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miércoles, 17 de febrero de 2016

Teresa de la Parra: ¿La primera feminista venezolana?



Para sorpresa de muchos, Teresa de la Parra era un seudónimo utilizado por la escritora Ana Teresa Parra Sanojo, una venezolana nacida en París, Francia, hacia el año 1889. Hija del diplomático Rafael Parra Hernaiz e Isabel Sanojo Ezpelosim de Parra. Creció en el seno de una familia de 6 hijos, que en 1891 retornaría a vivir en Venezuela, en la flamante hacienda de “El Tazón”, próxima a la ciudad de Caracas.

Esta escritora causó revuelo en la sociedad caraqueña de principios del siglo XX al oponerse a rol de la mujer de la época, defender el feminismo “moderado” y criticar e ironizar sobre la cultura de la “aristocracia” venezolana. Conmemorando el 126 aniversario de su nacimiento, un 5 de octubre, El Cambur presenta una lista con las curiosidades de la vida de esta gran mujer:

1.) Eligió el seudónimo de Teresa pues este nombre era una costumbre en su línea familiar, desde su tatarabuela, Teresa Jerez de Aristiguieta, prima de Simón Bolívar y madre de Carlos Soublette, presidente encargado de la República de Venezuela, en virtud de la renuncia de José María Vargas, en 1834, y presidente electo en 1843.

2.) Criticó a una sociedad caraqueña, profundamente patriarcal, que reducía a la mujer al único rol de esposa sumisa. Para la escritora venezolana, la mujer debía ser sana, fuerte, trabajar para ganarse su sustento y ser independiente de los hombres, lo que le hizo parte de la comidilla y chismes de la Caracas de la época, hasta el punto que los académicos y críticos venezolanos, profundamente conservadores y de órigenes “nobles”, consideraron su primera novela, Ifigenia, como “volteriana, pérfida y peligrosísima en manos de las señoritas contemporáneas”.

3.) En 1927, visitó la Habana, Cuba, invitada para dictar una charla sobre el Libertador, Simón Bolívar. El tema de su disertación fue “La influencia oculta de las mujeres en el Continente y en la vida de Bolívar”, con la cual empezaba sus tesis de la importancia del rol femenino en lo que se consideraba, hasta ese momento, una gesta de “hombres”. En ese viaje conoció a la antropóloga y escritora cubana Lydia Cabrera, su amiga en temáticas, letras, y quien le acompaño hasta el momento de su muerte.Ifigenia, primera novela de Ana Teresa Parra

4.) En 1931 viajó a Bogotá y Barranquilla con unas conferencias en las que profundizaba el heroísmo femenino. En ese momento su exposición se basó en “Influencia de las Mujeres en la formación del alma americana, en la época de la Conquista, de la Colonia y de la Guerra de Independencia” con la cual prosiguió con la desmitificación del rol sumiso de la mujer. Estas conferencias no serían publicadas sino hasta 1962. 

5.) Su primera novela, Ifigenia, se llamó realmente “Diario de una señorita que se fastidia”, se publicó primeramente en 1924. Luego acogió el nombre del personaje de la mitología griega, primera hija del rey Agamenón, que significa“mujer fuerte”. La protagonista de la historia es María Eugenia Alonso, una joven de sociedad que debe volver de Europa a Caracas, empobrecida y condenada al enclaustramiento por su familia puritana, religiosa y convencional. Ella quisiera trabajar y estudiar, para poder liberarse, pero entonces debe enfrentarse a los estándares de la sociedad. Esta novela es considerada la primera novela moderna venezolana, y la primera que explora la liberación de la mujer ante una sociedad provincial.

6.) Su segunda novela, Memorias de Mamá Blanca (1929), es un lienzo en prosa de la Venezuela de principios del siglo XX. Sus personajes caricaturizan a los políticos, los campesinos, los ganaderos, la mujer, y el paso de una sociedad que cada vez deja de ser más rural para transcurrir hacia lo urbano.

7.) Teresa de la Parra fue una ávida periodista, articulista y cuentista en las revistas y periódicos de la época, y fue elogiada y publicada por escritores venezolanos de la categoría de Rómulo Gallegos y José Rafael Pocaterra, y el historiador Vicente Lecuna. En el extranjero se codeó y tuvo una gran amistad con personas de la talla de Miguel Unamuno, Gabriela Mistral, Gerardo Zandulbide, y el poeta Juan Ramón Jiménez. Este le haría un elegía un mes después de su muerte.

8.) Murió rodeada de su madre, hermanas y su amiga Lydia Cabrera, víctima de una tuberculosis que se le hizo patente en 1931. 5 años luchó contra la enfermedad, y en 1936 fue enterrada en el camposantode la Almudena en Madrid. 11 años más tardes sus restos se trasladaron al panteón familiar, en el Cementerio General del Sur.

9.) Con motivo del centenario de su nacimiento, en 1989, sus restos se trasladaron al Panteón Nacional.

Fuente: http://www.elcambur.com.ve/identidades/teresa-de-la-parra-la-primera-feminista-venezolana

Ifigenia y El Taller de Mario Muchnik, de Teresa de la Parra



Por Leonardo Rodríguez

Recuerda Ednodio Quintero en sus Visiones de un narrador (1997) que la poca ficción del siglo XIX venezolano, nuestro siglo fundacional, es una celebración heroica de la gesta de Independencia. La ficción de aquel siglo es un montón de estampillas pseudorreligiosas ofrecidas como espejo profundo de la recién fundada nación. Los héroes militares brillan, el resto es sombra y, a veces, vacío.

Sobre esa cerrazón trata en parte Ifigenia, publicada en el ¿decimonónico? año venezolano de 1924, cuando Teresa de la Parra era ya una mujer de su siglo, y es, entre otras cosas, un olfativo y lúcido sondeo en el eros criollo. En una de sus conferencias sobre “La influencia de las mujeres en el alma hispanoamericana”, dictadas en Bogotá a principios de los años treinta, De la Parra hablaba de “una voz de mujer tras la celosía” como símbolo íntimo de esa colonia a su entender tan cercana, y de la falta de aire como causa del bovarismo hispanoamericano, esa sofocante enfermedad novelesca que aparece en el cuerpo de la historia y de la que De la Parra fue una cronista en su género. ¿O fue más bien la exorcista del fantasma hispanoamericano de Emma Bovary?

La sofocación es un rasgo de su imagen de la colonia, y el asma –dolencia que acompañaría a la autora a través de su vida– es uno de sus males arquetípicos. En el caso de María Eugenia Alonso, la Ifigenia criolla, tan caraqueña y afrancesada como la autora, esta insatisfacción –esta falta de aire– trae consigo una vocación: la escritura, una forma de introspección, más consciente que los rezos de la solterona tía beata y que el mascullar ininteligible de la abuela costurera, pero nada ajena a su condición de doméstico monólogo interior. En ella van a dar las flechas más donosas y agudas del eros teresiano.

Pertenece Ifigenia a la escuela perdurable de lo que alguien llamaría el realismo irónico. Con todo y su “misticismo sin Dios”, Teresa de la Parra cultivó menos la magia que la ironía, y nunca se infatuó con su propio carisma literario. En esto, podría ser un antídoto contra los triunfalismos y los heroísmos de toda calaña, sin excluir los estéticos. Pero quizá ese misticismo ateo no sirva ni para ejemplo ni para remedio, y entonces se impone alguna comprensión.

Según ella, y hay razones para creerle, escribió para un puñado de lectores: sus amigos, y sobre todo para sí misma. Ese credo entre franciscano y flaubertiano fue como su vela y su velo de intimidad. Nada demasiado “profesional”, ni didáctico ni apoteósico hay en su literatura, salvo al final de Ifigenia, cuando María Eugenia, sin remedio y en soledad, parece que fuera ¡a levitar! ¿Se entregará María Eugenia a Dios o al asma? De la Parra, al menos, se fue por el asma. Los sanatorios de Suiza y España serán sus monasterios.

No le interesaba el tópico poder visto desde dentro, ni el mundo ancho y ajeno, sino la relegada intimidad y sus voces secretas, un ámbito menor y familiar, donde a menudo, por cierto, asomaba la viril y virulenta política.

De la Parra pudo gritar como el alejandrino Calímaco: “Lo público me repugna todo”. Pero no lo hizo. La educación sentimental de la colonia, una edad que ella intuyó viva en la sensibilidad y los valores de mucha gente y de sí misma, fue para ella una escuela y un ideal. Esa paideia criolla, nada programática, tiene lugar entre cuatro paredes y en la iglesia, una educación de patios interiores, zaguanes, haciendas, monólogos, rezos, confesionarios y conventos, de velos más que de desvelos. “La colonia no fue escéptica”: ella tampoco. Hay a su vez en esa imagen de la colonia un escándalo de confituras, un culto casero a la mesa y una cultura del coqueteo detrás de la ventana. Esa confitura, esa mesa y esa seducción se sienten en la prosa de De la Parra, que asume todas esas “lecciones” y las coteja con la otra escuela, la novelística, la escuela de eros e ironía. El alma (“voz de mujer detrás de la celosía”) observa en el umbral, tramando una como teogonía casera.

Pocas obras tan iluminadoras como las de De la Parra para adentrarse en los contrastes del alma criolla, en esa oposición enfática entre la casa y la política, entre el eros femenino y un cerrado mundo familiar, entre el mundo de una familia criolla caída en desgracia y la corte cambiante de elegidos por la fortuna económica. En casa de María Eugenia Alonso se habla en gestos, puertas, humores y silencios. Hay que tener una llave para entrarle a esa lengua casera. Habla la corte familiar (la sirvienta mulata es la única que se “gana” la vida con su trabajo y es tal vez la voz más comprensiva, irónica y vivaz de la casa), y otras cortes ausentes, no siempre benévolas, aunque casi siempre familiares. La lengua de la casa oscila entre la histeria y el misterio. Se habla español.

Como la Ifigenia griega en cumplimiento de la promesa guerrera de su padre, María Eugenia tiene que sacrificarse en manos de un arribista del régimen, entre cuartelario, cerril y positivista,  del inevitable Juan Vicente Gómez. Eros y política se encuentran en la misma sala. Elisa Lerner escribió que una “vasta novela política corre paralela a la historia de amor incompleto”. Hay que decir que esas “dos novelas” se anudan en varios momentos. Es en la desazón, ese sabor que es también un sentimiento, donde se reúnen eros y poder.

El siglo XIX latinoamericano fundó  una idea republicana –todo lo fallida que se quiera–, una idea secular de lo público, pero no una nueva mitología, mucho menos una crítica de la sensibilidad puertas adentro. La llamada Ilustración criolla dejó la casa aún más a oscuras y, a veces, a la intemperie. Leer a Teresa de la Parra es visitar esa casa algo oscurecida y chamuscada por los fulgores heroicos de la historia. Es, si cruzamos el umbral, verse en un espejo recóndito y nada vacío.  ~

Fuente: http://www.letraslibres.com/revista/libros/ifigenia-y-el-taller-de-mario-muchnik-de-teresa-de-la-parra

Extractos de Teresa de la Parra



“Tengo un alma profundamente naturista y adoro con ella la verdad sencilla de las cosas”.  Ifigenia.

“Ya la Luna, lo sabía, me ha dicho compasiva: ¡No esperes a los muertos! Pero no he de cerrar mi balcón todavía”. Ifigenia.

¿No han ojeado ustedes nunca, al azar un diccionario? Se lo recomiendo. No hay nada más grato ni más reposante para el espíritu. Teresa de la Parra.


"Tanto mi madre como mi abuela pertenecían por su mentalidad y sus costumbres a los restos de la vieja sociedad colonial de Caracas" Teresa de la Parra.

“Podría decirte muy severamente: “Vete y no peques más”, si no fuese porque juzgo imprudente anatemizar el pecado con demasiada violencia. Proscrito del mundo, su absoluta ausencia podría dejar tras él una aridez de desierto, pues, ¿qué valdría ya la vida sin la gracia del perdón y la indulgencia?”. Memorias de Mamá Blanca.

“Rumiante insaciable de las cartas, instantes de banquete, me pregunto asombrada qué fenómeno inesperado es este fenómeno fisiológico de la fidelidad. Viene de la misma fuente, quizás de donde brota el amor maternal porque es irrazonable animal, bastante estúpido y es el resultado de caricias, huellas de beso. Te repito, ¡no lo comprendo!” Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, diciembre de 1924.

“A ti, dulce ausente, a cuya sombra propicia floreció poco a poco este libro. A aquella luz clarísima de tus ojos que para el caminar de la escritura lo alumbraron siempre de esperanza, y también a la paz blanca y fría de tus dos manos cruzadas que no habrán de hojearlo nunca, lo dedico”. Dedicatoria de Ifigenia.

“Los recuerdos no cambian es Ley de todo lo existente. Si nuestros muertos, los más íntimos, los más adorados, volviesen a nosotros después de muchos años de ausencia y arrasados los árboles viejos hallasen en nuestras almas jardines a la Inglesa y tapias de mampostería, es decir, otros afectos, otros gustos, otros intereses, doloridos nos contemplarían un instante y discretos, enjugándose las lágrimas, volverían a acostarse en sus sepulcros.” Memorias de Mamá Blanca.

“…Su alma desconocía el odio. Siendo casi del mundo de los vegetales, aceptaba sin quejarse, las inquinidades de los hombres y las injusticias de la naturaleza. Hundido en acequia o adherido a las lajas, zahiriendolo o no, seguía como buen vegetal dando impasible sus frutas y flores”. Memorias de Mamá Blanca.

“Mamá perseverante y evangelizadora, seguía prodigando sobre Vicente sus quejumbrosas amonestaciones, mientras el tiempito se prolongaba indefinidamente a través de todas las cosechas de café”.  Memorias de Mamá Blanca.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Teresa de la Parra: una olvidada entre los libros



“El 23 de abril es un día simbólico para la literatura mundial ya que ese día en 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega. La fecha también coincide con el nacimiento o la muerte de otros autores prominentes como Maurice Druon, Haldor K.Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo”. Así reza la introducción del mensaje de la Sra. Irina Bokova, Directora General de la UNESCO, con motivo del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, que se celebra en todos los países miembros de la UNESCO desde el año 1995.

La verdad es que son muchos los escritores que nacieron o fallecieron un 23 de abril, pero siempre me ha llamado la atención que -a razón de esta importante celebración cultural- de alguna manera se ignore un nombre, que en el mundo de la literatura hispanoamericana tuvo un papel más que destacado: les estoy hablando de Teresa de la Parra. Es por ello que, en el marco de la celebración del Día Internacional del Libro, del Idioma y del Derecho de Autor, quisiera dedicarle unas líneas a esta importante escritora venezolana.

Ana Teresa Parra Sanojo nace en París, Francia, un 05 de octubre del año 1889 y aunque gran parte de su corta vida transcurrió en el extranjero, el legado de su obra demuestra que siempre sintió a Venezuela como su tierra amada.

Pocos años de su infancia los pasó en la patria de Bolívar, con el cual, por cierto, guardaba cierto grado de consanguinidad, ya que su tatarabuela (Teresa Jerez de Aristeguieta) era prima de El Libertador y a su vez madre del general Carlos Soublette. Entre los 2 y los 11 años vivió muy cerca de Caracas, en la hacienda El Tazón, y es probable que en estos años se forjara un lazo indisoluble con Venezuela, de donde se marcharía rumbo a España por la repentina muerte de su padre. Entre España y Francia se forjaría su educación y, por supuesto, su pasión por la literatura.

La obra de Ana Teresa Parra Sanojo comienza a hacerse pública a la edad de 26 años cuando sus primeros cuentos, de corte fantásticos, son publicados en algunas afamadas revistas parisinas, tales como Paris Time, Revue de L'Amérique Latine, entre otras. A raíz de tales publicaciones, diarios como El Universal y la revista Lectura Semanal se interesan por su obra y es así como comienza a publicar algunos de sus cuentos bajo el seudónimo de “Fru-Fru”. Entre éstos destacan Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa. Así mismo, se hacen públicos los cuentos fantásticos El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y La historia de la señorita grano de polvo, además de La bailarina del sol.

Lo anterior ocurrió entre los años 1915 y 1920. La mesa estaba servida para que Teresa de la Parra escribiera su obra Maestra: Ifigenia.

Ifigenia es considerada la primera gran novela venezolana, marcando así la madurez del género en las letras del país. Tiene, como contexto internacional, el fin de la Primera Guerra Mundial y es escrita como si fuera una especie de diario personal. Fue su primera obra publicada con el seudónimo de “Teresa de la Parra”, y trata, a grandes rasgos, el drama de la mujer frente a una sociedad que no le permite expresar sus ideas ni elegir su destino. Por esta obra, justamente, Ana Teresa Parra conquistó el primer lugar en un concurso literario en París, auspiciado por el Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa, y se convierte en una de las escritoras más importantes de Latinoamérica.

Otra de sus más grandes obras, considerada un clásico de la literatura hispanoamericana, es Memorias de Mama Blanca, con la cual aborda el tema de la memoria, de la saga familiar, e ilustra el ambiente de su niñez, mostrando personajes y costumbres de la época, todo a través de una jovial anciana que cuenta sus travesuras infantiles.

La vida y obra de Teresa de la Parra son dignas de ser mencionadas a la hora de hablar de los autores que dan pie a la celebración del Día del Libro, del Idioma y del Derecho de Autor, sobre todo por lo que representó esta venezolana para la historia de la literatura hispanoamericana, cuando los hombres eran quienes dominaban, de alguna manera, esta disciplina intelectual. Tal vez la historia de Ifigenia continúa vigente en un mundo que todavía no reconoce, a carta cabal, el papel de la mujer en ciertas labores que históricamente han estado dominadas por los hombres. Es por ello que hoy queremos recordar a Ana Teresa Parra Sanojo, una olvidada entre los libros.

Por Américo Alvarado P



MAPA DE LA CARTA NATAL DE TERESA DE LA PARRA


23 de abril: muere en Madrid Teresa de la Parra




Javier Vilchez

El 23 de abril de 1936, muere en Madrid, Ana Teresa Parra Sanojo, conocida como Teresa de la Parra, hija de Rafael Parra Hernández y de Isabel Sanojo, quien nació en París, Francia, el 5 de octubre de 1889. A lo siete años de edad, su familia la trae a Venezuela y viven en la hacienda Tazón, cerca de la urbanización caraqueña de Coche. Al morir su padre, dos años más tarde, es llevada a España. Su vocación literaria la manifestó desde muy joven, cuando escribía deliciosos cuentos bajo el seudónimo de Fru-Fru.

Al regresar a Venezuela, y en su Caracas afectiva se nutre de ingredientes que conformarán sus novelas. Con el seudónimo de Teresa de La Parra participa en un concurso de escritores americanos con la novela Ifigenia, en 1924.

La obra causó tal sensación que obtuvo el primer premio y es publicada por el Instituto Hispanoamericano de la Cultura de Francia. Ifigenia es la propia Teresa de La Parra, expresivamente feminista, con muchos años de adelanto a la época que le tocó vivir. Otra de las novelas perdurables de Teresa de La Parra es Memorias de Mamá Blanca, publicada en 1929.

De ella se han hecho tantas ediciones como de Ifigenia, y es de obligada lectura en nuestros días. Velia Bosch publicó, con motivo de cumplirse cincuenta años de la publicación de Memorias de Mamá Blanca, uno de los estudios más completos sobre la obra de Teresa de la Parra, bajo el título Esa Pobre Lengua Viva: relectura de la obra de Teresa de la Parra, sus restos fueron trasladados a Caracas en 1949 y reposan en el Panteón Nacional desde el 7 de noviembre de 1989.

viernes, 31 de julio de 2015

Los universos íntimos de Teresa de la Parra



Por Oneirú Caraballo para Literofilia

Antes de referirnos a cualquier otro asunto o detalle sobre su vida y obra, apremia decir que la escritora Teresa de la Parra (1889-1936) posee una prosa transparente con el tono singular de una conversación deliciosa. En sus textos la sensación de leer es reemplazada por un “sonido” sedoso que encierra al lector en un burbuja de una cadencia impecable, sutil y sofisticada. Sus obras son un cristal impoluto y su dicción literaria, inmejorable. En la figura intelectual de Teresa convergen las nacionalidades española, francesa y venezolana como un todo indisoluble.

Escribió tres cuentos fantásticos que se cree que datan del año 1915. Narraciones que hilvanan tres historias ambientadas en ese espacio aislado del mundo al que se le suele asignar el nombre de hogar, morada o habitación; tienen como títulos: El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y la Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol. En ellas los objetos cotidianos cobran vida y virtudes y defectos humanos para animar un pequeño universo sobre  la mesa de un poeta, en el interior de un reloj, en el armario de un comedor o en el rayo de sol que se cuela en la alcoba de una dama. Son relatos cortos que poseen una candidez y una gracia inusual y concisa. Lo más parecido a pasear por un lugar indeterminado pero salvajemente ameno.

En El ermitaño del reloj; un pequeño monje capuchino, que cree ser parte imprescindible del mecanismo de un reloj de mesa, abandona una noche, su eterna tarea de tocar las horas del reloj –a instancias de una bella figurilla de la Reina de Saba– para conocer las magníficas historias de la vida de los objetos que habitan en las afueras de su pequeña “casa-reloj” y a su vez descubrir “que su trabajo y su sacrificio diario no eran sino de risa, casi, casi un escarnio público”.

El protagonista de El genio del pesacartas es un gnomo “de alambre, paño y piel de guante” que después de un sinnúmero de peripecias logra llegar a un puesto nunca antes alcanzado por uno de  su especie: ser “el genio del pesacartas sobre el escritorio de un poeta” y tal proeza llenó su personalidad de pedantería, soberbia y arrogancia hasta que un revés inesperado le hace perder para siempre su reinado sobre la superficie del escritorio.

En la “Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol”, un muñeco de fieltro sostiene una placentera conversación  con su dueña, a la que le confiesa su intenso enamoramiento por una mota de polvo que una mañana observó flotando, con infinita gracia, en un rayo de sol que se filtraba por una ventana y que era un ser extraordinario que, según su ilusión, “como rostro no tenía ninguno propiamente hablando. Te diré que en realidad no poseía una firma precisa. Pero tomaba del sol con vertiginosa rapidez todos los rostros que yo hubiese podido soñar y que eran precisamente los mismos con que soñaba cuando pensaba en el amor”.

Estos tres cuentos sólo comprenden una parte de la producción temprana de Teresa de la Parra y son anteriores a la creación de su obra cumbre Ifigenia, pero en ellos ya se siente perfectamente el aroma por los universos íntimos, rebosantes de simplicidad y delicadeza que caracteriza la mayoría de sus obras. Las cuales dejan en el lector la sensación de un encierro cálido y confortable, sin nunca dejar de ser lugares provistos de rejas y candados invisibles.

En junio de 1923, Teresa de la Parra envió un larguísima carta a Juan Vicente Gómez –dictador supremo de Venezuela– demandándole ayuda monetaria para publicar su novela Ifigenia, diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, y aunque no tuvo respuesta, en la actualidad el gesto nos puede llegar a parecer poco elegante, si ignoramos el contexto histórico que lo enmarca, pero sobre todo se puede considerar la prueba de la sólida confianza que tenía la escritora en el valor de su propia obra. Obra reducida y limitada por una tuberculosis pulmonar que acortó la vida de la autora a cuarenta y siete años que, sin embargo, abarca cuentos, novelas, ensayos, conferencias y diarios de viaje.

Ifigenia, su obra más importante y difundida fue publicada en 1926 en Francia. En ella lo que en la ficción y en la realidad se suele llamar “la moral y las buenas costumbres” quedan, ante el lector, grotescamente pintarrajeadas como las más absurdas de las cárceles mentales del ser humano, a través de la mirada rebosante de vitalidad de la protagonista principal. Ya que sólo desde su punto de vista se dibuja con maestría la concepción del mundo de los personajes que la rodean y del universo que los encierra. La frivolidad que ocupa gran parte del tiempo de la joven protagonista, incluye un significado más profundo y complejo: el mecanismo inconsciente que embellece lo absurdo de su entorno y, a su vez, la lucha inútil contra un destino inmerecido del que no podrá huir.

Muchos de los personajes de Teresa de la Parra son esclavos de un rumbo injusto, deambulan por universos íntimos, cerrados casi herméticamente al resto del mundo, atrapados en el ritmo monótono de un espacio doméstico casi deleitable.  Incluso su diario privado pocas veces se aleja de la intimidad de ese pequeño mundo para posar su mirada en la calle y sus alrededores. Sin embargo, el lector pasea muy a gusto por ese cosmos que se encierra con vanos y muros, en compañía de una prosa que jamás se empaña, porque el tono cadencioso de grata conversación en ningún momento aburre al lector, sino que acaricia su pensamiento con una acogedora habilidad.

(La obra completa de la escritora se encuentra reunida en un volumen editado por la Biblioteca Ayacucho, titulado, Teresa de la Parra: Obra (Narrativa, ensayos, cartas) Caracas, 1991.)

Fuente: http://literofilia.com/?p=7737