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domingo, 20 de octubre de 2013

II Bello Destino Florecer en Silencio

II
Bello Destino Florecer en Silencio

ACABO de recibir su carta después de haber recibido en Paris el radio que le agradecí muchísimo.
Me alarma la noticia de que no haya recibido usted y G. mi libro dedicado y a una larga carta en la que le pedía me tuviese al corriente de las andanzas de Ifigenia. Hoy me interesan casi más las críticas que los elogios. No deje de referírmelos todos. Aquí ha tenido el libro mucho éxito en los círculos de habla española y franceses que conocen nuestro idioma.
Creo decididamente que Ifigenia tiene “sangre ligera” como dicen en Caracas. La traducción no ha empezado por abandono de mi parte. Para la edición francesa es indispensable reducir y ¿qué le corto a maría Eugenia? El pelo y el vestido los tiene ya cortísimos ....... habrá que privarla de un brazo ó de una pierna y estoy en el “embarras du choix” no sé qué será peor si dejarla coja o manca.
Estoy en Suiza desde hace unos veinte días. Hago una vida de reposo espiritual con excursiones en vapor o automóvil que me han hecho gran bien. En París, no solamente no escribo, sino que tampoco leo una línea. La diversión agitada que me aleja de mí misma me causa un malestar inmenso; qué distinto al aburrimiento suave, poblado de ensueños y de ansias de ideal.
Pienso ir a Italia en Octubre o a mediados de Septiembre, con Isabel. Luego volveré a París para ir a la Cote d’ Azur con mamá y María mi hermana. Nada de instalaciones, ni de matrimonio; a correr, a errar, hasta que me rinda el cansancio y vuelva quizá a escribir.
Le escribo a orillas del lago, en un poético restaurant en pleno campo donde se oye una orquesta mientras se miran pasar lanchas y vaporcitos, todo ello dentro de un paisaje de tarjeta de postal, lo más cinematográfico del mundo. Yo vestida de blanco, me siento, por fin, una “heroína romántica”.
Mil gracias por la enumeración de sus impresiones; mil gracias también por su recuerdo a Emilia cuyo cariño pasa sobre cada una de las páginas de mi libro, como un perfume inolvidable de tiempos pasados.
Le envío ese artículo publicado en “Paris Time” sobre mi libro. Si no se conoce aún en Caracas, el de Daireaux, hágalo publicar.
Si se conoce o si se ha hablado demasiado del libro, resérveselo para usted. Como le he dicho ya, le repito sin falsas modestias, que temo más a los elgios que a la censura. Es tan bello destino, florecer en silencio!
Muchísimos recuerdo a G., a los niñitos, y para usted tola la simpatía de su afectísima,

Teresa
Bellerive: Agosto 21 de 1925.




FOTO: Teresa de la Parra, Manuel V. Madriz y otros amigos en la Terraza del Sanatorio, Leysin. Suiza - Epistolario Íntimo -

I Completo Ayuno de Literatura



I
Completo Ayuno de Literatura

CON muchísimo gusto he leído sus dos cartas: tan simpáticas y llenas de interés. No le había contestado antes porque estoy en completo ayuno de literatura (ni leo ni escribo una palabra) y además porque quería darle algunas noticias sobre su amiga  María Eugenia, por quien tanto se interesa.
Desgraciadamente nada puedo decir aún en definitiva. Siguiendo mi programa de Caracas, al llegar presenté el libro a la Casa Editorial en donde se celebra el concurso anual de la novela hispano-americana. El veredicto debería darse en Diciembre y por falta de organización por no sé qué, es la hora en que no se ha dado todavía. Sé que mi libro, junto con nueve más, ha sido escogido entre trescientos llegados; sé que se haya en lectura y que ha gustado mucho; no obstante, no he logrado averiguar quiénes son los miembros del jurado este año. García Calderón, que era director de la casa y fué miembro del concurso el año pasado, me ha asegurado varias veces que de haber enviado el libro al último concurso habría obtenido el premio sin duda alguna. También tiene gran predilección por María Eugenia , a quien solo ha visto hasta la fecha en el corral con Gregoria y las gallinas; el libro completo solo lo conoce usted y Parra Pérez que se lo llevó a Suiza para leerlo y de quien aún no he recibido cartas. Voy a darlo a García Calderón, Zérega y Zaldumbide, quienes también profesan gran cariño a la fastidiada señorita que por lo visto no era tan difícil de casar como ella creía.
Así pues el libro está aún en el mismo estado que en Caracas gracias al mutismo y “hermetismo” de la Franco-Ibero.
Hasta Mayo estaremos en París, luego pienso hacer editar el libro en Madrid, prescindiendo del Concurso y entonces puede estar seguro de que el primer ejemplar será el que mande a usted. Estoy curiosísima por conocer ese juicio crítico del cual me habla en sus cartas.
A pesar del olvido en que ha estado sumida mi literatura el cuento La Mamá X, aparecerá traducido por Mauclair (primo del escritor muy conocido) en una revista de París.
Aún cuando, como le digo, parece que perdiese el tiempo lejos de toda vida de contemplación interior, la aprovecho muchísimo en otro sentido: es cierto que abuso un poco del baile en los dancings, de los tacones de 7 centímetros, de los “cloches” muy ceñidas a la cabeza y de los vestidos “fourreau”, cosas todas que me consumen un tiempo precioso; pero en cambio, visito ordenada y metódicamente todos los lugares, museos y monumentos más interesantes del viejo París.
Tomo clases de declamación y de dicción francesa, con Mme. Moreno una de las más atrayentes ex -actrices de Francia, voy á algunas conferencias interesantes de la Sorbonne y de la Universidad de los Anales donde he oído a Gyps; a Colette; a Linayre y a otras celebridades masculinas y femeninas de la literatura contemporánea. Por lo tanto creo que, de semejante combinación de elementos, algo provechoso habrá de salir algún día.
Me habla de sus proyectos de viaje a Europa; aún cuando no sé en qué forma y por cuanto tiempo se realice ese viaje creo que para todos los venezolanos nos es indispensable, no solo por recibir un baño visual de cultura sino porque, además, perdemos en lo sucesivo esa desazón terrible por el más allá desconocido, restos quizás de un misticismo anterior y subconsciente.
No olvide de tenerme siempre al corriente de cualquier acontecimiento notable, literario o no literario, que pueda interesarme: como le he dicho ya, ni escribo ni recibo cartas de Venezuela, por lo tanto nada sé. La boquilla “Mercedes Galindo” me acompaña siempre; no sabe con qué fidelidad me sirve.
Emilia me encarga mil recuerdos. Délos en mi nombre a G. y los niños y reciba mis mejores votos por su éxito y buena suerte que tanto se merece.

Ana Teresa.

Paris: Marzo 2 de 1924


FOTO: Teresa de la Parra, con mantilla, en la Semana Santa Sevillana - Epistolario Íntimo -

domingo, 6 de octubre de 2013

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, diciembre de 1924



                                                                                                                        Diciembre de 1924

Querido Gonzalo: 

Aún estamos en Maracay. Seguimos en vida de dolce far niente, de la cama al auto y del auto al río, al potrero o a la laguna. Yo, como lema de sortija, o de tu sortija, «canto mientras espero» y no espero sino a ti, lo demás no son sino eslabones para llegar más pronto o para llegar mejor. El canto que entretiene mi terrible impaciencia es también el canto de tu amor que veo y miro y siento en todos lados, lo mismo en los paseos de la madrugada que en los del crepúsculo, lo mismo en el encanto del río que en las escenas virgilianas de las vaqueras, y en el de la luna mirada a través de los samanes, los cujíes y los carros, cuando a toda prisa corremos en plena noche perfumada: tú, tú y siempre tú hasta en el amor o en el deseo que se levanta a mi paso. ¡La misma carta de María Eugenia que escribí, mientras esperaba en pleno presentimiento tu llegada! 

Si vieras, Gonzalo, cómo me acompañas siempre a todas partes. Rumiante insaciable de las cartas, instantes de banquete, me pregunto asombrada qué fenómeno inesperado es este fenómeno fisiológico de la fidelidad. Viene de la misma fuente, quizás de donde brota el amor maternal porque es irrazonable animal, bastante estúpido y es el resultado de caricias, huellas de beso. Te repito, ¡no lo comprendo! 

Tengo un enamorado encantador. Es el menor de los... Aún no tiene diecisiete años y lo llaman «el negro» por su color trigueño. Escribe versos en secreto y me adora en silencio. Yo también como al Perucho de mi novela, le sonrío pensando en ti. Y lo quiero como a los novillos que están todavía amarrados en los corralones. Su única declaración consiste en organizar cuanta cosa yo deseo, en regalarme quesos frescos y frutas y en decirme con una cara tristísima, «¡y qué me voy a hacer yo cuando se vayan ustedes!». El pobrecito, de resultas de una difteria y un suero que le pusieron hace un mes ha quedado con las piernas débiles cosa que le dificulta mucho el caminar. Mientras los demás montan a caballo y corren o bailan él se viene a conversar conmigo. ...

En la tarde. Son ahora las 7 de la noche. Estoy un instante descansando de un paseo en mi cama con el balcón abierto. Debe ser en París la una de la madrugada y pensando en el réveillon del año pasado, tristísimo en recuerdos para mí, no ceso de preguntarme dónde estarás y con quién estarás en este instante. ...

¡Felices Pascuas! Que el año que viene que habrá de ser más feliz que este año accidentado y doloroso nos reúna en cualquier sitio para siempre. 

Tuya, 
Teresa

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, 6 de diciembre


Diciembre 6 

Mon chéri: ya me fui de la casa de las Mercedes. Estamos ahora en casa de P. M. (o Papuyo) viejo, viudo, rico, pariente nuestro y tío de Conchita, quien se embarcó para Europa el 19 y en vista del retraso de nuestro viaje nos ha dejado su casa. En ella estamos desde anoche. Hoy (son las diez p. m.) Isabelita ausente, solita yo en el gran cuarto de matrimonio, triste y viuda de ti como si fuera tu viuda te escribo en la inmensa cama desierta. No quiero pintarte mi estado de ánimo porque siempre te digo lo mismo. Es hoy el primer día de Ayacucho. En este momento se celebra en el Teatro Municipal la gran fiesta literaria, con recepción de Díaz Rodríguez en la A. de la Historia. Hablan él, Laureano y Gil Fortoul. Me enviaron un palco para que asistiese, pero naturalmente he dicho que no por mi doble luto. Isabel se ha ido con sus amigas C. y M. M. es un flirt de X., pero como los dos se parecen mucho, cada uno no hace sino hablar de sí mismo y acaban siempre de pleito. Bien, ahora se encuentran: M. extasiada y X. luciéndose, no ante mí, merci bien, sino ante ella. 

Como verás renuncio a la pluma, fuente que siempre está pidiendo tinta o prodigándola. Sé que te disgusta el lápiz, sin embargo, insisto hasta que lo aceptes. En mi opinión es la piedra angular de la literatura y el brazo derecho del amor. Tú no quieres comprenderlo así. Tant pis: en el fondo creo que debe evocarte los tiempos dulcísimos, perfumados de cebolla, pimienta, y ¡Dios sabe cuántas cosas más! de la cocinera de tu adolescencia. Me imagino que te escribiría: «Mique Rido gonsalo te hespero estanoche» con lápiz y papel de estraza y tú por asociación de ideas con tu ingratitud y tu inconsecuencia cobardísima de hombre detestas el lápiz. Yo no, yo lo adoro. Y es que en el fondo como no he probado más cocina que las muy exquisitas de la Tour d'Argent y el Chapon Fin, mi aristocrático Eversharp de oro (regalo de un pretendiente hace tres años) es un puente tendido sobre el mar. Lo que salga de él no tiene importancia: borradores, líneas irregulares, aspecto de escritura humilde y plebeya. ¡Qué importa! 

Yo lo adoro porque es complaciente, porque me acompaña y se acuesta sobre mis rodillas y juguetea en ellas, y se adormece a ratos, amigo de la cama, el diván, los cojines y las siestas como los perritos falderos queridos y mimadísimos a quienes todo se les permite. 

Adiós, o buenas noches que ya tengo sueño. Siento como si quisieras besarme los ojos y los cierro para soñar contigo. 

Van dos retratos hechos no sé dónde que estaban en una de las películas por revelar de la máquina de I.

Teresa 

Carta de Teresa de la Parra a Enrique Bernardo Núñez, París, 25 de noviembre



A Enrique Bernardo Núñez 
París, noviembre 25 

Estimado amigo: 


Al llegar a París recibí su carta, amable y gentil, que leí con verdadero placer; mucho me alegro de cuanto en ella me dice; y le doy las gracias por sus datos. 

Espero que habrá visto ya en El Nuevo Tiempo el primer capítulo de mi nuevo librito que también remite al Universal. 

Veo que la situación Ifigenia en Bogotá está «brava», vale decir muy divertida. Recibí, aunque muy tarde, un folleto, chabacano, pero graciosísimo; ¿quién es ese Carlos de Villena que trata a María Eugenia Alonso con una furia ingenua, como si ni por un segundo se tratase de una ficción? A pesar, repito, de la chabacanería, a mí me ha producido una sensación exquisita, es el comentario vivo y palpitante de nuestras ciudades pequeñas: María Eugenia Alonso viva pasa por la calle, Carlos de Villena detenido, en la esquina al mirar que se aleja la ataca esgrimiendo como energúmeno, naturalmente la moral; pero tal furia no es en el fondo sino la exasperación del deseo ante la mujer bonita, coqueta e inaccesible; en resumen es el homenaje más sincero y menos incómodo que puede recibir una mujer: imagínese usted la furia moralista de Carlos de Villena encauzada por su camino normal y vuelta furia de amor con declaraciones y reclamaciones; ¡qué fastidio para la paciente! A lo mejor Villena es un ungido cura o sacerdote, pero en todo caso es un Sátiro. De ser persona decente y de ser el folleto menos chabacano se prestaría a una respuesta divertidísima de parte de la propia María Eugenia Alonso. Yo que soy en la vida corriente la persona de la paz (me dejo engañar, maltratar o robar con tal de no oír, ni decir una palabra agria), soy muy pica-pleito; cuando se trata de escribir yo misma no me reconozco. Quizás de los pleitos sea la voz lo que me encoge y asusta. Al tener conocimiento del folleto, sin haberlo leído escribí a Arciniegas una carta que no me resolví a enviar, después desarmada por la chabacanería del escrito. Creo que voy siempre a remitírsela a fin de que la publique o no, según quien sea el autor del folleto. 

He terminado ya con honra mis «memorias de mamá Blanca». Las he escrito con cariño y están materialmente muy de acuerdo con mi gusto actual por lo cual les profeso gran afecto. No creo que tengan el escrito de Ifigenia porque ni es propiamente una novela ni se presta a discusión. Veremos cuánto tardan ahora en editarla las tortugas de los editores. Si el libro gusta seguiré en la serie, puesto que termina la obra al cumplir «mamá Blanca» siete años.

Teresa

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, 2 de diciembre de 1924



Diciembre 2. 1924

Mi Gonzalo querido: no puedo decirte lo triste y lo solita que me encuentro, ¡hasta hace un instante estaba sin siquiera pensar en ti! Isabelita ha salido con nuestra amiga Conchita, yo, esperando el eterno embalador (trabaja media hora todas las noches) me he quedado sola y me cogió el crepúsculo y me cogió la noche. ¡Si vieras qué cementerio! Al lado, la casita abandonada y vieja de dos pobres beatas, muertas ya, la última dos meses después de Emilia y cuya casa húmeda y florecida de jazmines, de un gato, de ladrillos en el suelo y viguetas desnudas en el techo (¡ya la están tumbando!) era en otros tiempos, en los tiempos en que escribía mi libro tuyo un sitio de peregrinación al pasado, ¡cuando Emilia salía y yo la esperaba para el cocktail, ¡la casa de las Rodríguez era el paréntesis aburrido y pintoresco entre mis cuartillas guardadas y la comida! Al otro lado de esta casa «el corralón», gran solar tapiado y vacío que fue en un tiempo el cementerio del Convento de las Mercedes. Luego la iglesia que se extiende hasta la esquina. ¡Yo como sandwichs entre tanta desolación y tanta muerte! ¿Me ves? Triste con mi mantoncito negro escribiéndote como de costumbre acostada en el sofá de boudoir bajo la luz de la lamparilla eléctrica. He cambiado toda la casa para mi nuevo inquilino, otros papeles en las paredes, los cuadros más familiares, ausentes, los muebles movidos que parecen protestar pidiendo a gritos sus queridos puestos de antes... Y yo sin poder fumar ni sentir aquel llamamiento de la vida que sentía días atrás. ¡Estoy muy triste Gonzalo, triste, triste, triste! 

¿Por qué tú no me cuentas nunca lo que haces? ¿Tienes siempre de sirviente a Eduardo? No sabes lo que me preocupa el que Eduardo tenga lengua como todo el mundo. La de Vincent no me importa: ¡sería porque como siempre estaba de espaldas! Aquella comida de fiançailles nuestra con los días de antes y todos los de después vistos desde aquí me parecen fantásticos. Con qué naturalidad los veía yo entonces ¿y cuándo era que tenia razón, entonces o ahora? ¡Es claro que debe ser entonces! ¡El otro día estábamos de tertulia familiar y alguien bramó escandalizada porque se había hablado de piernas bonitas o feas entre hombres y mujeres! ¡Imagínate qué ambiente! ¿Cómo pueden ser tan latas de Rodel para conservar ideas? Es inexplicable. Pero estoy un poco contagiada. ¡El idiota del embalador ha llegado por fin!

Teresa

Carta de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, Caracas, 21 de noviembre de 1924




Caracas, noviembre, 21, 1924 
Mi querido Gonzalo, 

Lido: hoy estoy de muy buen humor porque al abrir el periódico (acabo de desayunarme y te escribo como de costumbre en la cama) encontré la noticia de que el Gobierno del Perú te había invitado junto con otras cumbres hispanoamericanas, al centenario de Ayacucho, como yo también, aunque no lo sepas estuve a punto de ir, no sabes lo que acabo de divertirme en pluscuamperfecto de subjuntivo (hubiéramos, habríamos y hubiésemos... ¿es subjuntivo?) pensando cómo la habríamos corrido en Lima. La delegación venezolana al Perú, salvo mi amiga C... E... de H... (hermana de D... G...) está compuesta de todos los gordos más feos de Caracas. Los pobres perdidos como una isla en semejante mar de carnes, se empeñaron en que el Ministro del Perú debía invitarme, entre las demás personalidades descollantes venezolanas. Como comprenderás, Lima, en las actuales circunstancias ne fait pas mon affaire, y ni yo puse de mi parte ni los otros tampoco me concedieron nada ¡Ah! si yo te hubiera sabido en camino, ilustre plenipotenciario, creo que en 15 días me hubiese puesto a la altura o mejor dicho a la anchura de la señora..., nuestra embajadora, y así quizás hubiera merecido los honores de una invitación o nombramiento. 

Vi a... Me pareció una ruina, muy, muy, muy vieja y fea. Por su pleito con Emilia y sus viajes, hacía más de 6 años que no la veía. Hablando de ti, me dijo: «Gonzalo te quiere mucho... tiene una casa muy bonita... y ahora ya no tiene el carácter aceitunado de antes, me ha parecido más alegre». De donde deduje que antes tenías el estilo aceitunado porque estabas —533→ enamorado de tu prima (¿Mercedes?) y que si ahora no estás taciturno es porque no estás enamorado. Bueno, tant pis pour toi. Yo tampoco lo estoy, ni lo estaré nunca jamás. 

Después de decir semejante herejía se me acaba de derramar tu pluma y se me han manchado las manos, el papel, las sábanas: ¡un horror! 

Adiós. 

Teresa