premio escolar. En el país a la postre, Castro se encuentra gravemente enfermo y le encarga la presidencia a su compadre Juan Vicente Gómez.

En 1909 Teresa regresa a Caracas. Se consuma el primer contacto con la Capital colonial que desnudará en su prosa y en su fastidio. Ya Gómez, con el apoyo de los Estados Unidos, asume definitivamente la Presidencia de la República. Muchos intelectuales y científicos apoyan al régimen instaurado, entre los más entusiastas paradójicamente se encuentran Rufino Blanco Fombona, Rómulo Gallegos y José Rafael Pocaterra. El mismo año Lenín publica Materialismo y empirocriticismo y Marinetti su Manifiesto futurista. 1915 es el año cuando publica sus primeros cuentos en el diario El Universal y en algunas revistas de París bajo el seudónimo de Frufrú. Los cuentos son Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa. Por esas fechas son reconocidos también sus primeros cuentos fantásticos: El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y La historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol. Eran tiempos en que en nuestras letras se iniciaba una búsqueda de nuevos derroteros para la literatura. “La relación misma con el modernismo parece orientada por esta necesidad de otra escritura que supere las formas del costumbrismo, del criollismo, del realismo romántico o del naturalismo, corrientes en vías de agotamiento para el momento en que Teresa de la Parra escribe sus textos”1. En estos cuentos se divisa la gran cultura de Teresa de la Parra, cuentos que siguen la tradición hoffmanniana, el humorismo de Lewis Carroll, y de la presencia de una contemporánea Colette.

En 1920, ya con algún reconocimiento crítico, publica en la revista Actualidades, dirigida por el maestro Rómulo Gallegos, su Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente, combinado de las cartas que le enviara su hermana María quien realmente realizó el viaje. Se funda el partido comunista en EEUU y Francia. Dos años después obtiene el Premio Extraordinario en el Concurso, el Cuento Nacional de El Luchador de Ciudad Bolívar, con su cuento Mamá X que luego integraría su Diario de una señorita que se fastidia. Diario que luego le publicaría Pocaterra en su revista Lectura Semanal. Revienta el primer pozo petrolero en el Zulia, a partir de ahora nada será igual.

Vuelve a viajar a París en 1923 donde traba amistad con intelectuales venezolanos como Simón Barceló, Ventura García Calderón y Gonzalo Zaldumbide, entre otros. Mientras en Venezuela era asesinado en Miraflores Juancho Gómez y la British Equatorial comienza la perforación del primer pozo en el Lago de Maracaibo. 1924 es el año cuando muere en Puerto Rico Cipriano Castro y, Juan Vicente Gómez, expulsa del país al eminente doctor Luis Razetti. Gómez inicia su política de concesiones petroleras al concederle a la Satandart Oil este privilegio. Es el mismo año cuando muere en Caracas la mejor amiga de Teresa de la Parra, Emilia Ibarra de Barrios Parejo, sufriendo un profundo dolor y gran decepción. Este hecho profundiza la mundanalidad de la escritora, quien ahora ni escribe ni lee ni una sola palabra. La literatura venezolana da un paso importante en su desarrollo con la aparición de Áspero de Antonio Arráiz, libro que abre las puertas de la vanguardia literaria. A este le siguieron textos como La inquietud sonora de Héctor Cuenca y Los cuentos frívolos de Blas Millán. También nace la revista Biliken de Lucas Manzano. Entre 1924 y 1926 aparecen algunas traducciones de su obra en París. En este último año inicia su novela Las memorias de Mamá Blanca que supone su obra de madurez.

En 1927 Teresa de la Parra viaja a Cuba como invitada al Congreso de la Prensa Latina, en La Habana, allí dicta una conferencia sobre Bolívar. Seguramente fue testigo de las primeras manifestaciones populares contra Machado en Cuba. A su vez EEUU inicia su intervención en Nicaragua y México. Mientras en Venezuela continuaba la renovación de la literatura aparecen La tienda de muñecos de Julio Garmendia, La locura del otro de Luis Enrique Mármol, aparecen también Las memorias de un venezolano de la decadencia de José Rafael Pocaterra. En Febrero de 1928, Venezuela es testigo de la primera manifestación de resistencia civil contra el gomecismo, y que para muchos inició el ciclo de debilitamiento del régimen. Una manifestación de estudiantes de la Universidad Central de Venezuela abre las compuertas a distintas acciones contra la dictadura, de igual forma marca la instauración de la vanguardia en la cultura nacional. En abril del mismo año, Teresa de la Parra parte nuevamente a Europa: España, Suiza, Alemania, y finalmente Francia en donde revisará la traducción y revisión de las Memorias de Mamá Blanca. Inicia su actividad epistolar y su encierro en el cual dedicará largas horas a la lectura y a la reflexión. En Italia comienza el procesamiento a Gramsci y a otros líderes comunistas, mientras en España cobraba vida el Opus Dei.

Teresa de la Parra seguramente padeció los embates del viernes negro en EEUU, que desató un golpe bursátil de grandes repercusiones mundiales. Sin embargo, ella viaja por Italia en compañía de la escritora cubana Lyddia Cabrera, autora de los Cuentos negros, publicados siete años después y que estarían dedicados totalmente a la venezolana. En 1930 regresa a Cuba y Hitler comienza a tejer su camino al poder en Alemania. Viaja a Bogotá donde es recibida con altas distinciones por parte de la prensa y la crítica bogotana. Dictará las conferencias: La importancia de la mujer americana durante la Colonia, la Conquista y la Independencia, que luego aparecieron publicadas y prologadas por Arturo Uslar Pietri. Ese año nace en Perú el APRA mientras en Venezuela, Gómez cancelaba la deuda externa y se crea la C.A. Nacional Teléfonos de Venezuela.

En Teresa de la Parra se gesta la iniciativa de escribir una biografía sentimental de Simón Bolívar. Surge una relación espiritual entre ella y el Libertador de profunda huella en su alma sensible. En 1931 regresa a Europa en donde se inician los síntomas de su enfermedad. Es confirmada una complicación pulmonar bastante seria, situación que la lleva a una búsqueda de perfección espiritual, y a través de lecturas budistas y orientales orienta su intimismo reflexivo. De estos años se recogen sus cartas más dolorosas. En Venezuela se firma el Plan de Barranquilla donde se fomentan las bases de lo que mucho tiempo después será Acción Democrática. En 1934 es atacada brutalmente por una bronquitis asmática. Al año siguiente regresará a París y se dedicará a escribir únicamente su diario. Muere Juan Vicente Gómez. Teresa de la Parra da fin a su peregrinación buscando solucionar su problema físico en 1936. Meses después morirá en Madrid en compañía de su madre, su hermana María y de su amiga Lidia Cabrera. Once años tuvieron que pasar para que regresara a Venezuela y reposar en el panteón de la familia Parra Sanojo.

Si en las obras de Rómulo Gallegos y José Rafael Pocaterra pueden recorrerse los laberintos que conforman el alma del hombre venezolano, en el discurso de Teresa de la Parra se pueden encontrar las huellas que desenmascaran el silencio angustioso de la mujer venezolana de las primeras décadas del siglo XX. Parra busca dentro de la intimidad femenina de su momento histórico su posición dentro de la sociedad y la sensibilidad de esta en un ambiente contrario a los valores del corazón. Escribe Díaz Seijas, “Su novela-confesión Ifigenia inaugura en la novelística venezolana lo que Proust sostenía en Europa como preciada conquista de la novela del siglo XIX: el símbolo extraído del Yo”. Podríamos decir sin temor a equivocarnos que con Teresa de la Parra surge una forma de narración intimista, de la cual se desprende por primera vez en el país el alma de la mujer venezolana, de la mujer criolla que se ocultaba tras las figuras masculinas pintadas desde las plumas de Díaz Rodríguez, Gallegos, Blanco Fombona y Pocaterra.

El discurso confidencial de Teresa de la Parra se consideró un suceso en la literatura nacional entre 1919 y 1929.

Entre el «Tío Pancho», tipo escéptico gentilhombre de su novela Ifigenia, representante de una sociedad y una tradición ya vencida, y el de Las memorias de Mamá Blanca, híspido, estoico y pintoresco producto del analfabetismo rural, Teresa de la Parra ha sabido pintar con arte goloso de color y expresión, la más variada gama de personajes venezolanos.2

Fernando Paz Castillo agrega:

Intimidad con el ambiente, intimidad con los personajes e intimidad, y esto es lo más importante, con las palabras, pequeñas, recogidas, como los diminutivos que usan las madres y los niños. Lenguaje sencillo, pero poético que recuerda, en muchas ocasiones, los cuentos de las abuelas, en esta tierra venezolana, donde solemos reemplazar las hadas, dulce poesía abstracta del Norte, con hechos trágicos de la vida cuotidiana, o bien con supersticiones -de un carácter realista- de épocas pasadas.3

Paz Castillo ubica a Teresa de la Parra dentro de la literatura realista, ya que en sus páginas se penetra en el mundo de los personajes con cierta objetividad, necesario para que el novelista pueda en un espacio imaginario dar vida a seres de carne y hueso. Aún así, Teresa de la Parra utiliza como recurso expresivo elementos propios del romanticismo, ejemplo de ello es la ensoñación o evocación, así que la escritora puede formar parte de esa gama de escritores que buscan una identidad dentro de la literatura, y que en esa búsqueda constante se pasea por varios estilos y propuestas literarias; sin embargo, tenemos que decir que si Parra frecuenta de alguna manera el romanticismo, allí pueden hallarse propuestas sociales muy concretas que se explican a través de un compromiso social, en el caso de Teresa de la Parra muy individualista, pero que sin duda desencadenó una nueva actitud de la mujer frente a la sociedad, particularmente frente al hombre. Sobre esto iremos más tarde.

Desde la aristocracia discursiva, así podemos definir la escritura de Teresa de la Parra, elabora una radiografía de la decadencia de una sociedad que se sostenía sobre bases definidas en función de los intereses del hombre. Parra intenta exorcizar a la literatura venezolana de esa mujer heroína diseñadas por los novelistas, e intenta con éxito lubricar su mundo interior con la realidad de la mujer criolla; es decir, aquella mujer que se debatía entre lo frívolo y lo trascendente; una mujer capaz de describir con exquisitez en páginas un vestido de moda al mismo tiempo que fragua desde la ironía la destrucción del conformismo social planteada en las normas de buena conducta. De la pluma de Teresa de la Parra nacerá toda una propuesta de literatura femenina desconectada de las viejas posturas exóticas y sensibleras del pasado.

En la obra de Teresa de la Parra encontraremos menores señales de posiciones filosóficas, económicas y políticas como seguramente se pueden encontrar en contemporáneos suyos. Quizás su interés descansó siempre en darle voz al silencio; es decir, servir de interlocutora entre el alma femenina y el mundo que la rodeaba, no estamos seguros si asumido concientemente, pero en desagravio de ello, su voz individual sirvió de puente para otras voces que despertarían luego*.

La corriente filosófica que predominará durante el ciclo vital de Teresa de la Parra es el positivismo. El positivismo va a abrir las puertas a un distanciamiento con el romanticismo y favorece al costumbrismo como alternativa para una más profunda acción creativa, además de brindar al escritor una mejor y más favorable posición frente a la posibilidad de describir la realidad:

Todo esto se dará en una literatura realista que la crítica insistirá en llamar naturalista, cuando a nuestro juicio se tratará tan sólo de la transformación de una expresión romántica no nacional en una expresión romántica ambientada en un medio nacional, lo que permite la convivencia de romanticismo y realismo.4

Probablemente esto dé respuesta a la afirmación que hace Fernando Paz Castillo. Ahora bien, este choque de concepciones literarias seguramente se encuentra prendado al ansia de modernidad de la autora. En sus primeras obras, Teresa de la Parra deja fluir profundos contrastes entre lo foráneo y lo local, una imaginación romántica plena de figuraciones románticas frente a la crudeza del realismo. “La cultural oriental y su saber místico, sagrado, frente a la cultura monoteísta, cristiana, occidental, presente en nuestro criollismo”5. Posición que queda en evidencia con la lectura de sus primeros cuentos entre ellos: Un evangelio indio (Buda y la leprosa), Flor de loto: una leyenda japonesa, Historia de la señorita grano de polvo bailarina del sol y El genio del pesacartas. En estos cuentos, Teresa de la Parra, explora el alma humana a través de un diálogo comprometido con una nueva sensibilidad frecuentada ya por Martí, Darío y los modernistas latinoamericanos, una sensibilidad que desnuda por medio de lo grotesco, el hastío, la trivialidad, el absurdo, la naturaleza humana.

Volviendo al punto acerca del positivismo y la escritura de Teresa de la Parra, podríamos decir que la autora experimenta una doble actitud frente al hecho literario y a su concepción del mundo y el hombre. Decimos doble vertiente, ya que si en su discurso deplora y arremete contra el positivismo representado en una sociedad vacía y sin mundo interior, las herramientas que utiliza para esta empresa están comprometidas con la corriente en cuestión. Los detalles descriptivos y enumeración de lugares y ciudades, la objetividad periodística con que muestra actitudes, personas, incidentes y accidentes geográficos, generan un efecto de realidad en la cual ella no se incluye6. Para Teresa de la Parra el mundo, más allá de ser traducido a través del pensamiento, debía serlo a través de la contemplación. Por ello excluye la posibilidad de más lenguajes dogmáticos a los establecidos. “Su mirada de novelista opone a la intencionalidad intelectual, la emocional, la que capta valores, aunque no por ello deja de ser una mirada impersonal”7:

Evelyn exhalaba a todas horas orden, simetría, don de mando, y un tímido olor a aceite de coco. Sus pasos iban siempre escoltados o precedidos por unos suaves chss, chss, chss, que proclamaban en todos lados su amor al almidón y su espíritu positivista adherido continuamente a la realidad como la ostra está adherida a la concha.8

Su discurso se une, aunque más tímidamente, al de los importantes críticos del gomecismo y la concepción humana del mismo. Escribe Teresa de la Parra y apunta desde la palabra su posición frente al gomecismo representado por el posisitvismo:

…bajo la presión de la mano de Evalyn, mi cuerpo caminaba sin hacer resistencia. Pero mi alma independiente, mi alma intangible, a quien Evelyn no podía agarrar por un brazo, ¡resistía!9

Evelyn, criada en la casa de Blanca Nieves (Memorias de Mamá Blanca) representa, según propio juicio de la autora, al positivismo, ya lo habíamos apuntado antes; sin embargo, insiste en ligarla con la corriente justificadora de la dictadura:

Y destruía, importuna e infame, multitud de jardines, castillos y princesas ideales. Pero Evelyn no tenía la más remota noticia de su obra destructora. Las doradas puertad de la vida interior, para sus ojos avizores, estaban cerradas a piedra y lodo. Sus brazos vandálicos y vencedores, siempre en lucha feliz con la realidad, no abrazaron jamás los amables fantasmas que nos contagian el ensueño, de duda y de neurastenia.10

Teresa de la Parra ataca al positivismo en vista de que éste cercena lo más noble del alma humana, su capacidad de soñar, de recrear el mundo desde la fantasía; es decir, oponerse a la sensibilidad que sólo es posible a través del ensueño. A su vez, quedan expuestos cuáles son los elementos que la alejan sustancialmente del positivismo y cuál es el camino por el cual desea transitar.

Elisa Lerner divide en dos la posición discursiva de Teresa de la Parra:

Pero la historia de la joven caraqueña que luego de una larga estadía de estudios en Europa regresa a su terruño, no es accidente en el camino para que, también, podamos leer dentro de las páginas encantadoras de esa primera novela que han leído Arturo Uslar Pietri y otros ilustres intelectuales, otra segunda novela de atroz melancolía, situada al fondo de los imaginativos ardides o ingeniosos escondites narrativos que usa la escritora para testimoniar y denunciar en torno a la sociedad venezolana bajo las garras del gomecismo. Más que un gobierno, el gomecismo algo así como un animal enorme, colosal que se alimentó, largamente del demudado silencio de los otros.11

Más adelante agrega:

Sin ahorrar detalles que son gemas donde brilla el fervor por la vida, el salón con el sofá de damasco para las visitas de postín o ese otro saloncito estratégico donde la joven Alonso se entera, oculta detrás de la prudente maleza de una cortina, que algún autoritario y mal intencionado familiar quiere disponer de su destino como si ella fuera carne matrimonial de ocasión. Y esa escritura nada difuminada, pero donde el país se percibe como una intriga lejana, enigmática y el gomecismo es la esperanza de una primera modernidad para compatriotas que, sin mirar a quien, descubren en las proximidades del poder facilidades, negocios de la riqueza petrolera.12

En las interioridades de Ifigenia, entre la moda parisiense y el lápiz labial, entre las vicisitudes de una muchacha bien, se mueve la novela política, la palabra que surge para emitir su juicio al régimen que debe vivir. Una novela política sigilosa, es cierto, pero muy crítica e irónica. La ironía en Teresa de la Parra es una visión que nace desde sus médulas y que la adscribe dentro del proceso de la cultura moderna13. Una crítica elevada desde la voz de la joven Alonso que se niega a abandonar a su vez su pletórico guardarropa. El discurso político de Teresa de la Parra, al menos en su narrativa, es sumamente ambiguo. Podríamos asumirlo desde un punto de vista estético o también de precaución; en todo caso, esconde su diatriba al gomecismo en una flemática historia de amor:

Desahogo verbal, también, de una muchacha ilustrada, simulacro narrativo que encubre con bastante gracia la verdadera trama de fondo, el sarcasmo final de unos seres desencantados de sí mismos y sin atreverse a decir que, asimismo, desencantados del país porque sería echar por la borda muchos intereses en juego. En todo caso novela rosa algo compleja con una protagonista que, en demasiadas páginas, clama por la sed de libertad y una vocación primorosa para su inteligencia.14

En Ifigenia, la maniobra de un sarcasmo a medias, posterior a la primera rebeldía inteligente de una muchacha frente a un medio de enormes soslayamientos, no alude, tarea imposible, a la enorme monumentalidad silenciadora del gomecismo, sí a los que obtienen prebendas del régimen. La novelista para nada hace mención de la violencia de las cárceles gomecistas. Esa será la misión de otros escritores. Teresa de la Parra muestra, al principio, la indignación de la heroína frente al despojamiento que el tío Eduardo Aguirre ha hecho de su fortuna. Pero en cuanto a violencias sólo dibuja las muy interiores de la tía Clara o de Mercedes Galindo y las de casero padecimiento de la protagonista.

Hemos dicho que en Teresa de la Parra habitan dos convicciones filosóficas en las cuales se debate; una que se expresa en su estilo literario, y otra en su visión del mundo, el hombre y la sociedad. Teresa de la Parra parece mantenerse ajena al positivismo, a pesar de tener una fuerte devoción por todo cuanto le llega de Francia y su cultura. Un aspecto que podría tomarse como una interpretación de su posición frente al positivismo es su sueño de escribir una biografía sobre Simón Bolívar, pero esto se queda expuesto en su afán biográfico, sino desde el punto que quiere asumir como eje de la historia. La idea de la Escritora es hacer algo fácil y ameno “en el estilo de la colección de vidas célebres noveladas que se publican en Francia”. “La palabra novelada -advierte- es, naturalmente, muy relativa; yo creo que una biografía de Bolívar es, de por sí, sin salirse de la verdad histórica, mejor novela que cualquiera otra cosa que quisiera hacerse”. Y para precisar más su concepto añade: “Quisiera ocuparme más del amante que del héroe, pero sin prescindir enteramente de la vida heroica tan mezclada a la amorosa”.15

En la frustrada biografía no aparecerá ese Bolívar guerrero y estadista al que se traía a la dinámica social a través del laude hiperbólico, era un Bolívar apasionado cuyas únicas tareas heroicas era hacer feliz a Teresa Toro, a la bella Fanny de París y a la indomable Manuela Sáenz.

La misión del artista es descubrir estas coincidencias y darles vida perenne. No existiría entonces entre ella y el Héroe ninguna frontera porque toda frontera desaparece ante el conjuro del arte. Esto era Bolívar para Teresa: substancia de arte, o lo que es lo mismo, substancia de amor. El amor es el dínamo de la Historia, la fuerza que impulsa a los hombres y a las mujeres hacia su destino. ¿Qué importa que unos lo realicen de un modo y otros de otro? Lo que diferencia a los humanos y crea sus categorías es que mientras unos cumplen por el amor una simple función reproductiva otros lo elevan a un plano estético en el que encuentra sus dimensiones exactas la imagen del Héroe.16

Esta historia sería contada desde el corazón dejando a un lado el frío dato histórico, vacío de una sensibilidad que realza Teresa de la Parra, justamente por ser mujer, era la hora de la reivindicación. La mujer, en las profundidades de la pluma de la autora, estaba llamada a sensibilizar la naturaleza humana. Esta búsqueda de la sensibilidad será rescatada desde la poética por Gastón Bachelard17. Bolívar es visto a través de la mujer, quien lo feminiza; es decir, lo transforma en un ser movido por la sensibilidad, y al sensibilizador, le abre un camino cósmico hacia su propia esencia, hacia él mismo quien se reconoce en el otro. Allí abre su paso la mujer en la historia del país, y por ende, en las páginas de Teresa de la Parra.

La obra de Teresa de la Parra queda aún por ser descubierta, no sólo por ser la precursora de meros artilugios literarios que únicamente son valiosos dentro de las artes y las letras nacional, más allá de eso, es la precursora de la mujer que debe asistir comprometidamente al siglo XX que espera de ella, de la mujer, una participación distinta y protagónica. Así se ha hecho.


Notas:

[1] Bohórquez, Douglas: Teresa de la Parra. Del diálogo de géneros y la melancolía Monte Ávila Editores. 1 era edición. Caracas. 1997.

[2] Picón Salas, Mariano (1984) Formación y proceso de la literatura venezolana. Caracas: Monte Ávila Editores. Pag 166-167.

[3] Paz Castillo, Fernando (1992) Reflexiones del atardecer 3. Caracas: Ediciones de La Casa de Bello. Pag 213.

[*] Este feminismo en Teresa de la Parra cambiará de una posición meramente estética a una posición filosófica y sociológica de trascendencia como lo demostrará en sus años de maduez.

[4] Di Prisco, Rafael (1969) Acerca de los orígenes de la novela venezolana. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Pag 44.

[5] Bohórquez, Douglas (1997) Teresa de la Parra. Del diálogo de géneros y la melancolía. Caracas: Monte Ávila Editores. Pag 14.

[6] Idem. Pag 20.

[7] Fombona, Julieta (1982) Teresa de la Parra: Las voces de la palabra. Prólogo a Teresa de la Parra: Obras (Narrativa-Ensayos-Cartas) Caracas: Biblioteca Ayacucho. Pag XX.

[8] Parra, Teresa de la (1994) Las memorias de Mamá Blanca. Caracas: Monte Ávila Editores. Pag 18.

[9] Idem. Pag 37.

[10] Idem. Pag 45.

[11] Lerner, Elisa: La desazón política de Teresa de la Parra. Papel literario. El Nacional. 23 de mayo de 1999.

[12] Idem.

[13] “La visión irónica es la visión nacida en las entrañas mismas de la cultura moderna. Superando ceguera del discurrir cotidiano que afirma las presuposiciones de lo real y de la verdad como los horizontes plenos de existir, la visión irónica pone en evidencia inesperados pliegues y vertientes donde no es la certeza sino la incertidumbre y la incongruencia, no el reconocimiento sino el sinsentido lo que quiere brotar como lo indominable y el vértigo que siempre, por más que lo ignoremos, nos acosan (…) El pensar irónico, que se fundamenta en la diferencia, supondrá de este modo no sólo una crítica a lo real sino también una crítica al lenguaje: el cuestionamiento de sus procesos de identificación y el hallazgo, en el lenguaje mismo, de vertientes de diferenciación desde donde es posible nombrar la dualidad y la escisión del ser y el mundo” Bravo, Víctor (1997) Figuraciones del poder y la ironía. Caracas: Monte Ávila Editores. Pags 9 - 14.

[14] Lerner, Elisa. Ob cit.

[15] Parra, Teresa de la. (1982) Obras (Narrativa, ensayos, cartas) Caracas: Biblioteca Ayacucho. Pag 550.

[16] Díaz Sánchez, Ramón (1954) La etapa bolivariana de Teresa de la Parra (de la escritora al historiador). Revista Nacional de Cultura #100.

[17] “La mujer es el ideal de la naturaleza humana y el ideal que el hombre plantea ante sí mismo como el Otro esencial, y lo feminiza porque la mujer es la figura sensible de la alteridad; por eso casi todas las alegorías, en el lenguaje como en la iconografía, son mujeres.(…) Y los nombres de las grandes cosas como la noche y el día, como el sueño y la muerte, como el cielo y la tierra, sólo cobran sentido designándose como parejas. Una pareja domina a otra, una pareja engendra otra” Bachelard, Gastón (2000) Poética de la ensoñación. México: Fondo de Cultura Económica. Pag 58.

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Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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