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jueves, 30 de mayo de 2013

Sylvia Molloy saca del “closet” a Teresa de la Parra


octubre 1, 2009
Palabra de Mujer/redacción


Crítica literaria y escritora, Sylvia Molloy, ha sido una pionera a la hora de combatir  el recato y el silenciamiento que hasta no hace mucho envolvía la homosexualidad, la literatura homosexual y la homosexualidad de ciertos escritores y escritoras, tanto en la crítica como en la historia literaria en Latinoamérica. Cuarenta años viviendo en los Estados Unidos y enseñando en las universidades más prestigiosas (Princeton, Yale, y actualmente New York University) han hecho de Molloy una de las voces críticas más influyentes de la escena hispanoamericana. Hoy publicamos un extracto de la entrevista que recientemente concediera al periodista Patricio Lennard, en Página/12, Argentina, donde, entre otros aspectos, se refiere a nuestra escritora insigne, Teresa de la Parra,  quien el próximo lunes 5 de octubre 2009 arribará a 120 años de su nacimiento.



(Segmentos de la entrevista)



”Cuando era joven –y te estoy hablando de cuarenta años atrás– había un closet tácito. Era un mundo de disimulos que se manejaba mucho más por alusión que por declaraciones. Había códigos que permitían el reconocimiento mutuo, el uso de ciertas palabras, formas de mirar, y las amistades eran muy importantes. Había una circulación secreta del deseo, que no se nombraba. No lo nombrábamos nosotras ni quienes a priori lo criticaban. Yo jamás le oí decir la palabra lesbiana a mi madre, por ejemplo. Decía ‘mujeres raras’, o ‘amores raros’”.



“Yo he trabajado bastante sobre Teresa de la Parra, escritora venezolana muy importante, desde el punto de vista del género, y acaso por eso mismo mal leída. Teresa de la Parra tiene dos novelas notables, la primera, Ifigenia, y la otra, más conocida, Memorias de Mamá Blanca. En las dos se entretejen temas que permiten configurar una sexualidad no dicha, temas como la amistad apasionada entre mujeres, la necesidad de exiliarse de una sociedad donde uno no cabe, la estulticia de la burguesía caraqueña, el sacrificio individual en nombre de un deber de clase, y siempre, por encima de todo, la insinuación de un secreto que nunca se revela. Cuando fui a Caracas a trabajar sobre sus manuscritos, muchos de los cuales están en la Biblioteca Nacional, visité a Velia Bosch, crítica venezolana a cuyo cuidado estuvo la obra de Parra y que, por eso mismo, se considera un poco dueña de la escritora. Sin embargo, basta cotejar la edición que hizo de los Diarios de Parra con los originales para comprobar que están totalmente recortados. Teresa de la Parra murió de tuberculosis en Madrid en 1936 y su pareja, la antropóloga y escritora cubana Lydia Cabrera, la acompaña hasta el final. Ambas están en España y en los Diarios, suponte, en un momento dice Parra: ‘Hoy Lydia fue a la ópera y cuando volvió se acostó en mi cama y hablamos de Tristán e Isolda’. Comparando, ves que en la edición de los Diarios que hace Bosch falta ‘en mi cama’. Entonces te das cuenta de la lectura voyeurística que hizo esta mujer, porque dudo mucho de que, en ese contexto, ‘en mi cama’ quiera decir otra cosa que acostarse junto a la compañera enferma. Pero el miedo, el pánico de esta crítica la lleva a sobreleer y a hacer recortes como éste, nimios pero significativos. Cuando me encontré con Velia Bosch, sabiendo acaso que si ella no sacaba el tema lo iba a hacer yo misma, me dijo: ‘Se habla mucho de la homosexualidad de Teresa de la Parra, pero francamente yo no creo para nada en eso. Las mujeres somos muy afectuosas. El gran amor de su vida fue Gonzalo Zaldumbide. Y su relación con Lydia Cabrera… bueno, ellas eran muy amigas’. Incluso, Bosch me llegó a decir que le había dicho a la propia Lydia Cabrera que se equivocaba en lo referido a la supuesta homosexualidad de Teresa. ¡A la mujer que había sido su pareja! ‘No, Lydia, tú te equivocas. Teresa no era así.’ Una escena de una ridiculez lamentable.”



Fuente: Patricio Lennard, página 12, Argentina, 25/09/2009

Vivencias del amor en Teresa de la Parra



Por: Teresa Sosa

VIDA E INICIOS

Nace en París, el 5 de octubre de 1889, Ana Teresa Parra Sanojo, hija de Rafael Parra Hernández (Cónsul de Venezuela en Berlín) y de Isabel Sanojo Ezpelosin de Parra. Su padre muere cuando ella tiene ocho años; después del fallecimiento su madre, hermanos y hermanas, se trasladan a España.

Teresa regresa a Caracas en 1909, se aloja en la casa de la señora Lola Reyes de Sucre. De sus primeros años en Caracas no hemos encontrado datos. En 1915 comienza a escribir y publicar sus primeros cuentos, en el periódico El Universal, Caracas.

VÍNCULO CON EMILIA IBARRA

Teresa vivió durante años en Caracas en la casa de Emilia Ibarra de Barrios Espejo, hermana de la esposa del general Guzmán Blanco, hija de un edecán del Libertador. No encontramos datos del año de inicio del vínculo entre Teresa y Emilia. Sólo alguno que otro testimonio de que Teresa participaba de las tertulias con escritores consagrados que organizaba Emilia en su casa. Un testimonio dice que en este ámbito Teresa entró en contacto con estos intelectuales afamados, que allí conoce a José Rafael Pocaterra, que la incluye en su revista.

Emilia fallece en mayo de 1924, a ella la dedicatoria que aparece en Ifigenia (1924):

A ti, dulce ausente, a cuya sombra propicia floreció poco a poco este libro. A aquella luz clarísima de tus ojos que para el caminar de la escritura lo alumbraron siempre de esperanza, y también, a la paz blanca y fría de tus dos manos cruzadas que no habrán de hojearlo nunca, lo dedico.

Emilia aparece recreada en la ficción literaria en el personaje ‘Mercedes Galindo’ de Ifigenia. En la novela, ‘Mercedes Galindo’ es representada textualmente con un discurso de amor apasionado y sublime, de la narradora omnisciente, ejemplo:

…libre de conversación, silenciosa e inmóvil, la observaba y observándola así, comprendí al punto, que más grande aún que su belleza, era su encanto, es decir, que llevaba a lo supremo de la perfección el arte de interpretarse a sí misma: porque mientras hablaba, la boca, las manos, los ojos, la cabeza, la voz, la sonrisa, todo, iba completando sutil y armoniosamente, con mil matices, el sentido que expresaban sus palabras.

La muerte de Emilia sumió a Teresa en una profunda tristeza y desolación, guardó luto por ella durante el resto de su vida. Teresa hasta su muerte lució en uno de sus dedos el anillo de esmeraldas que Emilia le regaló. Su foto la acompañó a todos los lugares. Por su solicitud expresa, esta foto le fue colocada a Teresa entre sus manos cruzadas, en su ataúd, cuando murió en España en 1936.

Emilia en su testamento dejó a Teresa el usufructo de su fortuna, mientras permaneciera soltera. Gracias a la herencia que recibió de Emilia, la escritora pudo vivir sin apremio económico. En julio de 1924 en una carta a un amigo le dice: “Tengo por lo tanto si no diré la riqueza, si una situación independiente”.

Teresa dedica dos párrafos importantes a Emilia en su artículo “Ifigenia y un valiente defensor de las Aristeigueta” (El Universal, 30/12/1926). Allí describe a Emilia Ibarra como una de las tres fuentes femeninas y orales en la que se fundamenta lo más importante de su conocimiento de la historia de Venezuela.

VÍNCULO CON LYDIA CABRERA

A fines de 1929, Teresa de la Parra hace un viaje a Italia en compañía de una mujer que ejerce una evidente influencia en su vida afectiva y en sus pensamientos. Es la escritora cubana Lydia Cabrera (1899-1991), a quien conoció durante su primer viaje a La Habana en 1927. Lydia fue la compañera afectiva, inseparable, de Teresa hasta su muerte en 1936.

Lydia Cabrera decide acompañar a Teresa de la Parra un día de la primavera de 1932, en el mes de mayo, al sanatorio de Leysin (Suiza): “Pasé en el sanatorio tres o cuatro años. Cada cierto tiempo yo iba a París donde tenía mi atelier, que no quité hasta 1934, cuando comprendí que ella estaba definitivamente mal”; Teresa murió en Madrid el 23 de abril de 1936. El día 24 fue enterrada en el cementerio de la Almudena (Rosario Hiriart, 1983. Más cerca de Teresa de la Parra. Caracas, Monte Avila).

Lydia estuvo a su lado, día y noche, durante los últimos días de vida de Teresa, transcribimos sus últimos momentos, el día que murió, desde el relato de Lydia:

Yo dormía los días de su gravedad en la sala de la casa para estar junto a su habitación…Le inyecté el aceite alcanforado que recetaba su médico. Yo fui a descansar un rato, pasaba durante esos días la noche cuidándola. Serían las once más o menos cuando oí un ruido en la habitación de Teresa. Tuve una corazonada y corrí a su lado… La pobre doña Isabel, de rodillas ante el lecho de Teresa…Tomé rápidamente la jeringuilla y la inyecté en el brazo, pero el líquido no penetró. (Hiriart, Obr.cit).

En 1954 el escritor venezolano Ramón Díaz Sánchez, se pregunta, en uno de sus libros, qué ha sido de Lydia Cabrera ¿Vive aún? Prosigue y dice:

Teresa habla escasamente de ella en sus cartas, mas no así en su Diario, en el cual, sobre todo en los meses finales de su existencia, le dedica párrafos impregnados de admiración y ternura. Y esta interesante mujer que pudiera decir las cosas más trascendentes sobre la vida de nuestra compatriota, sobre sus angustias, ha permanecido en silencio. (1954. Teresa de la Parra, clave para una interpretación. Caracas, Ediciones Garrido).

La escritora y crítica literaria Rosario Hiriart señala que en 1982 se esperaba con ansia y entusiasmo la publicación del volumen de Biblioteca Ayacucho, sobre la obra completa de Teresa de la Parra, pero que el libro fue publicado con incontables omisiones. Esto es cierto. Por ejemplo, en la página 464 de Obra, en un recuadro pequeño, a la izquierda, aparece un texto de Teresa, extraído de su diario (en Madrid), escrito así:

Pienso un rato en la felicidad del hedonismo y del ideal epicúreo del que puedo gozar en lo que me queda de vida, sobre todo si las circunstancias me lo permiten: yo me siento mal entre la gente y encuentro bienestar con la independencia y la soledad.

Pero este mismo segmento, aparece escrito por Ramón Díaz Sánchez en su libro, ya citado, de la manera siguiente:

Pienso durante un rato en la felicidad del hedonismo y del ideal epicúreo que puedo gozar en lo que me queda de vida, sobre todo al lado de Lydia cuyas circunstancias como a mí se lo permiten: como yo, se siente mal entre la gente y encuentra su bienestar en la independencia y la soledad.

Rosario Hiriart (1988) nos proporciona un inventario de algunas de las omisiones en las que incurre Obra (Biblioteca Ayacucho, volumen 95, 1982): “Diario de Bellevue-Fuenfría-Madrid (1931-1936): 18 fragmentos fechados en Beaulieu y Neuilly, 1931; 29 en Fuenfría y Madrid, 1936. Nada aparece publicado entre los años de 1931 y 1936, y, de este último, sólo los que corresponden a la etapa final de su vida”.

Y la sombra misteriosa perdida en el recuerdo de las páginas de Ramón Díaz Sánchez, ¡estaba viva todavía! Era una escritora afamada; desde que salió de Cuba en 1960, vivía en Estados Unidos de Norteamérica. Es la autora, entre otras obras, de Cuentos Negros de Cuba (1936), que escribió “para entretenerse” mientras cuidaba de su amiga enferma, Teresa de la Parra. Lydia Cabrera murió el 19 de septiembre de 1991, en Estados Unidos de Norteamérica, a los 92 años de edad.

Lydia Cabrera tenía 89 años, cuando en 1988 aparece Cartas a Lydia Cabrera. Correspondencia inédita de Gabriela Mistral y Teresa de la Parra (Editorial Torremozas, España) de Rosario Hiriart. Gabriela Mistral, fue buena amiga de ambas. En el libro dice Lydia Cabrera:

A Gabriela Mistral la conocí en Barcelona el 1935, y aquel mismo año, nos reuníamos frecuentemente en el apartamento de la calle Mario Roso de Luna, del barrio de Rosales, que tuve el privilegio de compartir con Teresa de la Parra, ya muy enferma.

En el comienzo del libro, Lydia Cabrera, dice: “Rosario Hiriart me hace revolver las cenizas siempre cálidas de mis recuerdos, volver pasado al presente y revivir los años que estuve cerca de Teresa de la Parra”.

Transcribimos, de seguido, un fragmento pequeño, de una de las numerosas cartas de Teresa a Lydia (en todo el epistolario a Lydia, Teresa la denomina ‘Cabrita’) que aparecen en el libro (1988):

Bogotá, 29 de mayo de 1930. Cabrita querida:…A los dos días de llegar di mi 1ª conferencia. Mañana otra, el viernes la última. Quizás repita alguna a lo Lorca soltando conferencias en varias ciudades…Te digo buenas noches, y no sé hasta cuando, pues mi vida es sin descanso y un minuto libre, libre…¡Cómo anhelo verme dueña de mi persona!

Querida y admirada Teresa de la Parra, a 120 años de tu nacimiento, nosotras esperamos haber puesto nuestro granito de arena ante el mundo, para que al fin seas la dueña de ti misma, en el sitio de luz de fulgurante brillo, donde te encuentres…

Fuente: http://palabrademujer.wordpress.com/tag/teresa-de-la-parra/

sábado, 11 de agosto de 2012

La desazón política en Teresa de la Parra



                                                              Imagen: Versión María Eugenia Parra


Conocida como Fru Fru, Ana Teresa Parra Sanojo (París, 1889; Madrid, 1936), pisó tierras venezolanas en 1902. 22 años después obtuvo un premio en París por la publicación de Ifigenia, una novela escrita a manera de diario que plantea tanto el drama de una mujer que no puede expresar sus ideas como algunos cuadros costumbristas que ilustran la Caracas de entonces. A continuación una reflexión sobre las referencias al gomecismo en la obra de la escritora venezolana

De Ifigenia, novela de Teresa de la Parra, se ha dicho, desde su publicación en 1924, que es, ante todo, una confesión muy femenina. «Libro mujer: atractivo, oscuro, turbador», apunta Arturo Úslar Pietri en ensayo firmado en 1948. Pero, a nuestro modo de ver, Ifigenia es ficción dual, donde el lector, si así lo desea, puede embelesarse, en primer término, con la acicalada gracia de una trama femenina. Pero la historia de la joven caraqueña que luego de una larga estadía de estudios en Europa regresa a su terruño, no es accidente en el camino para que, también, podamos leer dentro de las páginas encantadoras de esa primera novela que han leído Arturo Úslar Pietri y otros ilustres intelectuales, otra segunda novela de atroz melancolía, situada al fondo de los imaginativos ardides o ingeniosos escondites narrativos que usa la escritora para testimoniar y denunciar en torno a la sociedad venezolana bajo las garras del gomecismo. Más que un gobierno, el gomecismo algo así como un animal enorme, colosal que se alimentó, largamente, del demudado silencio de los otros.

En la astucia nativa, impar de la narradora, la denuncia es un paradójico susurro, un beso de la muerte estampado con el más fino lápiz labial de marca francesa del momento. El lápiz labial de la protagonista, la joven Alonso y el profesional de la escritora son iguales y distintos, rotundos, sesgados e intercambiables. Lápiz de dos cabezas para páginas escritas a pleno sol respecto a muchos episodios graciosos en la vida de la heroína. Y otras pergeñadas a la sombra de una fina ambigüedad en rededor de gente que se puede considerar afecta al régimen gomecista. En fin, escritura dispuesta con abierta jovialidad en Ifigenia, y no hay contradicción en ello, cuando puertas adentro y en confianza, la joven Alonso hace algo así como el inventario casi impaciente o cantarino, de acuerdo a estados de ánimo variadísimos, de la casa de la abuela con ésta en el sillón de mimbre haciendo un interminable, pero perfecto calado para un mantel de granité.

Para seguir con el inventario de los dos corredores, del primer patio, del otro de los naranjos frente a la habitación, donde la protagonista se encierra a escribir o a leer novelas, pero bajo llave como una esposa de Barba Azul. Sin ahorrar detalles que son gemas donde brilla el fervor por la vida, el salón con el sofá de damasco para las visitas de postín o ese otro saloncito estratégico donde la joven Alonso se entera, oculta detrás de la prudente maleza de una cortina, que algún autoritario y mal intencionado familiar quiere disponer de su destino como si ella fuera carne matrimonial de ocasión. Y esa escritura nada difuminada, pero donde el país se percibe como un intriga lejana, enigmática y el gomecismo es la esperanza de una primera modernidad para compatriotas que, sin mirar a quien, descubren en las proximidades del poder facilidades, negocios de la riqueza petrolera.

Sarcasmo a medias
Nuestro conspicuo escritor Úslar Pietri, mira: «...la larga y divagante confidencia de un alma profundamente femenina. Ve, habla, describe y piensa, como nunca podía hacerlo un hombre». En fin, la compacta novela escrita por una señorita. Al referirse a la autora ha expresado: «Era una señorita: ese ser monstruosamente delicado y complejo. Esa flor del barroco». Al contrario, en el subtítulo de la novela, «Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba», y que da ocasión a la anterior aseveración de Úslar Pietri, vemos tan sólo una coartada formal de la escritora frente al terrible estado de cosas acerca de las que atestigua. Y es que para nosotros, Teresa de la Parra, al unísono, escribe dos novelas, gemela una de la otra o de gemelo destino, pero completamente discernibles.

Referirse en Ifigenia a una ficción «profundamente femenina», única, no supuesta al despedazamiento de la interpretación diversa, es ignorar la vasta novela política que se mueve, a la par, eficaz, sigilosa pero muy crítica, en torno a un acre momento nacional. Sin que la joven Alonso, la de la novela femenina por antonomasia, tenga que renunciar por ello a su sedoso guardarropa parisino. El vaivén argumental de algunos de los personajes, renovados por los chismes políticos que se oyen como desde un oído brumoso, conforman en Ifigenia una novela menos parcial. Sin dejar de advertir que el gracioso soliloquio de la protagonista es pieza variable y compleja. Excede o va más allá de la suerte de la heroína.

La autora, por precaución, estilo o ambas cosas, envuelve el irónico testimonio político sobre el gomecismo en el risueño y envolvente papel celofán de una historia de amor. Desahogo verbal, también, de una muchacha ilustrada, simulacro narrativo que encubre con bastante gracia la verdadera trama de fondo, el sarcasmo final de unos seres desencantados de sí mismos y sin atreverse a decir que, asimismo, desencantados del país porque sería echar por la borda muchos intereses en juego. En todo caso novela rosa algo compleja con una protagonista que, en demasiadas páginas, clama por la sed de libertad y una vocación primorosa para su inteligencia. Al final del libro, la joven Alonso al traicionar la alegría de sus sueños (no hará su vida con el hombre que ama sino con otro bastante desagradable y de talante espeso), parece inmolarse en aras del qué dirán y del cálculo social. Añagazas menores de Teresa de la Parra para que la secuela de humillaciones que deja el terror del régimen en los otros personajes estalle en su prosa de muchacha educada, tan solo, como un chisme furtivo y algo remoto. Y razón para que nuestro gran ensayista Mariano Picón Salas comentara en torno a «la adolescente malicia» de la autora y Úslar Pietri asegure que la escritora «se fastidia y murmura. Teje su propia vida, los rostros que la rodean y la circunstancia en un fino tapiz de maledicencia. Este ha sido siempre un gran arte de la criolla». La murmuración, cotilleo de un decir subalterno, desgaste pasajero y viperino. Desde luego pensamos que Teresa de la Parra hace algo más serio y profundo que murmurar. O, en todo caso, su crítica penetrante de la sociedad gomecista toma algunas lentejuelas de un traje de fiesta de la protagonista de su novela, María Eugenia Alonso y, por momentos, esa crítica semeja, disfrazarse, evanescente, de pequeña malicia femenina.

En Ifigenia, la maniobra de un sarcasmo a medias, posterior a la primera rebeldía inteligente de una muchacha frente a un medio de enormes soslayamientos, no alude, tarea imposible, a la enorme monumentalidad silenciadora del gomecismo, sí a los que obtienen prebendas del régimen. La novelista para nada hace mención de la violencia de las cárceles gomecistas. Esa será la misión de otros escritores. Teresa de la Parra muestra, al principio, la indignación de la heroína frente al despojamiento que el tío Eduardo Aguirre ha hecho de su fortuna. Pero en cuanto a violencias sólo dibuja las muy interiores de la tía Clara o de Mercedes Galindo y las de casero padecimiento de la protagonista.

En Ifigenia el gomecismo es juego de lejanías, rumores de la fortuna política de algunos personajes expresados por la autora con solapado acento en páginas distanciadas unas de las otras. Todos los personajes, no sólo María Eugenia Alonso, con su historia de amor triste, son unos perdedores. Más de uno ha abandonado el corazón en la cuneta a fin de tener dinero, poder, figuración o son seres con poca envergadura para concluir un proyecto intelectual. Siempre que pueden salen en estampida de Venezuela. No lo dicen abiertamente. Pero para esos compatriotas, fuera de las Legaciones que consiguen en el exterior o los negocios que hacen para enriquecerse, gobierno de por medio, el país es el mismísimo demonio.

Teresa de la Parra evidencia una nueva realidad que ella expresa siempre con el lápiz a media luz. Gracias, precisamente, a las facilidades de enriquecimiento rápido que las relaciones con el gobierno y un subsuelo rico en petróleo empiezan a proporcionar, los venezolanos acaso se hacen menos escépticos o errantes. En el escepticismo del tío Pancho, por ejemplo, se advierte una última ironía disidente. Cuando no escépticos, han sido resignados, con rutina y acentuada importancia hacia la vida chiquita como es el caso de la tía Clara. Los de la nueva fortuna petrolera pueden tener talento, ser finos, cultivados, pero, finalmente, egoístas, conseguidores como Gabriel Olmedo. O ampulosos, vulgares hombres del régimen como el doctor César Leal. En la pechera cuajada de rubíes del antipático doctor Leal, en su Packard imponente, en el solitario que lleva entre los dedos como un tercer ojo, en sus discursos altisonantes y de mal gusto, Teresa de la Parra anticipa magistralmente el país petrolero de los años por venir en su insolente vertiente de nuevo riquismo.

Senderos de la insinuación
Ramón Díaz Sánchez, considerado una pluma más modesta que la de Picón Salas o la de Úslar Pietri y sin embargo, autor entre otros libros de la hermosa novela Cumboto, posiblemente, da en el clavo más que ningún otro autor venezolano cuando afirma en su libro Teresa de la Parra, clave para una interpretación (Caracas, Ediciones Garrido, 1954): «En su tiempo no fueron muchos, aquí, los que calaron el símbolo de este libro; en el nuestro su número ha aumentado aunque no lo bastante como para que el espíritu de la escritora y el de su bella Caracas puedan considerarse substancialmente reinvindicados».

¿Y, acaso, podía ser solo símbolo perturbadora y delicadamente femenino como nos hicieron ver tantos comentarios? «Ifigenia, novela esencialmente femenina, insinúa mucho más de lo que dice, y estos senderos de la insinuación, no se ven, se sienten y presienten como los diversos estados de ánimo a través de los versos de un poeta», confiesa la misma Teresa de la Parra en artículo fechado en París en 1926. Estos «senderos de la insinuación» llevan a corroborar que en la novela de Teresa de la Parra no hay solo una jovial autobiografía juvenil de la autora. En Ifigenia hay dos autobiografías: la de la novela cumplidamente femenina y la de la reveladora y brillante novela política. El libro, visto como el romántico libro escrito por una mujer desmenuza en la historia de la joven Alonso un parangón biográfico con la veinteañera Teresa de la Parra que llega de Europa. Es más: está muy claro que la cautivadora Mercedes Galindo, personaje clave de Ifigenia, es mucho lo que tiene que ver con Emilia Ibarra, entrañable amiga de la escritora.

Pero en Ifigenia puede leerse otra autobiografía de la autora, pública, política, y que encarnada en el personaje Gabriel Olmedo, concita menos simpatía que la de la joven Alonso. Pero, pregona o prefigura comportamientos externos de la escritora. Muy estudiado y distinguido, pero sin fortuna personal, Gabriel Olmedo regresa de Europa después de haber escrito un libro del cual no se tercia más: asunto muy nuestro. Por años, en Venezuela, nos hemos dado a comentar libros que nadie ha escrito y escritores huérfanos de páginas. Pero, volviendo al personaje Olmedo, en la intriga del «Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba», el caballero de marras careciendo de fortuna personal aspira una Legación en Europa o a hacer negocios con el gobierno. Destino paralelo o casi paralelo al de Teresa de la Parra, la cual sí ha escrito un libro y, a semejanza de Olmedo, es probable que quiera también salir de la pobreza e irse para Europa.

El personaje de Ifigenia, Olmedo, logra llevar a cabo sus ambiciones en la aproximación a Monasterios, poderoso Ministro del gobierno y en el matrimonio, seguramente no deseado, con la hija poco atractiva, algo obesa del Ministro. Y pese a que en Ifigenia, tampoco es cosa de arduos detectives descubrir, la fría displicencia de la autora hacia personajes que por sus vínculos con el gobierno, obtienen una serie de ventajas personales y materiales, Teresa de la Parra, aparte de cuyo notable talento narrativo debía merecer un justo premio, la gratificación de un estado que, además, empezaba a obtener los frutos de la novedosa industria petrolera, al dar fin a Ifigenia escribe una larga carta al general Gómez bastante adulatoria que, a bien seguro, no tiene otra intención que el logro de una pensión que permita llevarla a vivir, con alguna comodidad, fuera de ese desierto que para una mujer de su extraordinaria vivacidad intelectual era la Venezuela de los años 20.

En suma, María Eugenia Alonso le había prestado a Teresa de la Parra, entre otras cosas, una jovialidad atrevida, la crítica constante para enumerar algunos pecados y pecadores codiciosos del gomecismo. Gabriel Olmedo, en cambio, exquisito, encantador pero, asimismo, convencido como la escritora de los beneficios de la paz gomecista y de que la libertad en Venezuela se confundía con una natal anarquía, empuja, quizás, la mano de la novelista que halagó al General Gómez en una larga carta melindrosa. Misiva en la que ella parecía desdecirse de esas páginas maravillosas que incluían el retrato del doctor César Leal, alto funcionario del régimen. Pero muy irónica manera de capear el furioso temporal de una dictadora, Teresa de la Parra nos hace adversar al doctor Leal, acertijo de novela de amor, sobre todo, como novio temible de la protagonista.

Novela que consta de dos anillos, uno refulge en muchos momentos con la luz diamantina del diario sonriente de una muchacha y una historia de amor incompleta. El otro es un anillo liso, sin adorno de piedra refulgente, se mueve, locuazmente, sin embargo, de un dedo a otro de la mano con arista de aguja pensativa para expresar el chisme severo y sarcástico de una novela política bastante completa. Sumario doméstico intercalado con datos distantes que no lo son. La escritora expresa todo esto último, sin levantar la voz, sin dejar de jugar al amor perdido y al mayor de los silencios. No hay acusaciones para nadie en particular, es decir al tirano de turno, pero en Ifigenia, Teresa de la Parra dice lo que tiene que decir con pluma osada y nada anecdótica.

Venezuela, 1924 Teresa de la Parra habla sobre su más reciente obra Ifigenia


  Imagen: Versión Maria Eugenia Parra 


“La crisis por la que atraviesan las mujeres no se cura predicando la sumisión”


A mediados de este año la joven escritora venezolana Teresa de la Parra publicó Ifigenia. La novela busca resaltar la figura de la mujer que trata de luchar en contra del machismo y el tradicionalismo en el siglo XX.

Teresa de la Parra, quien desde 1923 vive en Francia, destacó aspectos importantes de su más reciente obra:
 -Uno de los aspectos más interesantes de lanovela es la lucha entre las ideas tradicionales
y la necesidad de modernización ¿Su crianza fue importante para plantear esta dicotomía?

-Tanto mi madre como mi abuela pertenecían por su mentalidad y sus costumbres a los restos de la vieja sociedad colonial de Caracas. Por lo tanto mi segunda infancia y mi adolescencia se deslizaron en un ambiente católico y severo. En Caracas me puse por primera vez en contacto con el mundo y la sociedad. Observé el conflicto continuo que existía entre la nueva mentalidad de mujeres jóvenes despiertas al modernismo por los viajes y las lecturas, y la vida real que llevaban, encadenadas por prejuicios y costumbres de otra época. Sólo en deseo, por la independencia de vida y de ideas, hasta que llegaba el matrimonio que las hacía renunciar y las entregaba a la sumisión acabando por convertirlas a las viejas ideas gracias a la maternidad. Este continuo conflicto femenino con su final de renunciamiento me inspiró la idea de mi primera novela Ifigenia.

¿Piensa ud. que su novela fue mal recibida en ciertos sectores de la sociedad, y eso influyó en su actual exilio?

La crítica que encierra contra los hombres y ciertos prejuicios hizo que en mi país la recibieran con algún mal humor. Algunos círculos ultracatólicos de Venezuela y Colombia creyeron ver en ella un peligro para las niñas jóvenes que la celebraban al verse retratadas en la heroína con sus aspiraciones y sus cadenas. La novela fue atacada y defendida con gran exaltación en diversas polémicas, cosa que contribuyó a su difusión.

¿Ud. se considera una feminista?

Mi feminismo es moderado, La crisis por la que atraviesan hoy las mujeres no se cura predicando la sumisión. La vida actual no respeta puertas cerradas. Para que la mujer sea fuerte, sana y verdaderamente limpia de hipocresía, no se la debe sojuzgar frente a la nueva vida, al contrario, debe ser libre ante sí misma, consciente de los peligros y de las responsabilidades, útil a la sociedad, aunque no sea madre de familia, e independiente pecuniariamente por su trabajo y su colaboración junto al hombre. París

lunes, 28 de junio de 2010

Imágenes de la mujer y construcciones de lo femenino

                                          Imagen: Pintura al Oleo 



Teresa de la Parra y Fray Luis de León:
Imágenes de la mujer y construcciones de lo femenino
Carolina A. Navarrete González
Pontificia Universidad Católica de Chile

A través de las siguientes líneas pretendo presentar y analizar la construcción de la feminidad por medio de las imágenes de mujer que entregan los textos La perfecta casada de Fray Luis de León y el texto Influencias de las mujeres en la formación del alma americana de Teresa de la Parra.

Fray Luis de León, autor del manual dedicado a las esposas, apareció por primera vez en 1583 y fue reimpreso más de doce veces durante los siguientes cincuenta años. Este libro fue considerado durante varios siglos como una sana fuente de opinión y de consejo para esposas jóvenes. Fray Luis se inspiró para escribirlo en la Biblia, específicamente en el último capítulo de los Proverbios, y en los escritos de Juan Luis Vives. Siguiendo fielmente estos antecedentes, consideraba que el estado de matrimonio era inferior a la virginidad, pero para efectos prácticos, la perfección en cada estado era una meta deseable en la vida. Para la mujer casada la perfección consistía en conservarse pura y fiel a su marido, encargándose de los deberes del hogar y procurando ser tan valiosa como una joya para su esposo. Para alcanzar este grado de perfección entraba en detalles diciendo cómo una mujer debía administrar los bienes de su esposo, amándolo y ayudándolo en las épocas difíciles, tratando bien a sus sirvientes, educando a sus hijos, hablando poco, yendo a la iglesia frecuentemente y quedándose en la casa cuanto fuera posible. La mejor recompensa para una mujer era el reconocimiento general de sus virtudes por el hombre y por Dios.

Ahora bien, entrando más detalladamente en la configuración de la imagen de mujer que surge a partir del texto de Fray Luis, pasaré a nombrar y a caracterizar cada uno de los puntos que me parecen relevantes para este fin.

En primer lugar, se hace hincapié en el temor de Dios como una de las características propias de la mujer que se casa. Este temor de Dios, estaría ligado a la guarda y limpieza de conciencia, la que se lograría a través del servicio al marido, el gobierno de la familia y la crianza de los hijos.

Otro aspecto interesante de mencionar es el que guarda relación con la perfecta casada como Mujer de valor (virtuosa de ánimo y fuerte de corazón), en el sentido de que es cosa rara y por lo mismo dificultosa de hallar. Se la compara con las piedras preciosas, de manera que al poseerla el hombre se vuelve rico y se debe tener como bienaventurado y dichoso.

La mujer casada debe evitar ser gastadora, ya que el gasto de la mujer no vale, es todo en el aire, por lo que aquello en que gasta no luce ni es de importancia. Aquella que gasta está yendo en contra de su oficio; lo que debe hacer es guardar para que su marido se vuelva confiado y seguro. Él debe saber que con tenerla a ella como ahorradora y ayudadora tiene ya riqueza suficiente. Además de ser guardadora de los bienes de la casa, debe soportar a su marido en cualquier circunstancia. Así, es la mujer la que debe conservar la paz en el hogar aunque su esposo sea un beodo, verdugo o incluso, agresivo. Más aún, la mujer casera ha de ser hacendosa en todo momento, ocupándose de recoger todo lo que pareciera estar perdido en su hogar y convertirlo, con ingenio, en algo de utilidad y provecho.
Como una obligación de la esposa está también el hecho de madrugar, con el fin de ser el ejemplo de su familia y criados. Gracias a esta conducta le es posible gobernar su gente asumiendo el rol de “alma de la casa”, sin permitirse ocasión para el ocio y procurando la práctica del trabajo como veladora e hiladora. La perfecta casada debe ser piadosa con los pobres y muy generosa, estando alerta con quienes admite en su casa. Una de las virtudes de la buena casada es tener gran recato acerca de las personas que admite a su conversación y a quien da entrada en su casa. A lo que se agrega el buen trato que debe procurar hacia sus sirvientas y criadas.

En lo referente a la vestimenta de la esposa, ésta debe procurar el uso de prendas de vestir que estén conforme a la honestidad y a la razón. Ha de cuidar su higiene, y usar colores como el púrpura y el blanco de la sencillez. Darse afeites, constituye una acción propia de rameras y no de buena mujer, el uso de afeites sólo sirve para dar a entender que el alma está enferma. Con esto, se le recomienda, ser apacible y de condición suave; no salir de su casa y preferentemente, cerrar la boca, ya que la hermosura de la mujer, siguiendo a 

Demócrito, tiene que ver con el hecho de hablar escasamente y en forma limitada. La perfecta casada debe guardar silencio y la casa, siendo su sabiduría propia el saber callar. En definitiva, su oficio consiste en hacer buen marido, criar buenos hijos con buenos hechos y obras.

Ahora bien, la segunda imagen de mujer que interesa develar, es la que entrega Teresa de la Parra en su libro de conferencias: Influencias de las mujeres en la formación del alma americana. Estas conferencias pronunciadas en Bogotá el año 1930, son su tercer libro, siendo reimpresas en 1982. Teresa de la Parra se propuso encontrar cuál y cómo había sido la influencia oculta que ejercieron las mujeres durante la Colonia Hispanoamericana. Al trazar la vida de aquellas damas trató de utilizar lo vivo de la historia sin desdeñar al personaje anónimo e inesperado; hurgó en la tradición oral y se detuvo en un modo de comunicación que como el recado fue propio de los días provinciales.

Para empezar con la caracterización de la mujer según Teresa de la Parra, resulta importante destacar que la autora se manifiesta en contra de la actitud sumisa y mansa de la mujer encerrada en su casa. Lo imperante para la mujer de hoy que se encuentra en crisis es conseguir la libertad ante sí misma, siendo conciente de sus peligros y de las responsabilidades, útil a la sociedad, aunque no sea madre de familia, e independiente pecuniariamente por su trabajo y su colaboración junto al hombre, ni dueño, ni enemigo, ni candidato explotable, sino como compañero y amigo. El trabajo constituye una disciplina que purifica y fortalece el espíritu. El verdadero enemigo de la virtud femenina es la frivolidad que proporciona el vacío mariposeo mundano.

Según la autora, nuestra época colonial hispanoamericana, es decir, los tres siglos de vida que se extienden entre las guerras de la Conquista y las guerras de la Independencia, forman un período de amor en el cual impera un régimen de feminismo sentimental a la moda antigua que termina al comenzar las guerras de Independencia. Este régimen casi no dejó huellas de las mujeres, no se percibe su presencia ni en los documentos ni en los libros de la época, porque la mujer habría estado acostumbrada a vivir en el silencio. Sin embargo, la imagen de ella nos habría llegado por medio de la tradición oral. Aquel modo de vivir tuvo su asiento en la Iglesia, la Casa y el Convento. 

Entonces, fueron las mujeres, madres de familia, encerradas en sus casas, las que moldearon el carácter de la sociedad hispanoamericana. Las mujeres anónimas habrían tejido con su abnegación el espíritu patriarcal de la familia criolla.

Frente a las mujeres que se quedaron en sus casas, las monjas constituyeron las únicas mujeres libres que hubo en la colonia. Las únicas que escogieron su destino por sí mismas, las únicas a quienes ni el padre, ni el hermano mayor le escogieron marido. De ahí se desprende la importancia del papel que representaron. Teresa las denomina “amantes del silencio, eternas sedientas de vida interior”, y aunque parezca contradictorio, precursoras del moderno ideal femenino.

Pues bien, un hecho que marcó la erosión del exaltado sentimentalismo de las mujeres, cuyos ejes eran la Iglesia y el convento, fue la expulsión de los jesuitas, los que, en su mayoría criollos, imperaban en el reino de las almas femeninas muy especialmente. Los jesuitas de la colonia inculcaban en las almas femeninas la idea inseparable de Dios, Patria y Rey. Estos conceptos formaban un solo credo. La Patria y el Rey eran sinónimos de la sumisión a España. Al ser arrojados y perseguidos por el Ministro del Rey, se disoció la trinidad y cundió en las conciencias la anarquía del cisma. Así, las mujeres de la colonia privadas de tan absorbentes directores perdieron la rigidez y la austera disciplina católica y española tan característica de la piedad femenina. Salida de su cauce, la religión sufrió la misma transformación que había sufrido la raza. Ella también se hizo criolla. El pecado mortal se hizo una abstracción bastante vaga y el terrible Dios de La Inquisición comenzó a ser una especie de amo de hacienda, padre y padrino.

Tras estas observaciones de la mujer y las transformaciones por las que pasa a lo largo de la colonia, Teresa de la Parra, configura una clasificación de las mujeres que participaron en la formación de la sociedad americana. Desde las mantuanas, o de las monjas que realizaron sus tareas desde el claustro, es de donde Teresa de la Parra toma el modelo para ejemplificar a través de algunos casos la vida de aquellos días.

De la clasificación que propone la autora, tomaré tres casos que me parecen dignos de destacar con el fin de perfilar la imagen de la mujer perteneciente a la Conquista, Colonia e Independencia.

En cuanto a la mujer de la Conquista, me interesa traer a escena a doña Marina, vendida por su madre y padrastro como esclava a unos indios forasteros y luego regalada a Hernán Cortés, con quien vive un amor, que de una intensa pasión pasó a un profundo aprecio. Doña Marina, mujer “entrometida y desenvuelta” según Bernal Díaz del Castillo, inició en alas de su amor por Cortés, la futura reconciliación de las dos razas e inició además en América aunque en forma rudimentaria aún, la primera campaña feminista. 

Junto a esto vale destacar su sentido de perdón y de misericordia hacia su familia, puesto que al encontrarse con su madre y hermano, quienes pensaban que los mandaría a matar, ella los consoló y perdonó, arguyendo que cuando la vendieron, realmente no sabían lo que hacían. Doña Marina, como José vendido por sus hermanos, se erige como símbolo de misericordia y de generosidad.
Dentro de las mujeres pertenecientes a la Colonia, el caso de Amarilis, la poetisa colonial anónima que escribió sólo una vez con el seudónimo de Amarilis, merece cuidadosa atención. Muy joven, muy culta, lectora apasionada de Lope de Vega cuya fama se hallaba en todo su esplendor. Lo conoció por sus libros y a fuerza de admirarlo y de simpatizar con su espíritu sintió por él una verdadera pasión romántica. La poetisa le dirige una carta en verso haciendo su autobiografía y contando a Lope de Vega la historia de sus abuelos que fueron conquistadores y fundadores de su ciudad. Además le cuenta que es rica, bonita y feliz. También le cuenta sobre sus aspiraciones al amor platónico a través de su alma lírica, la cual, sedienta de abnegación y de responsabilidades, representa ya, según Teresa de la Parra, el ideal feminista tan denigrado, y tan incomprendido en su forma más pura.

En lo referente a las mujeres de la Independencia, destaca el nombre de Manuelita Sáenz, llamada la libertadora del libertador, debido a que salvó la vida de Simón Bolívar en dos ocasiones, siendo, además el último amor de éste. Doña Manuelita representa el caso de protesta violenta contra la servidumbre ya que estando casada con un inglés decide divorciarse (en tiempos en que el divorcio es una instancia inexistente) de éste cuando ve por su ventana a Bolívar, comunicando su decisión a su marido y familia, se enfrenta a todas la sentencias recriminatorias por su actuar y se lanza a luchar por Bolívar, siéndole fiel hasta después de la muerte del llamado bertador. Ya anciana, sufrió el destierro y, estando en la ruina, rechaza la fortuna que le dejara su marido inglés por rendir culto al recuerdo de Bolívar.

Ahora bien, tras indagar y particularizar en las imágenes de “mujer” entregadas por dos textos tan disímiles y complejos en su valoración del papel de lo femenino en la sociedad hispanoamericana, cabría puntualizar ciertos rasgos que conlleven hacia el trazado de un concepto de feminidad/femenino.

Fray Luis de León, a través de su obra La perfecta casada, perfila la condición de la feminidad dentro de parámetros de valoración provenientes de una fuerte hegemonía masculina. Su concepto de lo femenino guarda relación primeramente con la función de la mujer como esposa, estado que debe seguir bajo estrictas normas de conducta que van desde el temor a Dios a la obediencia, servicio-servidumbre al marido.
Para el autor, la mujer o la perfecta casada, debe entregar su vida al sacrificio, dentro de los límites que impone el encierro del hogar y el buen obrar, lo que permite criar buenos hijos y tener un buen marido.

En tanto, Teresa de la Parra, por medio de sus conferencias, entrega un concepto de lo femenino como una permanente lucha por la libertad ante sí misma y una realización personal en la esfera del trabajo, ambas son las formas en que lo femenino podría llegar a subvertir la crisis del encierro y de las estrictas limitaciones con que la tradición de tres siglos de colonia han subyugado a la mujer.

Notas
[1] En el último capítulo de los Proverbios, Dios, por boca de Salomón, rey y profeta suyo, y como debajo de la persona de una mujer, madre del mismo Salomón, cuyas palabras él pone y refiere con hermosas razones, caracteriza acabadamente una virtuosa casada.
[2 Juan Luis Vives. Instrucción de la mujer cristiana. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1940. Este texto, muy leído durante toda la época colonial, se imprimió por primera vez en 1524. En toda su obra recalca su creencia de que lo malo prevalecía sobre lo bueno y que esta situación se debía atribuir principalmente a la falta de una buena educación en la mayoría de las mujeres. Sus sugerencias en materia de educación estaban encaminadas a apartar a las mujeres del mal, a fin de que aprendieran solamente lo que era bueno, honesto y puro. Para alcanzar estos objetivos exigía una total separación de los sexos desde la más corta edad y una completa adoctrinación sobre las principales virtudes de la mujer: la castidad, la modestia y la fuerza de carácter. Vives creía en la superioridad de la virginidad en comparación con la vida matrimonial. La virginidad hacía que las mujeres se asimilaran a la Iglesia y a la Virgen María. El matrimonio era considerado como un contrato social que se concertaba por los padres, de ahí que el matrimonio implicaba un sacrificio para las mujeres y se le describía como un yugo que podría ser ligero siempre y cuando el esposo fuese responsable y bueno. En el caso de que los esposos fueran infieles a sus esposas, éstas debían seguir siendo fieles a ellos puesto que en la opinión de Vives la fidelidad de la esposa santificaba la infidelidad del marido. De esta manera, se aceptaban explícitamente dobles normas de moralidad. Como esposas las mujeres debían permanecer en el hogar, teniendo el menor contacto posible con el mundo exterior. Los quehaceres más importantes de la mujer eran la atención de su hogar y la conservación de su honestidad. El ensayo de Luis Vives, a pesar de su propósito de mejorar la educación intelectual y moral de las mujeres, apoyaba abiertamente su condición social inferior y su subordinación a los hombres.
[3] El que se podría caracterizar por el sacrificio a fuego lento de la vida entera y, el amor trágico lleno de celos al modo español y una necesidad de ensueño que se alimenta con ideales lejanos y espera la llegada de algo incierto en el vaivén de una hamaca. Estos modos de costumbre pervivirán largo tiempo, según la autora. El proceso de emancipación, como ella acota, sólo logrará alterar cosas externas. Así muchos modos de la sociedad colonial seguirán manteniéndose a lo largo de la historia.
[4] Criollas nobles, abundaron mucho en la colonia. Se caracterizaron por ser soñadoras y estar permanentemente encerradas en la casa sin ver más horizonte que el que abarcaba su ventana abierta. Místicas indefinidas sin vocación ni para el convento ni para el matrimonio; ambiciosas o desengañadas por el primer amor se quedaban al margen de la vida. Sembraban cariño y abnegación en la familia, envejeciendo solteras. Más maternales que las propias madres fueron ellas, en gran parte, las viejas tías solteras, creadoras del típico sentimentalismo criollo que quiere siempre con dolor y que se exalta hasta la tragedia en los casos de ausencia, enfermedad o de muerte.

Bibliografía
Teresa de la Parra. Influencias de las mujeres en la formación del alma americana. Caracas: Fundarte, 1991.
Fray Luis de León. La perfecta casada. Santiago de Chile: Ercilla, 1984.
Carolina A. Navarrete González. Doctora (c) por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente colabora en la redacción de la revista Anales de Literatura Chilena de la PUC. Además, cuenta con los grados otorgados por la Pontificia Universidad Católica de Chile de Licenciada en Letras mención Literatura y Lingüística Hispánicas, Licenciada en Ciencias de la Educación y Profesora de Lenguaje y Comunicación. Se desempeña como profesora de literatura en la PUC. Además, en el marco de su tesis doctoral, se encuentra investigando sobre manuscritos y epístolas escritas por mujeres de la Colonia en Chile y en el resto de Latinoamérica. Dentro de sus publicaciones se encuentran una serie de artículos en revistas nacionales e internacionales donde ha enfocado su interés en diversas áreas de la literatura hispanoamericana.

© Carolina A. Navarrete González 2006
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero33/tparrafr.html

miércoles, 23 de junio de 2010

TERESA DE LA PARRA

                                    Imagen: Versión María Eugenia Parra




Nacimiento: 5 de octubre de 1889 París, Francia
Defunción: 23 de abril de 1936 Madrid, España
Ocupación: Escritora.
Nacionalidad: venezolana
Período: 1920-1936
Género: Novela


Ana Teresa Parra Sanojo (n. París, 5 de octubre de 1889 - m. Madrid, 23 de abril de 1936), escritora venezolana más conocida como Teresa de la Parra. Considerada una de las mujeres y escritoras más destacadas de su época. A pesar de que gran parte de su vida transcurrió en el extranjero, supo expresar en su obra literaria el ambiente íntimo y familiar de la Venezuela de ese entonces. Incursionó en el mundo de las letras de la mano del periodismo y escribió dos novelas que la inmortalizaron en toda América: Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca. Su novela más conocida Ifigenia, planteó por primera vez en el país el drama de la mujer frente a una sociedad que no le permitía tener voz propia.

Primeros años

Nace en París en 1889, para ese entonces sus padres se encuentran fortuitamente en esta ciudad, pero a los dos años llega a Venezuela. Su familia formaba parte de la aristocracia venezolana y al sector de los terratenientes. En la hacienda de caña "El Tazón", cercana a Caracas, pasa su infancia. Tan provinciana vida se trastoca seis años después, al morir repentinamente su padre. Es una niña de 11 años cuando su familia decide fijar residencia en Europa. Se instalan en Valencia, España, y Teresa es internada en el Colegio religioso Sagrado Corazón. Allí comienza a expresar su inquietud por la poesía. Se dedica a la lectura de escritores famosos como, Guy de Maupassant, Catulle Méndes y Valle-Inclán, quienes van a ejercer gran influencia en su formación literaria. En 1909, cuando aún no cumple 20 años, compone unos versos para el día de la Beatificación de la Madre Magdalena Sofía Barat. En el festejo recibe el primero de los muchos reconocimientos que obtendrá a lo largo de su vida; el primer premio escolar.

Regreso a Caracas

En 1910, los Parra Sanojo están de vuelta en Caracas. Viven en una casa de estilo colonial, situada entre las esquinas de Torre y Veroes. En las tertulias que allí se organizan, y en frecuentes reuniones que se dan en los cafés o "botellerías" de la Caracas de principios del siglo XX, la joven escritora toma apuntes sobre los modismos del español caraqueño, de sus maneras, de sus variantes. Tiene una gran fascinación por el habla coloquial, pero, a diferencia de lo que estila el costumbrismo, reproducirla no será el fin de su obra, se trata sólo de un recurso para contar historias.

Comienzos literarios

Sus primeros cuentos, de corte fantástico, datan de cuando tiene 26 años. Corre el año de 1915, y para entonces la mayoría de las mujeres de su edad no se ocupan precisamente del oficio literario. Es pues un hecho excepcional lo que ocurre en sus escritos, que se ven publicados en revistas parisinas como Paris Time, Revue de L'Amérique Latine y otras más. En vista de su éxito, diferentes publicaciones venezolanas se interesan por su escritura, y así sus relatos aparecen en El Universal y en la revista Lectura Semanal. En estos periódicos publica bajo el seudónimo de Fru-Fru, cuentos como Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa. Algunos de los cuentos fantásticos que publica son: El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y La historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol. Asimismo, en 1920 publica en la revista Actualidades, dirigida por Rómulo Gallegos, su "Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente", que en realidad es una ficción basada en las cartas enviadas por su hermana en numeroso viajes. Animada por el éxito alcanzado por sus artículos y cuentos publicados en los periódicos caraqueños, se dedica con entusiasmo a la tarea de leer y escribir, y comienza el Diario de una Señorita que escribió porque se fastidiaba.

Carrera brillante

Para 1921, a los 32 años, ya su nombre suena en todos los oídos de la comunidad literaria venezolana; no es para nadie sorpresa que, con motivo de la visita del príncipe de Borbón a Venezuela, se le asigne la tarea de escribir un discurso en respuesta al que ofrece doña Paz de Borbón en homenaje a las mujeres venezolanas. En esta ocasión recibe grandes elogios por la profundidad de su pensamiento y por su encanto prosístico. En 1923 se traslada a Paris. En 1924 publica bajo el seudónimo de Teresa de la Parra, su primera y más famosa novela Ifigenia, con la que participa en un concurso literario en París, auspiciado por el Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa, obteniendo el primer premio. La Casa Editora Franco-Ibero-Americana de París la premia con 10.000 francos y publica la obra en francés y en español. Tanto la suma como la doble publicación constituyen logros inusuales. Su fama crece hasta convertirse en una de las escritoras más destacadas de Latinoamérica y colocarse a un lado de Gabriela Mistral, con la que mantiene una estrecha amistad.
En los periódicos caraqueños reseñan su recibimiento masivo en La Habana, Nueva York y Bogotá. De esta última ciudad se menciona una recepción tan multitudinaria que la gente, agolpada por los andenes y aún sobre los vagones del tren, no la deja llegar a la puerta de la estación ferroviaria sino tras veinte minutos de esfuerzos para escapar de los efusivos saludos. En uno y otro lugar, dicta conferencias que hablan de la importancia de la mujer en la conquista, la colonia y la independencia de América.
Los años que van de 1928 a 1930 son de intensa actividad para la escritora; es invitada a Cuba para participar en el Congreso de Prensa Latina, el tema de su discurso fue "La Influencia Oculta de las Mujeres en la Independencia y en la vida de Bolívar"; pasa por Caracas y viaja a Munich, en el marco de un festival literario dedicado a Wagner; publica en 1929 su segunda novela, Memorias de Mamá Blanca, que escribe en un viaje a Suiza.

Últimos años

Terminada su travesía, en 1931 se instala definitivamente en Europa. Lleva en proyecto una biografía de Simón Bolívar, por quien siente gran admiración. Pero no logra terminarla, debido a que en esos días se manifiestan los síntomas de una grave enfermedad pulmonar. Para intentar recuperarse se interna en un sanatorio suizo, desde donde mantiene una viva correspondencia con sus amigos. Los deseos de recuperación que recibe de muchas partes de poco le sirven, pues su salud empeora progresivamente. La crítica situación europea que antecede a la Segunda Guerra Mundial la obliga a abandonar Suiza; se traslada entonces al sanatorio de La Fuenfría, en la Sierra de Guadarrama, a pocos kilómetros de Madrid. En 1934 se le diagnostica una bronquitis asmática, que finalmente acaba con su vida el 23 de abril de 1936, cuando cuenta con 46 años de edad. Para el momento de su muerte la acompañan su madre, Isabel Sanojo de Parra; su hermana María y su amiga Lydia Cabrera, escritora cubana que le dedicara a Teresa su libro Cuentos negros.
Sus restos, sepultados en el cementerio de Almudena, son repatriados en 1947 al panteón familiar Parra Sanojo y finalmente al cumplirse el centenario de su nacimiento son llevados el 7 de noviembre de 1989 al Panteón Nacional de Venezuela.

Seudónimo

En 1924, es publicada la primera gran novela de esta escritora, firmada bajo el seudónimo de Teresa de la Parra. El nombre Teresa provenía directamente de una serie de mujeres de su familia que llevaban este nombre, comenzando con su tatarabuela Teresa de Jesús Xerez de Aristeguieta,1* prima del libertador Simón Bolívar y madre del general Carlos Soublette, héroe venezolano. Así, cambiando sólo un poco su propio nombre, utilizó el seudónimo como un antifaz con el que se ocultó a medias y con el que quedó inmortalizada.

Novelas

Ifigenia

Ifigenia fue la primera gran novela venezolana que marca la madurez del género en las letras del país; fue escrita al terminar la Primera Guerra Mundial. Publicada en 1924, escrita en forma de diario personal, fue la primera novela escrita bajo el seudónimo de Teresa de la Parra. Refleja la inconformidad de una joven que no tiene voz propia ni posibilidad de elegir su destino en un mundo en el que la mujer debe conquistar su puesto en el mundo no a través de una "revolución", sino de una "evolución" que le permita crecer como ser humano. Tal pensamiento refleja, definitivamente, su propio desempeño vital, y se adelanta como práctica de vida a circunstancias que no serán cotidianas en el mundo sino un siglo más tarde. La novela, además de un difícil e interesante tema para la época, muestra muchas de las costumbres venezolanas, especialmente, las de la vida de Caracas. Su personaje de la obra, María Eugenia Alonso, escribe en su diario: “El pensar y tener iniciativa no está bien visto en una señorita decente” y ella ve cómo ser una mujer inteligente es prácticamente un pecado, cuando toda la sociedad pesa en su contra y le pide que se calle, que se case, que se someta. En 1986 el director de cine Iván Feo, lleva la novela "Ifigenia" a las pantallas de cine.

Memorias de Mamá Blanca

Es su segunda novela, publicada en 1929, considerada un clásico de la literatura hispanoamericana, constituye la primera gran novela de evocación de la literatura venezolana. Fue escrita en Europa durante una auto reclusión en Vevey, Suiza, que Teresa de la Parra se impuso para terminar la obra. En ella aborda el tema de la memoria, de la saga familiar, ilustra el ambiente de su niñez, mostrando personajes y costumbres de la época. La exploración de la intimidad de la familia de Mamá Blanca es, además reflejo de la intimidad misma del venezolano, tema que siempre le fascinó. La novela relata momentos importantes de su infancia, en especial sobre la relación con su familia. Se desarrolla en la hacienda de su padre en la que existía un trapiche para fabricar papelón. Son éstas las memorias de una jovial anciana que cuenta sus travesuras infantiles. Teresa de la Parra conoció casualmente a esa anciana, con la que no estaba ligada por ningún lazo de parentesco pero sí por misteriosas afinidades espirituales.

A lo largo de sus páginas, los ojos de Blanca Nieves van describiendo personajes emblemáticos de un país que experimentaba un profundo proceso de transformaciones políticas, sociales, culturales y económicas. Entre los personajes están Evelyn, la estricta mulata traída de Trinidad, el Primo Juancho, el ilustrado europeísta y Vicente Cochocho, peón de hacienda, quien se expresaba con palabras propias del siglo XVI. En las Memorias se revela una autora más madura que en Ifigenia, con un refinamiento de su proverbial ironía y más agudo sentido de observación y sobriedad. en su definición, es "un banquete de hombres solo". El texto abre el camino hacia una nueva valorización de la mujer. En clave literaria, es manifestación de lo que la misma autora define como un feminismo.

Fuente
http://es.wikipedia.org/wiki/Teresa_de_la_Parra

1* En los apellidos de Teresa prima del libertador Simón Bolívar. (Se hace en este texto una corrección en relación a la Fuente Original : http://es.wikipedia.org/wiki/Teresa_de_la_Parra), que dice Teresa Jerez de Astigueta debido a que los apellidos correctos son Xerez de Aristeguieta”