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lunes, 22 de febrero de 2016

VII Como el Judío Errante




VII Como el Judío Errante

Recibí su carta y el juicio crítico del Doctor Lisandro Alvarado tan erudito y filósofo como incomprensible. Mi juicio a su juicio fue esta exclamación llena naturalmente del respeto que me merece: Por qué no la escribía en griego de una vez? – No nos hubiéramos comprendido mutuamente, él por hablar demasiadas lenguas muertas;  yo,  por relatarlo todo en esta pobre lengua viva conque pedimos y comemos el pan nuestro de cada día. Así habríamos estados seguros de no debernos nada ninguno de los dos.

Continuo como el Judío Errante; pasé tres meses en París, ahora estoy en la Cote d´Azur , entre Cannes y Niza, con mamá y María.  Vine a bautizar a mi segundo ahijado el baby  de esta última; quien a pesar de estar presente no me ha hecho olvidar el ausente.

Tengo tan abandonada la literatura que no me traje de Paris varios juicios críticos sobre Ifigenia que pensaba remitirle. Va esta crónica literaria sobre Hispanoamérica que es interesante y en la cual me nombran. Si no se ha publicado en Caracas le agradecería la enviara al Universal.  

Mil besos a mi ahijado, muchos saludos a G. y a los niñitos y para usted los más afectuosos recuerdos de su sincera amiga,

Teresa

Juan-les Pins: Marzo 1 de 1926

jueves, 26 de diciembre de 2013

V Tantas Idas y Venidas


V
Tantas Idas y Venidas

SUPONGO que habrán recibido la carta en la cual les daba las gracias por ese ahijado que acepté de todo corazón, y para quien deseo una vida colmada de éxitos.

Por este mismo vapor se embarca el Seños Tomasi que ha de llegar según creo al Hotel Palace. Con él le remito a mi ahijado un recuerdo del bautismo. Quiero que en la medalla le hagan grabar esa fecha bajo sus iniciales.

No dejen de avisarme si han recibido ésta carta. Díganme también la edad del ahijado, pués con tantas idas y venidas no recuerdo si nació antes ó después de mi viaje á Caracas.

Yo quisiera que Carías dijese con toda la franqueza que le he demostrado siempre, si está dispuesto a encargarse de la administración de mis bienes. Esto se lo pregunto en completa reserva y como cosa,  no segura sino posible.

Mil cariños para todos los niños muy especialmente para mi ahijado y soy de ustedes afectísima,

Teresa.
París, noviembre, 1925. 




IV Abuso de Los Nombres Dobles



IV
Abuso de Los Nombres Dobles
ENCANTADA con el honor que me hacen. Acepto desde luego el madrinazgo y bendigo a mi futuro ahijado á quien deseo mucha alegría, mucha salud y muchísimo dinero para el camino que acaba de emprender.
Supongo que habrá recibido Carías mis cartas anteriores, con todas las correspondientes impertinencias.
Me parece muy bonito el nombre de mi ahijado, pues aunque en el libro critiqué el abuso de los nombres dobles me gustan mucho cuando están bien llevados. Supongo que mi ahijado habrá de llevarlo divinamente. ¿Qué edad tiene?
Creo que habrá de necesitarse más fórmula que ésta carta para que su hermana me represente en la ceremonia del bautizo.
Mil cariños a toda la demás familia, y para usted las gracias y toda la simpatía de ésta amiga affma.,

Teresa

Geneve:25 de Septiembre de 1925.

domingo, 20 de octubre de 2013

I Completo Ayuno de Literatura



I
Completo Ayuno de Literatura

CON muchísimo gusto he leído sus dos cartas: tan simpáticas y llenas de interés. No le había contestado antes porque estoy en completo ayuno de literatura (ni leo ni escribo una palabra) y además porque quería darle algunas noticias sobre su amiga  María Eugenia, por quien tanto se interesa.
Desgraciadamente nada puedo decir aún en definitiva. Siguiendo mi programa de Caracas, al llegar presenté el libro a la Casa Editorial en donde se celebra el concurso anual de la novela hispano-americana. El veredicto debería darse en Diciembre y por falta de organización por no sé qué, es la hora en que no se ha dado todavía. Sé que mi libro, junto con nueve más, ha sido escogido entre trescientos llegados; sé que se haya en lectura y que ha gustado mucho; no obstante, no he logrado averiguar quiénes son los miembros del jurado este año. García Calderón, que era director de la casa y fué miembro del concurso el año pasado, me ha asegurado varias veces que de haber enviado el libro al último concurso habría obtenido el premio sin duda alguna. También tiene gran predilección por María Eugenia , a quien solo ha visto hasta la fecha en el corral con Gregoria y las gallinas; el libro completo solo lo conoce usted y Parra Pérez que se lo llevó a Suiza para leerlo y de quien aún no he recibido cartas. Voy a darlo a García Calderón, Zérega y Zaldumbide, quienes también profesan gran cariño a la fastidiada señorita que por lo visto no era tan difícil de casar como ella creía.
Así pues el libro está aún en el mismo estado que en Caracas gracias al mutismo y “hermetismo” de la Franco-Ibero.
Hasta Mayo estaremos en París, luego pienso hacer editar el libro en Madrid, prescindiendo del Concurso y entonces puede estar seguro de que el primer ejemplar será el que mande a usted. Estoy curiosísima por conocer ese juicio crítico del cual me habla en sus cartas.
A pesar del olvido en que ha estado sumida mi literatura el cuento La Mamá X, aparecerá traducido por Mauclair (primo del escritor muy conocido) en una revista de París.
Aún cuando, como le digo, parece que perdiese el tiempo lejos de toda vida de contemplación interior, la aprovecho muchísimo en otro sentido: es cierto que abuso un poco del baile en los dancings, de los tacones de 7 centímetros, de los “cloches” muy ceñidas a la cabeza y de los vestidos “fourreau”, cosas todas que me consumen un tiempo precioso; pero en cambio, visito ordenada y metódicamente todos los lugares, museos y monumentos más interesantes del viejo París.
Tomo clases de declamación y de dicción francesa, con Mme. Moreno una de las más atrayentes ex -actrices de Francia, voy á algunas conferencias interesantes de la Sorbonne y de la Universidad de los Anales donde he oído a Gyps; a Colette; a Linayre y a otras celebridades masculinas y femeninas de la literatura contemporánea. Por lo tanto creo que, de semejante combinación de elementos, algo provechoso habrá de salir algún día.
Me habla de sus proyectos de viaje a Europa; aún cuando no sé en qué forma y por cuanto tiempo se realice ese viaje creo que para todos los venezolanos nos es indispensable, no solo por recibir un baño visual de cultura sino porque, además, perdemos en lo sucesivo esa desazón terrible por el más allá desconocido, restos quizás de un misticismo anterior y subconsciente.
No olvide de tenerme siempre al corriente de cualquier acontecimiento notable, literario o no literario, que pueda interesarme: como le he dicho ya, ni escribo ni recibo cartas de Venezuela, por lo tanto nada sé. La boquilla “Mercedes Galindo” me acompaña siempre; no sabe con qué fidelidad me sirve.
Emilia me encarga mil recuerdos. Délos en mi nombre a G. y los niños y reciba mis mejores votos por su éxito y buena suerte que tanto se merece.

Ana Teresa.

Paris: Marzo 2 de 1924


FOTO: Teresa de la Parra, con mantilla, en la Semana Santa Sevillana - Epistolario Íntimo -

domingo, 6 de octubre de 2013

Carta de Teresa de la Parra a Enrique Bernardo Núñez, París, 25 de noviembre



A Enrique Bernardo Núñez 
París, noviembre 25 

Estimado amigo: 


Al llegar a París recibí su carta, amable y gentil, que leí con verdadero placer; mucho me alegro de cuanto en ella me dice; y le doy las gracias por sus datos. 

Espero que habrá visto ya en El Nuevo Tiempo el primer capítulo de mi nuevo librito que también remite al Universal. 

Veo que la situación Ifigenia en Bogotá está «brava», vale decir muy divertida. Recibí, aunque muy tarde, un folleto, chabacano, pero graciosísimo; ¿quién es ese Carlos de Villena que trata a María Eugenia Alonso con una furia ingenua, como si ni por un segundo se tratase de una ficción? A pesar, repito, de la chabacanería, a mí me ha producido una sensación exquisita, es el comentario vivo y palpitante de nuestras ciudades pequeñas: María Eugenia Alonso viva pasa por la calle, Carlos de Villena detenido, en la esquina al mirar que se aleja la ataca esgrimiendo como energúmeno, naturalmente la moral; pero tal furia no es en el fondo sino la exasperación del deseo ante la mujer bonita, coqueta e inaccesible; en resumen es el homenaje más sincero y menos incómodo que puede recibir una mujer: imagínese usted la furia moralista de Carlos de Villena encauzada por su camino normal y vuelta furia de amor con declaraciones y reclamaciones; ¡qué fastidio para la paciente! A lo mejor Villena es un ungido cura o sacerdote, pero en todo caso es un Sátiro. De ser persona decente y de ser el folleto menos chabacano se prestaría a una respuesta divertidísima de parte de la propia María Eugenia Alonso. Yo que soy en la vida corriente la persona de la paz (me dejo engañar, maltratar o robar con tal de no oír, ni decir una palabra agria), soy muy pica-pleito; cuando se trata de escribir yo misma no me reconozco. Quizás de los pleitos sea la voz lo que me encoge y asusta. Al tener conocimiento del folleto, sin haberlo leído escribí a Arciniegas una carta que no me resolví a enviar, después desarmada por la chabacanería del escrito. Creo que voy siempre a remitírsela a fin de que la publique o no, según quien sea el autor del folleto. 

He terminado ya con honra mis «memorias de mamá Blanca». Las he escrito con cariño y están materialmente muy de acuerdo con mi gusto actual por lo cual les profeso gran afecto. No creo que tengan el escrito de Ifigenia porque ni es propiamente una novela ni se presta a discusión. Veremos cuánto tardan ahora en editarla las tortugas de los editores. Si el libro gusta seguiré en la serie, puesto que termina la obra al cumplir «mamá Blanca» siete años.

Teresa

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, 2 de diciembre de 1924



Diciembre 2. 1924

Mi Gonzalo querido: no puedo decirte lo triste y lo solita que me encuentro, ¡hasta hace un instante estaba sin siquiera pensar en ti! Isabelita ha salido con nuestra amiga Conchita, yo, esperando el eterno embalador (trabaja media hora todas las noches) me he quedado sola y me cogió el crepúsculo y me cogió la noche. ¡Si vieras qué cementerio! Al lado, la casita abandonada y vieja de dos pobres beatas, muertas ya, la última dos meses después de Emilia y cuya casa húmeda y florecida de jazmines, de un gato, de ladrillos en el suelo y viguetas desnudas en el techo (¡ya la están tumbando!) era en otros tiempos, en los tiempos en que escribía mi libro tuyo un sitio de peregrinación al pasado, ¡cuando Emilia salía y yo la esperaba para el cocktail, ¡la casa de las Rodríguez era el paréntesis aburrido y pintoresco entre mis cuartillas guardadas y la comida! Al otro lado de esta casa «el corralón», gran solar tapiado y vacío que fue en un tiempo el cementerio del Convento de las Mercedes. Luego la iglesia que se extiende hasta la esquina. ¡Yo como sandwichs entre tanta desolación y tanta muerte! ¿Me ves? Triste con mi mantoncito negro escribiéndote como de costumbre acostada en el sofá de boudoir bajo la luz de la lamparilla eléctrica. He cambiado toda la casa para mi nuevo inquilino, otros papeles en las paredes, los cuadros más familiares, ausentes, los muebles movidos que parecen protestar pidiendo a gritos sus queridos puestos de antes... Y yo sin poder fumar ni sentir aquel llamamiento de la vida que sentía días atrás. ¡Estoy muy triste Gonzalo, triste, triste, triste! 

¿Por qué tú no me cuentas nunca lo que haces? ¿Tienes siempre de sirviente a Eduardo? No sabes lo que me preocupa el que Eduardo tenga lengua como todo el mundo. La de Vincent no me importa: ¡sería porque como siempre estaba de espaldas! Aquella comida de fiançailles nuestra con los días de antes y todos los de después vistos desde aquí me parecen fantásticos. Con qué naturalidad los veía yo entonces ¿y cuándo era que tenia razón, entonces o ahora? ¡Es claro que debe ser entonces! ¡El otro día estábamos de tertulia familiar y alguien bramó escandalizada porque se había hablado de piernas bonitas o feas entre hombres y mujeres! ¡Imagínate qué ambiente! ¿Cómo pueden ser tan latas de Rodel para conservar ideas? Es inexplicable. Pero estoy un poco contagiada. ¡El idiota del embalador ha llegado por fin!

Teresa

sábado, 5 de octubre de 2013

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, San Juan de Luz, agosto 1924




A Gonzalo Zaldumbide
Hoy a las once y media
San Juan de Luz. Agosto 1924

Querido Gonzalo: como al llegar aquí esta tarde recibí tu carta, ahora, sin poder leer ya más, porque el Seducteur tiene el don de ponerme a llorar dulzura y de nostalgia, desvelada como estoy, resuelvo contestar tu carta, no al pliego de adentro, sino a la impresión del sobre entre mis manos.

Te escribo con lápiz aunque me hayas dado tu pluma de oro. Quisiera hacerte sentir este momento mío tan hondo y tan lleno de regrets. Me dijiste el otro día que era incapaz de sentir ternura, y desde la muerte de mi pobre Emilia que era para mí todo un mar de cariño no hago sino pedir limosna de ternura y en estas horas de la noche, en mi cama, tan inhospitalaria, busco los mendrugos recogidos y se me vuelven todos, todos esos regrets de que te hablo que se me suben a los ojos y me ruedan por las mejillas. ¿Pero, qué te importa a ti nada de esto? Leerás estas palabras con tu mirada ausente hundida en su más allá, y no las comprenderás, dirás tal vez como Hamilcar: «escribe signos que no tienen sentido». Bien, entretanto sigo yo con mis regrets a cuestas y tan, tan solita dentro de mi alma. Tú no estás en ella, te puse en una silla para que te sentaras y hace ya varios días que ni siquiera la silla veo. Siento el más profundo desprecio por esa cosa que llaman amor, que es brutal y salvaje como los toros del domingo, con los pobres caballos destrozados. No quiero sino ternura, eso que tú crees que yo no conozco y en lo cual soy maestra especialista imposible de equivocarse ni engañar.

Isabelita y María se fueron a Pérgola, Mamá duerme y yo pienso sin cesar en esta historia nuestra que no comprendo todavía. Tengo en general como diría María, miedo a ti y horror a los demás hombres, ¡ah si supieras quererme con alma de mujer! Me bastaría con el alma y prescindiría del cuerpo. No te rías ni pienses en el cuento de la petite différence, porque una cosa y otra serían muy contrarias a mi estado de alma desencantada y triste, ¡triste! ¡triste!

Estoy furiosa con la Compañía Trasatlántica y tengo en general como volvería a decir María, unas ganas infinitas de morirme... se alegraría muchísimo y tú no te molestarías siquiera en ponerme este epitafio: «cantó mientras esperaba»... ¡Ya tenemos aquí quince días! Bonsoir, 

Gonzalo, duerme bastante, y recuérdate mañana con tu agua de rosa ¿tendrás quizás algunos dedos que te la pasen sobre los ojos?

¡Quién sabe!

Teresa

Carta de Teresa de la Parra a don Miguel de Unamuno, julio de 1925




A don Miguel de Unamuno

Es a usted, mi estimado amigo y maestro, a quien debo, más que a nadie, la satisfacción íntima y serena, depurada de toda vanidad, de haber escrito un libro.

Cuando lo conocí y le dediqué mi novela en el almuerzo literario de hace algunas semanas, pensé que no iba usted a leer ni una de sus 520 páginas. Es verdad que con acento austero y patriarcal de abuelo vasco, había demostrado interesarse muy vivamente por su raza española de más allá del mar. Habló de ella con pasión, como si hablara de su propia ascendencia, «verdadera resurrección de la carne» explicó usted. Pero también es cierto que luego, con el mismo acento austero de abuelo vasco, y con aire además muy despectivo, habló de las personas superficiales, de las mujeres cuya única ocupación es el vestir, y de todos aquellos que confunden lamentablemente el modernismo o moda con la verdadera elegancia: la escultórica, la que reside en el ademán y en el esqueleto, como la del Esopo de Velásquez en sus harapos, o como la de Ulises al presentarse desnudo ante Nausícaa. Deduje que mal podía encontrar gracia ante sus ojos una novela, cuyo órgano directo de expresión, como el teclado en un piano, era casi todo el tiempo la preocupación de la elegancia, no la escultórica, sino la otra, la de la equivocación lamentable, la del modernismo o moda. Y me fui convencida de que novela y autora habían de parecerles igualmente triviales e indignas de atención.

Grandísima fue mi sorpresa el otro día, cuando al entrar en un recinto oí que hablaba usted de Ifigenia ante numeroso auditorio: ¡Ya estaba leído! ¡Y con lujo de pormenores anotado! La analizaba usted detalle por detalle, sin entusiasmos ni elogios, sino con esa paciente curiosidad con que examina el naturalista un insecto del campo o la flor silvestre que por primera vez ha llamado su atención. Mi presencia no alteró ni un ápice el hilo de su conversación, y siguió detallando el libro como si entre la autora y la recién llegada no existiese el menor lazo común. Yo sentí al instante el milagro del desdoblamiento, me hice también auditorio, y por primera vez, encantada, libre de censura y de elogios directos, sin asomos de vanidad, tuve la sensación noble y reconfortante de «haber escrito».

Quiero darle las gracias por el milagro de desdoblamiento, quiero dárselas por el juicio escrito, pero quiero dárselas sobre todo por estas 4 páginas que recibí anteayer, apretadas notas, hechas con lápiz al calor de la lectura. ¡Cuántas son y qué llenas están de vida!

Los elogios son sobrios, sólo dicen indicando página y párrafo «Bien», «Muy bien» y algunas veces «¡Muy bien!», sin dar razones lo cual es una forma de generosidad, porque mi imaginación puede elegir lo que más le agrade, ¡y en ratos de fecundo optimismo, forjarlas y elegirlas todas!

Las objeciones son mucho menos lacónicas. Como algunas de ellas terminan en un punto de interrogación, me persiguen sin cesar con su voz de pregunta. Yo quisiera acallarlas, pero ellas no se avienen al silencio. Necesito pues contestar algunas de las que tengan a mi entender contestación, o sea defensa, porque hay otras, lo confieso, que al igual de la Esfinge, ¡se quedarán interrogando eternamente!
  
Copio pues las escogidas, bajo el párrafo aludido, y con el número correspondiente de la página tal cual usted lo ha hecho, voy contestando:

Pág. 52 y 53... «tiene para todas las criaturas la dulce piedad fraternal de San Francisco de Asís»... Yo no creo que la piedad de Gregoria fuese precisamente franciscana, ¿o es que se refiere usted entonces a ese San Francisco elegantizado por una leyenda turbia? Me es difícil saber cuál es mi San Francisco, don Miguel ¡he visto pasar tantos! Al primero lo recuerdo entre las nieblas sonrosadas y confusas de mi primera infancia, cuando aún no sabía leer. Lo conocí en una oleografía presidiendo la hospitalidad de cierta casa amiga, sobre el portón cerrado del zaguán o vestíbulo, tal cual acostumbraba hacerse allá en Caracas. Era como el portero complaciente y mudo de aquella casa. Yo solía contemplarlo a mi sabor mientras venían a abrir. Lo representaba la oleografía, abrazando al Crucificado, con los estigmas que despedían cinco rayos y el globo del mundo bajo sus pies. Este primer San Francisco portero, si bien me entretuvo a ratos, no encendió jamás mi cariño ni mi admiración. Tal vez porque mis ojos recién abiertos a la vida juzgaban a las personas según las apariencias, y aquel pobre capuchino de sandalias y cerquillo, tan semejante a cualquier contemporáneo, tan inferior al dulce Crucificado, no podía evocar el prestigio del pasado ni el esplendor augusto del cielo. Desde entonces, han seguido desfilando ante mi vista diversos San Franciscos, en cuadros, esculturas, sermones y versos decadentes, hasta conocerlo por fin, descrito por Jörgensen y por la Pardo Bazán. Estos dos autores despertaron definitivamente mi admiración y mi ternura por el santo tal cual si le hubiera visto en su dulce andar sobre la tierra hablando y sonriendo. ¿Será éste por fin el verdadero?... Confieso que no he leído aún el San Francisco de Sabatier y que no conozco el texto entero de «Las Florecillas». En todo caso, el San Francisco a que aludo en mi novela es aquel suave y descalzo hermano de todo cuanto existe; el que llegó a cantar a «la hermana muerte», el que a fuerza de amar toda pobreza, amó en el Hermano Junípero la miseria fragante de su inteligencia, y el que de haber conocido a mi vieja lavandera, pobre, negra y fea, en vista de la humildad alegre de su espíritu, no hubiese titubeado en llamarla también: «Hermana Gregoria».

Pág. 111... «abuso y soberbia de la inteligencia...» ¿Y qué me dice usted del abuso y soberbia de la tontería?

Pero es que «Tío Pancho» no parangona aquí la inteligencia con la tontería, sino que la parangona con las luces naturales del instinto a los que juzga superiores y mucho más amables. Yo considero que la tontería no es ininteligencia, sino debilidad de inteligencia, con desorden comunicativo en las ideas y gran facilidad de palabra para manifestarlo. Me parece como usted que el tonto es con frecuencia más funesto que el torpe, y creo que ambos son más incómodos que el bruto con lo cual vuelvo a caer en las mismas ideas que expresaba Tío Pancho.

Pág. 113... «La gran armonía del Universo basada en la resignación   —562→   completa de las víctimas...» ¿Y esa resignación no es a veces el divino desprecio hacia el tirano?
-¡Cierto! Yo también pienso que en toda resignación y en todo sacrificio hay un divino desprecio hacia alguien o hacia algo, un divino desprecio inactivo, que no pide venganza ni espera justicia, y que duerme tranquilo con el dulce sueño de la serenidad.

Pág. 47 «...Las monjas acaban por olvidarse de sí mismas a fuerza de no mirarse (bella expresión) en los espejos...» Como uno se olvida de sí mismo, Teresa, desdoblándose y vaciándose, es a fuerza de mirarse en el espejo. ¿El espejo nos da acaso nuestro fondo?
-No. Pero recuerdo que María Eugenia Alonso no hablaba aquí del alma. Hablaba del rostro de la apariencia exterior. Era la belleza física de su amiga Mercedes Galindo, a la que ella aludía. Y de ésa, con sus caprichosas alternativas y dolorosas decadencias, sólo nos habla el espejo, o las espontáneas manifestaciones ajenas que también vienen de otro espejo: los ojos.

Pág. 149. «...la mentira, dulce hermana de paz...» ¿La verdad, entonces, hermana de la guerra?
-¡Sí; sí; yo creo mil veces que sí, aunque usted no lo apruebe! Perdóneme esta insubordinación agravada y aparente cinismo. Pero los que tenemos el espíritu orientado hacia la verdad, no tanto por virtud, como por un natural indolente, distraído o falto de imaginación, conocemos las amarguras de guerras encendidas, por verdades imprudentes que podíamos muy bien haber dejado dormir en la penumbra. Esto desde el punto de vista de egoísmo o conveniencia. Desde otro punto de vista, el de la piedad y altruismo, considero que la verdad, desencadenada en nuestra boca, puede producir heridas tan dolorosas, crueles e inútiles como las que producen fusiles y cañones en tiempo de guerra. Creo en suma, que si al conocimiento de la verdad debemos algunos instantes de exaltada satisfacción, es el de su perpetua ignorancia quien nos concede en cambio el feliz aprecio de nosotros mismos y la cordial consecuencia que de ello resulta: estar siempre de acuerdo con nuestra propia persona y con todas aquellas otras que acompañándonos en la vida nos la siembran de flores, porque también aprendieron a venerar, discreta y bondadosamente, dicha afable ignorancia.

Pág. 259... «¿Por qué no publica usted más versos?»
-Porque sólo he hecho en toda mi vida, a costa de mucho esfuerzo, dos o tres poesías que juzgo bastante mediocres. Yo creo que en el fondo de casi toda poesía lírica, hay un impudor de alma que se desnuda, y el impudor necesita gran pureza de forma, a fin de no exponerse a ser reprochable o a ser cómico.

Pág... «...el único objeto de la fe es la esperanza... La aparente irreligiosidad de la pobre señorita que escribió porque se fastidiaba, es una forma de religiosidad y nada me extrañaría que María Eugenia Alonso acabara en devota, ya que no en mística, y mucho menos en asceta. Su verdadera   —563→   tragedia está expresada allí, en su sed de inmortalidad, si no en el sentido católico y judaico, en el otro en que ya le he hablado: el helénico y platónico. ¿Es por eso por lo que escribió y no por fastidio? ¿Por qué no escribió usted «hastío» que es más castellano y más enérgico?

-El título primitivo de mi novela era: Ifigenia, y como subtítulo: «Diario de una señorita que se aburre». Antes de terminar el libro, se publicaron unos fragmentos encabezados tan sólo con el subtítulo. Debía anunciarse la aparición de los fragmentos, y para ello, antes de remitir mi manuscrito, di el título de viva voz para el anuncio. Publicaron por error: que «se fastidia» en lugar de que «se aburre», y yo no corregí, en parte por inercia o acuerdo con lo va establecido, en parte también porque la substitución me advertía que si la palabra «fastidio» era menos precisa, resultaba en cambio más espontánea o natural dentro del léxico venezolano. La acepté pues como un venezolanismo, y corregí el libro de acuerdo con el nuevo título. No creía entonces que mi novela fuese más allá de Venezuela. Pero estoy muy de acuerdo con usted: en español de España, en castellano, la palabra «fastidio» que tiene otras acepciones no expresa de una manera precisa la idea del hastío. Muchísimo me complace el comprobar que prescindiendo de tantas otras, es ésta la única objeción que me hace usted, en cuanto a léxico ¡ésta misma que mi oído me advirtió muy a tiempo! Y digo mi oído, don Miguel, porque es en él donde la analogía, la sintaxis, la retórica, el diccionario de galicismos, y aun el de la Academia, han tejido al azar su caprichoso nido, sin colaboración ninguna de mi parte, tal cual las aves del cielo y como Dios les ha dado a entender. Desde allí promulgan leyes que yo no me esfuerzo en recopilar: y que un travieso espíritu tan propicio a las artes como rebelde a las ciencias me obliga de continuo a obedecer. Yo escucho atolondradamente sus locas insinuaciones, con ellas por todo bagaje me voy a escribir y me consuelo de tal pobreza pensando que esa agradable virtud la de humillar así la inteligencia, que su soberbia puede expiarse con terrible pena de pedantería, y es servidumbre caer bajo su dictadura, ya que nunca fue ella, sino nuestra madre la necesidad y nuestro buen hermano el uso, los autores de toda gracia y toda naturalidad...

...«Y ahora un consejo: no se preocupe de lo que digan, ni dejen de decir de su libro; recójase en sí; tire el espejo, Teresa...» -¡Recogerse en sí! No sabe qué de acuerdo estoy con ese paternal consejo, que me he dado a mí misma tantas veces, sin obtener como resultado sino la tristeza, el remordimiento y la humillación de no haberlo seguido nunca. Y si como usted tanto aprecio el recogimiento, no es porque el trato con mi propia persona me parezca especialmente interesante, sino porque es en la soledad del alma donde suelen visitarnos, con sus rostros más amables y sonrientes, las imágenes de nuestros semejantes. Allí entablan alegres y amenísimas tertulias en donde las palabras corren libremente, sin que las emponzoñe el deseo de brillar ni las cohíba el temor de resultar indiscretas. En cuanto al espejo, créame, el culto diario que le rindo por rutina y sin asomos de fe, está   —564→   cruelmente castigado por aquella aridez espiritual de que hablan los místicos: ausencia de la divina gracia por tibieza en el fervor. Creo que el espejo, no solamente nos vacía o nos desdobla como usted bien dice, sino que nos multiplica además hasta lo infinito en partículas tan insignificantes, que las vamos perdiendo como alfileres, por salones, dancings y casinos, sin que nos sea posible volver a encontrarlas nunca. Prueba de mi poco fervor al espejo, don Miguel, es que muchas, muchas veces, mirando desfilar maniquíes en las exposiciones de las casas de moda, mientras mis pobres se entornan, agobiados por todas las zozobras de la indecisión y de los precios inabordables, sorprendo de pronto a mi espíritu, que furtivamente, sin más traje que sus dos alas de nostalgia, se ha ido volando, camino de aquella otra exposición que usted conoce muy bien: la que se extiende a orillas del Sena desde el Quai de la Tournelle, al Quai d'Orsay, la que bajo el cielo, la lluvia y el sol, abre a todos los ojos sus generosos cajones, la tan amable de aspectos como afable de precio: la exposición de libreros de lance ¡vieja amiga llena de regalos y de ricas sorpresas a quien siempre tengo presente y a quien nunca voy a ver!... No, yo no hubiera inventado el espejo. Si como Narciso me ahogo todos los días en su insípida atracción, no es por convencimiento, créalo; es por arraigada tontería, por obstinado espíritu de asociación, por inercia de hoja seca, que corre, salta y se destroza sobre la corriente con apariencia de inmenso regocijo; es, en una palabra, por esta cómoda mentalidad de carnero que nos conduce por la vida a hombres y a mujeres, en plácidos y apretadísimos rebaños. De todo lo cual deduzco que no debemos engreírnos ni despreciarnos demasiado por nuestras propias acciones, ya que como opinaba el buen abate Coignard: viles o nobles no son enteramente nuestras, las recibimos de todas las manos y casi nunca las merecemos.

Esperando que tendré el gusto de verlo pasado mañana, y que sabré entonces lo que piensa de esta última herejía lo saludo con todo mi cariño, y mi gran devoción.