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viernes, 5 de octubre de 2018

El genio del pesacartas




El genio del pesacartas
[Cuento - Texto completo.]
Teresa de la Parra

Esta era una vez un gnomo sumamente listo e ingenioso: todo él de alambre, paño y piel de guante. Su cuerpo recordaba una papa, su cabeza una trufa blanca y sus pies a dos cucharitas. Con un pedazo de alambre de sombrero se hizo un par de brazos y un par de piernas. Las manos enguantadas con gamuza color crema no dejaban de prestarle cierta elegancia británica, desmentida, quizás, por el sombrero que era de pimiento rojo. En cuanto a los ojos, particularidad misteriosa, miraban obstinadamente hacia la derecha, cosa que le prestaba un aire bizco sumamente extravagante.
Lo envanecía mucho su origen irlandés, tierra clásica de hadas, sílfides y pigmeos, pero por nada en el mundo hubiera confesado que allá en su país había modestamente formado parte de una compañía de menestriles o cantores ambulantes: semejante detalle no tenía por qué interesar a nadie.
Después de sabe Dios qué viajes y aventuras extraordinarias, había llegado a obtener uno de los más altos puestos a que pueda aspirar un gnomo de cuero.
Era el genio de un pesacartas sobre el escritorio de un poeta. Entiéndase por ello que instalado en la plataforma de la máquina brillante se balanceaba el día entero sonriendo con malicia. En los primeros tiempos había sin duda comprendido el honor que se le hacía al darle aquel puesto de confianza. Pero a fuerza de escuchar al poeta, su dueño, que decía a cada rato: “¡Cuidado!, que nadie lo toque, que no le pasen el plumero. Miren qué gracioso es … ¡Es él quien dirige el vaivén de billetes y cartas! …” Había acabado por ponerse tan pretencioso que perdió por completo el sentido de su importancia real -y esto al punto de que cuando lo quitaban un instante de su sitio para pesar las cartas, le daban verdaderos ataques de rabia y gritaba que nadie tenía derecho a molestarlo, que él estaba en su casa, que haría duplicar la tarifa y demás maldades delirantes.
Pasaba pues, los días, sentado en el pesacartas como un príncipe merovingio en su pavés. Desde allá arriba contemplaba con desdén todo el mundo diminuto del escritorio: un reloj de oro, un cascarón de nuez, un ramo de flores, una lámpara, un tintero, un centímetro, un grupo de barras de lacre de vivos colores, alineados muy respetuosamente alrededor del sello de cristal.
-Sí -decíales desde arriba- yo soy el genio del pesacartas y todos ustedes son mis humildes súbditos. El cascarón de nuez es mi barco para cuando yo quiera regresar a Irlanda, el reloj está ahí para indicar la hora en que me dignaré a dormir; el ramo de flores es mi jardín; la lámpara me alumbra si deseo velar; el centímetro es para anotar los progresos de mi crecimiento (mido ciento setenta milímetros desde que me vino la idea de usar calzado medieval). -No sé todavía qué haré con los lacres-. En cuanto al tintero, está ahí, no cabe duda, para cuando yo quiera divertirme echando redondeles de saliva.
Y diciendo así comenzaba a escupir dentro del tintero con una desvergüenza sin nombre.
-Eres un gran mal educado, protestaba el tintero. Si pudiera subir hasta allá, te haría una buena mancha en la mejilla y te escribiría en las espaldas con letras muy grandes “gnomo malvado”.
-Sí, pero como eres más pesado que el plomo con tu agua asquerosa de cloaca, no puedes hacerme nada. Si me inclino sobre ti, quieras que no, tendrás que reflejar mi imagen.
Y su rostro en efecto aparecía en el fondo del brocal de cobre negro y brillante como el de un diablillo burlón.
Cuando su dueño se sentaba al escritorio, el gnomo tomaba un aire hipócrita y sonreía como diciendo: “Todo marcha bien. Puedes escribir lindísimas páginas, yo estoy aquí”.
Entonces el poeta, que era de natural bondadoso y que se engañaba fácilmente, miraba al genio con complacencia y colocando una barrita de incienso verde en el pebetero, la ponía a arder. El humo subía en finas volutas hacia el gnomo y le cubría la cabeza con su dulce caricia azulada. El diminuto personaje respiraba el perfume con alegría y se estremecía de tal modo que la balanza marcaba quince gramos en lugar de diez que era su peso normal, por lo cual deducía que el incienso era el único alimento digno de él, puesto que era el único que le aprovechaba.
Una noche en que dormía profundamente lo despertó una música muy suave. Eran dos pobres menestriles vestidos más o menos como él y del mismo tamaño, que venían a darle una serenata: uno tocaba la guitarra cantando con expresión apasionada; el otro lo acompañaba tarareando con las dos manos sobre el corazón, como quien dice: “qué divina música, nunca he sentido igual placer”.
-¿Qué es esto?, ¿Qué ocurre? -preguntó el gnomo frotándose los ojos con un puño furibundo. -¿Quién se permite tocar y cantar de noche aquí en mi mesa?
-Somos nosotros -contestó el guitarrista con mucha dulzura-. Parece que has corrido con mucha suerte desde el día en que te fuiste de nuestra compañía ambulante. Eres hoy un gran personaje… y ya ves, hemos hecho el viaje. Estamos muy cansados…
-En primer lugar, les prohíbo que me tuteen y en segundo término, ¡no los conozco!, ¡vaya broma!, yo, yo en una compañía de menestriles… ¿Están locos? ¡Largo, largo de aquí, pedazos de vagabundos!.
-Pero, de veras ¿no nos reconoce usted, monseñor?, insistió el músico decepcionado. Éramos tres, acuérdese, y teníamos grandes éxitos… yo me ponía en el medio, mi compañero a la derecha y usted a la izquierda, bizqueando para que la gente se riera. Tiene usted siempre la misma mirada. Tome, aquí tengo la fotografía que nos sacó un aficionado la víspera del día que usted se escapó.
Y desmontando la guitarra sacó un rollo de papel bromuro que extendió. Se veían en efecto los tres menestriles de cuero y alambre: el de la derecha era en efecto el genio del pesacartas.
-¡Ah!, esto ya es demasiado -gritó exasperado-. No me gustan las burlas. Soy el genio del pesacartas y nada tengo que ver con mendigos como ustedes.
-Pero, monseñor -respondió el guitarrista, a quien invadía una profunda tristeza-. Si no pedimos gran cosa; tan solo el que nos permita vivir aquí en su hermosa propiedad. Piense que hemos gastado en el viaje todas nuestras economías.
-Lo que me tiene sin cuidado.
-No lo molestaremos para nada. Tocaremos lindas romanzas.
-No me gusta la música. Además, los veo venir: harían correr ciertos ruidos perjudiciales a mi buen nombre, muchas gracias, mi situación es muy envidiada… Conozco cierto tintero que se sentiría encantado si pudiera salpicarme con sus calumnias. Arréglenselas como puedan, yo no los conozco.
-¿Es su última palabra? -preguntaron los menestriles rendidos bajo tanta ingratitud.
-Es mi última palabra -concluyó el genio del pesacartas.
Y como los desgraciados músicos permanecieron aún indecisos y desesperados:
-¿Quieren ustedes marcharse enseguida -bramó, poniéndose de pie sobre el platillo-, o llamo a la policía?
Pero en su exaltación, se resbaló, le faltó el pie y rodó, soltando una horrible interjección, hasta ir a dar al fondo del tintero, que se lo tragó.
Sin dar oídos a otros sentimientos que no fueran los del valor y la generosidad, los dos menestriles quisieron liberar al amigo de otros tiempos. Pero por desgracia el tintero que tenía muchas cuentas que cobrar, dejó caer su tapa con estrépito y los menestriles no pudieron ni moverla.
Al siguiente día cuando el poeta vio el desastre, comprendió lo ocurrido y sintió repugnancia por la ingratitud del gnomo. Después de haberlo extraído del pozo negro y después de haber tratado en vano de limpiarlo, no sabiendo qué hacer con él y no queriendo tirarlo a la basura, lo metió en el fondo de una gaveta.
En su destierro, el gnomo de cuero no ha perdido su orgullo. Continúa deslumbrando con sus cuentos fantásticos a la gente del nuevo medio social: un pisapapeles roto, una concha de tortuga y un rollo de viejas facturas.
-Cuando yo reinaba en el pesacartas, era yo quien hacía llegar los telegramas. Pero un día, un loco me arrojó en un tintero…
En cuanto a los dos menestriles, el poeta los ha colocado sobre un gran ramo de follaje. Parecen dos pájaros de colores en un bosque virgen y allí cantan el día entero de un modo encantador.
FIN

Natalicio 129 de Teresa de la Parra


5 de Octubre 1889
5 de Octubre 2018

"Yo creo, querido amigo, que sólo podemos ser felices dentro del misticismo".

Carta a Rafael Carías. Fechada en París, enero 16, 1931. Epistolario Íntimo, ed. cit.,p 123.

viernes, 10 de marzo de 2017

Testamento de Teresa de la Parra, editado por Hector Perez Marchelli.


  

24 marzo 1936. El notario Pla de Madrid se presentó en el apartamento sexto de la casa 18, en la Avenida de Pablo Iglesias para registrar el testamento de Teresa de la Parra Sanojo. Soltera, escritora, vecina de Paris, en el Boulevard de la Saussaye 1, Neuilly-sur-Seine, y con residencia accidental en Madrid, presentó pasaporte Nº 3068, expedido en Paris, 24 junio 1929. Manifestó encontrarse en buen estado de salud y deseaba otorgar testamento abierto:  Soy de nacionalidad venezolana, natural de Caracas, hija de don Rafael de la Parra, difunto y de doña Isabel Sanojo de Parra. Dejo a voluntad de mi madre y mi hermana doña Maria Parra [de Bunimovitch] todo lo concerniente a entierro, funeral y sufragios. Dispongo que ante todo se paguen mis deudas, especialmente la que tengo contraída con la señorita Lydia Cabrera, por la suma de Bs. 17000, proveniente de cantidades que recibí de ella con anterioridad según consta de recibo. Dicha deuda será satisfecha con la hipoteca que tengo a mi favor sobre una casa perteneciente a la sucesión Eraso según consta de los documentos que se hallan entre mis papeles. Recomiendo a mi madre y hermana entreguen a Lydia Cabrera los libros pertenecientes a Gonzalo Zaldumbide que se encuentran en la casa de mi hermana María, en Surennes, Francia, otros en la casa de mi hermana Isabel y otros dispersos en mi biblioteca. El inventario de ellos se encuentra entre mis papeles por lo que será fácil reunirlos y distinguirlos. Ruego se entregue con toda escrupulosidad a la sucesión de la señora Emilia Ybarra de Barrios Parejo, los bienes que vengo usufructuando. No me refiero naturalmente a los muebles destruidos por el uso y el tiempo sino a los inmuebles, objetos y joyas recibidos según inventario. Algunas joyas fueron transformadas por mí como consta en detalle en los inventarios que se encontrarán entre mis papeles. Si la sucesión de la señora Barrios Parejo estuviera dispuesta a vender a mi hermana Isabel los objetos de plata y otros que se encuentran en su poder sería para mí una satisfacción la continuidad de los mismos en mi hermana. Es mi voluntad establecer los siguientes legados: a mi madre doña Isabel Sanojo, un alfiler de amatista rodeado de perlas que me regaló la señora de Barrios Parejo. A mi hermana Elia Parra [Sanojo] de Salas una sortija de amatistas rodeada de perlas, también regalo que me hizo la señora de Barrios Parejo, deseando que a la muerte de mi hermana pase esta sortija a su hija, Maria Isabel Salas [Parra]. A mi cuñada Maria Parra [Salas] de Parra Sanojo un medallón de ónix negro y brillantes con cadena de perlas imitación, en agradecimiento por el interés que ha demostrado en la administración de mis bienes. A la señorita Lydia Cabrera, la sortija con cabuchón de esmeralda que llevo siempre puesta y como recuerdo personal mío y una pinza de brillantes, un collar de amatistas antiguo y un alfiler grande con piedras agua marina y zafiros blancos. El resto de sus joyas, cuyo inventario se encontrará entre mis papeles, deseo que se hagan tres lotes de valor aproximadamente igual que se sortearán y repartirán entre mis hermanas Isabel, Elia y María, rogando que de mutuo acuerdo escojan una de ellas y se la entreguen en mi nombre a mi cuñada la señora Luisa Amalia Penzini de Parra. A mi hermana doña Isabel Parra de Lanser los muebles, objetos y libros que se encuentran en la habitación que ocupé en su casa del Boulevard de la Saussaye, Neuilly-sur-Seine, rogándole que de acuerdo con Lydia Cabrera entregue a esta los libros que a la misma puedan interesarle especialmente los relacionados con la colección americanista. A mi hermana María, la propiedad literaria de las obras de que soy autora ya que deseo contribuir a la educación de los niños Parra Penizini y Bunimovitch Parra. En el remanente de todos mis bienes, derechos y acciones, instituyo por mi heredera universal en pleno dominio a mi hermana doña María Parra de Bunimovitch, sin perjuicio de la cantidad que como legítima materna atribuye la legislación venezolana a mi madre doña Isabel Sanojo a quien ruego acepte su porción legitimaria solamente en usufructo a fin de que a su fallecimiento se consolide el pleno dominio en mi hermana doña María a quien a tal efecto designo como nudo propietaria. Recomiendo muy especialmente a mi madre y hermana doña María que atiendan en lo posible y en la medida de sus medios a mi hermano Miguel deseando continúen pasándole la pensión mensual en la misma forma que ella lo viene realizando a fin de que no le falte esta ayuda para la educación de sus hijos siendo también mi deseo que al hacer aquella efectiva las cantidades por su sucesión les corresponda, empleen la cantidad que juzguen oportuno y a su libre discreción en algún negocio en el que se asocie mi hermano Miguel. También recomienda a su hermano Luis, no abandone y vele siempre por su hermano Miguel y no tome en consideración que no se le instituye legatario o heredero pues ello no es debido a su falta de cariño hacia él sino su consideración a su estimable situación económica, pero es mi voluntad que mi hermano Luis escoja como recuerdo mío una obra de mi biblioteca. Es mi voluntad que en pago o en parte de pago de cuanto pueda corresponder a mi madre se adjudique a ella la hipoteca a mi favor sobre cuatro acciones del Banco de Venezuela depositadas en el Banco Caracas, ascendente a unos Bs. 18000, cuyos comprobantes se encuentran en Neuilly-sur-Seine, en la casa de mi hermana la señora Lanser, así como las acciones y valores franceses que se encuentran depositados en el Comptoir d’ Escompte de Paris, agencia de la Avenida Mac-Mahon. Es asimismo mi voluntad que en pago o en parte de pago de cuanto corresponda a mi hermana María se le adjudiquen 30 letras por un valor aproximado de 700000 francos franceses los cuales se encuentran firmadas a mi favor por el señor Alfredo Lanser por sumas que este le adeuda como también el derecho a cobrar los intereses devengados por las cantidades que estas letras representan desde la fecha en que hubiesen dejado satisfacerse. Dichas letras se encuentran depositadas en casa del señor J. Bandelac. Igualmente se hará pago a su hermana María con cualquier suma y acciones que se hallen depositadas a mi nombre en la casa J. Bandelac y Compañía y con 140000 francos franceses que le pertenecen en la Compañía Cima de la que es propietario, socio o accionista su cuñado el señor Alfredo Lanser, según consta del contrato firmado por este que al efecto presentará su dicha hermana Maria de Bunimovitch. Nombro albacea, representante a todos efectos de mi herencia yacente, comisario y contador y partidor de mis bienes y herencia a don Isaac Bandelac, a quien confiero además las facultades generales que la legislación pueda otorgarle, las de reclamar, valores, frutos, rentas, créditos, depósitos, intereses y cuanto me corresponda cancelar hipotecas u otras garantías, cumplir y pagar cualesquiera obligaciones legítimas, administrar y vender durante la proindivisión de todos mis bienes, representarme en toda clase de asuntos, contratos o actos, ya sean públicos o privados, judiciales o extrajudiciales y delegar el cargo, pudiendo en consecuencia conferir poderes y revocarlos y practicar por si o por la persona que tenga a bien designar, las correspondientes operaciones de inventario y avalúo, liquidación, participación y adjudicación de los bienes y caudal relicto en la forma y términos exigidos por las leyes hasta dejarlas completamente ultimadas y protocolizadas en los registros de un notario público. Para el cumplimiento de mi encargo, prorrogo el término legal del albaceazgo por un año más, prohibiendo expresamente la intervención judicial de mi testamentaría. Finalmente, declaro que esta es mi última voluntad, y por tanto serán apócrifos y sin ningún valor ni efecto alguno todos los actos o disposiciones de última voluntad que apareciesen con fecha anterior al del presente documento.
 
 Fuente: Biblioteca Nacional, Caracas. 

sábado, 23 de abril de 2016

CHARLA: Teresa de la Parra, Ifigenia y el asteroide Lilith 1181 (video)




Eduardo Castellanos‎
LAEDBPDALA
La Astrología es demasiado buena 
para dejársela a los astrólogos.

A los 80 años de su deceso.

Fecha de nacimiento: 5 de octubre de 1889, París, Francia
Fecha de la muerte: 23 de abril de 1936, Madrid, España
Padres: Rafael Parra Hernáiz, Isabel Sanojo de Parra

ANA TERESA PARRA SANOJO - TERESA DE LA PARRA



ANA TERESA PARRA SANOJO
TERESA DE LA PARRA

Recordatorio a los 80 años de su deceso. 
23 de abril de 1936 - 23 de abril 2016

Frases y citas de Teresa de la Parra que perdurarán en el tiempo

“Tengo un alma profundamente naturista y adoro con ella la verdad sencilla de las cosas”. Ifigenia.

“Ya la Luna, lo sabía, me ha dicho compasiva: ¡No esperes a los muertos! Pero no he de cerrar mi balcón todavía”. Ifigenia.

¿No han ojeado ustedes nunca, al azar un diccionario? Se lo recomiendo. No hay nada más grato ni más reposante para el espíritu. Teresa de la Parra.
“Podría decirte muy severamente: “Vete y no peques más”, si no fuese porque juzgo imprudente anatemizar el pecado con demasiada violencia. Proscrito del mundo, su absoluta ausencia podría dejar tras él una aridez de desierto, pues, ¿qué valdría ya la vida sin la gracia del perdón y la indulgencia?”. Memorias de Mamá Blanca.

“Rumiante insaciable de las cartas, instantes de banquete, me pregunto asombrada qué fenómeno inesperado es este fenómeno fisiológico de la fidelidad. Viene de la misma fuente, quizás de donde brota el amor maternal porque es irrazonable animal, bastante estúpido y es el resultado de caricias, huellas de beso. Te repito, ¡no lo comprendo!” Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, diciembre de 1924.

“A ti, dulce ausente, a cuya sombra propicia floreció poco a poco este libro. A aquella luz clarísima de tus ojos que para el caminar de la escritura lo alumbraron siempre de esperanza, y también a la paz blanca y fría de tus dos manos cruzadas que no habrán de hojearlo nunca, lo dedico”. Dedicatoria de Ifigenia.

“Los recuerdos no cambian es Ley de todo lo existente. Si nuestros muertos, los más íntimos, los más adorados, volviesen a nosotros después de muchos años de ausencia y arrasados los árboles viejos hallasen en nuestras almas jardines a la Inglesa y tapias de mampostería, es decir, otros afectos, otros gustos, otros intereses, doloridos nos contemplarían un instante y discretos, enjugándose las lágrimas, volverían a acostarse en sus sepulcros.” Memorias de Mamá Blanca.

“…Su alma desconocía el odio. Siendo casi del mundo de los vegetales, aceptaba sin quejarse, las inquinidades de los hombres y las injusticias de la naturaleza. Hundido en acequia o adherido a las lajas, zahiriendolo o no, seguía como buen vegetal dando impasible sus frutas y flores”. Memorias de Mamá Blanca.
“Mamá perseverante y evangelizadora, seguía prodigando sobre Vicente sus quejumbrosas amonestaciones, mientras el tiempito se prolongaba indefinidamente a través de todas las cosechas de café”. Memorias de Mamá Blanca.

lunes, 22 de febrero de 2016

VII Como el Judío Errante




VII Como el Judío Errante

Recibí su carta y el juicio crítico del Doctor Lisandro Alvarado tan erudito y filósofo como incomprensible. Mi juicio a su juicio fue esta exclamación llena naturalmente del respeto que me merece: Por qué no la escribía en griego de una vez? – No nos hubiéramos comprendido mutuamente, él por hablar demasiadas lenguas muertas;  yo,  por relatarlo todo en esta pobre lengua viva conque pedimos y comemos el pan nuestro de cada día. Así habríamos estados seguros de no debernos nada ninguno de los dos.

Continuo como el Judío Errante; pasé tres meses en París, ahora estoy en la Cote d´Azur , entre Cannes y Niza, con mamá y María.  Vine a bautizar a mi segundo ahijado el baby  de esta última; quien a pesar de estar presente no me ha hecho olvidar el ausente.

Tengo tan abandonada la literatura que no me traje de Paris varios juicios críticos sobre Ifigenia que pensaba remitirle. Va esta crónica literaria sobre Hispanoamérica que es interesante y en la cual me nombran. Si no se ha publicado en Caracas le agradecería la enviara al Universal.  

Mil besos a mi ahijado, muchos saludos a G. y a los niñitos y para usted los más afectuosos recuerdos de su sincera amiga,

Teresa

Juan-les Pins: Marzo 1 de 1926