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miércoles, 22 de febrero de 2023

Teresa de la Parra una literatura cargada de historia y feminismo.

Por: Ángel Silva-Arena

En el mes dedicado a la mujer, les presentamos la semblanza de una las más famosas novelistas de nuestra nación.

Una de las escritoras insignes de las letras venezolana es, sin lugar a dudas, Teresa de la Parra, considerada junto a Rómulo Gallegos, la novelista más importante del siglo XX en nuestro país.

Aunque nació en París, el 5 de octubre de 1889, siempre declaraba orgullosa su condición de mujer perteneciente a esta Tierra de Gracia. Su padre fue Rafael Parra Hernáiz, quien era cónsul de Venezuela en Berlín y su madre, Isabel Sanojo Ezpelosín de Parra, quien pertenecía a una rancia familia de la sociedad caraqueña. Su tatarabuela, Teresa Jerez de Aristeguieta, fue prima de Simón Bolívar y madre del general Carlos Soublette.

Su infancia y adolescencia marcaron su existencia. No en vano, los recuerdos de las vivencias en la hacienda familiar de Tazón, darían vida a la hacienda Piedra Azul, ese encantador lugar que detalla en una de sus más emblemáticas obras: Memorias de Mamá Blanca (1929). De igual modo, su internado en España, en el Colegio del Sagrado Corazón de Godella, se convertiría en el marco formativo de la irreverente protagonista de su famosa novela Ifigenia (1924), María Eugenia Alonso, y donde manifiesta su moderado ideario feminista, que traduce su inquietud por el valioso y progresista papel de la mujer en la sociedad.

Para 1915, sus primeras incursiones literarias, cuentos breves de cortes fantásticos, fueron publicados en revistas parisinas y medios nacionales, como El Universal y la revista Lectura Semanal, bajo el seudónimo de Fru-Fru (Un evangelio indio: Buda y la leprosayFlor de loto: una leyenda japonesa). En 1920 publica en la revista Actualidades –dirigida por Rómulo Gallegos– su “Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente”, a partir de las experiencias vividas por su hermana.

En 1923 se traslada a París y en 1924 se edita. bajo el seudónimo de Teresa de la Parra, su primera y más famosa novela, Ifigenia. En 1927, viaja a Cuba para representar a Venezuela en la Conferencia Interamericana de Periodistas con una alocución “La influencia oculta de las mujeres en el continente y en la vida de Bolívar”. Posteriormente, fue invitada por el gobierno de Colombia para dictar en ese país una serie de conferencias que tienen como tema la “Importancia de la mujer durante la Colonia y la Independencia”. En 1928 regresa a Europa.

Afectada por la tuberculosis, Teresa de la Parra murió el 23 de abril de 1936 en Madrid, España, en compañía de su madre, su hermana y su pareja Lydia Cabrera, antropóloga y escritora cubana.

El estilo literario de Teresa de la Parra se caracteriza por su transparencia, donde se mezcla el criollismo venezolano con la influencia de las letras europeas. Su obra es una puerta abierta hacia el pasado, uno que se nutre de su historia y relatos familiares, además de manifestar un particular feminismo donde reivindica la libertad.

Imagen: Tomada de la web.  
Crédito a quien corresponda.

El Genio del pesacartas




El genio del pesacartas

[Cuento - Texto completo.]

Teresa de la Parra

Esta era una vez un gnomo sumamente listo e ingenioso: todo él de alambre, paño y piel de guante. Su cuerpo recordaba una papa, su cabeza una trufa blanca y sus pies a dos cucharitas. Con un pedazo de alambre de sombrero se hizo un par de brazos y un par de piernas. Las manos enguantadas con gamuza color crema no dejaban de prestarle cierta elegancia británica, desmentida, quizás, por el sombrero que era de pimiento rojo. En cuanto a los ojos, particularidad misteriosa, miraban obstinadamente hacia la derecha, cosa que le prestaba un aire bizco sumamente extravagante.

Lo envanecía mucho su origen irlandés, tierra clásica de hadas, sílfides y pigmeos, pero por nada en el mundo hubiera confesado que allá en su país había modestamente formado parte de una compañía de menestriles o cantores ambulantes: semejante detalle no tenía por qué interesar a nadie.

Después de sabe Dios qué viajes y aventuras extraordinarias, había llegado a obtener uno de los más altos puestos a que pueda aspirar un gnomo de cuero.

Era el genio de un pesacartas sobre el escritorio de un poeta. Entiéndase por ello que instalado en la plataforma de la máquina brillante se balanceaba el día entero sonriendo con malicia. En los primeros tiempos había sin duda comprendido el honor que se le hacía al darle aquel puesto de confianza. Pero a fuerza de escuchar al poeta, su dueño, que decía a cada rato: “¡Cuidado!, que nadie lo toque, que no le pasen el plumero. Miren qué gracioso es … ¡Es él quien dirige el vaivén de billetes y cartas! …” Había acabado por ponerse tan pretencioso que perdió por completo el sentido de su importancia real -y esto al punto de que cuando lo quitaban un instante de su sitio para pesar las cartas, le daban verdaderos ataques de rabia y gritaba que nadie tenía derecho a molestarlo, que él estaba en su casa, que haría duplicar la tarifa y demás maldades delirantes.

Pasaba pues, los días, sentado en el pesacartas como un príncipe merovingio en su pavés. Desde allá arriba contemplaba con desdén todo el mundo diminuto del escritorio: un reloj de oro, un cascarón de nuez, un ramo de flores, una lámpara, un tintero, un centímetro, un grupo de barras de lacre de vivos colores, alineados muy respetuosamente alrededor del sello de cristal.

-Sí -decíales desde arriba- yo soy el genio del pesacartas y todos ustedes son mis humildes súbditos. El cascarón de nuez es mi barco para cuando yo quiera regresar a Irlanda, el reloj está ahí para indicar la hora en que me dignaré a dormir; el ramo de flores es mi jardín; la lámpara me alumbra si deseo velar; el centímetro es para anotar los progresos de mi crecimiento (mido ciento setenta milímetros desde que me vino la idea de usar calzado medieval). -No sé todavía qué haré con los lacres-. En cuanto al tintero, está ahí, no cabe duda, para cuando yo quiera divertirme echando redondeles de saliva.

Y diciendo así comenzaba a escupir dentro del tintero con una desvergüenza sin nombre.

-Eres un gran mal educado, protestaba el tintero. Si pudiera subir hasta allá, te haría una buena mancha en la mejilla y te escribiría en las espaldas con letras muy grandes “gnomo malvado”.

-Sí, pero como eres más pesado que el plomo con tu agua asquerosa de cloaca, no puedes hacerme nada. Si me inclino sobre ti, quieras que no, tendrás que reflejar mi imagen.

Y su rostro en efecto aparecía en el fondo del brocal de cobre negro y brillante como el de un diablillo burlón.

Cuando su dueño se sentaba al escritorio, el gnomo tomaba un aire hipócrita y sonreía como diciendo: “Todo marcha bien. Puedes escribir lindísimas páginas, yo estoy aquí”.

Entonces el poeta, que era de natural bondadoso y que se engañaba fácilmente, miraba al genio con complacencia y colocando una barrita de incienso verde en el pebetero, la ponía a arder. El humo subía en finas volutas hacia el gnomo y le cubría la cabeza con su dulce caricia azulada. El diminuto personaje respiraba el perfume con alegría y se estremecía de tal modo que la balanza marcaba quince gramos en lugar de diez que era su peso normal, por lo cual deducía que el incienso era el único alimento digno de él, puesto que era el único que le aprovechaba.

Una noche en que dormía profundamente lo despertó una música muy suave. Eran dos pobres menestriles vestidos más o menos como él y del mismo tamaño, que venían a darle una serenata: uno tocaba la guitarra cantando con expresión apasionada; el otro lo acompañaba tarareando con las dos manos sobre el corazón, como quien dice: “qué divina música, nunca he sentido igual placer”.

-¿Qué es esto?, ¿Qué ocurre? -preguntó el gnomo frotándose los ojos con un puño furibundo. -¿Quién se permite tocar y cantar de noche aquí en mi mesa?

-Somos nosotros -contestó el guitarrista con mucha dulzura-. Parece que has corrido con mucha suerte desde el día en que te fuiste de nuestra compañía ambulante. Eres hoy un gran personaje… y ya ves, hemos hecho el viaje. Estamos muy cansados…

-En primer lugar, les prohíbo que me tuteen y en segundo término, ¡no los conozco!, ¡vaya broma!, yo, yo en una compañía de menestriles… ¿Están locos? ¡Largo, largo de aquí, pedazos de vagabundos!.

-Pero, de veras ¿no nos reconoce usted, monseñor?, insistió el músico decepcionado. Éramos tres, acuérdese, y teníamos grandes éxitos… yo me ponía en el medio, mi compañero a la derecha y usted a la izquierda, bizqueando para que la gente se riera. Tiene usted siempre la misma mirada. Tome, aquí tengo la fotografía que nos sacó un aficionado la víspera del día que usted se escapó.

Y desmontando la guitarra sacó un rollo de papel bromuro que extendió. Se veían en efecto los tres menestriles de cuero y alambre: el de la derecha era en efecto el genio del pesacartas.

-¡Ah!, esto ya es demasiado -gritó exasperado-. No me gustan las burlas. Soy el genio del pesacartas y nada tengo que ver con mendigos como ustedes.

-Pero, monseñor -respondió el guitarrista, a quien invadía una profunda tristeza-. Si no pedimos gran cosa; tan solo el que nos permita vivir aquí en su hermosa propiedad. Piense que hemos gastado en el viaje todas nuestras economías.

-Lo que me tiene sin cuidado.

-No lo molestaremos para nada. Tocaremos lindas romanzas.

-No me gusta la música. Además, los veo venir: harían correr ciertos ruidos perjudiciales a mi buen nombre, muchas gracias, mi situación es muy envidiada… Conozco cierto tintero que se sentiría encantado si pudiera salpicarme con sus calumnias. Arréglenselas como puedan, yo no los conozco.

-¿Es su última palabra? -preguntaron los menestriles rendidos bajo tanta ingratitud.

-Es mi última palabra -concluyó el genio del pesacartas.

Y como los desgraciados músicos permanecieron aún indecisos y desesperados:

-¿Quieren ustedes marcharse enseguida -bramó, poniéndose de pie sobre el platillo-, o llamo a la policía?

Pero en su exaltación, se resbaló, le faltó el pie y rodó, soltando una horrible interjección, hasta ir a dar al fondo del tintero, que se lo tragó.

Sin dar oídos a otros sentimientos que no fueran los del valor y la generosidad, los dos menestriles quisieron liberar al amigo de otros tiempos. Pero por desgracia el tintero que tenía muchas cuentas que cobrar, dejó caer su tapa con estrépito y los menestriles no pudieron ni moverla.

Al siguiente día cuando el poeta vio el desastre, comprendió lo ocurrido y sintió repugnancia por la ingratitud del gnomo. Después de haberlo extraído del pozo negro y después de haber tratado en vano de limpiarlo, no sabiendo qué hacer con él y no queriendo tirarlo a la basura, lo metió en el fondo de una gaveta.

En su destierro, el gnomo de cuero no ha perdido su orgullo. Continúa deslumbrando con sus cuentos fantásticos a la gente del nuevo medio social: un pisapapeles roto, una concha de tortuga y un rollo de viejas facturas.

-Cuando yo reinaba en el pesacartas, era yo quien hacía llegar los telegramas. Pero un día, un loco me arrojó en un tintero…

En cuanto a los dos menestriles, el poeta los ha colocado sobre un gran ramo de follaje. Parecen dos pájaros de colores en un bosque virgen y allí cantan el día entero de un modo encantador.

FIN

Texto: Ciudad Seva.
Imagen: Bajada de la Web. Crédito a quien corresponda.

sábado, 23 de abril de 2016

A los 80 años de su deceso.

Fecha de nacimiento: 5 de octubre de 1889, París, Francia
Fecha de la muerte: 23 de abril de 1936, Madrid, España
Padres: Rafael Parra Hernáiz, Isabel Sanojo de Parra

domingo, 21 de febrero de 2016

Reseña sobre "Ifigenia" de Teresa de la Parra





Autor: Carlos Balladares Castillo
Publicado en: Noticiero Digital y Analitica

Ifigenia o el sacrificio del feminismo

¿Fue Teresa de La Parra (1890-1936) una feminista? Si comprendemos por feminismo la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, se puede responder afirmativamente. Dicha afirmación se sostiene en la lectura: tanto de su novela “Ifigenia” (1924) como de sus tres conferencias sobre la “Influencia de las mujeres en la formación del alma americana” (1930). Textos que leímos en sus “Obras” editadas por Biblioteca Ayacucho en su segunda edición de 1991). En sus conferencias dirá que es una “feminista moderada” porque ciertamente; como María Eugenia Alonso, el personaje de su gran novela; posee una relación de amor-odio con la tradición colonial. Admira sus orígenes: es una “goda” (término que se usaba en el siglo XIX y principios del XX para referirse a los conservadores y/o a los descendientes de los mantuanos) pero sostiene que no debe haber más “sumisión” por parte de la mujer a esa cultura “pagana” que tiene al macho como un dios.

La tragedia de nuestra Ifigenia criolla de principios de siglo XX: es el vivir en una sociedad a medio camino entre la tradición y la modernidad, por tanto entre la naciente libertad femenina y la moral “goda”. A lo cual se suma el ser huérfana y pobre pero de clase alta, y por tanto dependiente de sus familiares con dinero. Esta realidad es la que la protagonista: María Eugenia Alonso (una joven que ha vivido y se ha emocionado con el hedonismo del París de la “Belle Époque”) llama “el Fastidio”. Su gran temor es vivir la monotonía de los que no tienen una meta, como lo son su “abuelita” (viuda) y la tía Clara (solterona), que pasan las horas bordando y rezando. La novela es su diario, el de una “señorita que escribió porque se fastidiaba”, y por medio de él nos cuenta sus intentos para salvarse de esta realidad y ser feliz. Al principio busca ser pianista como Teresa Carreño, pero no puede tocar el piano porque la abuelita se lo prohíbe porque están de luto; luego le queda la pasión del amor en el matrimonio, pero su enamorado (Gabriel Olmedo) termina casándose con una rica. Solo la lectura y la escritura de su diario la sirven de terapia, e incluso me atrevo a decir que es su verdadero medio de salvación y expresión de su protesta feminista.

A lo largo de la novela – la cual es bastante larga: más de 500 páginas – se describen un conjunto de personajes que ilustran la realidad de la Venezuela gomecista (los arribistas como el tío Eduardo), y especialmente la mentalidad positivista (el idealista tío Pancho, muy similar al tío Juancho de “Memorias de Mamá Blanca”). Para un historiador, Teresa de la Parra, es una maravillosa “cronista”; que nos demuestra como la Colonia no había muerto ni con la Independencia ni con los sucesos de nuestro largo siglo XIX. Nos relata el mundo de las clases altas y medias, sobretodo las primeras; en muy pocos momentos se refiere a los sectores populares (¡Qué mal que no vivió más tiempo para que nos regalara una novela de los olvidados, porque siempre demostró en sus escritos una veneración por ellos!). El racismo y el endoracismo aparece en muchos momentos (la criada Gregoria: - “¡Haberse acordado de su negra!… ¡de su negra fea!… ¡de su negra vieja!...” (pág. 36)), y siempre está la admiración por nuestra geografía tropical: “Me encanta el pedazo de Ávila que se mira a lo lejos por encima de la mata y los tejados” (pág. 88).

Al vivir su fracaso amoroso, María Eugenia Alonso, acepta relativamente su destino: el fastidio. Ser una mujer prisionera, desheredada, esclava, y tutelada por su familia. Su abuelita le buscará marido al permitirle “sentarse en la ventana” para que los jóvenes ricos la vean (“a la venta”) y le propongan matrimonio. De esa forma conoce al peor de los machistas: César Leal. Al igual que Ifigenia en Áulide es conformista ante el sacrificio, aunque vive un último momento de posible escape con un Gabriel Olmedo arrepentido. Nada, la tradición colonial se impone y el miedo la detiene… la autora no nos dirá el fin de la historia de la protagonista: ¿Se suicida, se queda solterona o se casa con el machista? Mi hipótesis, es lo que luego confirma Teresa de la Parra en sus tres conferencias: la maternidad es la única salvación y felicidad de la mujer en los tiempos del machismo. La mujer por esta vía logró el mestizaje entre las “razas” que se odiaban, logra la perpetuación de los “fundadores de la ciudad”.  

miércoles, 17 de febrero de 2016

Extractos de Teresa de la Parra



“Tengo un alma profundamente naturista y adoro con ella la verdad sencilla de las cosas”.  Ifigenia.

“Ya la Luna, lo sabía, me ha dicho compasiva: ¡No esperes a los muertos! Pero no he de cerrar mi balcón todavía”. Ifigenia.

¿No han ojeado ustedes nunca, al azar un diccionario? Se lo recomiendo. No hay nada más grato ni más reposante para el espíritu. Teresa de la Parra.


"Tanto mi madre como mi abuela pertenecían por su mentalidad y sus costumbres a los restos de la vieja sociedad colonial de Caracas" Teresa de la Parra.

“Podría decirte muy severamente: “Vete y no peques más”, si no fuese porque juzgo imprudente anatemizar el pecado con demasiada violencia. Proscrito del mundo, su absoluta ausencia podría dejar tras él una aridez de desierto, pues, ¿qué valdría ya la vida sin la gracia del perdón y la indulgencia?”. Memorias de Mamá Blanca.

“Rumiante insaciable de las cartas, instantes de banquete, me pregunto asombrada qué fenómeno inesperado es este fenómeno fisiológico de la fidelidad. Viene de la misma fuente, quizás de donde brota el amor maternal porque es irrazonable animal, bastante estúpido y es el resultado de caricias, huellas de beso. Te repito, ¡no lo comprendo!” Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, diciembre de 1924.

“A ti, dulce ausente, a cuya sombra propicia floreció poco a poco este libro. A aquella luz clarísima de tus ojos que para el caminar de la escritura lo alumbraron siempre de esperanza, y también a la paz blanca y fría de tus dos manos cruzadas que no habrán de hojearlo nunca, lo dedico”. Dedicatoria de Ifigenia.

“Los recuerdos no cambian es Ley de todo lo existente. Si nuestros muertos, los más íntimos, los más adorados, volviesen a nosotros después de muchos años de ausencia y arrasados los árboles viejos hallasen en nuestras almas jardines a la Inglesa y tapias de mampostería, es decir, otros afectos, otros gustos, otros intereses, doloridos nos contemplarían un instante y discretos, enjugándose las lágrimas, volverían a acostarse en sus sepulcros.” Memorias de Mamá Blanca.

“…Su alma desconocía el odio. Siendo casi del mundo de los vegetales, aceptaba sin quejarse, las inquinidades de los hombres y las injusticias de la naturaleza. Hundido en acequia o adherido a las lajas, zahiriendolo o no, seguía como buen vegetal dando impasible sus frutas y flores”. Memorias de Mamá Blanca.

“Mamá perseverante y evangelizadora, seguía prodigando sobre Vicente sus quejumbrosas amonestaciones, mientras el tiempito se prolongaba indefinidamente a través de todas las cosechas de café”.  Memorias de Mamá Blanca.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Teresa de la Parra: una olvidada entre los libros



“El 23 de abril es un día simbólico para la literatura mundial ya que ese día en 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega. La fecha también coincide con el nacimiento o la muerte de otros autores prominentes como Maurice Druon, Haldor K.Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo”. Así reza la introducción del mensaje de la Sra. Irina Bokova, Directora General de la UNESCO, con motivo del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, que se celebra en todos los países miembros de la UNESCO desde el año 1995.

La verdad es que son muchos los escritores que nacieron o fallecieron un 23 de abril, pero siempre me ha llamado la atención que -a razón de esta importante celebración cultural- de alguna manera se ignore un nombre, que en el mundo de la literatura hispanoamericana tuvo un papel más que destacado: les estoy hablando de Teresa de la Parra. Es por ello que, en el marco de la celebración del Día Internacional del Libro, del Idioma y del Derecho de Autor, quisiera dedicarle unas líneas a esta importante escritora venezolana.

Ana Teresa Parra Sanojo nace en París, Francia, un 05 de octubre del año 1889 y aunque gran parte de su corta vida transcurrió en el extranjero, el legado de su obra demuestra que siempre sintió a Venezuela como su tierra amada.

Pocos años de su infancia los pasó en la patria de Bolívar, con el cual, por cierto, guardaba cierto grado de consanguinidad, ya que su tatarabuela (Teresa Jerez de Aristeguieta) era prima de El Libertador y a su vez madre del general Carlos Soublette. Entre los 2 y los 11 años vivió muy cerca de Caracas, en la hacienda El Tazón, y es probable que en estos años se forjara un lazo indisoluble con Venezuela, de donde se marcharía rumbo a España por la repentina muerte de su padre. Entre España y Francia se forjaría su educación y, por supuesto, su pasión por la literatura.

La obra de Ana Teresa Parra Sanojo comienza a hacerse pública a la edad de 26 años cuando sus primeros cuentos, de corte fantásticos, son publicados en algunas afamadas revistas parisinas, tales como Paris Time, Revue de L'Amérique Latine, entre otras. A raíz de tales publicaciones, diarios como El Universal y la revista Lectura Semanal se interesan por su obra y es así como comienza a publicar algunos de sus cuentos bajo el seudónimo de “Fru-Fru”. Entre éstos destacan Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa. Así mismo, se hacen públicos los cuentos fantásticos El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y La historia de la señorita grano de polvo, además de La bailarina del sol.

Lo anterior ocurrió entre los años 1915 y 1920. La mesa estaba servida para que Teresa de la Parra escribiera su obra Maestra: Ifigenia.

Ifigenia es considerada la primera gran novela venezolana, marcando así la madurez del género en las letras del país. Tiene, como contexto internacional, el fin de la Primera Guerra Mundial y es escrita como si fuera una especie de diario personal. Fue su primera obra publicada con el seudónimo de “Teresa de la Parra”, y trata, a grandes rasgos, el drama de la mujer frente a una sociedad que no le permite expresar sus ideas ni elegir su destino. Por esta obra, justamente, Ana Teresa Parra conquistó el primer lugar en un concurso literario en París, auspiciado por el Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa, y se convierte en una de las escritoras más importantes de Latinoamérica.

Otra de sus más grandes obras, considerada un clásico de la literatura hispanoamericana, es Memorias de Mama Blanca, con la cual aborda el tema de la memoria, de la saga familiar, e ilustra el ambiente de su niñez, mostrando personajes y costumbres de la época, todo a través de una jovial anciana que cuenta sus travesuras infantiles.

La vida y obra de Teresa de la Parra son dignas de ser mencionadas a la hora de hablar de los autores que dan pie a la celebración del Día del Libro, del Idioma y del Derecho de Autor, sobre todo por lo que representó esta venezolana para la historia de la literatura hispanoamericana, cuando los hombres eran quienes dominaban, de alguna manera, esta disciplina intelectual. Tal vez la historia de Ifigenia continúa vigente en un mundo que todavía no reconoce, a carta cabal, el papel de la mujer en ciertas labores que históricamente han estado dominadas por los hombres. Es por ello que hoy queremos recordar a Ana Teresa Parra Sanojo, una olvidada entre los libros.

Por Américo Alvarado P



23 de abril: muere en Madrid Teresa de la Parra




Javier Vilchez

El 23 de abril de 1936, muere en Madrid, Ana Teresa Parra Sanojo, conocida como Teresa de la Parra, hija de Rafael Parra Hernández y de Isabel Sanojo, quien nació en París, Francia, el 5 de octubre de 1889. A lo siete años de edad, su familia la trae a Venezuela y viven en la hacienda Tazón, cerca de la urbanización caraqueña de Coche. Al morir su padre, dos años más tarde, es llevada a España. Su vocación literaria la manifestó desde muy joven, cuando escribía deliciosos cuentos bajo el seudónimo de Fru-Fru.

Al regresar a Venezuela, y en su Caracas afectiva se nutre de ingredientes que conformarán sus novelas. Con el seudónimo de Teresa de La Parra participa en un concurso de escritores americanos con la novela Ifigenia, en 1924.

La obra causó tal sensación que obtuvo el primer premio y es publicada por el Instituto Hispanoamericano de la Cultura de Francia. Ifigenia es la propia Teresa de La Parra, expresivamente feminista, con muchos años de adelanto a la época que le tocó vivir. Otra de las novelas perdurables de Teresa de La Parra es Memorias de Mamá Blanca, publicada en 1929.

De ella se han hecho tantas ediciones como de Ifigenia, y es de obligada lectura en nuestros días. Velia Bosch publicó, con motivo de cumplirse cincuenta años de la publicación de Memorias de Mamá Blanca, uno de los estudios más completos sobre la obra de Teresa de la Parra, bajo el título Esa Pobre Lengua Viva: relectura de la obra de Teresa de la Parra, sus restos fueron trasladados a Caracas en 1949 y reposan en el Panteón Nacional desde el 7 de noviembre de 1989.

viernes, 31 de julio de 2015

Los universos íntimos de Teresa de la Parra



Por Oneirú Caraballo para Literofilia

Antes de referirnos a cualquier otro asunto o detalle sobre su vida y obra, apremia decir que la escritora Teresa de la Parra (1889-1936) posee una prosa transparente con el tono singular de una conversación deliciosa. En sus textos la sensación de leer es reemplazada por un “sonido” sedoso que encierra al lector en un burbuja de una cadencia impecable, sutil y sofisticada. Sus obras son un cristal impoluto y su dicción literaria, inmejorable. En la figura intelectual de Teresa convergen las nacionalidades española, francesa y venezolana como un todo indisoluble.

Escribió tres cuentos fantásticos que se cree que datan del año 1915. Narraciones que hilvanan tres historias ambientadas en ese espacio aislado del mundo al que se le suele asignar el nombre de hogar, morada o habitación; tienen como títulos: El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y la Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol. En ellas los objetos cotidianos cobran vida y virtudes y defectos humanos para animar un pequeño universo sobre  la mesa de un poeta, en el interior de un reloj, en el armario de un comedor o en el rayo de sol que se cuela en la alcoba de una dama. Son relatos cortos que poseen una candidez y una gracia inusual y concisa. Lo más parecido a pasear por un lugar indeterminado pero salvajemente ameno.

En El ermitaño del reloj; un pequeño monje capuchino, que cree ser parte imprescindible del mecanismo de un reloj de mesa, abandona una noche, su eterna tarea de tocar las horas del reloj –a instancias de una bella figurilla de la Reina de Saba– para conocer las magníficas historias de la vida de los objetos que habitan en las afueras de su pequeña “casa-reloj” y a su vez descubrir “que su trabajo y su sacrificio diario no eran sino de risa, casi, casi un escarnio público”.

El protagonista de El genio del pesacartas es un gnomo “de alambre, paño y piel de guante” que después de un sinnúmero de peripecias logra llegar a un puesto nunca antes alcanzado por uno de  su especie: ser “el genio del pesacartas sobre el escritorio de un poeta” y tal proeza llenó su personalidad de pedantería, soberbia y arrogancia hasta que un revés inesperado le hace perder para siempre su reinado sobre la superficie del escritorio.

En la “Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol”, un muñeco de fieltro sostiene una placentera conversación  con su dueña, a la que le confiesa su intenso enamoramiento por una mota de polvo que una mañana observó flotando, con infinita gracia, en un rayo de sol que se filtraba por una ventana y que era un ser extraordinario que, según su ilusión, “como rostro no tenía ninguno propiamente hablando. Te diré que en realidad no poseía una firma precisa. Pero tomaba del sol con vertiginosa rapidez todos los rostros que yo hubiese podido soñar y que eran precisamente los mismos con que soñaba cuando pensaba en el amor”.

Estos tres cuentos sólo comprenden una parte de la producción temprana de Teresa de la Parra y son anteriores a la creación de su obra cumbre Ifigenia, pero en ellos ya se siente perfectamente el aroma por los universos íntimos, rebosantes de simplicidad y delicadeza que caracteriza la mayoría de sus obras. Las cuales dejan en el lector la sensación de un encierro cálido y confortable, sin nunca dejar de ser lugares provistos de rejas y candados invisibles.

En junio de 1923, Teresa de la Parra envió un larguísima carta a Juan Vicente Gómez –dictador supremo de Venezuela– demandándole ayuda monetaria para publicar su novela Ifigenia, diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, y aunque no tuvo respuesta, en la actualidad el gesto nos puede llegar a parecer poco elegante, si ignoramos el contexto histórico que lo enmarca, pero sobre todo se puede considerar la prueba de la sólida confianza que tenía la escritora en el valor de su propia obra. Obra reducida y limitada por una tuberculosis pulmonar que acortó la vida de la autora a cuarenta y siete años que, sin embargo, abarca cuentos, novelas, ensayos, conferencias y diarios de viaje.

Ifigenia, su obra más importante y difundida fue publicada en 1926 en Francia. En ella lo que en la ficción y en la realidad se suele llamar “la moral y las buenas costumbres” quedan, ante el lector, grotescamente pintarrajeadas como las más absurdas de las cárceles mentales del ser humano, a través de la mirada rebosante de vitalidad de la protagonista principal. Ya que sólo desde su punto de vista se dibuja con maestría la concepción del mundo de los personajes que la rodean y del universo que los encierra. La frivolidad que ocupa gran parte del tiempo de la joven protagonista, incluye un significado más profundo y complejo: el mecanismo inconsciente que embellece lo absurdo de su entorno y, a su vez, la lucha inútil contra un destino inmerecido del que no podrá huir.

Muchos de los personajes de Teresa de la Parra son esclavos de un rumbo injusto, deambulan por universos íntimos, cerrados casi herméticamente al resto del mundo, atrapados en el ritmo monótono de un espacio doméstico casi deleitable.  Incluso su diario privado pocas veces se aleja de la intimidad de ese pequeño mundo para posar su mirada en la calle y sus alrededores. Sin embargo, el lector pasea muy a gusto por ese cosmos que se encierra con vanos y muros, en compañía de una prosa que jamás se empaña, porque el tono cadencioso de grata conversación en ningún momento aburre al lector, sino que acaricia su pensamiento con una acogedora habilidad.

(La obra completa de la escritora se encuentra reunida en un volumen editado por la Biblioteca Ayacucho, titulado, Teresa de la Parra: Obra (Narrativa, ensayos, cartas) Caracas, 1991.)

Fuente: http://literofilia.com/?p=7737

sábado, 17 de enero de 2015

Teresa de la Parra. Escritora Venezolana contemporánea de Gabriela Mistral


Ana Teresa Parra Sanojo; París, 1889 - Madrid, 1936) Escritora venezolana considerada, junto a Rómulo Gallegos, la novelista más importante de la primera mitad del siglo XX 
en su país. Su padre, Rafael Parra Hernáiz, era cónsul de Venezuela en Berlín; su madre, Isabel Sanojo Ezpelosín de Parra, descendía de una rancia familia de la sociedad caraqueña. 

"Tanto mi madre como mi abuela pertenecían por su mentalidad y sus costumbres a los restos de la vieja sociedad colonial de Caracas", escribía Teresa de la Parra en 1931, en una breve reseña autobiográfica.

En esa misma reseña declaraba haber nacido en Venezuela, y aunque París dista nueve mil kilómetros de Caracas, apenas puede decirse que mintiera, ya que la infancia de Ana Teresa transcurrió cerca de la capital venezolana, en la hacienda familiar de Tazón. Poco después de morir su padre, en 1900, se trasladó con su madre y hermanos a España, y en 1902 ingresó en el valenciano internado del Colegio del Sagrado Corazón de Godella.

Estos años formativos, los de su infancia y adolescencia, dejaron una profunda huella en la escritora: los recuerdos de Tazón darían vida a la hacienda Piedra Azul de Las memorias de Mamá Blanca (1929), y el internado se convertiría en el marco formativo de María Eugenia Alonso, la heroína de Ifigenia.

La carrera literaria de Teresa de la Parra presenta tres momentos claramente diferenciados. Sus primeras incursiones fueron unos breves cuentos, de tema fantasioso más que fantástico y tintes vagamente orientalizantes, y el diario apócrifo "de una caraqueña por el Lejano Oriente", publicado en la revista Actualidades, que dirigía Rómulo Gallegos.

El relato MamáX, que le valió en 1922 el premio literario de un diario de Ciudad Bolívar, pasó luego a formar parte de una narración más extensa, el Diario de una señorita que se fastidiaba (matriz narrativa de Ifigenia) publicado ese mismo año en revista La lectura semanal, que dirigía por José Rafael Pocaterra. Posteriormente, Teresa de la Parra recordaría ese año de 1922 como el del inicio de su verdadera vocación de escritora.

Esta vocación dio sus frutos en París, ciudad donde fijó su residencia en 1923. Allí verían la luz sus dos novelas: en 1924 Ifigenia, traducida al francés por Francis Marmande y elogiada por Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez. En ella se narran las vicisitudes de la heredera de una familia acomodada caraqueña venida a menos y se explora, por primera vez en la narrativa venezolana, el mundo y la sensibilidad de una mujer. En la segunda, Las memorias de Mamá Blanca (1929), hallamos una crónica familiar que rescata y recrea, con una sencillez que no elude la maestría narrativa, las voces y el habla venezolanas de su época, a la vez que evoca con lucidez un mundo para siempre perdido: el de la aristocracia criolla.

En París llevó el género de vida que convenía a una señorita de la buena sociedad caraqueña: asistir a recepciones en embajadas y frecuentar a escritores hispanoamericanos. Inició entonces con el diplomático y escritor ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide una amistad, amorosa primero, después entrañable y fraternal, que ha quedado documentada en un nutrido epistolario.

Esta segunda etapa, la de la asunción plena de su vocación, fue también la de su otra gran amistad, amorosa y sororal, con la escritora cubana Lidya Cabrera, a quien conoció en 1927 durante un viaje a Cuba en el que representó a Venezuela en la Conferencia Interamericana de Periodistas y disertó sobre "La influencia oculta de las mujeres en el Continente y en la vida de Bolívar".

Cabrera la acompañó hasta el último momento durante su dolorosa peregrinación por sanatorios suizos y españoles, en busca de la imposible curación de su tuberculosis. La enfermedad, cuyos primeros síntomas se manifestaron en 1931, modificó de raíz su personalidad y su vida. Con respecto a su obra, sería más acertado decir que la enfermedad agravó cierto giro que la autora había comenzado a dar desde su ciclo de conferencias del año anterior. "Acomodar las palabras a la vida, renunciando a sí mismo, sin moda, sin pretensiones de éxito personales, es lo único que me atrae por el momento", escribía en 1930 al historiador venezolano Vicente Lecuna.

Surgió entonces el proyecto, que no alcanzó a realizar, de escribir una "biografía íntima" de Simón Bolívar que evitara las facilidades de la novela histórica, que Teresa decía detestar. Salvando las distancias entre autores tan disímiles, puede decirse que Teresa de la Parra fue la primera en concebir una idea que ejecutarían, en muy distintos registros, Álvaro Mutis en su cuento El último rostro y García Márquez en El general en su laberinto.

Hasta su muerte en 1936, Teresa de la Parra no dio nada más a la imprenta. Sus escritos inéditos, sin embargo, tienen el peso y la importancia de su obra editada. Su epistolario, sobre todo, es un monumento de madurez reflexiva y un impecable ejercicio de diálogo amoroso y amistoso. En 1947 sus restos fueron trasladados a Caracas e inhumados en el Cementerio General del Sur. El 7 de noviembre de 1989 fueron sepultados en el Panteón Nacional, convirtiéndose en la primera mujer venezolana en penetrar en este mausoleo.

 Ifigenia

Brillante mezcla de diario y novela epistolar, Ifigenia plantea el drama de una joven mujer de buena familia venida a menos, en medio de una sociedad que no le permite expresar sus ideas ni elegir su destino, y el desengaño estoico con el que su heroína, especie de Emma Bovary caraqueña, acaba asumiendo otro que le viene impuesto por su entorno y circunstancias.

No es sólo la gracia, vivacidad y animación del estilo en que está escrita (a Teresa de la Parra merece llamársela uno de los clásicos de la joven literatura venezolana) lo que la ha hecho tan popular, sino el conflicto que plantea. Ifigenia quiere expresar el choque entre las antiguas formas de vicia de la aristocracia criolla y la emergencia de nuevas fuerzas económicas y sociales. La tragedia se personifica en María Eugenia Alonso, una hermosa muchacha de la sociedad de Caracas que, después de haber estudiado en Europa, vuelve a Venezuela a sufrir la pobreza disimulada y el enclaustramiento convencional que le impone su rigurosa y muy puritana familia. Ella quisiera liberarse por el trabajo y la cultura, pero le acosan los intolerantes jefes de la tribu. Muchas mujeres venezolanas del pasado vivieron así, en resignación y sin protesta, y así ha de vivir la protagonista de la novela, comparada simbólicamente con la heroína griega del título.

Con arte admirable, la novela interpreta el mundo desde un ángulo completamente femenino y narra desde él, con ironía y agudeza, la vieja querella de los sexos. La popularidad de Ifigenia se mantiene por la veracidad e ingenio (que no excluye el patetismo) con que describe el problema de la mujer venezolana a comienzos del siglo XX. Al alto mérito literario de la obra se añade el de expresar un momento de crisis y cambio en la sociedad criolla. Desde este punto de vista histórico, vale la pena comparar otras soluciones y análisis del problema femenino en novelistas venezolanos posteriores a Teresa de la Parra, como Trina Larralde, en su novela Guataro (1937), y Antonia Palacios en su libro Ana Isabel, una niña decente (1950).

Las memorias de Mamá Blanca

Inspirándose en recuerdos personales y en las vicisitudes de su propia familia, vividos largamente en una extensa y patriarcal "hacienda" venezolana antes de establecerse en Caracas, Teresa de la Parra teje en Las memorias de Mamá Blanca una elegía del mundo encantado de la infancia que, semejante al paraíso antes del pecado, está satisfecho de sí mismo, porque ignora aquello que existe más allá de sus propios y dichosos confines.

Las refinadas cualidades de la autora se revelan por su conciencia literaria, sutil y omnipresente, que transfigura y llena de símbolos a sus más sencillos personajes: Blanca Nieves, la protagonista, llamada por burla de sus hermanas "boca abierta", es soñadora y "poeta", habiendo heredado de su madre un estupor atónito y un romántico desdén frente a la realidad, estupor y desdén que aparecen en ella teñidos de un pudor más íntimo y trepidante. Lo contrario de Blanca es Evelyn, la nodriza mulata, con algo de sangre anglosajona en sus venas, que representa el espíritu positivo y emprendedor y no deja de tener discípulos entre las mismas hermanas de Blanca.

Revestidos de una simbología literaria, a veces velada de ironía, y sobre un fondo, en cierto modo alegórico, del Edén de la infancia, se mueven los personajes principales, a los cuales la autora añade otros como concesión a cierto gusto por la galería de tipos destinados a presentar una visión sintética de la sociedad campesina venezolana a finales del siglo XIX: el primo Juancho, tipo del político utopista, docto y distraído, amable y anglófilo hasta la locura, el viejo jardinero Vicente Cochocho, que vive "con la serena confianza de los vegetales y de los dioses" en una intacta y homérica sabiduría, el vaquero Daniel, poeta popular de gusto romántico a juzgar por los nombres dados a las bestias que tiene a su cuidado.

La serie de estos personajes, que a veces parece disolverse en el gusto autónomo por el esbozo, se conserva sólidamente, junto con el tenue pero resistente hilo de la memoria, por la emoción evocadora, que unifica en una atmósfera de mágico realismo los datos esparcidos del recuerdo. Pero Blanca tiene, de acuerdo con su nombre, todos los cabellos blancos y en este momento todo su mundo infantil y remoto constituye una conquista duradera y, al mismo tiempo, una pérdida irreparable. Ya que (y esta es la sustancia de toda la historia) "debemos conservar los recuerdos en nuestro interior, sin volver nunca a posarlos imprudentemente sobre cosas y personas que mudan con los cambios de la vida".

La obra de Teresa de la Parra

Teresa de la Parra fue la primera escritora venezolana que obtuvo reconocimiento crítico fuera de su país. Sus dos novelas tuvieron una amplia difusión en Francia, España e Hispanoamérica inmediatamente después de su publicación en los años veinte, y la autora recibió el homenaje de Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez. El filósofo vasco le envió una serie de pormenorizadas anotaciones a su novela Ifigenia, y uno de sus agudos comentarios hace referencia al tema del espejo, recurrente en esta obra: "Como uno se olvida de sí mismo, Teresa, desdoblándose y vaciándose, es a fuerza de mirarse en el espejo". El poeta de Moguer redactó una honda nota obituaria, que publicó El Sol de Madrid un mes después de la muerte de la escritora, acaecida en 1936 en el sanatorio de Fuenfría, en la sierra de Guadarrama, tres meses antes de estallar la guerra civil española.

Cuando el mundo literario español comenzó a levantar cabeza, tras el largo túnel del franquismo, los españoles que admiraron a la venezolana habían desaparecido de escena. Además, el estruendoso boom latinoamericano impuso rápidamente otros nombres y novedades.
  
En Venezuela, la suerte póstuma de su obra no fue más propicia. El año de la muerte de Teresa de la Parra fue también el de la liquidación del gomecismo en Venezuela. El país despertaba de casi tres décadas de una dictadura que lo había mantenido en un aislamiento casi total del resto del mundo. En pocos años Venezuela dejaría de ser "la enorme hacienda" de Gómez para iniciar una frenética transformación de sus instituciones políticas y estructuras económicas y sociales.

Para los venezolanos que repudiaron el gomecismo, la figura y la obra de Teresa de la Parra poco o nada se avenían a las exigencias del momento. Sus dos novelas, así como el ciclo de conferencias que sobre "La importancia de la mujer americana durante la Colonia, la Conquista y la Independencia" dictó en Bogotá y Barranquilla en 1931, dejaban la imagen de una escritora que miraba hacia atrás y recreaba en su obra comportamientos y códigos sociales que muchos venezolanos de entonces asociaban con el provincianismo y atraso que querían superar.

A estas circunstancias, y al hecho de que fuera considerada durante largos años como la afrancesada autora de obritas menores, se sumó la lluvia de anatemas que desató entre los críticos venezolanos más conservadores su primera novela, Ifigenia (1924), la cual, según contaba la misma autora, fue calificada de "volteriana, pérfida y peligrosísima en manos de las señoritas contemporáneas".

Si algo caracteriza a la escritura de Teresa de la Parra es su limpidez y transparencia. Su narrativa, que nace en el momento álgido de la modernidad literaria, se señala por su rechazo de la experimentación formal y lingüística. Ella misma admitía, sin trazo de pudor o arrogancia, que el arte de su época (el cubismo o el dadaísmo, que había conocido en sus años parisinos) no le decía absolutamente nada.

Ajena a la modernidad, su obra es una puerta abierta hacia el pasado. Pero no al ominoso pasado de los historiadores, cargado de heroicidades sangrientas, sino a su cuerpo y voz vivos, a los relatos, anécdotas y cuentos familiares. Su bisabuela había sido realista; su tía, Teresa Soublette, descendía de uno de los próceres de la Independencia; su mejor amiga, Emilia Ibarra, de un edecán de Bolívar. La historia de Venezuela no era para Teresa de la Parra la descarnada relación de los manuales sino una memoria viva; si aquélla era asunto de hombres, ésta vivía y se transmitía de abuela a madre y de madre a hija. Su feminismo, que ella misma calificaba de "moderado", se nutría de estas fuentes. A diferencia de Rómulo Gallegos, lo criollo y americano de su obra no es un axioma más en la demostración de una tesis, sino la asunción plena de una tradición vivida que encarna en una lengua y unas formas.

Fuente:http://www.luiseaguilera.cl/index.php/ultimas-noticias/1022-teresa-de-la-parra-escritora-venezolana-contempor%C3%A1nea-de-gabriela-mistral.html

martes, 6 de enero de 2015

Escritoras latinoamericanas en París, Teresa de la Parra.



Escritoras latinoamericanas en París, Teresa de la Parra (2da parte), por Milagros Palma

«El París de Una señorita que escribe porque se fastidia» En la segunda década del siglo XX la influencia de la vida parisina de los afrancesados evoluciona rápidamente. La relación entre Francia y América Latina es muy estrecha como se puede constatar en el uso popular de expresiones como “Amérique latine”, “Les latino-américains”. La luz parisina continúa iluminando los días de fastidio de una que otra criolla que sigue soñando con la libertad. La literatura francesa tiene ganado su espacio en las bibliotecas criollas ya que en Francia se traduce sobre todo para ese mercado. Además editar en París era una manera de consagración (19). 


Pero mientras Victoria Ocampo, resignada a no escribir teatro, oficia como toda una diva en sus salones literarios y consagra a escritores en su revista Sur, otras optan por una nueva estrategia: dedicarse a la reacción. En 1924, la venezolana Teresa de la Parra (1889) llega soltera a París, su ciudad natal, con un manuscrito titulado Diario de una señorita que escribe porque se fastidia. Esa señorita es una venezolana de clase alta. Su nombre es María Eugenia Alonso (20). Francia vive entonces el furor de la escandalosa novela La Garçonne (1922), de Victor Margueritte que bate record de ventas en las librerías parisinas. En efecto en esta novela se pone en escena la vida de Monique Lerbier, una joven idealista, romántica con deseos de independencia, traicionada por su prometido. 



Su búsqueda de seguridad económica y social la conduce a la deriva moral. La Garçonne, simboliza un ataque frontal contra la revolución femenina en la Francia de La Belle époque (21). Monique Lerbier y María Eugenia Alonso, la «señorita que escribe porque se fastidia» de Teresa de la Parra, comparten el mismo ideal de emancipación. Ambas optan por una cierta libertad antes del matrimonio que empieza a ser considerado como esclavitud. La rebeldía y frivolidad de María Eugenia es exasperante en sus largas diatribas con su abuela y con su tía Clara. Pero la presión familiar y social es tan grande que María Eugenia Alonso, como la mayoría de las jóvenes de esas tierras, se resigna a las cadenas del matrimonio para preservar su estatus social y económico.



María Eugenia interrumpe su relación con Gabriel Leal que le propone ir a París y se casa con un político que le procura mayor seguridad. Este matrimonio aparece como un sacrificio de la libertad, un suicidio, la muerte del individuo, del sujeto recién nacido. María Eugenia Alonso es el retrato de las jóvenes de las familias americanas educadas en Francia. Después del despilfarro en París, regresan a sus países a casarse obligadas por sus progenitores. En Ifigenia se pone en escena el sacrificio de la mujer en aras de la ideología patriarcal. María Eugenia Alonso es víctima de la contradicción entre el deseo de emancipación según el modelo de la mujer moderna francesa y la inmovilidad tradicional de su sociedad en donde las grandes familias aristocráticas se ven arruinadas económicamente. Es el doloroso dilema entre tradición y modernidad para una joven latinoamericana.



Teresa de la Parra



La novela de Parra en París adquiere una dimensión universal con su nuevo título: Ifigenia que es el nombre del personaje del mito griego. En efecto Francis de Miomandre además del premio y el prólogo le cambia el título al inédito : “Diario de una señorita que escribe porque se fastidia“. 



Este cambio traduce la tragedia de la mujer en una sociedad sociedad tradicional: “el patetismo y la cruel ironía del destino de una desarraigada”(22). Sin embargo hay una diferencia entre la muerte de María Eugenia y la del personaje de la mitología griega. Ifigenia es sacrificada por su padre Agamenón mientras que María Eugenia Alonso, la Ifigenia de Teresa de la Parra, se sacrifica en aras de la ideología patriarcal que no le deja ninguna opción de libertad a la mujer. 



Si comparamos la recepción de ambas novelas Ifigenia y La garçonne en sus respecivos medios francés/latinoameriano podemos constatar que la primera produjo escándalo en el medio masculino. Monique Lerbier cae en la prostitución mientras que María Eugenia Alonso se casa. Sin embargo los efectos de Ifigenia son menos desvastadores debido al nivel de analfabetismo, sobre todo de mujeres en esas tierras americanas en la época (23). Teresa de la Parra utiliza la libertad que le ofrece París para dar cuenta del impacto desestabilizante de las normas de género. 



María Eugenia Alonso es un retrato de la autora de sus conflictos con su medio, sus frustraciones en la Venezuela tradicional de los años veinte. María Eugenia escribe además para no sentirse tan sola, para no aburrirse como lo dice desde el comienzo de la novela: «escribo para distraer el miedo a la soledad». María Eugenia Alonso hace de su vida una obra de arte:



«Voy a escribir mi diario, mi semanario, mi periódico, no sé como decir, pero en fin, es algo que al tratar sobre mi propia vida, equivaldría a eso que en las novelas llaman ‘diario’» (24). No cabe duda que en este diario en primera persona hay ecos de la vida de Teresa de la Parra que hace todo lo contrario de su personaje, ya que opta por el celibato. Además desde París entretiene la amistad y la 92 complicidad con su madre. En la novela María Eugenia Alonso es huérfana de madre lo cual traduce la soledad de la niña en su proceso de formación en los códigos de la feminidad. Teresa de la Parra le dedica su novela escandalosa a su madre: «Mamá: te dedico este libro que te pertenece». En este larga dedicatoria le pide su comprensión. Al mismo tiempo que le revela que ella es uno de sus personajes: «por sus páginas te verás a ti.» Teresa de la Parra no sólo retrata a su madre sino también a su abuela. Además abre las puertas en grande del espacio privado, la vida familiar con sus tensiones: las discusiones acaloradas ante la rebeldía de María Eugenia Alonso. 



Teresa de la Parra es una discípula de George Sand, de Colette. No es extraño que María Eugenia Alonso se rebele momentáneamente ante los códigos tradicionales que limitan su libertad. Al terminar le ruega que comprenda su necesidad de hablar de lo que no se puede ni se suele hablar:



«Entorna también los ojos ante alguna que otra desnudez, acuérdate que todas nacimos de ti con poquísima ropa; tu nos vestiste. Viste también estas páginas con blancos faldellines de indulgencia. Te abraza con toda el alma. Ana Teresa, París, Julio 1925.» La palabra «desnudez» simboliza fragilidad, inocencia, lo primigenio o primitivo pero también connota ignorancia. Las ropas simbolizan la cultura, la civilización.: La expresión «tú nos vestiste» equivale a decir tú nos inculcaste las normas para poder integrar la cultura. Además le ordena con el imperativo del verbo «vestir», que haga lo mismo con su libro que muestra una realidad desnuda.: «Viste también estas páginas». Sin embargo las ropas que ella pide y exige para su recién nacida novela, son de otra naturaleza. 



El adjetivo «blanco» de faldellines alude a la pureza, a la bondad. El término «faldellín» en América significa capa que se utiliza para bautizar a los niños. Es decir lo que Teresa le pide a su madre es que no sea indiferente con su creación, que la nombre para que pueda existir como se hace con un niño recién nacido, que no lo deje en el silencio, en la oscuridad, en la indefinición como el limbo a donde van los niños sin bautizar. El bautismo simboliza la introducción de un niño a una comunidad determinada. Por medio del bautismo el individuo tiene nombre, tiene reconocimiento social. Eso es lo que quiere que su madre haga con su recién nacida, Ifigenia.



Teresa de la Parra



La relación de filiación que Teresa de la Parra, hija, desea establecer con su madre es clara desde la dedicatoria: se trata de una relación ideal entre madre e hija, una nueva relación: comprensiva, amistosa, respetuosa. Al respecto la feminista italiana Francesca Gargallo constata que Ifigenia inaugura la genealogía femenina en la literatura latinoamericana, una suerte de filiación literaria. Es importante agregar también que no es por casualidad que esta filiación se crea en París, lugar donde la escritora venezolana puede dedicarse a su obra. Su personaje no tiene esa opción.



María Eugenia se ve obligada a casarse. En su sociedad y en su época no existe aún un estatus social para la mujer que desea dedicarse a su obra literaria. Con Ifigenia Teresa de la Parra rompe con el canon literario. Con este relato inaugura el género de formación de la protagonista en América Latina. Esta novela trata de temas en relación con la construcción de la feminidad: ¿Cómo percibe la protagonista la imposición de las reglas del género ? Cómo se construye el sentimiento de soledad del sujeto femenino? ¿De qué manera la ignorancia del propio cuerpo sexuado contribuye a la inestabilidad femenina? ¿Cómo se enseña y se aprende a sublimar el deseo? ¿Cómo la creación aparece como una opción de sublimación? María Eugenia escribe para sublimar la pulsión comúnmente llamada «deseo». Pero frente a las presiones de su medio se somete a la vida conyugal como la única forma de supervivencia social. 



La escritora en París no necesita entrar al convento, ni hacer votos perpetuos como lo hacían todavía muchas mujeres en Latinoamérica y como lo hizo en su época Juana de Azbaje, la que cuatro siglos antes se llamara sor Juana Inés de la Cruz : «yo no sentía vocación alguna» (25). Teresa de la Parra vive una vida de soltera, al margen de los salones de escritores varones, cultivando la amistad femenina (26). 



Además escribe su segunda novela Las historias de Mamá Blanca en la cual continúa con la consolidación de la filiación y la genealogía femenina en el espacio doméstico (27). En ambas novelas los personajes femeninos conciben la falta de libertad como una alienación. Además el lector percibe la verdadera soledad de la niña, de la adolescente, de la joven que no cuenta con la complicidad de sus semejantes para compartir las dudas y los dilemas existenciales. 



Las mujeres son reproductoras en el sentido biológico e ideológico del término. El hombre se limita generalmente a la función de genitor. La ausencia de la función paterna es paradigmática en América Latina. 



Desde la infancia, las niñas son abandonadas a una condición de huérfanas cuando no son eliminadas literalmente (28). NOTAS 19. Existían varias casas editoriales: Garnier Hermanos, Bouret, La Casa editorial Franco Ibero América que además de traducir, publicaba obras originales en español. La operación comercial de la editorial francesa Ollendorff para América Latina y España se prolonga hasta en 1913. 20. Teresa de la Parra nace en 1889, año en que se inaugura la Torre Eiffel durante la exposición universal. Es bautizada en la iglesia La Madeleine en 1890. A la edad de dos años regresa a Venezuela con sus padres. Tras la muerte de su padre, a la edad de 8 años, su madre con sus cinco hijos se traslada a vivir a España. 



Teresa entra interna en un colegio de religiosas del Sagrado Corazón. En 1907 a los 18 años regresa a Venezuela. Su evasión es la lectura. Los libros juegan un papel importante en su formación. En su obra se refleja París, la moda, la vida frívola: Teresa que sueña con París, con su luz, con su libertad adquiere una cultura francesa excepcional, nos dice Paulette Patout, op. cit., p. 153. 



En lo que respecta al movimiento feminista en Francia, es importante recordar la figura de Madeleine Pelletier (1874-1939) que milita desde 1905 y que es condenada por su lucha por el aborto al encierro en un hospital psiquiátrico. Madeleine Pelletier muere en su presidio. En su novela La femme Vierge (1933), aparece su opción por el celibato. Su personaje Marie Pierrot, dice con la mayor naturalidad del mundo: «Mi feminismo me impide casarme». 21. La Garçonne representa una derrota de la mujer en su proceso de emancipación como lo constata el sociólogo Jean-Claude Kaufmann: La femme seule et le Prince charmant. Enquête sur la vie en solo. Nathan, Paris, 1999. 22. P. Patout, op.cit., p. 164. 23. P. Patout, op.cit., p. 164. 24. Teresa de la Parra Ifigenia, Monte Avila editores, 1992/Iphigénie, Indigo editores, Unesco, Paris, 1995. 25. El secreto de Sor Juana, Populibros, México 1979, p.53. Su confesor la convence de que tome los hábitos: «tenéis razón, no me queda sino la vida religiosa como salvación» (op. cit., p. 68) Juana de Asbaje se siente incapaz de servir a un hombre. Sólo el convento puede satisfacer sus necesidades básicas: «paz y seguridad», «protegerme, salvaguardar mi vida y mi honra». 



La noción de honra era fundamental en la época. Los proyectos de Juana de Asbaje son claros. Además es consciente del tiempo que necesita para ello ya que sufre de una sed de conocimiento: «Yo podría estudiar, aprender mucho que ignoraba también escribir mis poemas, cuanto yo quisiera, toda vez que el tiempo que Dios me daba era mío y podía disponer de él a mi voluntad», op. cit., p. 78., p. 174. Sor Juana Inés de la Cruz entra en el convento de San José de Carmelitas Descalzas a pesar de que su confesor y consejero considerara lo demasiado austero. Pero ella lo elige por su amor a la música: «era famoso por el coro de hermosas y educadas voces que allí estudiaban música, desde su fundación, arte que a mí me atraía singularmente, por lo que apoyé alborozada en ser monja corista.» op. cit., p. 88. 



Estudiar y escribir es su obsesión. No tiene tiempo que perder como se puede constatar cuando es castigada a quedarse en la cocina por haber agredido a la superiora que trata de disuadirla del estudio: «aproveché el tiempo en la cocina para investigar pequeñas cosas en apariencia intranscendentes que no eran sino fenómenos físicos inadvertidos hasta entonces por mí», o. p. cit., p. 116. Sor Juana es consciente del papel de la sublimación de la pulsión a través de la creación: «El arte es el puente que nos une a lo divino y nos acerca a Dios» p. 174. Es así como sor Juana Inés de la Cruz vive la vida conventual. 26. 



Como reza el dicho en Centro-américa: «La mujer es cuchillo de su propia carne». Por lo general las mujeres son educadas como enemigas entre ellas. Todo comienza con la enemistad madre/hija. Así se perpetua una cadena interminable de soledad. 27. 



Ver al respecto mi estudio sobre la feminidad en la literatura de mujeres centro-americanas del siglo veinte (inédito). 28. Ver infanticidio en las sociedades tribales y en la actualidad: China, India.


Fuente: http://www.resonancias.org/content/read/680/escritoras-latinoamericanas-en-paris-teresa-de-la-parra-2da-parte-por-milagros-palma/

miércoles, 24 de diciembre de 2014

TERESA DE LA PARRA



En mayo de 1988, la Unesco presentó en Roma un libro de Velia Bosch sobre la escritora venezolana Teresa de la Parra. Obra en la que ella visualiza críticamente “Las Memorias de Mamá Blanca”, égloga del valle de Caracas, donde transcurre la niñez de la autora.
Pero la obra de mayor trascendencia de Teresa de la Parra es “Ifigenia”, que en un principio se llamó “Diario de una señorita que se fastidiaba”, premiada en París en un concurso de novelistas hispanoamericanos en 1924.

La vida de tan distinguida venezolana transcurrió entre su tierra natal, España y Francia. En este último país falleció el 23 de abril de 1936 a causa de una lesión pulmonar.

Velia Bosch, quien dictó interesantes conferencias en Ciudad Bolívar y Ciudad Guayana sobre la vida, obra y trascendencia de Teresa de la Parra, la considera como una de nuestras pocas escritoras clásicas. Una serie de homenajes se le tributaron posteriormente en París y aquí en Venezuela otro con motivo del centenario de su nacimiento el 5 de octubre de 1989.

Para entonces se cumplió el traslado al Panteón Nacional de los restos de Teresa de la Parra que se hallaban desde 1947 en el Cementerio General del Sur, cuando fueron trasladados desde la capital francesa por la Junta Revolucionaria de Gobierno.

El Senado de la República así lo había dispuesto el año anterior.Luego vino el decreto ejecutivo del presidente Jaime Lusinchi atendiendo a una solicitud de todos los intelectuales de Venezuela, especialmente de Caracas y Ciudad Bolívar, donde Teresa de la Parra ganó su primer concurso de cuentos. Fue en unos Juegos Florales escenificados en el Teatro Bolívar.Teresa de la Parra concursó con el cuento “Mamá X”, que posteriormente formó parte de su novela “Ifigenia”, premiada en París.

Ifigenia, escrita en forma de diario personal, ha sido valorada como la novela venezolana que marca la madurez del género en las letras del país. Fue escrita y publicada en 1924 al terminar la Primera Guerra Mundial, bajo el seudónimo de Teresa de la Parra. Refleja la inconformidad de una joven que no tiene voz propia ni posibilidad de elegir su destino en un mundo que, según su definición, es “un banquete de hombres solos”. El texto abre el camino hacia una nueva valorización de la mujer. En clave literaria, es manifestación de lo que la misma autora define como un feminismo moderado, en el que la mujer debe conquistar su puesto en el mundo no a través de una "revolución", sino de una "evolución" que le permita crecer como ser humano. Tal pensamiento refleja, definitivamente, su propio desempeño vital, y se adelanta como práctica de vida a circunstancias que no serán cotidianas en el mundo sino un siglo más tarde. La novela, además de un difícil e interesante tema para la época, muestra muchas de las costumbres venezolanas, especialmente, las de la vida de Caracas. Su personaje de la obra, María Eugenia Alonso, escribe en su diario: “El pensar y tener iniciativa no está bien visto en una señorita decente”, y ella ve cómo ser una mujer inteligente es prácticamente un pecado, cuando toda la sociedad pesa en su contra y le pide que se calle, que se case, que se someta.

La segunda novela de Teresa de la Parra Las Memorias de Mamá Blanca, publicada en 1929, es considerada un clásico de la literatura hispanoamericana. Fue escrita en Suiza y en ella aborda el tema de la memoria, de la saga familiar, ilustra el ambiente de su niñez, mostrando personajes y costumbres de la época.

Fuente: Correo del Caroní http://www.correodelcaroni.com/index.php/opinion/item/19307-teresa-de-la-parra

domingo, 20 de octubre de 2013

I Completo Ayuno de Literatura



I
Completo Ayuno de Literatura

CON muchísimo gusto he leído sus dos cartas: tan simpáticas y llenas de interés. No le había contestado antes porque estoy en completo ayuno de literatura (ni leo ni escribo una palabra) y además porque quería darle algunas noticias sobre su amiga  María Eugenia, por quien tanto se interesa.
Desgraciadamente nada puedo decir aún en definitiva. Siguiendo mi programa de Caracas, al llegar presenté el libro a la Casa Editorial en donde se celebra el concurso anual de la novela hispano-americana. El veredicto debería darse en Diciembre y por falta de organización por no sé qué, es la hora en que no se ha dado todavía. Sé que mi libro, junto con nueve más, ha sido escogido entre trescientos llegados; sé que se haya en lectura y que ha gustado mucho; no obstante, no he logrado averiguar quiénes son los miembros del jurado este año. García Calderón, que era director de la casa y fué miembro del concurso el año pasado, me ha asegurado varias veces que de haber enviado el libro al último concurso habría obtenido el premio sin duda alguna. También tiene gran predilección por María Eugenia , a quien solo ha visto hasta la fecha en el corral con Gregoria y las gallinas; el libro completo solo lo conoce usted y Parra Pérez que se lo llevó a Suiza para leerlo y de quien aún no he recibido cartas. Voy a darlo a García Calderón, Zérega y Zaldumbide, quienes también profesan gran cariño a la fastidiada señorita que por lo visto no era tan difícil de casar como ella creía.
Así pues el libro está aún en el mismo estado que en Caracas gracias al mutismo y “hermetismo” de la Franco-Ibero.
Hasta Mayo estaremos en París, luego pienso hacer editar el libro en Madrid, prescindiendo del Concurso y entonces puede estar seguro de que el primer ejemplar será el que mande a usted. Estoy curiosísima por conocer ese juicio crítico del cual me habla en sus cartas.
A pesar del olvido en que ha estado sumida mi literatura el cuento La Mamá X, aparecerá traducido por Mauclair (primo del escritor muy conocido) en una revista de París.
Aún cuando, como le digo, parece que perdiese el tiempo lejos de toda vida de contemplación interior, la aprovecho muchísimo en otro sentido: es cierto que abuso un poco del baile en los dancings, de los tacones de 7 centímetros, de los “cloches” muy ceñidas a la cabeza y de los vestidos “fourreau”, cosas todas que me consumen un tiempo precioso; pero en cambio, visito ordenada y metódicamente todos los lugares, museos y monumentos más interesantes del viejo París.
Tomo clases de declamación y de dicción francesa, con Mme. Moreno una de las más atrayentes ex -actrices de Francia, voy á algunas conferencias interesantes de la Sorbonne y de la Universidad de los Anales donde he oído a Gyps; a Colette; a Linayre y a otras celebridades masculinas y femeninas de la literatura contemporánea. Por lo tanto creo que, de semejante combinación de elementos, algo provechoso habrá de salir algún día.
Me habla de sus proyectos de viaje a Europa; aún cuando no sé en qué forma y por cuanto tiempo se realice ese viaje creo que para todos los venezolanos nos es indispensable, no solo por recibir un baño visual de cultura sino porque, además, perdemos en lo sucesivo esa desazón terrible por el más allá desconocido, restos quizás de un misticismo anterior y subconsciente.
No olvide de tenerme siempre al corriente de cualquier acontecimiento notable, literario o no literario, que pueda interesarme: como le he dicho ya, ni escribo ni recibo cartas de Venezuela, por lo tanto nada sé. La boquilla “Mercedes Galindo” me acompaña siempre; no sabe con qué fidelidad me sirve.
Emilia me encarga mil recuerdos. Délos en mi nombre a G. y los niños y reciba mis mejores votos por su éxito y buena suerte que tanto se merece.

Ana Teresa.

Paris: Marzo 2 de 1924


FOTO: Teresa de la Parra, con mantilla, en la Semana Santa Sevillana - Epistolario Íntimo -