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sábado, 11 de agosto de 2012

La desazón política en Teresa de la Parra



                                                              Imagen: Versión María Eugenia Parra


Conocida como Fru Fru, Ana Teresa Parra Sanojo (París, 1889; Madrid, 1936), pisó tierras venezolanas en 1902. 22 años después obtuvo un premio en París por la publicación de Ifigenia, una novela escrita a manera de diario que plantea tanto el drama de una mujer que no puede expresar sus ideas como algunos cuadros costumbristas que ilustran la Caracas de entonces. A continuación una reflexión sobre las referencias al gomecismo en la obra de la escritora venezolana

De Ifigenia, novela de Teresa de la Parra, se ha dicho, desde su publicación en 1924, que es, ante todo, una confesión muy femenina. «Libro mujer: atractivo, oscuro, turbador», apunta Arturo Úslar Pietri en ensayo firmado en 1948. Pero, a nuestro modo de ver, Ifigenia es ficción dual, donde el lector, si así lo desea, puede embelesarse, en primer término, con la acicalada gracia de una trama femenina. Pero la historia de la joven caraqueña que luego de una larga estadía de estudios en Europa regresa a su terruño, no es accidente en el camino para que, también, podamos leer dentro de las páginas encantadoras de esa primera novela que han leído Arturo Úslar Pietri y otros ilustres intelectuales, otra segunda novela de atroz melancolía, situada al fondo de los imaginativos ardides o ingeniosos escondites narrativos que usa la escritora para testimoniar y denunciar en torno a la sociedad venezolana bajo las garras del gomecismo. Más que un gobierno, el gomecismo algo así como un animal enorme, colosal que se alimentó, largamente, del demudado silencio de los otros.

En la astucia nativa, impar de la narradora, la denuncia es un paradójico susurro, un beso de la muerte estampado con el más fino lápiz labial de marca francesa del momento. El lápiz labial de la protagonista, la joven Alonso y el profesional de la escritora son iguales y distintos, rotundos, sesgados e intercambiables. Lápiz de dos cabezas para páginas escritas a pleno sol respecto a muchos episodios graciosos en la vida de la heroína. Y otras pergeñadas a la sombra de una fina ambigüedad en rededor de gente que se puede considerar afecta al régimen gomecista. En fin, escritura dispuesta con abierta jovialidad en Ifigenia, y no hay contradicción en ello, cuando puertas adentro y en confianza, la joven Alonso hace algo así como el inventario casi impaciente o cantarino, de acuerdo a estados de ánimo variadísimos, de la casa de la abuela con ésta en el sillón de mimbre haciendo un interminable, pero perfecto calado para un mantel de granité.

Para seguir con el inventario de los dos corredores, del primer patio, del otro de los naranjos frente a la habitación, donde la protagonista se encierra a escribir o a leer novelas, pero bajo llave como una esposa de Barba Azul. Sin ahorrar detalles que son gemas donde brilla el fervor por la vida, el salón con el sofá de damasco para las visitas de postín o ese otro saloncito estratégico donde la joven Alonso se entera, oculta detrás de la prudente maleza de una cortina, que algún autoritario y mal intencionado familiar quiere disponer de su destino como si ella fuera carne matrimonial de ocasión. Y esa escritura nada difuminada, pero donde el país se percibe como un intriga lejana, enigmática y el gomecismo es la esperanza de una primera modernidad para compatriotas que, sin mirar a quien, descubren en las proximidades del poder facilidades, negocios de la riqueza petrolera.

Sarcasmo a medias
Nuestro conspicuo escritor Úslar Pietri, mira: «...la larga y divagante confidencia de un alma profundamente femenina. Ve, habla, describe y piensa, como nunca podía hacerlo un hombre». En fin, la compacta novela escrita por una señorita. Al referirse a la autora ha expresado: «Era una señorita: ese ser monstruosamente delicado y complejo. Esa flor del barroco». Al contrario, en el subtítulo de la novela, «Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba», y que da ocasión a la anterior aseveración de Úslar Pietri, vemos tan sólo una coartada formal de la escritora frente al terrible estado de cosas acerca de las que atestigua. Y es que para nosotros, Teresa de la Parra, al unísono, escribe dos novelas, gemela una de la otra o de gemelo destino, pero completamente discernibles.

Referirse en Ifigenia a una ficción «profundamente femenina», única, no supuesta al despedazamiento de la interpretación diversa, es ignorar la vasta novela política que se mueve, a la par, eficaz, sigilosa pero muy crítica, en torno a un acre momento nacional. Sin que la joven Alonso, la de la novela femenina por antonomasia, tenga que renunciar por ello a su sedoso guardarropa parisino. El vaivén argumental de algunos de los personajes, renovados por los chismes políticos que se oyen como desde un oído brumoso, conforman en Ifigenia una novela menos parcial. Sin dejar de advertir que el gracioso soliloquio de la protagonista es pieza variable y compleja. Excede o va más allá de la suerte de la heroína.

La autora, por precaución, estilo o ambas cosas, envuelve el irónico testimonio político sobre el gomecismo en el risueño y envolvente papel celofán de una historia de amor. Desahogo verbal, también, de una muchacha ilustrada, simulacro narrativo que encubre con bastante gracia la verdadera trama de fondo, el sarcasmo final de unos seres desencantados de sí mismos y sin atreverse a decir que, asimismo, desencantados del país porque sería echar por la borda muchos intereses en juego. En todo caso novela rosa algo compleja con una protagonista que, en demasiadas páginas, clama por la sed de libertad y una vocación primorosa para su inteligencia. Al final del libro, la joven Alonso al traicionar la alegría de sus sueños (no hará su vida con el hombre que ama sino con otro bastante desagradable y de talante espeso), parece inmolarse en aras del qué dirán y del cálculo social. Añagazas menores de Teresa de la Parra para que la secuela de humillaciones que deja el terror del régimen en los otros personajes estalle en su prosa de muchacha educada, tan solo, como un chisme furtivo y algo remoto. Y razón para que nuestro gran ensayista Mariano Picón Salas comentara en torno a «la adolescente malicia» de la autora y Úslar Pietri asegure que la escritora «se fastidia y murmura. Teje su propia vida, los rostros que la rodean y la circunstancia en un fino tapiz de maledicencia. Este ha sido siempre un gran arte de la criolla». La murmuración, cotilleo de un decir subalterno, desgaste pasajero y viperino. Desde luego pensamos que Teresa de la Parra hace algo más serio y profundo que murmurar. O, en todo caso, su crítica penetrante de la sociedad gomecista toma algunas lentejuelas de un traje de fiesta de la protagonista de su novela, María Eugenia Alonso y, por momentos, esa crítica semeja, disfrazarse, evanescente, de pequeña malicia femenina.

En Ifigenia, la maniobra de un sarcasmo a medias, posterior a la primera rebeldía inteligente de una muchacha frente a un medio de enormes soslayamientos, no alude, tarea imposible, a la enorme monumentalidad silenciadora del gomecismo, sí a los que obtienen prebendas del régimen. La novelista para nada hace mención de la violencia de las cárceles gomecistas. Esa será la misión de otros escritores. Teresa de la Parra muestra, al principio, la indignación de la heroína frente al despojamiento que el tío Eduardo Aguirre ha hecho de su fortuna. Pero en cuanto a violencias sólo dibuja las muy interiores de la tía Clara o de Mercedes Galindo y las de casero padecimiento de la protagonista.

En Ifigenia el gomecismo es juego de lejanías, rumores de la fortuna política de algunos personajes expresados por la autora con solapado acento en páginas distanciadas unas de las otras. Todos los personajes, no sólo María Eugenia Alonso, con su historia de amor triste, son unos perdedores. Más de uno ha abandonado el corazón en la cuneta a fin de tener dinero, poder, figuración o son seres con poca envergadura para concluir un proyecto intelectual. Siempre que pueden salen en estampida de Venezuela. No lo dicen abiertamente. Pero para esos compatriotas, fuera de las Legaciones que consiguen en el exterior o los negocios que hacen para enriquecerse, gobierno de por medio, el país es el mismísimo demonio.

Teresa de la Parra evidencia una nueva realidad que ella expresa siempre con el lápiz a media luz. Gracias, precisamente, a las facilidades de enriquecimiento rápido que las relaciones con el gobierno y un subsuelo rico en petróleo empiezan a proporcionar, los venezolanos acaso se hacen menos escépticos o errantes. En el escepticismo del tío Pancho, por ejemplo, se advierte una última ironía disidente. Cuando no escépticos, han sido resignados, con rutina y acentuada importancia hacia la vida chiquita como es el caso de la tía Clara. Los de la nueva fortuna petrolera pueden tener talento, ser finos, cultivados, pero, finalmente, egoístas, conseguidores como Gabriel Olmedo. O ampulosos, vulgares hombres del régimen como el doctor César Leal. En la pechera cuajada de rubíes del antipático doctor Leal, en su Packard imponente, en el solitario que lleva entre los dedos como un tercer ojo, en sus discursos altisonantes y de mal gusto, Teresa de la Parra anticipa magistralmente el país petrolero de los años por venir en su insolente vertiente de nuevo riquismo.

Senderos de la insinuación
Ramón Díaz Sánchez, considerado una pluma más modesta que la de Picón Salas o la de Úslar Pietri y sin embargo, autor entre otros libros de la hermosa novela Cumboto, posiblemente, da en el clavo más que ningún otro autor venezolano cuando afirma en su libro Teresa de la Parra, clave para una interpretación (Caracas, Ediciones Garrido, 1954): «En su tiempo no fueron muchos, aquí, los que calaron el símbolo de este libro; en el nuestro su número ha aumentado aunque no lo bastante como para que el espíritu de la escritora y el de su bella Caracas puedan considerarse substancialmente reinvindicados».

¿Y, acaso, podía ser solo símbolo perturbadora y delicadamente femenino como nos hicieron ver tantos comentarios? «Ifigenia, novela esencialmente femenina, insinúa mucho más de lo que dice, y estos senderos de la insinuación, no se ven, se sienten y presienten como los diversos estados de ánimo a través de los versos de un poeta», confiesa la misma Teresa de la Parra en artículo fechado en París en 1926. Estos «senderos de la insinuación» llevan a corroborar que en la novela de Teresa de la Parra no hay solo una jovial autobiografía juvenil de la autora. En Ifigenia hay dos autobiografías: la de la novela cumplidamente femenina y la de la reveladora y brillante novela política. El libro, visto como el romántico libro escrito por una mujer desmenuza en la historia de la joven Alonso un parangón biográfico con la veinteañera Teresa de la Parra que llega de Europa. Es más: está muy claro que la cautivadora Mercedes Galindo, personaje clave de Ifigenia, es mucho lo que tiene que ver con Emilia Ibarra, entrañable amiga de la escritora.

Pero en Ifigenia puede leerse otra autobiografía de la autora, pública, política, y que encarnada en el personaje Gabriel Olmedo, concita menos simpatía que la de la joven Alonso. Pero, pregona o prefigura comportamientos externos de la escritora. Muy estudiado y distinguido, pero sin fortuna personal, Gabriel Olmedo regresa de Europa después de haber escrito un libro del cual no se tercia más: asunto muy nuestro. Por años, en Venezuela, nos hemos dado a comentar libros que nadie ha escrito y escritores huérfanos de páginas. Pero, volviendo al personaje Olmedo, en la intriga del «Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba», el caballero de marras careciendo de fortuna personal aspira una Legación en Europa o a hacer negocios con el gobierno. Destino paralelo o casi paralelo al de Teresa de la Parra, la cual sí ha escrito un libro y, a semejanza de Olmedo, es probable que quiera también salir de la pobreza e irse para Europa.

El personaje de Ifigenia, Olmedo, logra llevar a cabo sus ambiciones en la aproximación a Monasterios, poderoso Ministro del gobierno y en el matrimonio, seguramente no deseado, con la hija poco atractiva, algo obesa del Ministro. Y pese a que en Ifigenia, tampoco es cosa de arduos detectives descubrir, la fría displicencia de la autora hacia personajes que por sus vínculos con el gobierno, obtienen una serie de ventajas personales y materiales, Teresa de la Parra, aparte de cuyo notable talento narrativo debía merecer un justo premio, la gratificación de un estado que, además, empezaba a obtener los frutos de la novedosa industria petrolera, al dar fin a Ifigenia escribe una larga carta al general Gómez bastante adulatoria que, a bien seguro, no tiene otra intención que el logro de una pensión que permita llevarla a vivir, con alguna comodidad, fuera de ese desierto que para una mujer de su extraordinaria vivacidad intelectual era la Venezuela de los años 20.

En suma, María Eugenia Alonso le había prestado a Teresa de la Parra, entre otras cosas, una jovialidad atrevida, la crítica constante para enumerar algunos pecados y pecadores codiciosos del gomecismo. Gabriel Olmedo, en cambio, exquisito, encantador pero, asimismo, convencido como la escritora de los beneficios de la paz gomecista y de que la libertad en Venezuela se confundía con una natal anarquía, empuja, quizás, la mano de la novelista que halagó al General Gómez en una larga carta melindrosa. Misiva en la que ella parecía desdecirse de esas páginas maravillosas que incluían el retrato del doctor César Leal, alto funcionario del régimen. Pero muy irónica manera de capear el furioso temporal de una dictadora, Teresa de la Parra nos hace adversar al doctor Leal, acertijo de novela de amor, sobre todo, como novio temible de la protagonista.

Novela que consta de dos anillos, uno refulge en muchos momentos con la luz diamantina del diario sonriente de una muchacha y una historia de amor incompleta. El otro es un anillo liso, sin adorno de piedra refulgente, se mueve, locuazmente, sin embargo, de un dedo a otro de la mano con arista de aguja pensativa para expresar el chisme severo y sarcástico de una novela política bastante completa. Sumario doméstico intercalado con datos distantes que no lo son. La escritora expresa todo esto último, sin levantar la voz, sin dejar de jugar al amor perdido y al mayor de los silencios. No hay acusaciones para nadie en particular, es decir al tirano de turno, pero en Ifigenia, Teresa de la Parra dice lo que tiene que decir con pluma osada y nada anecdótica.

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