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sábado, 28 de noviembre de 2015

Teresa de la Parra: una olvidada entre los libros



“El 23 de abril es un día simbólico para la literatura mundial ya que ese día en 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega. La fecha también coincide con el nacimiento o la muerte de otros autores prominentes como Maurice Druon, Haldor K.Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo”. Así reza la introducción del mensaje de la Sra. Irina Bokova, Directora General de la UNESCO, con motivo del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, que se celebra en todos los países miembros de la UNESCO desde el año 1995.

La verdad es que son muchos los escritores que nacieron o fallecieron un 23 de abril, pero siempre me ha llamado la atención que -a razón de esta importante celebración cultural- de alguna manera se ignore un nombre, que en el mundo de la literatura hispanoamericana tuvo un papel más que destacado: les estoy hablando de Teresa de la Parra. Es por ello que, en el marco de la celebración del Día Internacional del Libro, del Idioma y del Derecho de Autor, quisiera dedicarle unas líneas a esta importante escritora venezolana.

Ana Teresa Parra Sanojo nace en París, Francia, un 05 de octubre del año 1889 y aunque gran parte de su corta vida transcurrió en el extranjero, el legado de su obra demuestra que siempre sintió a Venezuela como su tierra amada.

Pocos años de su infancia los pasó en la patria de Bolívar, con el cual, por cierto, guardaba cierto grado de consanguinidad, ya que su tatarabuela (Teresa Jerez de Aristeguieta) era prima de El Libertador y a su vez madre del general Carlos Soublette. Entre los 2 y los 11 años vivió muy cerca de Caracas, en la hacienda El Tazón, y es probable que en estos años se forjara un lazo indisoluble con Venezuela, de donde se marcharía rumbo a España por la repentina muerte de su padre. Entre España y Francia se forjaría su educación y, por supuesto, su pasión por la literatura.

La obra de Ana Teresa Parra Sanojo comienza a hacerse pública a la edad de 26 años cuando sus primeros cuentos, de corte fantásticos, son publicados en algunas afamadas revistas parisinas, tales como Paris Time, Revue de L'Amérique Latine, entre otras. A raíz de tales publicaciones, diarios como El Universal y la revista Lectura Semanal se interesan por su obra y es así como comienza a publicar algunos de sus cuentos bajo el seudónimo de “Fru-Fru”. Entre éstos destacan Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa. Así mismo, se hacen públicos los cuentos fantásticos El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y La historia de la señorita grano de polvo, además de La bailarina del sol.

Lo anterior ocurrió entre los años 1915 y 1920. La mesa estaba servida para que Teresa de la Parra escribiera su obra Maestra: Ifigenia.

Ifigenia es considerada la primera gran novela venezolana, marcando así la madurez del género en las letras del país. Tiene, como contexto internacional, el fin de la Primera Guerra Mundial y es escrita como si fuera una especie de diario personal. Fue su primera obra publicada con el seudónimo de “Teresa de la Parra”, y trata, a grandes rasgos, el drama de la mujer frente a una sociedad que no le permite expresar sus ideas ni elegir su destino. Por esta obra, justamente, Ana Teresa Parra conquistó el primer lugar en un concurso literario en París, auspiciado por el Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa, y se convierte en una de las escritoras más importantes de Latinoamérica.

Otra de sus más grandes obras, considerada un clásico de la literatura hispanoamericana, es Memorias de Mama Blanca, con la cual aborda el tema de la memoria, de la saga familiar, e ilustra el ambiente de su niñez, mostrando personajes y costumbres de la época, todo a través de una jovial anciana que cuenta sus travesuras infantiles.

La vida y obra de Teresa de la Parra son dignas de ser mencionadas a la hora de hablar de los autores que dan pie a la celebración del Día del Libro, del Idioma y del Derecho de Autor, sobre todo por lo que representó esta venezolana para la historia de la literatura hispanoamericana, cuando los hombres eran quienes dominaban, de alguna manera, esta disciplina intelectual. Tal vez la historia de Ifigenia continúa vigente en un mundo que todavía no reconoce, a carta cabal, el papel de la mujer en ciertas labores que históricamente han estado dominadas por los hombres. Es por ello que hoy queremos recordar a Ana Teresa Parra Sanojo, una olvidada entre los libros.

Por Américo Alvarado P



MAPA DE LA CARTA NATAL DE TERESA DE LA PARRA


23 de abril: muere en Madrid Teresa de la Parra




Javier Vilchez

El 23 de abril de 1936, muere en Madrid, Ana Teresa Parra Sanojo, conocida como Teresa de la Parra, hija de Rafael Parra Hernández y de Isabel Sanojo, quien nació en París, Francia, el 5 de octubre de 1889. A lo siete años de edad, su familia la trae a Venezuela y viven en la hacienda Tazón, cerca de la urbanización caraqueña de Coche. Al morir su padre, dos años más tarde, es llevada a España. Su vocación literaria la manifestó desde muy joven, cuando escribía deliciosos cuentos bajo el seudónimo de Fru-Fru.

Al regresar a Venezuela, y en su Caracas afectiva se nutre de ingredientes que conformarán sus novelas. Con el seudónimo de Teresa de La Parra participa en un concurso de escritores americanos con la novela Ifigenia, en 1924.

La obra causó tal sensación que obtuvo el primer premio y es publicada por el Instituto Hispanoamericano de la Cultura de Francia. Ifigenia es la propia Teresa de La Parra, expresivamente feminista, con muchos años de adelanto a la época que le tocó vivir. Otra de las novelas perdurables de Teresa de La Parra es Memorias de Mamá Blanca, publicada en 1929.

De ella se han hecho tantas ediciones como de Ifigenia, y es de obligada lectura en nuestros días. Velia Bosch publicó, con motivo de cumplirse cincuenta años de la publicación de Memorias de Mamá Blanca, uno de los estudios más completos sobre la obra de Teresa de la Parra, bajo el título Esa Pobre Lengua Viva: relectura de la obra de Teresa de la Parra, sus restos fueron trasladados a Caracas en 1949 y reposan en el Panteón Nacional desde el 7 de noviembre de 1989.

viernes, 31 de julio de 2015

Los universos íntimos de Teresa de la Parra



Por Oneirú Caraballo para Literofilia

Antes de referirnos a cualquier otro asunto o detalle sobre su vida y obra, apremia decir que la escritora Teresa de la Parra (1889-1936) posee una prosa transparente con el tono singular de una conversación deliciosa. En sus textos la sensación de leer es reemplazada por un “sonido” sedoso que encierra al lector en un burbuja de una cadencia impecable, sutil y sofisticada. Sus obras son un cristal impoluto y su dicción literaria, inmejorable. En la figura intelectual de Teresa convergen las nacionalidades española, francesa y venezolana como un todo indisoluble.

Escribió tres cuentos fantásticos que se cree que datan del año 1915. Narraciones que hilvanan tres historias ambientadas en ese espacio aislado del mundo al que se le suele asignar el nombre de hogar, morada o habitación; tienen como títulos: El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y la Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol. En ellas los objetos cotidianos cobran vida y virtudes y defectos humanos para animar un pequeño universo sobre  la mesa de un poeta, en el interior de un reloj, en el armario de un comedor o en el rayo de sol que se cuela en la alcoba de una dama. Son relatos cortos que poseen una candidez y una gracia inusual y concisa. Lo más parecido a pasear por un lugar indeterminado pero salvajemente ameno.

En El ermitaño del reloj; un pequeño monje capuchino, que cree ser parte imprescindible del mecanismo de un reloj de mesa, abandona una noche, su eterna tarea de tocar las horas del reloj –a instancias de una bella figurilla de la Reina de Saba– para conocer las magníficas historias de la vida de los objetos que habitan en las afueras de su pequeña “casa-reloj” y a su vez descubrir “que su trabajo y su sacrificio diario no eran sino de risa, casi, casi un escarnio público”.

El protagonista de El genio del pesacartas es un gnomo “de alambre, paño y piel de guante” que después de un sinnúmero de peripecias logra llegar a un puesto nunca antes alcanzado por uno de  su especie: ser “el genio del pesacartas sobre el escritorio de un poeta” y tal proeza llenó su personalidad de pedantería, soberbia y arrogancia hasta que un revés inesperado le hace perder para siempre su reinado sobre la superficie del escritorio.

En la “Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol”, un muñeco de fieltro sostiene una placentera conversación  con su dueña, a la que le confiesa su intenso enamoramiento por una mota de polvo que una mañana observó flotando, con infinita gracia, en un rayo de sol que se filtraba por una ventana y que era un ser extraordinario que, según su ilusión, “como rostro no tenía ninguno propiamente hablando. Te diré que en realidad no poseía una firma precisa. Pero tomaba del sol con vertiginosa rapidez todos los rostros que yo hubiese podido soñar y que eran precisamente los mismos con que soñaba cuando pensaba en el amor”.

Estos tres cuentos sólo comprenden una parte de la producción temprana de Teresa de la Parra y son anteriores a la creación de su obra cumbre Ifigenia, pero en ellos ya se siente perfectamente el aroma por los universos íntimos, rebosantes de simplicidad y delicadeza que caracteriza la mayoría de sus obras. Las cuales dejan en el lector la sensación de un encierro cálido y confortable, sin nunca dejar de ser lugares provistos de rejas y candados invisibles.

En junio de 1923, Teresa de la Parra envió un larguísima carta a Juan Vicente Gómez –dictador supremo de Venezuela– demandándole ayuda monetaria para publicar su novela Ifigenia, diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, y aunque no tuvo respuesta, en la actualidad el gesto nos puede llegar a parecer poco elegante, si ignoramos el contexto histórico que lo enmarca, pero sobre todo se puede considerar la prueba de la sólida confianza que tenía la escritora en el valor de su propia obra. Obra reducida y limitada por una tuberculosis pulmonar que acortó la vida de la autora a cuarenta y siete años que, sin embargo, abarca cuentos, novelas, ensayos, conferencias y diarios de viaje.

Ifigenia, su obra más importante y difundida fue publicada en 1926 en Francia. En ella lo que en la ficción y en la realidad se suele llamar “la moral y las buenas costumbres” quedan, ante el lector, grotescamente pintarrajeadas como las más absurdas de las cárceles mentales del ser humano, a través de la mirada rebosante de vitalidad de la protagonista principal. Ya que sólo desde su punto de vista se dibuja con maestría la concepción del mundo de los personajes que la rodean y del universo que los encierra. La frivolidad que ocupa gran parte del tiempo de la joven protagonista, incluye un significado más profundo y complejo: el mecanismo inconsciente que embellece lo absurdo de su entorno y, a su vez, la lucha inútil contra un destino inmerecido del que no podrá huir.

Muchos de los personajes de Teresa de la Parra son esclavos de un rumbo injusto, deambulan por universos íntimos, cerrados casi herméticamente al resto del mundo, atrapados en el ritmo monótono de un espacio doméstico casi deleitable.  Incluso su diario privado pocas veces se aleja de la intimidad de ese pequeño mundo para posar su mirada en la calle y sus alrededores. Sin embargo, el lector pasea muy a gusto por ese cosmos que se encierra con vanos y muros, en compañía de una prosa que jamás se empaña, porque el tono cadencioso de grata conversación en ningún momento aburre al lector, sino que acaricia su pensamiento con una acogedora habilidad.

(La obra completa de la escritora se encuentra reunida en un volumen editado por la Biblioteca Ayacucho, titulado, Teresa de la Parra: Obra (Narrativa, ensayos, cartas) Caracas, 1991.)

Fuente: http://literofilia.com/?p=7737

domingo, 19 de abril de 2015

Reseña sobre "Ifigenia" de Teresa de la Parra




Autor: Carlos Balladares Castillo
Publicado en: Noticiero Digital y Analítica

 Ifigenia o el sacrificio del feminismo

¿Fue Teresa de La Parra (1890-1936) una feminista? Si comprendemos por feminismo la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, se puede responder afirmativamente. Dicha afirmación se sostiene en la lectura: tanto de su novela “Ifigenia” (1924) como de sus tres conferencias sobre la “Influencia de las mujeres en la formación del alma americana” (1930). Textos que leímos en sus “Obras” editadas por Biblioteca Ayacucho en su segunda edición de 1991). En sus conferencias dirá que es una “feminista moderada” porque ciertamente; como María Eugenia Alonso, el personaje de su gran novela; posee una relación de amor-odio con la tradición colonial. Admira sus orígenes: es una “goda” (término que se usaba en el siglo XIX y principios del XX para referirse a los conservadores y/o a los descendientes de los mantuanos) pero sostiene que no debe haber más “sumisión” por parte de la mujer a esa cultura “pagana” que tiene al macho como un dios.

La tragedia de nuestra Ifigenia criolla de principios de siglo XX: es el vivir en una sociedad a medio camino entre la tradición y la modernidad, por tanto entre la naciente libertad femenina y la moral “goda”. A lo cual se suma el ser huérfana y pobre pero de clase alta, y por tanto dependiente de sus familiares con dinero. Esta realidad es la que la protagonista: María Eugenia Alonso (una joven que ha vivido y se ha emocionado con el hedonismo del París de la “Belle Époque”) llama “el Fastidio”. Su gran temor es vivir la monotonía de los que no tienen una meta, como lo son su “abuelita” (viuda) y la tía Clara (solterona), que pasan las horas bordando y rezando. La novela es su diario, el de una “señorita que escribió porque se fastidiaba”, y por medio de él nos cuenta sus intentos para salvarse de esta realidad y ser feliz. Al principio busca ser pianista como Teresa Carreño, pero no puede tocar el piano porque la abuelita se lo prohíbe porque están de luto; luego le queda la pasión del amor en el matrimonio, pero su enamorado (Gabriel Olmedo) termina casándose con una rica. Solo la lectura y la escritura de su diario la sirven de terapia, e incluso me atrevo a decir que es su verdadero medio de salvación y expresión de su protesta feminista.

A lo largo de la novela – la cual es bastante larga: más de 500 páginas – se describen un conjunto de personajes que ilustran la realidad de la Venezuela gomecista (los arribistas como el tío Eduardo), y especialmente la mentalidad positivista (el idealista tío Pancho, muy similar al tío Juancho de “Memorias de Mamá Blanca”). Para un historiador, Teresa de la Parra, es una maravillosa “cronista”; que nos demuestra como la Colonia no había muerto ni con la Independencia ni con los sucesos de nuestro largo siglo XIX. Nos relata el mundo de las clases altas y medias, sobretodo las primeras; en muy pocos momentos se refiere a los sectores populares (¡Qué mal que no vivió más tiempo para que nos regalara una novela de los olvidados, porque siempre demostró en sus escritos una veneración por ellos!). El racismo y el endoracismo aparece en muchos momentos (la criada Gregoria: - “¡Haberse acordado de su negra!… ¡de su negra fea!… ¡de su negra vieja!...” (pág. 36)), y siempre está la admiración por nuestra geografía tropical: “Me encanta el pedazo de Ávila que se mira a lo lejos por encima de la mata y los tejados” (pág. 88).

Al vivir su fracaso amoroso, María Eugenia Alonso, acepta relativamente su destino: el fastidio. Ser una mujer prisionera, desheredada, esclava, y tutelada por su familia. Su abuelita le buscará marido al permitirle “sentarse en la ventana” para que los jóvenes ricos la vean (“a la venta”) y le propongan matrimonio. De esa forma conoce al peor de los machistas: César Leal. Al igual que Ifigenia en Áulide es conformista ante el sacrificio, aunque vive un último momento de posible escape con un Gabriel Olmedo arrepentido. Nada, la tradición colonial se impone y el miedo la detiene… la autora no nos dirá el fin de la historia de la protagonista: ¿Se suicida, se queda solterona o se casa con el machista? Mi hipótesis, es lo que luego confirma Teresa de la Parra en sus tres conferencias: la maternidad es la única salvación y felicidad de la mujer en los tiempos del machismo. La mujer por esta vía logró el mestizaje entre las “razas” que se odiaban, logra la perpetuación de los “fundadores de la ciudad”.  

Fuente: http://venezuelaysuhistoria.blogspot.com/2013/07/resena-sobre-ifigenia-de-teresa-de-la.html

Eterna señorita de oro, Teresa de la Parra




Eterna señorita de oro, Teresa de la Parra

Fátima Durand 6 octubre, 2014 Cultura
“-… Así, aparecía, tan pronto rubia como el reflejo de un cobre, tan pronto pálida y gris como la luz del crepúsculo, ya oscura y misteriosa como la noche. Era a la vez suave como el terciopelo, loca como la arena en el viento, pérfida como el ápice de espuma al borde de una ola que se rompe. Era mil y mil cosas más rápido que mis palabras no lograban seguir sus metamorfosis.

-Soy la señorita Grano de Polvo, bailarina del Sol. Sé demasiado que mi alcurnia no es de las más brillantes. Nací en una grieta del piso y nunca he vuelto a mi madre”.

Así con líneas de un cuento escrito por Ana Teresa Parra Sanojo, ilustre escritora venezolana, quien durante su época y aún en nuestros tiempos es ejemplo de la mujer culta e independiente se inicia esta biografía a los 125 de su natalicio.

Como comúnmente se conoce, Teresa de la Parra fue una escritora venezolana, autora de diversos cuentos como “la señorita grano de polvo, bailarina del sol” y novelas como “Ifigenia” que relataban la Venezuela de la época y la situación en la que se encontraba la mujer del siglo XX. También es reconocida por la exitosa novela “Memorias de mamá Blanca”, clásico de la literatura hispanoamericana que describe una Venezuela que llevaba consigo cambios políticos y económicos.

El seudónimo de la escritora, con el que se catapultó como una literata de las letras universales, proviene de la fuerza que impregnaba el nombre de Teresa, como un símbolo entre las mujeres de su familia, su tatarabuela Teresa Jerez de Aristiguieta, prima del Libertador Simón Bolívar y madre del general Carlos Soublette, fue la primera en llevar el nombre.

Ana Teresa nació un 05 de octubre de 1889 en la ciudad de París, Francia y fallece en la ciudad de Madrid, España a sus 47 años de edad. De padres venezolanos y familia aristocrática vive su infancia en Caracas.

En 1924 regresa a París, donde gana el premio del Instituto Hispanoamericano de Cultura Francesa con su novela Ifigenia. En 1927 presentó en Cuba una ponencia titulada “Influencia de las mujeres en el continente y en la vida de Bolívar”, en la Conferencia Interamericana de Perioteresa_de_la_parradistas. En 1928 publica su segunda novela, Memorias de mamá Blanca.

Teresa de la Parra fue una mujer que destacó por su larga trayectoria como escritora y demostró que el estar en la casa no era el único oficio de una mujer. El arte, la literatura, la prensa también eran oficios que una mujer podía desempeñar. 

Por eso sus publicaciones se vieron en distintas revistas francesas como París Time, Revue de L’Amérique Latine y otras más. Posteriormente sus relatos aparecen en el diario venezolano El Universal y en la revista Lectura Semanal, 

En 1920 publica en la revista Actualidades, dirigida por Rómulo Gallegos, su “Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente”.

La brillante escritora cosecha toda una vida de éxitos y es aclamada tanto en Europa como en Latinoamérica, pero su larga vida de cuentos y letras culmina cuando le es detectada una tuberculosis. La mala situación que antecede a la segunda guerra mundial no es de gran ayuda para su salud y finalmente fallece.

Actualmente los restos de esta mujer, que con sus letras dio a conocer a Venezuela en todo el mundo, se encuentran en el Panteón Nacional de Caracas, desde el año 1989.

Fuente: http://www.tinterodigital.com/eterna-senorita-de-oro-teresa-de-la-parra/

La mirada de Teresa de la Parra



Zaida Capote Cruz


La editorial Arte y Literatura ha publicado Epistolario y otros textos, de Teresa de la Parra. Esta autora, que aunque tuvo la popularidad de Rómulo Gallegos, autor de otro de los títulos publicados ahora por la misma editorial, sí fue bastante conocida en su época. 

Teresa de la Parra había escrito su novela Ifigenia en 1924 y la salida del libro desató una polémica tremenda. En aquella primera novela ella denunciaba la situación de la mujer, la obligatoriedad del matrimonio y varios temas afines tratados también en ese tiempo por otras de las escritoras de vanguardia. La mirada de Teresa de la Parra, sumamente irónica, concitó un interés inmenso. El libro tuvo defensores y detractores, sobre todo en Caracas, ciudad que en una de sus cartas recogidas en este volumen ella llama “un monasterio al aire libre”. Hay un momento en que narra, en una de las conferencias dictadas en Bogotá en 1930 –esos son los “otros textos” a que alude el título– el cierre de los conventos y cómo las grandes familias caraqueñas acogieron en sus casas a las monjas expulsadas, para que pudieran seguir guardando clausura, es una imagen que casa perfectamente con la idea del “monasterio al aire libre”, aunque ella se estuviera refiriendo al ambiente provinciano que su novela había venido a agitar. 

Ifigenia ya fue publicada en la colección Huracán; también la Casa de las Américas publicó sus Memorias de la Mamá Blanca, un libro mucho más vinculado con la tradición literaria hispanoamericana, específicamente con los relatos costumbristas, que le mereciera el aplauso unánime de la crítica. Y el libro que ahora nos ocupa nos ofrece de modo muy eficaz la posibilidad de completar nuestra visión como lectores de la obra de Teresa de la Parra y tiene el mérito, además, de mostrarnos con claridad la fascinante personalidad de esta autora, que de seguro resultará muy atractiva incluso para quienes no conozcan el resto de su obra y una incitación, espero, para completar ese conocimiento. 

Para hacerle un homenaje un poco irregular a Teresa de la Parra –a quien le gustaba posar de irreverente– voy a empezar esta somera presentación por los últimos textos del libro. 

Esas tres conferencias, resumidas bajo el título común de “Influencias de las mujeres en la formación del alma americana” recorren tres etapas históricas de nuestra América: la Conquista, donde destaca la figura de la Malinche junto a la madre del Inca Gracilaso; la Colonia, con énfasis en la figura de Sor Juana, y la Independencia, donde se centra en Manuelita Saénz. Ese modo de abordar la historia americana desde la gestión de las mujeres, en ella responde, lo mismo que sus novelas, al momento histórico en que vivió y escribió Teresa de la Parra. Esas primeras décadas del siglo XX fueron un período en que la mujer en América y en todo el mundo cambió mucho su modo de vida. Y Teresa de la Parra escogió narrar la historia desde lo íntimo, desde lo mínimo de los hechos históricos. Hay aquí, por ejemplo, una referencia a Simón Rodríguez, el controvertido maestro de Bolívar, cuya labor pedagógica fue muy eficaz, según Teresa, en dotar a su discípulo de habilidades como jinete, nadador o espadachín; pero cuyas enseñanzas no evitaron que las cartas de Bolívar (aquellas que escribió desde el barco durante su viaje a Europa) estuvieran plagadas de faltas de ortografía. Convendrán conmigo en que es esta una visión poco usual del Libertador. 

La otra parte del libro está compuesta por alguna de la correspondencia mantenida por Teresa de la Parra con sus contemporáneos. Hay cartas a Unamuno, que tuvo la gentileza de hacerle llegar sus opiniones sobre Ifigenia, las cartas de amor a Gonzalo Zaldumbide y otras más que desnudan la naturaleza de esta mujer que poseía además un agudo sentido del humor. Recuerdo, por ejemplo, la coincidencia de dos cartas: en la primera, agradece a Lisandro Alvarado su crítica de la novela, abundante en referencias eruditas a la cultura clásica; al mismo tiempo, le escribe a su amigo Rafael Carías, a quien le había bautizado un hijo y confiado sus bienes en Caracas, y le comenta que Alvarado debía decidirse de una buena vez a escribir directamente en griego, porque de todos modos, no se entendía nada de lo que decía. Son esas señales de humanidad que nos acercan a la escritora como la persona que fue. Por sus cartas sabemos también del proyecto de escribir una biografía novelada de Bolívar, para la cual anduvo pidiendo consejo y reuniendo bibliografía. Infelizmente, Teresa de la Parra murió, joven todavía, víctima de la tuberculosis, y el proyecto quedó trunco. 

Me gustaría recordar que Teresa estuvo varias veces en La Habana. Fue muy amiga de Lydia Cabrera, quien la acompañó durante toda su enfermedad, ella decía de Lydia que era “muy inteligente y muy artista” y ahí está un fragmento donde habla de La Habana, con una visión muy suya: “Le escribo perdida casi la conciencia por el excesivo calor […]. Pero no he perdido enteramente el tiempo, el paisaje cubano en la tarde y en la noche es maravilloso, y he visto una procesión o cabildo congo con bailes de diablito, al dios Changó –no podía ser de otro modo, siendo Lydia su anfitriona–, el crucifijo con sus velas y su incienso, y una cabeza de chivo sacrificado a Changó con canto, tambor y música africana. Nadie que pase por Cuba sospecha que existe esto. Si son ‘intelectuales’ se van a los banquetes ‘minoristas’ a beber pedantería y a escuchar falsos talentos, si son ‘touristas’ van a los clubes que en realidad están a la altura de los mejores del mundo con la ventaja de la naturaleza y los baños en la playa, únicos en honor a la verdad”. 

Esta imagen de La Habana es sólo una muestra mínima de las sorpresas que pueden encontrarse en este libro de Teresa de la Parra publicado ahora en Cuba, sorpresas que nos invitan a seguir intimando con esta mujer de vida breve y escritura eficaz. 

Fuente: http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n51/articulo-9.1.html