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sábado, 28 de noviembre de 2015

Teresa de la Parra: una olvidada entre los libros



“El 23 de abril es un día simbólico para la literatura mundial ya que ese día en 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega. La fecha también coincide con el nacimiento o la muerte de otros autores prominentes como Maurice Druon, Haldor K.Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo”. Así reza la introducción del mensaje de la Sra. Irina Bokova, Directora General de la UNESCO, con motivo del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, que se celebra en todos los países miembros de la UNESCO desde el año 1995.

La verdad es que son muchos los escritores que nacieron o fallecieron un 23 de abril, pero siempre me ha llamado la atención que -a razón de esta importante celebración cultural- de alguna manera se ignore un nombre, que en el mundo de la literatura hispanoamericana tuvo un papel más que destacado: les estoy hablando de Teresa de la Parra. Es por ello que, en el marco de la celebración del Día Internacional del Libro, del Idioma y del Derecho de Autor, quisiera dedicarle unas líneas a esta importante escritora venezolana.

Ana Teresa Parra Sanojo nace en París, Francia, un 05 de octubre del año 1889 y aunque gran parte de su corta vida transcurrió en el extranjero, el legado de su obra demuestra que siempre sintió a Venezuela como su tierra amada.

Pocos años de su infancia los pasó en la patria de Bolívar, con el cual, por cierto, guardaba cierto grado de consanguinidad, ya que su tatarabuela (Teresa Jerez de Aristeguieta) era prima de El Libertador y a su vez madre del general Carlos Soublette. Entre los 2 y los 11 años vivió muy cerca de Caracas, en la hacienda El Tazón, y es probable que en estos años se forjara un lazo indisoluble con Venezuela, de donde se marcharía rumbo a España por la repentina muerte de su padre. Entre España y Francia se forjaría su educación y, por supuesto, su pasión por la literatura.

La obra de Ana Teresa Parra Sanojo comienza a hacerse pública a la edad de 26 años cuando sus primeros cuentos, de corte fantásticos, son publicados en algunas afamadas revistas parisinas, tales como Paris Time, Revue de L'Amérique Latine, entre otras. A raíz de tales publicaciones, diarios como El Universal y la revista Lectura Semanal se interesan por su obra y es así como comienza a publicar algunos de sus cuentos bajo el seudónimo de “Fru-Fru”. Entre éstos destacan Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa. Así mismo, se hacen públicos los cuentos fantásticos El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y La historia de la señorita grano de polvo, además de La bailarina del sol.

Lo anterior ocurrió entre los años 1915 y 1920. La mesa estaba servida para que Teresa de la Parra escribiera su obra Maestra: Ifigenia.

Ifigenia es considerada la primera gran novela venezolana, marcando así la madurez del género en las letras del país. Tiene, como contexto internacional, el fin de la Primera Guerra Mundial y es escrita como si fuera una especie de diario personal. Fue su primera obra publicada con el seudónimo de “Teresa de la Parra”, y trata, a grandes rasgos, el drama de la mujer frente a una sociedad que no le permite expresar sus ideas ni elegir su destino. Por esta obra, justamente, Ana Teresa Parra conquistó el primer lugar en un concurso literario en París, auspiciado por el Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa, y se convierte en una de las escritoras más importantes de Latinoamérica.

Otra de sus más grandes obras, considerada un clásico de la literatura hispanoamericana, es Memorias de Mama Blanca, con la cual aborda el tema de la memoria, de la saga familiar, e ilustra el ambiente de su niñez, mostrando personajes y costumbres de la época, todo a través de una jovial anciana que cuenta sus travesuras infantiles.

La vida y obra de Teresa de la Parra son dignas de ser mencionadas a la hora de hablar de los autores que dan pie a la celebración del Día del Libro, del Idioma y del Derecho de Autor, sobre todo por lo que representó esta venezolana para la historia de la literatura hispanoamericana, cuando los hombres eran quienes dominaban, de alguna manera, esta disciplina intelectual. Tal vez la historia de Ifigenia continúa vigente en un mundo que todavía no reconoce, a carta cabal, el papel de la mujer en ciertas labores que históricamente han estado dominadas por los hombres. Es por ello que hoy queremos recordar a Ana Teresa Parra Sanojo, una olvidada entre los libros.

Por Américo Alvarado P



sábado, 5 de octubre de 2013

Carta de Teresa de la Parra a don Miguel de Unamuno, julio de 1925




A don Miguel de Unamuno

Es a usted, mi estimado amigo y maestro, a quien debo, más que a nadie, la satisfacción íntima y serena, depurada de toda vanidad, de haber escrito un libro.

Cuando lo conocí y le dediqué mi novela en el almuerzo literario de hace algunas semanas, pensé que no iba usted a leer ni una de sus 520 páginas. Es verdad que con acento austero y patriarcal de abuelo vasco, había demostrado interesarse muy vivamente por su raza española de más allá del mar. Habló de ella con pasión, como si hablara de su propia ascendencia, «verdadera resurrección de la carne» explicó usted. Pero también es cierto que luego, con el mismo acento austero de abuelo vasco, y con aire además muy despectivo, habló de las personas superficiales, de las mujeres cuya única ocupación es el vestir, y de todos aquellos que confunden lamentablemente el modernismo o moda con la verdadera elegancia: la escultórica, la que reside en el ademán y en el esqueleto, como la del Esopo de Velásquez en sus harapos, o como la de Ulises al presentarse desnudo ante Nausícaa. Deduje que mal podía encontrar gracia ante sus ojos una novela, cuyo órgano directo de expresión, como el teclado en un piano, era casi todo el tiempo la preocupación de la elegancia, no la escultórica, sino la otra, la de la equivocación lamentable, la del modernismo o moda. Y me fui convencida de que novela y autora habían de parecerles igualmente triviales e indignas de atención.

Grandísima fue mi sorpresa el otro día, cuando al entrar en un recinto oí que hablaba usted de Ifigenia ante numeroso auditorio: ¡Ya estaba leído! ¡Y con lujo de pormenores anotado! La analizaba usted detalle por detalle, sin entusiasmos ni elogios, sino con esa paciente curiosidad con que examina el naturalista un insecto del campo o la flor silvestre que por primera vez ha llamado su atención. Mi presencia no alteró ni un ápice el hilo de su conversación, y siguió detallando el libro como si entre la autora y la recién llegada no existiese el menor lazo común. Yo sentí al instante el milagro del desdoblamiento, me hice también auditorio, y por primera vez, encantada, libre de censura y de elogios directos, sin asomos de vanidad, tuve la sensación noble y reconfortante de «haber escrito».

Quiero darle las gracias por el milagro de desdoblamiento, quiero dárselas por el juicio escrito, pero quiero dárselas sobre todo por estas 4 páginas que recibí anteayer, apretadas notas, hechas con lápiz al calor de la lectura. ¡Cuántas son y qué llenas están de vida!

Los elogios son sobrios, sólo dicen indicando página y párrafo «Bien», «Muy bien» y algunas veces «¡Muy bien!», sin dar razones lo cual es una forma de generosidad, porque mi imaginación puede elegir lo que más le agrade, ¡y en ratos de fecundo optimismo, forjarlas y elegirlas todas!

Las objeciones son mucho menos lacónicas. Como algunas de ellas terminan en un punto de interrogación, me persiguen sin cesar con su voz de pregunta. Yo quisiera acallarlas, pero ellas no se avienen al silencio. Necesito pues contestar algunas de las que tengan a mi entender contestación, o sea defensa, porque hay otras, lo confieso, que al igual de la Esfinge, ¡se quedarán interrogando eternamente!
  
Copio pues las escogidas, bajo el párrafo aludido, y con el número correspondiente de la página tal cual usted lo ha hecho, voy contestando:

Pág. 52 y 53... «tiene para todas las criaturas la dulce piedad fraternal de San Francisco de Asís»... Yo no creo que la piedad de Gregoria fuese precisamente franciscana, ¿o es que se refiere usted entonces a ese San Francisco elegantizado por una leyenda turbia? Me es difícil saber cuál es mi San Francisco, don Miguel ¡he visto pasar tantos! Al primero lo recuerdo entre las nieblas sonrosadas y confusas de mi primera infancia, cuando aún no sabía leer. Lo conocí en una oleografía presidiendo la hospitalidad de cierta casa amiga, sobre el portón cerrado del zaguán o vestíbulo, tal cual acostumbraba hacerse allá en Caracas. Era como el portero complaciente y mudo de aquella casa. Yo solía contemplarlo a mi sabor mientras venían a abrir. Lo representaba la oleografía, abrazando al Crucificado, con los estigmas que despedían cinco rayos y el globo del mundo bajo sus pies. Este primer San Francisco portero, si bien me entretuvo a ratos, no encendió jamás mi cariño ni mi admiración. Tal vez porque mis ojos recién abiertos a la vida juzgaban a las personas según las apariencias, y aquel pobre capuchino de sandalias y cerquillo, tan semejante a cualquier contemporáneo, tan inferior al dulce Crucificado, no podía evocar el prestigio del pasado ni el esplendor augusto del cielo. Desde entonces, han seguido desfilando ante mi vista diversos San Franciscos, en cuadros, esculturas, sermones y versos decadentes, hasta conocerlo por fin, descrito por Jörgensen y por la Pardo Bazán. Estos dos autores despertaron definitivamente mi admiración y mi ternura por el santo tal cual si le hubiera visto en su dulce andar sobre la tierra hablando y sonriendo. ¿Será éste por fin el verdadero?... Confieso que no he leído aún el San Francisco de Sabatier y que no conozco el texto entero de «Las Florecillas». En todo caso, el San Francisco a que aludo en mi novela es aquel suave y descalzo hermano de todo cuanto existe; el que llegó a cantar a «la hermana muerte», el que a fuerza de amar toda pobreza, amó en el Hermano Junípero la miseria fragante de su inteligencia, y el que de haber conocido a mi vieja lavandera, pobre, negra y fea, en vista de la humildad alegre de su espíritu, no hubiese titubeado en llamarla también: «Hermana Gregoria».

Pág. 111... «abuso y soberbia de la inteligencia...» ¿Y qué me dice usted del abuso y soberbia de la tontería?

Pero es que «Tío Pancho» no parangona aquí la inteligencia con la tontería, sino que la parangona con las luces naturales del instinto a los que juzga superiores y mucho más amables. Yo considero que la tontería no es ininteligencia, sino debilidad de inteligencia, con desorden comunicativo en las ideas y gran facilidad de palabra para manifestarlo. Me parece como usted que el tonto es con frecuencia más funesto que el torpe, y creo que ambos son más incómodos que el bruto con lo cual vuelvo a caer en las mismas ideas que expresaba Tío Pancho.

Pág. 113... «La gran armonía del Universo basada en la resignación   —562→   completa de las víctimas...» ¿Y esa resignación no es a veces el divino desprecio hacia el tirano?
-¡Cierto! Yo también pienso que en toda resignación y en todo sacrificio hay un divino desprecio hacia alguien o hacia algo, un divino desprecio inactivo, que no pide venganza ni espera justicia, y que duerme tranquilo con el dulce sueño de la serenidad.

Pág. 47 «...Las monjas acaban por olvidarse de sí mismas a fuerza de no mirarse (bella expresión) en los espejos...» Como uno se olvida de sí mismo, Teresa, desdoblándose y vaciándose, es a fuerza de mirarse en el espejo. ¿El espejo nos da acaso nuestro fondo?
-No. Pero recuerdo que María Eugenia Alonso no hablaba aquí del alma. Hablaba del rostro de la apariencia exterior. Era la belleza física de su amiga Mercedes Galindo, a la que ella aludía. Y de ésa, con sus caprichosas alternativas y dolorosas decadencias, sólo nos habla el espejo, o las espontáneas manifestaciones ajenas que también vienen de otro espejo: los ojos.

Pág. 149. «...la mentira, dulce hermana de paz...» ¿La verdad, entonces, hermana de la guerra?
-¡Sí; sí; yo creo mil veces que sí, aunque usted no lo apruebe! Perdóneme esta insubordinación agravada y aparente cinismo. Pero los que tenemos el espíritu orientado hacia la verdad, no tanto por virtud, como por un natural indolente, distraído o falto de imaginación, conocemos las amarguras de guerras encendidas, por verdades imprudentes que podíamos muy bien haber dejado dormir en la penumbra. Esto desde el punto de vista de egoísmo o conveniencia. Desde otro punto de vista, el de la piedad y altruismo, considero que la verdad, desencadenada en nuestra boca, puede producir heridas tan dolorosas, crueles e inútiles como las que producen fusiles y cañones en tiempo de guerra. Creo en suma, que si al conocimiento de la verdad debemos algunos instantes de exaltada satisfacción, es el de su perpetua ignorancia quien nos concede en cambio el feliz aprecio de nosotros mismos y la cordial consecuencia que de ello resulta: estar siempre de acuerdo con nuestra propia persona y con todas aquellas otras que acompañándonos en la vida nos la siembran de flores, porque también aprendieron a venerar, discreta y bondadosamente, dicha afable ignorancia.

Pág. 259... «¿Por qué no publica usted más versos?»
-Porque sólo he hecho en toda mi vida, a costa de mucho esfuerzo, dos o tres poesías que juzgo bastante mediocres. Yo creo que en el fondo de casi toda poesía lírica, hay un impudor de alma que se desnuda, y el impudor necesita gran pureza de forma, a fin de no exponerse a ser reprochable o a ser cómico.

Pág... «...el único objeto de la fe es la esperanza... La aparente irreligiosidad de la pobre señorita que escribió porque se fastidiaba, es una forma de religiosidad y nada me extrañaría que María Eugenia Alonso acabara en devota, ya que no en mística, y mucho menos en asceta. Su verdadera   —563→   tragedia está expresada allí, en su sed de inmortalidad, si no en el sentido católico y judaico, en el otro en que ya le he hablado: el helénico y platónico. ¿Es por eso por lo que escribió y no por fastidio? ¿Por qué no escribió usted «hastío» que es más castellano y más enérgico?

-El título primitivo de mi novela era: Ifigenia, y como subtítulo: «Diario de una señorita que se aburre». Antes de terminar el libro, se publicaron unos fragmentos encabezados tan sólo con el subtítulo. Debía anunciarse la aparición de los fragmentos, y para ello, antes de remitir mi manuscrito, di el título de viva voz para el anuncio. Publicaron por error: que «se fastidia» en lugar de que «se aburre», y yo no corregí, en parte por inercia o acuerdo con lo va establecido, en parte también porque la substitución me advertía que si la palabra «fastidio» era menos precisa, resultaba en cambio más espontánea o natural dentro del léxico venezolano. La acepté pues como un venezolanismo, y corregí el libro de acuerdo con el nuevo título. No creía entonces que mi novela fuese más allá de Venezuela. Pero estoy muy de acuerdo con usted: en español de España, en castellano, la palabra «fastidio» que tiene otras acepciones no expresa de una manera precisa la idea del hastío. Muchísimo me complace el comprobar que prescindiendo de tantas otras, es ésta la única objeción que me hace usted, en cuanto a léxico ¡ésta misma que mi oído me advirtió muy a tiempo! Y digo mi oído, don Miguel, porque es en él donde la analogía, la sintaxis, la retórica, el diccionario de galicismos, y aun el de la Academia, han tejido al azar su caprichoso nido, sin colaboración ninguna de mi parte, tal cual las aves del cielo y como Dios les ha dado a entender. Desde allí promulgan leyes que yo no me esfuerzo en recopilar: y que un travieso espíritu tan propicio a las artes como rebelde a las ciencias me obliga de continuo a obedecer. Yo escucho atolondradamente sus locas insinuaciones, con ellas por todo bagaje me voy a escribir y me consuelo de tal pobreza pensando que esa agradable virtud la de humillar así la inteligencia, que su soberbia puede expiarse con terrible pena de pedantería, y es servidumbre caer bajo su dictadura, ya que nunca fue ella, sino nuestra madre la necesidad y nuestro buen hermano el uso, los autores de toda gracia y toda naturalidad...

...«Y ahora un consejo: no se preocupe de lo que digan, ni dejen de decir de su libro; recójase en sí; tire el espejo, Teresa...» -¡Recogerse en sí! No sabe qué de acuerdo estoy con ese paternal consejo, que me he dado a mí misma tantas veces, sin obtener como resultado sino la tristeza, el remordimiento y la humillación de no haberlo seguido nunca. Y si como usted tanto aprecio el recogimiento, no es porque el trato con mi propia persona me parezca especialmente interesante, sino porque es en la soledad del alma donde suelen visitarnos, con sus rostros más amables y sonrientes, las imágenes de nuestros semejantes. Allí entablan alegres y amenísimas tertulias en donde las palabras corren libremente, sin que las emponzoñe el deseo de brillar ni las cohíba el temor de resultar indiscretas. En cuanto al espejo, créame, el culto diario que le rindo por rutina y sin asomos de fe, está   —564→   cruelmente castigado por aquella aridez espiritual de que hablan los místicos: ausencia de la divina gracia por tibieza en el fervor. Creo que el espejo, no solamente nos vacía o nos desdobla como usted bien dice, sino que nos multiplica además hasta lo infinito en partículas tan insignificantes, que las vamos perdiendo como alfileres, por salones, dancings y casinos, sin que nos sea posible volver a encontrarlas nunca. Prueba de mi poco fervor al espejo, don Miguel, es que muchas, muchas veces, mirando desfilar maniquíes en las exposiciones de las casas de moda, mientras mis pobres se entornan, agobiados por todas las zozobras de la indecisión y de los precios inabordables, sorprendo de pronto a mi espíritu, que furtivamente, sin más traje que sus dos alas de nostalgia, se ha ido volando, camino de aquella otra exposición que usted conoce muy bien: la que se extiende a orillas del Sena desde el Quai de la Tournelle, al Quai d'Orsay, la que bajo el cielo, la lluvia y el sol, abre a todos los ojos sus generosos cajones, la tan amable de aspectos como afable de precio: la exposición de libreros de lance ¡vieja amiga llena de regalos y de ricas sorpresas a quien siempre tengo presente y a quien nunca voy a ver!... No, yo no hubiera inventado el espejo. Si como Narciso me ahogo todos los días en su insípida atracción, no es por convencimiento, créalo; es por arraigada tontería, por obstinado espíritu de asociación, por inercia de hoja seca, que corre, salta y se destroza sobre la corriente con apariencia de inmenso regocijo; es, en una palabra, por esta cómoda mentalidad de carnero que nos conduce por la vida a hombres y a mujeres, en plácidos y apretadísimos rebaños. De todo lo cual deduzco que no debemos engreírnos ni despreciarnos demasiado por nuestras propias acciones, ya que como opinaba el buen abate Coignard: viles o nobles no son enteramente nuestras, las recibimos de todas las manos y casi nunca las merecemos.

Esperando que tendré el gusto de verlo pasado mañana, y que sabré entonces lo que piensa de esta última herejía lo saludo con todo mi cariño, y mi gran devoción.

sábado, 11 de agosto de 2012

La desazón política en Teresa de la Parra



                                                              Imagen: Versión María Eugenia Parra


Conocida como Fru Fru, Ana Teresa Parra Sanojo (París, 1889; Madrid, 1936), pisó tierras venezolanas en 1902. 22 años después obtuvo un premio en París por la publicación de Ifigenia, una novela escrita a manera de diario que plantea tanto el drama de una mujer que no puede expresar sus ideas como algunos cuadros costumbristas que ilustran la Caracas de entonces. A continuación una reflexión sobre las referencias al gomecismo en la obra de la escritora venezolana

De Ifigenia, novela de Teresa de la Parra, se ha dicho, desde su publicación en 1924, que es, ante todo, una confesión muy femenina. «Libro mujer: atractivo, oscuro, turbador», apunta Arturo Úslar Pietri en ensayo firmado en 1948. Pero, a nuestro modo de ver, Ifigenia es ficción dual, donde el lector, si así lo desea, puede embelesarse, en primer término, con la acicalada gracia de una trama femenina. Pero la historia de la joven caraqueña que luego de una larga estadía de estudios en Europa regresa a su terruño, no es accidente en el camino para que, también, podamos leer dentro de las páginas encantadoras de esa primera novela que han leído Arturo Úslar Pietri y otros ilustres intelectuales, otra segunda novela de atroz melancolía, situada al fondo de los imaginativos ardides o ingeniosos escondites narrativos que usa la escritora para testimoniar y denunciar en torno a la sociedad venezolana bajo las garras del gomecismo. Más que un gobierno, el gomecismo algo así como un animal enorme, colosal que se alimentó, largamente, del demudado silencio de los otros.

En la astucia nativa, impar de la narradora, la denuncia es un paradójico susurro, un beso de la muerte estampado con el más fino lápiz labial de marca francesa del momento. El lápiz labial de la protagonista, la joven Alonso y el profesional de la escritora son iguales y distintos, rotundos, sesgados e intercambiables. Lápiz de dos cabezas para páginas escritas a pleno sol respecto a muchos episodios graciosos en la vida de la heroína. Y otras pergeñadas a la sombra de una fina ambigüedad en rededor de gente que se puede considerar afecta al régimen gomecista. En fin, escritura dispuesta con abierta jovialidad en Ifigenia, y no hay contradicción en ello, cuando puertas adentro y en confianza, la joven Alonso hace algo así como el inventario casi impaciente o cantarino, de acuerdo a estados de ánimo variadísimos, de la casa de la abuela con ésta en el sillón de mimbre haciendo un interminable, pero perfecto calado para un mantel de granité.

Para seguir con el inventario de los dos corredores, del primer patio, del otro de los naranjos frente a la habitación, donde la protagonista se encierra a escribir o a leer novelas, pero bajo llave como una esposa de Barba Azul. Sin ahorrar detalles que son gemas donde brilla el fervor por la vida, el salón con el sofá de damasco para las visitas de postín o ese otro saloncito estratégico donde la joven Alonso se entera, oculta detrás de la prudente maleza de una cortina, que algún autoritario y mal intencionado familiar quiere disponer de su destino como si ella fuera carne matrimonial de ocasión. Y esa escritura nada difuminada, pero donde el país se percibe como un intriga lejana, enigmática y el gomecismo es la esperanza de una primera modernidad para compatriotas que, sin mirar a quien, descubren en las proximidades del poder facilidades, negocios de la riqueza petrolera.

Sarcasmo a medias
Nuestro conspicuo escritor Úslar Pietri, mira: «...la larga y divagante confidencia de un alma profundamente femenina. Ve, habla, describe y piensa, como nunca podía hacerlo un hombre». En fin, la compacta novela escrita por una señorita. Al referirse a la autora ha expresado: «Era una señorita: ese ser monstruosamente delicado y complejo. Esa flor del barroco». Al contrario, en el subtítulo de la novela, «Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba», y que da ocasión a la anterior aseveración de Úslar Pietri, vemos tan sólo una coartada formal de la escritora frente al terrible estado de cosas acerca de las que atestigua. Y es que para nosotros, Teresa de la Parra, al unísono, escribe dos novelas, gemela una de la otra o de gemelo destino, pero completamente discernibles.

Referirse en Ifigenia a una ficción «profundamente femenina», única, no supuesta al despedazamiento de la interpretación diversa, es ignorar la vasta novela política que se mueve, a la par, eficaz, sigilosa pero muy crítica, en torno a un acre momento nacional. Sin que la joven Alonso, la de la novela femenina por antonomasia, tenga que renunciar por ello a su sedoso guardarropa parisino. El vaivén argumental de algunos de los personajes, renovados por los chismes políticos que se oyen como desde un oído brumoso, conforman en Ifigenia una novela menos parcial. Sin dejar de advertir que el gracioso soliloquio de la protagonista es pieza variable y compleja. Excede o va más allá de la suerte de la heroína.

La autora, por precaución, estilo o ambas cosas, envuelve el irónico testimonio político sobre el gomecismo en el risueño y envolvente papel celofán de una historia de amor. Desahogo verbal, también, de una muchacha ilustrada, simulacro narrativo que encubre con bastante gracia la verdadera trama de fondo, el sarcasmo final de unos seres desencantados de sí mismos y sin atreverse a decir que, asimismo, desencantados del país porque sería echar por la borda muchos intereses en juego. En todo caso novela rosa algo compleja con una protagonista que, en demasiadas páginas, clama por la sed de libertad y una vocación primorosa para su inteligencia. Al final del libro, la joven Alonso al traicionar la alegría de sus sueños (no hará su vida con el hombre que ama sino con otro bastante desagradable y de talante espeso), parece inmolarse en aras del qué dirán y del cálculo social. Añagazas menores de Teresa de la Parra para que la secuela de humillaciones que deja el terror del régimen en los otros personajes estalle en su prosa de muchacha educada, tan solo, como un chisme furtivo y algo remoto. Y razón para que nuestro gran ensayista Mariano Picón Salas comentara en torno a «la adolescente malicia» de la autora y Úslar Pietri asegure que la escritora «se fastidia y murmura. Teje su propia vida, los rostros que la rodean y la circunstancia en un fino tapiz de maledicencia. Este ha sido siempre un gran arte de la criolla». La murmuración, cotilleo de un decir subalterno, desgaste pasajero y viperino. Desde luego pensamos que Teresa de la Parra hace algo más serio y profundo que murmurar. O, en todo caso, su crítica penetrante de la sociedad gomecista toma algunas lentejuelas de un traje de fiesta de la protagonista de su novela, María Eugenia Alonso y, por momentos, esa crítica semeja, disfrazarse, evanescente, de pequeña malicia femenina.

En Ifigenia, la maniobra de un sarcasmo a medias, posterior a la primera rebeldía inteligente de una muchacha frente a un medio de enormes soslayamientos, no alude, tarea imposible, a la enorme monumentalidad silenciadora del gomecismo, sí a los que obtienen prebendas del régimen. La novelista para nada hace mención de la violencia de las cárceles gomecistas. Esa será la misión de otros escritores. Teresa de la Parra muestra, al principio, la indignación de la heroína frente al despojamiento que el tío Eduardo Aguirre ha hecho de su fortuna. Pero en cuanto a violencias sólo dibuja las muy interiores de la tía Clara o de Mercedes Galindo y las de casero padecimiento de la protagonista.

En Ifigenia el gomecismo es juego de lejanías, rumores de la fortuna política de algunos personajes expresados por la autora con solapado acento en páginas distanciadas unas de las otras. Todos los personajes, no sólo María Eugenia Alonso, con su historia de amor triste, son unos perdedores. Más de uno ha abandonado el corazón en la cuneta a fin de tener dinero, poder, figuración o son seres con poca envergadura para concluir un proyecto intelectual. Siempre que pueden salen en estampida de Venezuela. No lo dicen abiertamente. Pero para esos compatriotas, fuera de las Legaciones que consiguen en el exterior o los negocios que hacen para enriquecerse, gobierno de por medio, el país es el mismísimo demonio.

Teresa de la Parra evidencia una nueva realidad que ella expresa siempre con el lápiz a media luz. Gracias, precisamente, a las facilidades de enriquecimiento rápido que las relaciones con el gobierno y un subsuelo rico en petróleo empiezan a proporcionar, los venezolanos acaso se hacen menos escépticos o errantes. En el escepticismo del tío Pancho, por ejemplo, se advierte una última ironía disidente. Cuando no escépticos, han sido resignados, con rutina y acentuada importancia hacia la vida chiquita como es el caso de la tía Clara. Los de la nueva fortuna petrolera pueden tener talento, ser finos, cultivados, pero, finalmente, egoístas, conseguidores como Gabriel Olmedo. O ampulosos, vulgares hombres del régimen como el doctor César Leal. En la pechera cuajada de rubíes del antipático doctor Leal, en su Packard imponente, en el solitario que lleva entre los dedos como un tercer ojo, en sus discursos altisonantes y de mal gusto, Teresa de la Parra anticipa magistralmente el país petrolero de los años por venir en su insolente vertiente de nuevo riquismo.

Senderos de la insinuación
Ramón Díaz Sánchez, considerado una pluma más modesta que la de Picón Salas o la de Úslar Pietri y sin embargo, autor entre otros libros de la hermosa novela Cumboto, posiblemente, da en el clavo más que ningún otro autor venezolano cuando afirma en su libro Teresa de la Parra, clave para una interpretación (Caracas, Ediciones Garrido, 1954): «En su tiempo no fueron muchos, aquí, los que calaron el símbolo de este libro; en el nuestro su número ha aumentado aunque no lo bastante como para que el espíritu de la escritora y el de su bella Caracas puedan considerarse substancialmente reinvindicados».

¿Y, acaso, podía ser solo símbolo perturbadora y delicadamente femenino como nos hicieron ver tantos comentarios? «Ifigenia, novela esencialmente femenina, insinúa mucho más de lo que dice, y estos senderos de la insinuación, no se ven, se sienten y presienten como los diversos estados de ánimo a través de los versos de un poeta», confiesa la misma Teresa de la Parra en artículo fechado en París en 1926. Estos «senderos de la insinuación» llevan a corroborar que en la novela de Teresa de la Parra no hay solo una jovial autobiografía juvenil de la autora. En Ifigenia hay dos autobiografías: la de la novela cumplidamente femenina y la de la reveladora y brillante novela política. El libro, visto como el romántico libro escrito por una mujer desmenuza en la historia de la joven Alonso un parangón biográfico con la veinteañera Teresa de la Parra que llega de Europa. Es más: está muy claro que la cautivadora Mercedes Galindo, personaje clave de Ifigenia, es mucho lo que tiene que ver con Emilia Ibarra, entrañable amiga de la escritora.

Pero en Ifigenia puede leerse otra autobiografía de la autora, pública, política, y que encarnada en el personaje Gabriel Olmedo, concita menos simpatía que la de la joven Alonso. Pero, pregona o prefigura comportamientos externos de la escritora. Muy estudiado y distinguido, pero sin fortuna personal, Gabriel Olmedo regresa de Europa después de haber escrito un libro del cual no se tercia más: asunto muy nuestro. Por años, en Venezuela, nos hemos dado a comentar libros que nadie ha escrito y escritores huérfanos de páginas. Pero, volviendo al personaje Olmedo, en la intriga del «Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba», el caballero de marras careciendo de fortuna personal aspira una Legación en Europa o a hacer negocios con el gobierno. Destino paralelo o casi paralelo al de Teresa de la Parra, la cual sí ha escrito un libro y, a semejanza de Olmedo, es probable que quiera también salir de la pobreza e irse para Europa.

El personaje de Ifigenia, Olmedo, logra llevar a cabo sus ambiciones en la aproximación a Monasterios, poderoso Ministro del gobierno y en el matrimonio, seguramente no deseado, con la hija poco atractiva, algo obesa del Ministro. Y pese a que en Ifigenia, tampoco es cosa de arduos detectives descubrir, la fría displicencia de la autora hacia personajes que por sus vínculos con el gobierno, obtienen una serie de ventajas personales y materiales, Teresa de la Parra, aparte de cuyo notable talento narrativo debía merecer un justo premio, la gratificación de un estado que, además, empezaba a obtener los frutos de la novedosa industria petrolera, al dar fin a Ifigenia escribe una larga carta al general Gómez bastante adulatoria que, a bien seguro, no tiene otra intención que el logro de una pensión que permita llevarla a vivir, con alguna comodidad, fuera de ese desierto que para una mujer de su extraordinaria vivacidad intelectual era la Venezuela de los años 20.

En suma, María Eugenia Alonso le había prestado a Teresa de la Parra, entre otras cosas, una jovialidad atrevida, la crítica constante para enumerar algunos pecados y pecadores codiciosos del gomecismo. Gabriel Olmedo, en cambio, exquisito, encantador pero, asimismo, convencido como la escritora de los beneficios de la paz gomecista y de que la libertad en Venezuela se confundía con una natal anarquía, empuja, quizás, la mano de la novelista que halagó al General Gómez en una larga carta melindrosa. Misiva en la que ella parecía desdecirse de esas páginas maravillosas que incluían el retrato del doctor César Leal, alto funcionario del régimen. Pero muy irónica manera de capear el furioso temporal de una dictadora, Teresa de la Parra nos hace adversar al doctor Leal, acertijo de novela de amor, sobre todo, como novio temible de la protagonista.

Novela que consta de dos anillos, uno refulge en muchos momentos con la luz diamantina del diario sonriente de una muchacha y una historia de amor incompleta. El otro es un anillo liso, sin adorno de piedra refulgente, se mueve, locuazmente, sin embargo, de un dedo a otro de la mano con arista de aguja pensativa para expresar el chisme severo y sarcástico de una novela política bastante completa. Sumario doméstico intercalado con datos distantes que no lo son. La escritora expresa todo esto último, sin levantar la voz, sin dejar de jugar al amor perdido y al mayor de los silencios. No hay acusaciones para nadie en particular, es decir al tirano de turno, pero en Ifigenia, Teresa de la Parra dice lo que tiene que decir con pluma osada y nada anecdótica.

Venezuela, 1924 Teresa de la Parra habla sobre su más reciente obra Ifigenia


  Imagen: Versión Maria Eugenia Parra 


“La crisis por la que atraviesan las mujeres no se cura predicando la sumisión”


A mediados de este año la joven escritora venezolana Teresa de la Parra publicó Ifigenia. La novela busca resaltar la figura de la mujer que trata de luchar en contra del machismo y el tradicionalismo en el siglo XX.

Teresa de la Parra, quien desde 1923 vive en Francia, destacó aspectos importantes de su más reciente obra:
 -Uno de los aspectos más interesantes de lanovela es la lucha entre las ideas tradicionales
y la necesidad de modernización ¿Su crianza fue importante para plantear esta dicotomía?

-Tanto mi madre como mi abuela pertenecían por su mentalidad y sus costumbres a los restos de la vieja sociedad colonial de Caracas. Por lo tanto mi segunda infancia y mi adolescencia se deslizaron en un ambiente católico y severo. En Caracas me puse por primera vez en contacto con el mundo y la sociedad. Observé el conflicto continuo que existía entre la nueva mentalidad de mujeres jóvenes despiertas al modernismo por los viajes y las lecturas, y la vida real que llevaban, encadenadas por prejuicios y costumbres de otra época. Sólo en deseo, por la independencia de vida y de ideas, hasta que llegaba el matrimonio que las hacía renunciar y las entregaba a la sumisión acabando por convertirlas a las viejas ideas gracias a la maternidad. Este continuo conflicto femenino con su final de renunciamiento me inspiró la idea de mi primera novela Ifigenia.

¿Piensa ud. que su novela fue mal recibida en ciertos sectores de la sociedad, y eso influyó en su actual exilio?

La crítica que encierra contra los hombres y ciertos prejuicios hizo que en mi país la recibieran con algún mal humor. Algunos círculos ultracatólicos de Venezuela y Colombia creyeron ver en ella un peligro para las niñas jóvenes que la celebraban al verse retratadas en la heroína con sus aspiraciones y sus cadenas. La novela fue atacada y defendida con gran exaltación en diversas polémicas, cosa que contribuyó a su difusión.

¿Ud. se considera una feminista?

Mi feminismo es moderado, La crisis por la que atraviesan hoy las mujeres no se cura predicando la sumisión. La vida actual no respeta puertas cerradas. Para que la mujer sea fuerte, sana y verdaderamente limpia de hipocresía, no se la debe sojuzgar frente a la nueva vida, al contrario, debe ser libre ante sí misma, consciente de los peligros y de las responsabilidades, útil a la sociedad, aunque no sea madre de familia, e independiente pecuniariamente por su trabajo y su colaboración junto al hombre. París