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viernes, 4 de octubre de 2013

IFIGENIA: UNA VOZ DE MUJER*




Rafael Fauquié 

En alguna oportunidad lei un comentario sobre Teresa de la Parra que me interesa repetir aquí: la autora de Ifigenia demostró con su mejor novela que la frivolidad y la finesse d'esprit podían ser un material literario tan válido como cualquier otro y que el buen gusto no tenía por que ser ajeno al terreno novelesco. Comparto ambas ideas. Teresa de la Parra, la primera de nuestras escritoras, con su "Diario de una señorita que se fastidia", testimonió que había mucho de narrable en el complejo universo de las jóvenes venezolanas de la época. Uno de los epítetos que inmediatamente sugiere la escritura de Ifigenia* es el de sutileza. 

Descripciones, digresiones y diálogos aparecen siempre acompañados de un espíritu que, por sobre todo, es sutil. Buen gusto, elegancia, inteligencia, lucidez y sagacidad son rasgos que ilustran directamente a la autora y a la mujer. No hay pugnacidad en Ifigenia. No escuchamos en ella los destemplados gritos de las beligerantes del feminismo. En acto de encantadora complicidad, 

Teresa de la Parra nos adentra en un universo de signos femeninos, remoto y clandestino para casi cualquier lector hombre Wole Soyinka, el escritor africano ganador del último Premio Nobel, decía en relación a la famosa "negritud" que ésta debía ser una forma esencial, no artificiosa, de asumir la condición de negro. Un tigre, explicaba Soyinka, no necesita proclamar tigritud alguna. Simplemente salta y devora a su presa. 

Lo mismo es aplicable a lo femenino. Una mujer no necesita vociferar su feminidad; le basta con ser femenina. Una consideración en relación a la confidencia de Teresa de la Parra, la perdurabilidad de su "gesto". Al abrir ella, mujer, las puertas de su mundo, nos permitió a nosotros, hombres, conocer de cerca el interior de ese mundo. Sólo una mujer podía realizar con sencilla naturalidad un esfuerzo que sinceriza la labor, casi siempre fallida, emprendida por ciertos hombres esotéricamente empeñados en describir o en divinizar a la mujer. A la postre, lo más lógico es soslayar a los dilettantes mediadores y acudir directamente a la versión genuina, la de la propia mujer. La belleza y exactitud de la versión que nos legó Teresa de la Parra es la cabal razón de la perdurabilidad de su mensaje. 

 Tempranamente muere Teresa de la Parra. En 1936, en Madrid, en vísperas de la guerra civil que ensangrentará a España. Tenía apenas cuarenta y seis años. Entre quienes, conmovidos, comentan su desaparición está el gran poeta Juan Ramón Jiménez. "No has vivido menos -dice. Tuviste el poder de escuchar lo breve, de hacer constante la mirada, presente la voz ... No estás muerta, femenina presencia". Teresa de la Parra forma parte del mejor patrimonio latinoamericano. 

En una oportunidad, Picón Salas dijo que "América la llamaba". Ese llamado, auténtica pasión por la cultura y la historia de su patria, de su continente, iba en camino de producir -proyecto que truncó su muerte- una biografía de Bolívar. Biografía novedosa iba a ser ésta, muy diferente -y podemos imaginar cuánto- de los tradicionales y acartonados panegíricos a la memoria del Libertador. Este año de 1986, con motivo de cumplirse cincuenta años de su muerte, Monteávila editores acaba de lanzar una nueva edición de Ifigenia. 

Es un homenaje justo. Si el recuerdo de los hombres son sus obras, el de los escritores son sus libros. Reeditar éstos es, obviamente, la más gratificante y vital ofrenda al recuerdo de sus autores. 

 1986 

* PARRA, Teresa de la: Ifigenia, Caracas Monteávila editores, prólogo de Francisco Rivera, 2 volúmenes, . 
 *Capítulo perteneciente al libro La mirada, la palabra

miércoles, 28 de agosto de 2013

Los universos íntimos de Teresa de la Parra



Por Oneirú Caraballo para Literofilia

Antes de referirnos a cualquier otro asunto o detalle sobre su vida y obra, apremia decir que la escritora Teresa de la Parra (1889-1936) posee una prosa transparente con el tono singular de una conversación deliciosa. En sus textos la sensación de leer es reemplazada por un “sonido” sedoso que encierra al lector en un burbuja de una cadencia impecable, sutil y sofisticada. Sus obras son un cristal impoluto y su dicción literaria, inmejorable. En la figura intelectual de Teresa convergen las nacionalidades española, francesa y venezolana como un todo indisoluble.

Escribió tres cuentos fantásticos que se cree que datan del año 1915. Narraciones que hilvanan tres historias ambientadas en ese espacio aislado del mundo al que se le suele asignar el nombre de hogar, morada o habitación; tienen como títulos: El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y la Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol. En ellas los objetos cotidianos cobran vida y virtudes y defectos humanos para animar un pequeño universo sobre  la mesa de un poeta, en el interior de un reloj, en el armario de un comedor o en el rayo de sol que se cuela en la alcoba de una dama. Son relatos cortos que poseen una candidez y una gracia inusual y concisa. Lo más parecido a pasear por un lugar indeterminado pero salvajemente ameno.

En El ermitaño del reloj; un pequeño monje capuchino, que cree ser parte imprescindible del mecanismo de un reloj de mesa, abandona una noche, su eterna tarea de tocar las horas del reloj –a instancias de una bella figurilla de la Reina de Saba– para conocer las magníficas historias de la vida de los objetos que habitan en las afueras de su pequeña “casa-reloj” y a su vez descubrir “que su trabajo y su sacrificio diario no eran sino de risa, casi, casi un escarnio público”.

El protagonista de El genio del pesacartas es un gnomo “de alambre, paño y piel de guante” que después de un sinnúmero de peripecias logra llegar a un puesto nunca antes alcanzado por uno de  su especie: ser “el genio del pesacartas sobre el escritorio de un poeta” y tal proeza llenó su personalidad de pedantería, soberbia y arrogancia hasta que un revés inesperado le hace perder para siempre su reinado sobre la superficie del escritorio.

En la “Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol”, un muñeco de fieltro sostiene una placentera conversación  con su dueña, a la que le confiesa su intenso enamoramiento por una mota de polvo que una mañana observó flotando, con infinita gracia, en un rayo de sol que se filtraba por una ventana y que era un ser extraordinario que, según su ilusión, “como rostro no tenía ninguno propiamente hablando. Te diré que en realidad no poseía una firma precisa. Pero tomaba del sol con vertiginosa rapidez todos los rostros que yo hubiese podido soñar y que eran precisamente los mismos con que soñaba cuando pensaba en el amor”.
Estos tres cuentos sólo comprenden una parte de la producción temprana de Teresa de la Parra y son anteriores a la creación de su obra cumbre Ifigenia, pero en ellos ya se siente perfectamente el aroma por los universos íntimos, rebosantes de simplicidad y delicadeza que caracteriza la mayoría de sus obras. Las cuales dejan en el lector la sensación de un encierro cálido y confortable, sin nunca dejar de ser lugares provistos de rejas y candados invisibles.

En junio de 1923, Teresa de la Parra envió un larguísima carta a Juan Vicente Gómez –dictador supremo de Venezuela– demandándole ayuda monetaria para publicar su novelaIfigenia, diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, y aunque no tuvo respuesta, en la actualidad el gesto nos puede llegar a parecer poco elegante, si ignoramos el contexto histórico que lo enmarca, pero sobre todo se puede considerar la prueba de la sólida confianza que tenía la escritora en el valor de su propia obra. Obra reducida y limitada por una tuberculosis pulmonar que acortó la vida de la autora a cuarenta y siete años que, sin embargo, abarca cuentos, novelas, ensayos, conferencias y diarios de viaje.
Ifigenia, su obra más importante y difundida fue publicada en 1926 en Francia. En ella lo que en la ficción y en la realidad se suele llamar “la moral y las buenas costumbres” quedan, ante el lector, grotescamente pintarrajeadas como las más absurdas de las cárceles mentales del ser humano, a través de la mirada rebosante de vitalidad de la protagonista principal. Ya que sólo desde su punto de vista se dibuja con maestría la concepción del mundo de los personajes que la rodean y del universo que los encierra. La frivolidad que ocupa gran parte del tiempo de la joven protagonista, incluye un significado más profundo y complejo: el mecanismo inconsciente que embellece lo absurdo de su entorno y, a su vez, la lucha inútil contra un destino inmerecido del que no podrá huir.

Muchos de los personajes de Teresa de la Parra son esclavos de un rumbo injusto, deambulan por universos íntimos, cerrados casi herméticamente al resto del mundo, atrapados en el ritmo monótono de un espacio doméstico casi deleitable.  Incluso su diario privado pocas veces se aleja de la intimidad de ese pequeño mundo para posar su mirada en la calle y sus alrededores. Sin embargo, el lector pasea muy a gusto por ese cosmos que se encierra con vanos y muros, en compañía de una prosa que jamás se empaña, porque el tono cadencioso de grata conversación en ningún momento aburre al lector, sino que acaricia su pensamiento con una acogedora habilidad.

(La obra completa de la escritora se encuentra reunida en un volumen editado por la Biblioteca Ayacucho, titulado, Teresa de la Parra: Obra (Narrativa, ensayos, cartas) Caracas, 1991.)


Fuente: http://literofilia.com/?p=7737