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domingo, 6 de octubre de 2013

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, diciembre de 1924



                                                                                                                        Diciembre de 1924

Querido Gonzalo: 

Aún estamos en Maracay. Seguimos en vida de dolce far niente, de la cama al auto y del auto al río, al potrero o a la laguna. Yo, como lema de sortija, o de tu sortija, «canto mientras espero» y no espero sino a ti, lo demás no son sino eslabones para llegar más pronto o para llegar mejor. El canto que entretiene mi terrible impaciencia es también el canto de tu amor que veo y miro y siento en todos lados, lo mismo en los paseos de la madrugada que en los del crepúsculo, lo mismo en el encanto del río que en las escenas virgilianas de las vaqueras, y en el de la luna mirada a través de los samanes, los cujíes y los carros, cuando a toda prisa corremos en plena noche perfumada: tú, tú y siempre tú hasta en el amor o en el deseo que se levanta a mi paso. ¡La misma carta de María Eugenia que escribí, mientras esperaba en pleno presentimiento tu llegada! 

Si vieras, Gonzalo, cómo me acompañas siempre a todas partes. Rumiante insaciable de las cartas, instantes de banquete, me pregunto asombrada qué fenómeno inesperado es este fenómeno fisiológico de la fidelidad. Viene de la misma fuente, quizás de donde brota el amor maternal porque es irrazonable animal, bastante estúpido y es el resultado de caricias, huellas de beso. Te repito, ¡no lo comprendo! 

Tengo un enamorado encantador. Es el menor de los... Aún no tiene diecisiete años y lo llaman «el negro» por su color trigueño. Escribe versos en secreto y me adora en silencio. Yo también como al Perucho de mi novela, le sonrío pensando en ti. Y lo quiero como a los novillos que están todavía amarrados en los corralones. Su única declaración consiste en organizar cuanta cosa yo deseo, en regalarme quesos frescos y frutas y en decirme con una cara tristísima, «¡y qué me voy a hacer yo cuando se vayan ustedes!». El pobrecito, de resultas de una difteria y un suero que le pusieron hace un mes ha quedado con las piernas débiles cosa que le dificulta mucho el caminar. Mientras los demás montan a caballo y corren o bailan él se viene a conversar conmigo. ...

En la tarde. Son ahora las 7 de la noche. Estoy un instante descansando de un paseo en mi cama con el balcón abierto. Debe ser en París la una de la madrugada y pensando en el réveillon del año pasado, tristísimo en recuerdos para mí, no ceso de preguntarme dónde estarás y con quién estarás en este instante. ...

¡Felices Pascuas! Que el año que viene que habrá de ser más feliz que este año accidentado y doloroso nos reúna en cualquier sitio para siempre. 

Tuya, 
Teresa

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, 6 de diciembre


Diciembre 6 

Mon chéri: ya me fui de la casa de las Mercedes. Estamos ahora en casa de P. M. (o Papuyo) viejo, viudo, rico, pariente nuestro y tío de Conchita, quien se embarcó para Europa el 19 y en vista del retraso de nuestro viaje nos ha dejado su casa. En ella estamos desde anoche. Hoy (son las diez p. m.) Isabelita ausente, solita yo en el gran cuarto de matrimonio, triste y viuda de ti como si fuera tu viuda te escribo en la inmensa cama desierta. No quiero pintarte mi estado de ánimo porque siempre te digo lo mismo. Es hoy el primer día de Ayacucho. En este momento se celebra en el Teatro Municipal la gran fiesta literaria, con recepción de Díaz Rodríguez en la A. de la Historia. Hablan él, Laureano y Gil Fortoul. Me enviaron un palco para que asistiese, pero naturalmente he dicho que no por mi doble luto. Isabel se ha ido con sus amigas C. y M. M. es un flirt de X., pero como los dos se parecen mucho, cada uno no hace sino hablar de sí mismo y acaban siempre de pleito. Bien, ahora se encuentran: M. extasiada y X. luciéndose, no ante mí, merci bien, sino ante ella. 

Como verás renuncio a la pluma, fuente que siempre está pidiendo tinta o prodigándola. Sé que te disgusta el lápiz, sin embargo, insisto hasta que lo aceptes. En mi opinión es la piedra angular de la literatura y el brazo derecho del amor. Tú no quieres comprenderlo así. Tant pis: en el fondo creo que debe evocarte los tiempos dulcísimos, perfumados de cebolla, pimienta, y ¡Dios sabe cuántas cosas más! de la cocinera de tu adolescencia. Me imagino que te escribiría: «Mique Rido gonsalo te hespero estanoche» con lápiz y papel de estraza y tú por asociación de ideas con tu ingratitud y tu inconsecuencia cobardísima de hombre detestas el lápiz. Yo no, yo lo adoro. Y es que en el fondo como no he probado más cocina que las muy exquisitas de la Tour d'Argent y el Chapon Fin, mi aristocrático Eversharp de oro (regalo de un pretendiente hace tres años) es un puente tendido sobre el mar. Lo que salga de él no tiene importancia: borradores, líneas irregulares, aspecto de escritura humilde y plebeya. ¡Qué importa! 

Yo lo adoro porque es complaciente, porque me acompaña y se acuesta sobre mis rodillas y juguetea en ellas, y se adormece a ratos, amigo de la cama, el diván, los cojines y las siestas como los perritos falderos queridos y mimadísimos a quienes todo se les permite. 

Adiós, o buenas noches que ya tengo sueño. Siento como si quisieras besarme los ojos y los cierro para soñar contigo. 

Van dos retratos hechos no sé dónde que estaban en una de las películas por revelar de la máquina de I.

Teresa 

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, 2 de diciembre de 1924



Diciembre 2. 1924

Mi Gonzalo querido: no puedo decirte lo triste y lo solita que me encuentro, ¡hasta hace un instante estaba sin siquiera pensar en ti! Isabelita ha salido con nuestra amiga Conchita, yo, esperando el eterno embalador (trabaja media hora todas las noches) me he quedado sola y me cogió el crepúsculo y me cogió la noche. ¡Si vieras qué cementerio! Al lado, la casita abandonada y vieja de dos pobres beatas, muertas ya, la última dos meses después de Emilia y cuya casa húmeda y florecida de jazmines, de un gato, de ladrillos en el suelo y viguetas desnudas en el techo (¡ya la están tumbando!) era en otros tiempos, en los tiempos en que escribía mi libro tuyo un sitio de peregrinación al pasado, ¡cuando Emilia salía y yo la esperaba para el cocktail, ¡la casa de las Rodríguez era el paréntesis aburrido y pintoresco entre mis cuartillas guardadas y la comida! Al otro lado de esta casa «el corralón», gran solar tapiado y vacío que fue en un tiempo el cementerio del Convento de las Mercedes. Luego la iglesia que se extiende hasta la esquina. ¡Yo como sandwichs entre tanta desolación y tanta muerte! ¿Me ves? Triste con mi mantoncito negro escribiéndote como de costumbre acostada en el sofá de boudoir bajo la luz de la lamparilla eléctrica. He cambiado toda la casa para mi nuevo inquilino, otros papeles en las paredes, los cuadros más familiares, ausentes, los muebles movidos que parecen protestar pidiendo a gritos sus queridos puestos de antes... Y yo sin poder fumar ni sentir aquel llamamiento de la vida que sentía días atrás. ¡Estoy muy triste Gonzalo, triste, triste, triste! 

¿Por qué tú no me cuentas nunca lo que haces? ¿Tienes siempre de sirviente a Eduardo? No sabes lo que me preocupa el que Eduardo tenga lengua como todo el mundo. La de Vincent no me importa: ¡sería porque como siempre estaba de espaldas! Aquella comida de fiançailles nuestra con los días de antes y todos los de después vistos desde aquí me parecen fantásticos. Con qué naturalidad los veía yo entonces ¿y cuándo era que tenia razón, entonces o ahora? ¡Es claro que debe ser entonces! ¡El otro día estábamos de tertulia familiar y alguien bramó escandalizada porque se había hablado de piernas bonitas o feas entre hombres y mujeres! ¡Imagínate qué ambiente! ¿Cómo pueden ser tan latas de Rodel para conservar ideas? Es inexplicable. Pero estoy un poco contagiada. ¡El idiota del embalador ha llegado por fin!

Teresa