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miércoles, 22 de febrero de 2023

Teresa de la Parra una literatura cargada de historia y feminismo.

Por: Ángel Silva-Arena

En el mes dedicado a la mujer, les presentamos la semblanza de una las más famosas novelistas de nuestra nación.

Una de las escritoras insignes de las letras venezolana es, sin lugar a dudas, Teresa de la Parra, considerada junto a Rómulo Gallegos, la novelista más importante del siglo XX en nuestro país.

Aunque nació en París, el 5 de octubre de 1889, siempre declaraba orgullosa su condición de mujer perteneciente a esta Tierra de Gracia. Su padre fue Rafael Parra Hernáiz, quien era cónsul de Venezuela en Berlín y su madre, Isabel Sanojo Ezpelosín de Parra, quien pertenecía a una rancia familia de la sociedad caraqueña. Su tatarabuela, Teresa Jerez de Aristeguieta, fue prima de Simón Bolívar y madre del general Carlos Soublette.

Su infancia y adolescencia marcaron su existencia. No en vano, los recuerdos de las vivencias en la hacienda familiar de Tazón, darían vida a la hacienda Piedra Azul, ese encantador lugar que detalla en una de sus más emblemáticas obras: Memorias de Mamá Blanca (1929). De igual modo, su internado en España, en el Colegio del Sagrado Corazón de Godella, se convertiría en el marco formativo de la irreverente protagonista de su famosa novela Ifigenia (1924), María Eugenia Alonso, y donde manifiesta su moderado ideario feminista, que traduce su inquietud por el valioso y progresista papel de la mujer en la sociedad.

Para 1915, sus primeras incursiones literarias, cuentos breves de cortes fantásticos, fueron publicados en revistas parisinas y medios nacionales, como El Universal y la revista Lectura Semanal, bajo el seudónimo de Fru-Fru (Un evangelio indio: Buda y la leprosayFlor de loto: una leyenda japonesa). En 1920 publica en la revista Actualidades –dirigida por Rómulo Gallegos– su “Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente”, a partir de las experiencias vividas por su hermana.

En 1923 se traslada a París y en 1924 se edita. bajo el seudónimo de Teresa de la Parra, su primera y más famosa novela, Ifigenia. En 1927, viaja a Cuba para representar a Venezuela en la Conferencia Interamericana de Periodistas con una alocución “La influencia oculta de las mujeres en el continente y en la vida de Bolívar”. Posteriormente, fue invitada por el gobierno de Colombia para dictar en ese país una serie de conferencias que tienen como tema la “Importancia de la mujer durante la Colonia y la Independencia”. En 1928 regresa a Europa.

Afectada por la tuberculosis, Teresa de la Parra murió el 23 de abril de 1936 en Madrid, España, en compañía de su madre, su hermana y su pareja Lydia Cabrera, antropóloga y escritora cubana.

El estilo literario de Teresa de la Parra se caracteriza por su transparencia, donde se mezcla el criollismo venezolano con la influencia de las letras europeas. Su obra es una puerta abierta hacia el pasado, uno que se nutre de su historia y relatos familiares, además de manifestar un particular feminismo donde reivindica la libertad.

Imagen: Tomada de la web.  
Crédito a quien corresponda.

El Genio del pesacartas




El genio del pesacartas

[Cuento - Texto completo.]

Teresa de la Parra

Esta era una vez un gnomo sumamente listo e ingenioso: todo él de alambre, paño y piel de guante. Su cuerpo recordaba una papa, su cabeza una trufa blanca y sus pies a dos cucharitas. Con un pedazo de alambre de sombrero se hizo un par de brazos y un par de piernas. Las manos enguantadas con gamuza color crema no dejaban de prestarle cierta elegancia británica, desmentida, quizás, por el sombrero que era de pimiento rojo. En cuanto a los ojos, particularidad misteriosa, miraban obstinadamente hacia la derecha, cosa que le prestaba un aire bizco sumamente extravagante.

Lo envanecía mucho su origen irlandés, tierra clásica de hadas, sílfides y pigmeos, pero por nada en el mundo hubiera confesado que allá en su país había modestamente formado parte de una compañía de menestriles o cantores ambulantes: semejante detalle no tenía por qué interesar a nadie.

Después de sabe Dios qué viajes y aventuras extraordinarias, había llegado a obtener uno de los más altos puestos a que pueda aspirar un gnomo de cuero.

Era el genio de un pesacartas sobre el escritorio de un poeta. Entiéndase por ello que instalado en la plataforma de la máquina brillante se balanceaba el día entero sonriendo con malicia. En los primeros tiempos había sin duda comprendido el honor que se le hacía al darle aquel puesto de confianza. Pero a fuerza de escuchar al poeta, su dueño, que decía a cada rato: “¡Cuidado!, que nadie lo toque, que no le pasen el plumero. Miren qué gracioso es … ¡Es él quien dirige el vaivén de billetes y cartas! …” Había acabado por ponerse tan pretencioso que perdió por completo el sentido de su importancia real -y esto al punto de que cuando lo quitaban un instante de su sitio para pesar las cartas, le daban verdaderos ataques de rabia y gritaba que nadie tenía derecho a molestarlo, que él estaba en su casa, que haría duplicar la tarifa y demás maldades delirantes.

Pasaba pues, los días, sentado en el pesacartas como un príncipe merovingio en su pavés. Desde allá arriba contemplaba con desdén todo el mundo diminuto del escritorio: un reloj de oro, un cascarón de nuez, un ramo de flores, una lámpara, un tintero, un centímetro, un grupo de barras de lacre de vivos colores, alineados muy respetuosamente alrededor del sello de cristal.

-Sí -decíales desde arriba- yo soy el genio del pesacartas y todos ustedes son mis humildes súbditos. El cascarón de nuez es mi barco para cuando yo quiera regresar a Irlanda, el reloj está ahí para indicar la hora en que me dignaré a dormir; el ramo de flores es mi jardín; la lámpara me alumbra si deseo velar; el centímetro es para anotar los progresos de mi crecimiento (mido ciento setenta milímetros desde que me vino la idea de usar calzado medieval). -No sé todavía qué haré con los lacres-. En cuanto al tintero, está ahí, no cabe duda, para cuando yo quiera divertirme echando redondeles de saliva.

Y diciendo así comenzaba a escupir dentro del tintero con una desvergüenza sin nombre.

-Eres un gran mal educado, protestaba el tintero. Si pudiera subir hasta allá, te haría una buena mancha en la mejilla y te escribiría en las espaldas con letras muy grandes “gnomo malvado”.

-Sí, pero como eres más pesado que el plomo con tu agua asquerosa de cloaca, no puedes hacerme nada. Si me inclino sobre ti, quieras que no, tendrás que reflejar mi imagen.

Y su rostro en efecto aparecía en el fondo del brocal de cobre negro y brillante como el de un diablillo burlón.

Cuando su dueño se sentaba al escritorio, el gnomo tomaba un aire hipócrita y sonreía como diciendo: “Todo marcha bien. Puedes escribir lindísimas páginas, yo estoy aquí”.

Entonces el poeta, que era de natural bondadoso y que se engañaba fácilmente, miraba al genio con complacencia y colocando una barrita de incienso verde en el pebetero, la ponía a arder. El humo subía en finas volutas hacia el gnomo y le cubría la cabeza con su dulce caricia azulada. El diminuto personaje respiraba el perfume con alegría y se estremecía de tal modo que la balanza marcaba quince gramos en lugar de diez que era su peso normal, por lo cual deducía que el incienso era el único alimento digno de él, puesto que era el único que le aprovechaba.

Una noche en que dormía profundamente lo despertó una música muy suave. Eran dos pobres menestriles vestidos más o menos como él y del mismo tamaño, que venían a darle una serenata: uno tocaba la guitarra cantando con expresión apasionada; el otro lo acompañaba tarareando con las dos manos sobre el corazón, como quien dice: “qué divina música, nunca he sentido igual placer”.

-¿Qué es esto?, ¿Qué ocurre? -preguntó el gnomo frotándose los ojos con un puño furibundo. -¿Quién se permite tocar y cantar de noche aquí en mi mesa?

-Somos nosotros -contestó el guitarrista con mucha dulzura-. Parece que has corrido con mucha suerte desde el día en que te fuiste de nuestra compañía ambulante. Eres hoy un gran personaje… y ya ves, hemos hecho el viaje. Estamos muy cansados…

-En primer lugar, les prohíbo que me tuteen y en segundo término, ¡no los conozco!, ¡vaya broma!, yo, yo en una compañía de menestriles… ¿Están locos? ¡Largo, largo de aquí, pedazos de vagabundos!.

-Pero, de veras ¿no nos reconoce usted, monseñor?, insistió el músico decepcionado. Éramos tres, acuérdese, y teníamos grandes éxitos… yo me ponía en el medio, mi compañero a la derecha y usted a la izquierda, bizqueando para que la gente se riera. Tiene usted siempre la misma mirada. Tome, aquí tengo la fotografía que nos sacó un aficionado la víspera del día que usted se escapó.

Y desmontando la guitarra sacó un rollo de papel bromuro que extendió. Se veían en efecto los tres menestriles de cuero y alambre: el de la derecha era en efecto el genio del pesacartas.

-¡Ah!, esto ya es demasiado -gritó exasperado-. No me gustan las burlas. Soy el genio del pesacartas y nada tengo que ver con mendigos como ustedes.

-Pero, monseñor -respondió el guitarrista, a quien invadía una profunda tristeza-. Si no pedimos gran cosa; tan solo el que nos permita vivir aquí en su hermosa propiedad. Piense que hemos gastado en el viaje todas nuestras economías.

-Lo que me tiene sin cuidado.

-No lo molestaremos para nada. Tocaremos lindas romanzas.

-No me gusta la música. Además, los veo venir: harían correr ciertos ruidos perjudiciales a mi buen nombre, muchas gracias, mi situación es muy envidiada… Conozco cierto tintero que se sentiría encantado si pudiera salpicarme con sus calumnias. Arréglenselas como puedan, yo no los conozco.

-¿Es su última palabra? -preguntaron los menestriles rendidos bajo tanta ingratitud.

-Es mi última palabra -concluyó el genio del pesacartas.

Y como los desgraciados músicos permanecieron aún indecisos y desesperados:

-¿Quieren ustedes marcharse enseguida -bramó, poniéndose de pie sobre el platillo-, o llamo a la policía?

Pero en su exaltación, se resbaló, le faltó el pie y rodó, soltando una horrible interjección, hasta ir a dar al fondo del tintero, que se lo tragó.

Sin dar oídos a otros sentimientos que no fueran los del valor y la generosidad, los dos menestriles quisieron liberar al amigo de otros tiempos. Pero por desgracia el tintero que tenía muchas cuentas que cobrar, dejó caer su tapa con estrépito y los menestriles no pudieron ni moverla.

Al siguiente día cuando el poeta vio el desastre, comprendió lo ocurrido y sintió repugnancia por la ingratitud del gnomo. Después de haberlo extraído del pozo negro y después de haber tratado en vano de limpiarlo, no sabiendo qué hacer con él y no queriendo tirarlo a la basura, lo metió en el fondo de una gaveta.

En su destierro, el gnomo de cuero no ha perdido su orgullo. Continúa deslumbrando con sus cuentos fantásticos a la gente del nuevo medio social: un pisapapeles roto, una concha de tortuga y un rollo de viejas facturas.

-Cuando yo reinaba en el pesacartas, era yo quien hacía llegar los telegramas. Pero un día, un loco me arrojó en un tintero…

En cuanto a los dos menestriles, el poeta los ha colocado sobre un gran ramo de follaje. Parecen dos pájaros de colores en un bosque virgen y allí cantan el día entero de un modo encantador.

FIN

Texto: Ciudad Seva.
Imagen: Bajada de la Web. Crédito a quien corresponda.

LA LITERATA TERESA DE LA PARRA COMBATIÓ LA TUBERCULOSIS Y EL ASMA


Ana Teresa Parra Sanojo nació en París el 5 de octubre de 1889. Fue una escritora venezolana, conocida bajo el seudónimo de Teresa de la Parra, considerada, junto a Rómulo Gallegos, la novelista más importante de la primera mitad del siglo XX en su país. Su padre, Rafael Parra Hernáiz, era cónsul de Venezuela en Berlín; su madre, Isabel Sanojo Ezpelosín de Parra, descendía de una rancia familia de la sociedad caraqueña.

En 1924 se hace merecedora del primer premio en un concurso de escritores por su novela Ifigenia, que es publicada ese mismo año por el Instituto Hispanoamericano de Cultura Francesa en París.

En 1928 regresa a Europa donde comienza a escribir su segunda novela Memorias de Mamá Blanca. En cuanto a las Memorias de Mama Blanca, en la misma se recrea el ambiente de su niñez, mostrando personajes y costumbres en el ambiente de una hacienda de caña de azúcar.

En 1929, está de vuelta en Venezuela, pero al poco tiempo, enferma de tuberculosis, se traslada a Suiza para internarse en un sanatorio, donde reside, casi hasta su muerte. En relación a su novela Ifigenia, en la misma se plantea el drama de la mujer frente a una sociedad que como la de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, no le permitía expresar sus ideas ni elegir su destino.

Uno de los principales aportes de Teresa de la Parra a la literatura venezolana, radica en la introducción del humor y la ironía en su obra, lo cual contrastaba con el tono serio y amargo de la literatura de la época. Por otra parte, su obra tiene una importancia histórica ya que permite apreciar los defectos de una sociedad decadente y llena de prejuicios, tal como era la Venezuela gomecista, en la que se experimentaban las luchas entre las tradiciones y los viejos prejuicios con la vida moderna y sus costumbres nuevas. Afectada por una fuerte tuberculosis, Teresa de la Parra muere el 23 de abril de 1936 en Madrid.

FUENTE: Venezuela y Biografias y Vidas
Foto: Encontrada en la web. 

NOTA: Se  hace correccion al texto original corrige de la fuente ya que escriben Ana Teresa Parra  Sanoja y es el apellido es Sanojo.

LA NORMANDA

LA NORMANDA Construida por los años 30 por el arquitecto e ingeniero GUILLERMO SALAS DÍAS inspirándose en la zona francesa de Normandía y sus castillos sobre toda una manzana de LOS PALOS GRANDES, con jardines llenos de rosa, helechos, árboles de Acacia, árboles de Mango y árboles de Cereza. Una bellísima fuente a la entrada peatonal y unos estanques llenos de Lotos al pasar la entrada de los automóviles. Las ventanas eran vitrales traídos por el abuelo (Mimito) de Normandía, cada detalle del castillete se ajustó a la arquitectura "Normanda". Allí formó su hogar junto a su esposa ELIA PARRA SANOJO hermana de TERESA siendo Mimito hermano de TITO SALAS (el pintor) y donde nacieron sus tres hijos: JOSE ANTONIO, (mi padre) TITO y MARÍA ISABEL. Era el sitio obligado todos los Domingos para la PAELLA a la hora del almuerzo de hermanos, nietos, sobrinos nietos, amigos de la casa, etc. Esa fue una época bucólica, hermosa que no volverá pero que queda como un vivido y hermoso recuerdo para todos sus descendientes. Texto y foto aportados por: Elia Cristina Salas. Sobrina nieta de Teresa de la Parra.

domingo, 24 de marzo de 2019

Teresa de la Parra y Gabriela Mistral : una relación intelectual.



TERESA DE LA PARRA Y GABRIELA MISTRAL: UNA RELACIÓN INTELECTUAL TERESA DE LA PARRA AND GABRIELA MISTRAL: AN INTELLECTUAL RELATIONSHIP TERESA DE LA PARRA E GABRIELA MISTRAL: UMA RELAÇÃO INTELECTUAL Froilán José Ramos Rodríguez* * D.N.I. 17.228.895. Magíster Scientiarum en Historia (2012). Profesor-Investigador de la Universidad Simón Bolívar (Venezuela), adscrito al Departamento de Formación General y Ciencias Básicas. Investigador del Centro de Investigaciones Históricas "Mario Briceño Iragorry", UPEL-IPC. Actualmente, en el programa de postgrado de la Universidad de los Andes de Chile. Correos: froilanr@usb.ve, fjramos2@miuandes.cl. Artículo recibido el 20 de marzo de 2015 y aprobado para su publicación el 30 de noviembre de 2015. RESUMEN Este ensayo analiza la relación que existió entre dos importantes escritoras americanas del siglo XX: la venezolana Teresa de la Parra (1889-1936) y la chilena Gabriela Mistral (1889-1957). Desde una perspectiva histórica, se devela la relación intelectual y afectiva, así como intereses literarios, sociales y personales, a través de una serie de documentos dispersos: cartas (algunas publicadas, otras inéditas) y artículos publicados dedicados por Mistral a de la Parra. Estos documentos representan un testimonio de la estrecha amistad entre ambas, lo cual contribuye a comprender mejor los contactos intelectuales y sentimentales de las dos escritoras, pioneras latinoamericanas en el campo literario de los años veinte del siglo pasado. PALABRAS CLAVE: Teresa de la Parra, Gabriela Mistral, Relación, Escritoras, Latinoamérica. ABSTRACT This paper analyzes the relationship that existed between Latin American writers, the Venezuelan Teresa de la Parra (1889-1936) and the Chilean Gabriela Mistral (1889-1957). From a historical perspective, revealer an intellectual and emotional relationship, as well as literary, social and personal interests: through a series of scattered documents: letters (some published another unpublished) and published articles by Mistral dedicated to de la Parra. These documents represent a testimony to the close friendship between the two, which helps to better understand the intellectual and sentimental contacts two writers, Latin American pioneers in literary field in the twenties of the last century. KEYWORDS: Teresa de la Parra, Gabriela Mistral, Relationship, Writers, Latin America. RESUMO Este ensaio analisa a relação que existiu entre duas importantes escritoras americanas do século XX: a venezuelana Teresa de la Parra (1889-1936) e a chilena Gabriela Mistral (1889-1957). A partir de uma perspectiva histórica, a relação intelectual e afetiva se descortina, assim como interesses literários, sociais e pessoais, através de uma série de documentos dispersos: cartas (algumas publicadas, outras inéditas) e artigos publicados, dedicados por Mistral à de la Parra. Estes documentos representam um testemunho da estreita amizade entre ambas, o que contribui para melhor compreender os contatos intelectuais e sentimentais das duas escritoras, pioneiras latino-americanas no campo literário nos anos vinte do século passado. PALAVRAS-CHAVE: Teresa de la Parra, Gabriela Mistral, Relação, Escritoras, América Latina. Introducción A comienzos del siglo XX, se contaban pocas damas en el campo literario americano, dentro de ellas, se encontraban la chilena Gabriela Mistral y la venezolana Teresa de la Parra, quienes aportaron obras importantes como los poemarios Desolación y Tala de Mistral, y las novelas Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca de la Parra. No obstante, ha sido poco conocida la relación que existió entre ambas escritoras, lo que conlleva a preguntarse: ¿Qué pensaban ellas sobre América Latina?, ¿qué vínculos llegaron a constituir?, ¿cuáles eran sus preocupaciones?, entre otras. En este sentido, el artículo recorre los principales rasgos biográficos de ambas escritoras, y se sustenta en los diversos documentos producidos por ellas, a lo largo de varios años, desde que se conocieron en París a mediados de los años veinte hasta la muerte de la Parra en 1936. De su epistolario, una parte de las cartas se halla en la Sala Archivo del Escritor en la Biblioteca Nacional de Chile, en forma de manuscritos, y otras han sido publicadas. Asimismo, se encuentran dos "recados" (artículos) publicados por Mistral sobre de la Parra, uno en 1929 y otro en 1938, y las memorias de la poetisa. Vidas paralelas (1889-1922) 1889 fue el año de nacimiento de las futuras escritoras. Aunque en lugares y contextos distintos, ambas tuvieron, desde temprana edad, contacto con el medio americano, la vida de campo, la profundidad del continente. No llegaron a conocerse en esta primera etapa de sus vidas, pero las experiencias acumuladas, cada una por su parte, junto con las inquietudes personales por escribir, las llevaron a explorar un campo, hasta entonces concentrado por los hombres. Lucila Godoy Alcayaga1 nació en Vicuña, Coquimbo, el 7 de abril de 1889. Hija de Jerónimo Godoy y Petronila Alcayaga. Pronto, a los tres años su padre abandonó el hogar. En 1899, se mudaron al pueblo de La Unión (Pisco Elqui). Por estos años, su primera instrucción la recibió de su hermana Emeliana Molina Alcayaga. Desde muy temprana edad, Lucila ejerció como profesora ayudante en la Escuela de la Compañía Baja en La Serena en 1904, al tiempo que enviaba colaboraciones a periódicos locales El Coquimbo y La Voz de Elqui. A pesar de no recibir una educación profesional por carecer de recursos económicos, en 1910 convalidó sus conocimientos en la Escuela Normal No. 1 de Santiago, recibiendo el diploma de Profesora de Castellano. A partir de este momento, Lucila se dedicó al magisterio docente (Munizaga; Ocampo López), por vocación de enseñar y para contribuir al sostenimiento del hogar familiar, al mismo tiempo que cultivaba la poesía para sí. Por estos años, ganó el primer premio en los Juegos Florales, por su "Sonetos de la Muerte" en 1914, en la misma fecha que comienza a aparecer con el seudónimo Gabriela Mistral2. Sin embargo, fue la docencia su principal sostén económico y motivo de dedicación de Lucila. De esta manera, ejerció como directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas en 1918, de otra institución en Temuco en 1920, y luego el Liceo No. 6 de Santiago. Aunque estas experiencias la llevaron a recorrer y conocer parte de la larga geografía chilena, del norte caluroso y al sur helado, la relación con el gremio docente santiaguino no fue buena, lo cual influyó en su marcha hacia el exterior. Seis meses después que Lucila, el 5 de octubre de 1889, nació Ana Teresa del Rosario Parra Sanojo3 en París, Francia. Hija de Rafael Parra Hernáiz, cónsul venezolano en Berlín, e Isabel Sanojo Ezpelosín, ambos provenientes de familias tradicionales. En 1891, la familia regresó a Venezuela, Ana Teresa creció en la Hacienda de Tazón, suroeste de Caracas, en medio del ambiente de campo, transcurrieron los primeros años junto a sus hermanos Miguel, Luis Felipe, Isabel, Elia y María. Entre 1891 y 1899, su primera instrucción quedó al cuidado de una preceptora que le enseñó a leer, escribir, contar y recitar fabulas en francés. En 1899, la familia se trasladó a España, Ana Teresa fue internada en el Colegio del Sacré Coeur (Palacios 36-37), donde llegó a dominar el francés, leer a autores franceses y españoles y realizar viajes a Francia, ya en agosto de 1908 aparecieron sus versos en el Boletín del Sagrado Corazón. Durante este periodo de 1909 a 1923, residió mayormente en Caracas, dedicada a la lectura, al cine y al teatro (Palacios 46). Para 1915 viajó nuevamente a Francia, Ana Teresa ya había escrito para sí, y comenzó a publicar sus primeros relatos en la revista francesa La vie latine (Ballesteros Rosas 114), con el seudónimo Fru-Frú, en el diario caraqueño El Universal y en la revista Actualidades. Escritoras y americanas A pesar de constituir un período relativamente corto, de 1922 a 1928, estos seis años representan un momento importante para ambas damas. Por un lado, se convierten en escritoras, al publicar sus primeras obras, cada vez más conocidas en América y Europa. Por otro lado, fue un tiempo intenso lleno de viajes, de uno a otro lado del Atlántico, y de una extensa actividad intelectual, al departir entre diferentes conferencias y tertulias en París. Todo ello significó la consagración para ambas como pioneras en la literatura latinoamericana. En 1922, Mistral fue invitada por el secretario de Educación de México, José Vasconcelos, a participar en la reforma educacional del país, este fue un momento importante por dos razones: por un lado, el reconocimiento a su labor como educadora, que, además, supuso la oportunidad de llevar a cabo sus propuestas sobre el fortalecimiento de la educación rural; y por otro lado, la ocasión de poder publicar sus libros, con lo cual su nombre como escritora comenzó a extenderse por todo el mundo de habla hispana. Es en este período, en el que aparecen sus obras Desolación (1922), Lectura para Mujeres (1923), Ternura (1924) y Nubes blancas (1934), con las cuales la reflexión y sensibilidad mistralianos4 se proyectaron hacia un continente que las sintió como propias, América y lo americano. De la mano del reconocimiento de su obra, Gabriela inició una agitada agenda que la llevó a dictar conferencias y discursos en Estados Unidos, Francia, Suiza, España, Italia, Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, entre otros. A lo largo de su vida, Mistral mantuvo relación epistolar, intelectual y afectiva, con distintos escritores e intelectuales latinoamericanos y europeos. Buena parte de la correspondencia ha sido publicada5, mientras otra permanece inédita. Con respecto a los intelectuales venezolanos6, Gabriela cultivó una relación especial, de mutua admiración, no sólo con Teresa, sino también con don Rómulo Gallegos, Mariano Picón-Salas y Félix Armando Núñez Beauperthuy. Hacia 1932, Mistral ingresó en el servicio diplomático de Chile -siendo la primera mujer en hacerlo-, ejerció como cónsul en Roma, en Madrid, en Lisboa, en Petrópolis, Brasil, y más tarde en Veracruz, México (19481950). En 1945 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura -fue la primera mujer y la primera latinoamericana en recibirlo-. A partir de esta fecha, su vida estuvo marcada por reconocimientos y homenajes en distintos países, doctorados honoris causa de diversas universidades, así como el Premio Nacional de Literatura de Chile en 1951. No obstante, la salud de Gabriela comenzó a debilitarse, el 10 de enero de 1957, murió en Nueva York. Por su parte, en este período Teresa de la Parra7 publicó su primera novela Ifigenia, diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba (1924), con la cual ganó el prestigioso Premio de la Compañía Franco-Ibero-Americana, consistente en 10.000 francos -una elevada suma en aquella época-, más tarde apareció su segunda novela Memorias de Mamá Blanca (1928), con la cual se consolida como una escritora8 original y reconocida en los círculos literarios latinoamericanos de París, España y América. Asimismo, esta etapa de la vida de Teresa coincide con dos hechos importantes para su carrera: por un lado, su amiga doña Emilia Ibarra la hace heredera de una significativa fortuna, que le permitirá dedicarse por completo a su vocación literaria, y residir en Europa plenamente; y por otro lado el éxito de su primera novela, le permite hacerse de un nombre propio en la comunidad intelectual latinoamericana residente en la capital francesa. De igual forma, los éxitos y reconocimientos alcanzados le permitieron a Teresa mudarse a París, y desarrollar una intensa actividad intelectual de viajes, tertulias y conferencias, que la llevan a visitar Alemania, Italia, Suiza, España, Estados Unidos, Cuba, Panamá y Colombia, especialmente significativa por la receptividad del público colombiano9 fue su gira por el país neogranadino, en el que dictó la conferencias sobre la participación, la conquista, la colonia y la independencia10. Durante su vida, Teresa cultivó amistad con distintos intelectuales iberoamericanos11, como el español Miguel de Unamuno, el mexicano Alfonso Reyes, los chilenos Gabriela Mistral y Carlos Morla Lynch, la cubana Lydia Cabrera, entre otros. A comienzo de los años treinta, Teresa se entera de su padecimiento de tuberculosis, se interna en el Gran Hotel de Leysin en Suiza, luego se traslada a Madrid, donde muere el 23 de abril de 1936. Teresa y Gabriela, relación intelectual (1927-1936) Teresa de la Parra y Gabriela Mistral se conocieron, probablemente, hacia 1927 en París. Ambas habían llegado a residir en Europa, por distintos motivos, y gustaban de la tertulia literaria en los círculos de intelectuales latinoamericanos residenciados en la ciudad junto al Sena. Desde un primer momento, hubo empatía entre ambas damas, conservando una estrecha amistad durante años. Mistral le dedicó un largo "recado" al conocer a de la Parra: Teresa de la Parra ha de contar unos 26 o 28 años: no más. Es probable que Minerva haya sido como ella [...] Sin embargo, la que así acriolla la tertulia en veinte minutos, es una mujer vestida por Paquin o Ducet, y con la joya hecha para ella por el joyero de la Rue de la Paix. Su sombrero puede hacer voltearse en la calle a Madame Sorel. Le da gusto al boulevard con cuanto lleva encima; costumbre adentro lo burla, quedándose con lo suyo. Es entera española de Caracas o hacendada del llano [...]12. De las palabras de la poetisa chilena, se desprende la impresión que había generado Teresa en ella, coincidente con otros contemporáneos suyos, al resaltar la belleza, jovialidad y elegancia de la dama venezolana, a la cual observaba más joven, considerando que tenían la misma edad; a su vez, destaca en su conversación deslumbrar en las tertulias, al ser indisoluble lo criollo y lo europeo en Teresa, son la expresión de un mismo ser, y se demuestra en toda ella, su persona y su pensamiento. Asimismo, escribió luego Gabriela: Teresa de la Parra no contaba a los colegas azorados del éxito fulminante que fué "Ifigenia", su formación literaria, muy interesante por ciertas coincidencias de su caso con el de los mejores americanos. Al igual de Sarmiento leyó sin orden nuestra América, donde lo mejor y lo pésimo se entreveran en las lecturas del aprendiz, pero un instinto seguro la dejó pronto con lo bueno: al igual de Juana de Ibarbourou, se encontró un día escribiendo, no versos sino prosa [...].13 El mismo año del paso de Teresa al reino de Hades, Gabriela escribió sus "Dos recados sobre Teresa de la Parra", un extenso artículo reproducido en varios medios en América, en el cual lega a la posteridad dos momentos en los que conoció y compartió, con singular aprecio, a la dama venezolana, el primero en el París de los años veinte, en el que admira a una hermosa y culta escritora americana, de la cual elogia su belleza física, educación cultivada y escritura original; después, ya los años treinta, contempla a una mujer que afronta una dolorosa enfermedad, que le arrebata prematuramente su vida, aunque conservando su elegancia, "su siempre perfecto decoro". En una carta de Teresa de la Parra a Gabriela Mistral, probablemente de 1933, desde Fuenfría (noviembre 25), le dice: [...] Fueron diez días y diez noches en una especie de estado agónico con crisis de asfixia que es algo peor -por la angustia trágica de la falta de aire- peor que todo dolor. Me parecía Gabriela en aquellos días que por primera vez visitaba un país extraño que hasta entonces solo conocía de nombre en forma abstracta: el sufrimiento. Tenía un sentimiento de inmenso amor por toda la multitud que sufre y que ha sufrido; un especie de sentimiento cósmico, en el que me sentía sumergida como en el mar. [...]14 A medida que avanza la enfermedad de Teresa, y los escasos resultados de mejorías, le escribe a Gabriela, lo íntimo y cercano que experimenta, son momentos difíciles, que suponen templanza personal, es una época en la que Teresa tiende a aislarse en busca de tratamiento en España y Suiza, entre 1931 y 1936, pero guarda una honda y sincera confianza hacia Gabriela, al punto de contarle la angustia, vicisitudes y estados de ánimo que le deja su aflicción. Más adelante, Teresa le dice a Gabriela: ¿Cómo está instalada Gabriela? ¿Cómo está su salud? ¿Tiene al lado suyo quien la atienda y cuide con cariño? Dígame esto que es muy importante. [...] Me despido pues ya tarde. Le mando un abrazo muy cariñoso y mi vieja amistad que nunca la deja sola Teresa.15 A pesar de su delicado estado de salud, y del aislamiento al que se ha sometido en Leysin, Suiza, Teresa expresa su preocupación e insiste en saber por Gabriela, su cuidado y su atención. Esto es un punto interesante, pues una dama enferma y recluida, sin posibilidad de cura cercana, se desprende de las angustias e incertidumbres de sí misma, de su salud, para velar y cuidar, en la distancia, por su ser querido, por ella, en este caso, su amiga Gabriela Mistral. Asimismo, conforme avanza la enfermedad, Gabriela se preocupa mucho más por la salud de Teresa, mientras ejerce de cónsul en Madrid en 1935 y 1936, escribió una serie de cartas a Lydia Cabrera, quien se hallaba asistiendo a de la Parra. En ellas revela toda su angustia e inquietud por conocer el estado de la venezolana. Gabriela, en carta a Lydia y Teresa en 1935, escribió: "Me dejó ahurie, perpleja, esa noticia de que mi Teresa le había vuelto su mal" (43). Más adelante, la poetisa chilena dice: No entiendo cómo ha sido eso de mi Teresa de nuevo malita y menos aun comprendo que se fuese... a París. Si ha esperado allá el Otoño, si lo espera puede agravarse: tierra baja, húmeda y del peor aire del mundo. Mi ignorancia absoluta del mal me hace quedarme sin explicación de lo que ha pasado. Necesito que mi Lydia se dé el trabajo de escribirme en detalle. No lo puedo pedir a la enfermita, lo pido a ella. Continúa Mistral en la misma carta: ¿Ha ensayado mi Teresa esos métodos naturistas con un técnico de ellos? Yo creo a lo menos en sus curas de sol. Nuestra gente es muy reacia de ellas y no he logrado convencer ni a los míos más próximos. Pero hace maravillas ese Sol de los Incas y de los parsis. Mi Teresa ha probado ya mucha ciencia de tisana y venda. (Hiriart 44) En estas líneas se evidencia la profunda preocupación de Gabriela por la enfermedad de Teresa, se siente abrumada por la realidad, por saber qué pasa con la salud de Teresa, a la que llama "la enferma querida" (Hiriart 45). Resulta sorprendente, cómo Mistral se muestra incrédula ante los tratamientos médicos, y se expresa en términos sencillos sobre los beneficios del sol, un vínculo de las creencias del campo, del interior hispanoamericano. Al final, expone en la misma misiva que, se mudará Portugal en busca de calma ante el clima de guerra y censura que vive España, dice: "Si mi Teresa mejora ¿no irían a Portugal?" (Hiriart 45). En otra carta, Gabriela se preocupa más por la salud de la novelista, les escribe a Teresa y Lydia en 1935, indicando que ha buscado una opción de buen colima de verano para la salud de Teresa, en un ambiente de campo en Ciudad Lineal (a 40 minutos del centro de Madrid), dice: "Sigo pensando mal de ese clima para Teresa. Un abrazo" Gabriela (Hiriart 49). Más tarde, al enterarse de la partida de Teresa en 1936, Gabriela escribió a Lydia: es la única vez que a mí me duele haber dejado España. Yo pude allá ver y asistir a nuestra Teresa adorada, si no tomo el camino de Lisboa; y yo pude acompañarla a Ud. en esta horrible pena como no hay otra. -----La noticia me dejó en una especie de estupor. A Ud. le daría cosa semejante este golpe final. La sabíamos enferma de gravedad innegable, mirábamos el fracaso de sistema y sistema, y no creíamos. Yo no he creído esto nunca, no se me volvió consciencia jamás aquella salud perdida que siempre pensamos salvable y hasta salvada. (Hiriart 61) Para Gabriela, su ausencia en el sepulcro de Teresa fue una pena importante. Sus palabras dejan entrever que está presente en ella el dolor por no poder haber despedido, física y simbólicamente, a su amiga. De igual forma, se reprocha y cuestiona el fracaso de los tratamientos, la pérdida irreparable que significa la muerte. Más adelante, en la misma carta (a Lydia, Lisboa 11 de mayo de 1936), escribió la chilena: Yo no sabía, aunque creyese saberlo, cuánto y cuánto quería a Teresa, hasta dónde era ella criatura entrañable mía, un poco mi orgullo, otro mi delicia, otro mi ternura. Había llegado a ser tan perfecta que la memoria de ella que me ha dejado es algo cristalino si no fuese a la vez vital; es algo como la presencia de un ángel, constante tibia y ligera. Dios mío, más la quería que a personas con quienes viví años, y no hay nada tan idiota como el que en años suyos y míos de Europa no viviésemos juntas para habernos dado este cariño natural y sobrenatural. Ahora lo siento en mí inútil y sin uso, como esos tesoros que no dan de comer y de vivir. (Hiriart 61-62). Las palabras de Mistral son elocuentes y apasionadas. Se refieren al estado de ánimo en que la ha dejado la pérdida de Teresa de la Parra. Son la búsqueda por encontrar el auténtico significado de Teresa en ella, expresa el nivel de profundidad del afecto existente. Al final, hay un reproche a sí misma, por no haber podido dedicar más tiempo, incluso años, a compartir ese "cariño" al que señala la poetisa. Continuó Mistral cuestionándose al decir: Yo no sé dónde, cómo, por qué, esa criatura pudo coger semejante mal, y no entiendo este "retiro" de ella, este escamoteo, porque para vivir estaba hecha. Sabía vivir como la que más; lo había aprendido, no de la gente, por cierto, del chorro de gracia que cayó sobre ella tampoco sé en cuál momento de su vida. Porque mi reencuentro con ella en Barc. me devolvió a la Teresa de París más otra, inefable, que era una industria clara de la gracia (62). Estas líneas de Mistral develan la consternación de preguntarse cómo su amiga, cómo a una mujer joven y llena de vida, pudo enfermarse, y cómo las circunstancias le arrebataron la compañía de Teresa. También hay nostalgia en Gabriela al rememorar los momentos que habían compartido juntas, los reencuentros en España. Luego, hay un sentido más espiritual, dice la poetisa: Esté donde esté, tal vez Teresa nos vea y le dé gozo sabernos juntas. Maravillosa niña, maravilla pura, yo habría preferido no conocerla nunca a tener esta consciencia horrible de que no la veo más ni la tengo más ni la disfruto más en todo el bien y el regalo inefable que ella era una vez vista y sabida. Dios mío, quién entiende, ni desde la fe más profunda, este venir de la carne y este irse sin dejar señas ni darlas ni aplacarnos con mensaje alguno! A ella, a mi Teresa, le habría dado alegría saber que yo recupero a Jesucristo lenta y hondamente. (Hiriart 62-63) Estas líneas, únicas, revelan el punto más espiritual del momento en que se hallaba Mistral a la ausencia de Teresa de la Parra. Están presentes dos sensaciones en la poetisa chilena. Por un lado, el imaginarse el lugar en que se encuentra la escritora venezolana, si la está observando, si está cerca de ella; y por otro lado, el reencontrarse con la fe cristiana, sabiendo que Teresa fue católica, especialmente más espiritual durante los últimos años de su vida. En otra misiva, Mistral le escribió a la escritora argentina Victoria Ocampo [Lisboa, Portugal, 21 agosto 1936]: Tomo en cuenta que usted quiere publicar allí artículos de mujeres sobre mujeres. Así ya la cosa cambia. Van dos recados -había que fundirlos en uno- sobre aquella venezolana, que tanto quise y que se nos murió, Teresa de la Parra, de quien le hablé en Madrid dándole a leer un relato suyo de infancia16 que le admiro mucho. (Mistral y Ocampo 56-57) Luego de la muerte de Teresa, Mistral publicó otro "recado" sobre la venezolana, una larga reflexión sobre su vida, obra y memoria, el cual fue reproducido por varios diarios de toda América, como El Tiempo17 de Bogotá, El Repertorio Americano de San José de Costa Rica, entre otros. Un significativo reflejo de lo que habían llegado a representar ambas mujeres, tanto para sí como para Iberoamérica. Gabriela escribió: Antes le repugnaba, ahora le entristecía infinitamente el ma. Oía crujir el mundo del lado de Europa por culpa de la ceguera de los poderosos y de la cólera atolondrada de los hambrientos. Y echaba sus ojos, junto conmigo, hacia la América Latina consulta ansiosa de nuestro "pasado mañana"... Me parecía Teresa en este punto de su vida criatura tan preciosa que yo le seguía los actos menudos ávidamente por no perderle nada. (Mistral, Poesía y Prosa 402) En el extenso "recado" de despedida, Gabriela plasmó varias de las últimas etapas de su vida con Teresa, su trayectoria intelectual, su enfermedad, sus angustias y las de su tiempo, ante el resurgir de la guerra en Europa. Algo que llama la atención, es que Teresa y Gabriela se vieron esporádicamente desde que se conocieron, mantuvieron su cercanía intelectual y afectiva a través de cartas, pero en los últimos meses finales sus estados de ánimo fueron más sensibles y espirituales, en la medida que la enfermedad de Teresa avanzaba, y que Gabriela se hallaba en la península ibérica, este período de dedicación las volvió mucho más cercanas, al saber, implícitamente, que la vida se le iba a Teresa. Con el pasar de los años, los éxitos continuaron en la carrera de Mistral, su fama se hizo mundial con el Nobel en 1945, pero su sencillez personal se mantuvo inalterada. En 1947, María Parra de Bunimovitch, hermana menor de Teresa, le envió una carta desde Caracas: Aunque no he tenido el gusto y el honor de conocerla personalmente, por mi hermana Teresa que la admiraba y quería profundamente la conozco y aprovecho para darle las gracias de parte de mamá y de nosotros por su gran cariño por Teresa y por los términos tan elogiosos en que se ha expresado Ud. siempre de ella.18 Con estas palabras francas, María de Bunimovitch recogió los lazos cercanos que habían crecido entre Teresa y Gabriela, al agradecerle a Mistral por sus escritos y memorias dedicados a de la Parra. Marca, también, la pervivencia en el tiempo de los recuerdos de gratitud, sinceridad y aprecio entre ambas. Más tarde, en sus memorias, Gabriela Mistral (Bendita 138) rememoraba aquel 1936: Mala, muy mala noticia saber la muerte de Teresa de la Parra, la grande y querida criatura venezolana. Yo no sabía cuánto, cómo, hasta dónde, quise a esta Teresa, porque mi vida de buena india, de buena salvaje, es muy subterránea e inconsciente, y el conocer ahora la trascendencia de este cariño mio, me ha hecho pensar, cómo la quería y en qué estado de ánimo tan menesteroso me ha dejado su muerte. Las palabras de la poetisa austral son sensiblemente abrumadoras, acerca del hondo pesar que le causó la muerte de Teresa de la Parra, quien como ella, suramericana también, había llevado la intelectualidad femenina y la palabra escrita de la mujer, a otro nivel, a una preocupación profunda por el devenir de las damas americanas, y por extensión, implícita, la de todo un continente de habla latina. Cada una sus letras, sin ser empalagosas, recogen una intensidad y fulgor, de lo que había significado su amistad. Un acercamiento a dos escritoras americanas Un análisis comparativo entre las dos escritoras americanas, Teresa de la Parra y Gabriela Mistral, permite explorar y ahondar en el mundo interior de ambas, como contemporáneas e intelectuales preocupadas de su continente y de las mujeres. Si bien no es el objeto central de este trabajo, se considera importante examinar varios aspectos importantes que compartieron ambas autoras. En este sentido, sus cartas y sus obras han develado parte de sus preocupaciones, y sobre todo su cercana amistad, pero entender aspectos importantes en sus vidas, puede contribuir a comprender mejor esta relación. Teresa y Gabriela pertenecieron a otro mundo, al medio rural del siglo XIX, a la nostalgia por el campo. Desde distintas posiciones, ambas llevaban consigo y en su literatura, la nostalgia por sus tierras lejanas, por sus vidas sencillas en el ambiente rural. Teresa por su hacienda familiar de la infancia, y la todavía Caracas de techos de tejas. Mientras que Gabriela extrañaba la simpleza campestre, del Chile rural de su juventud. Ambas se encontraron en la transición del mundo hacia la modernidad urbana (Larraín 167), y con ella la desaparición de sus infancias rurales, acompañado con la intensidad de sus vidas en Europa a partir de los años veinte. Otro aspecto en común en la literatura ha sido la utilización de seudónimos literarios (Torres Marín). Desde una temprana fecha, aparecieron: "Gabriela Mistral" desde 1908; "Fru-Frú" en 1915, y "Teresa de la Parra" desde 1922. Estos refieren dos puntos relevantes, por un lado, su condición de jóvenes damas escritoras en un mundo latinoamericano marcado por el predominio del hombre -en muchos casos con signos machistas-, en la que estas mujeres son pioneras, pero representan una pequeña minoría. Por otro lado, la decisión de un seudónimo, en especial en el campo de la literatura, fue algo usual, pero encierra la situación, interna y externa, de no querer mostrar la identidad propia, de inseguridad, y temor al público. En ambos casos, los de Gabriela y Teresa, es probable que hayan tomado tal decisión como un mecanismo de sentirse más seguras de sí mismas, sobre todo, en los comienzos. Por otra parte, se encuentra el tema del feminismo (Solé Romeo), muy controvertido durante la década de los veinte del siglo pasado, el cual presentó distintas posiciones. Desde inicios de la centuria, las mujeres inglesas habían representado el movimiento pionero que demandaba el reconocimiento de los derechos de las mujeres en la sociedad, como el sufragio por ejemplo. Sin embargo, en América Latina las cosas eran muy distintas. Los movimientos feministas eran escasos y pequeños, y sobre todo representados por algunas damas de la elite social19 -como el caso de Chile-. En este sentido, tanto en Mistral como en de la Parra, se observan, ciertamente, una defensa constante de la mujer en la sociedad americana, como lo demuestran los poemas de la chilena y las novelas de la venezolana, se expresa un feminismo mesurado, razonado y argumentado, que también se manifestó en sus discursos, en los que Mistral abogó por las mujeres (Lectura para mujeres) más indefensas, las damas carentes de recursos que trabajaban en distintas labores manuales, mientras que de la Parra las proyectó con un sentido histórico como baluarte de valores y de una herencia cultural, de esas mujeres madres, hijas y esposas presentes en todas las etapas de la historia americana (Influencia de las mujeres en la formación del alma americana): la Conquista, la Colonia, la República. Por esto, de acuerdo con Boesner (8) ambas mujeres se pueden ubicar en un feminismo moderado de la primera mitad del siglo XX. Del mismo modo, hay una preocupación permanente por descubrir qué es América y a los americanos en las obras de Mistral (Vargas Saavedra, Recados) y de la Parra (Febres). Si bien en Mistral se hace más evidente una angustia por lo social, en de la Parra la aparente superficialidad esconde una búsqueda de la identidad latinoamericana. Esta constante las llevó a plasmar cantos y escenas al valle de Elqui y al valle de Caracas, a Chile y a Venezuela, pero al final termina siendo una búsqueda por un todo americano. Una inquietud presente en sus continuos viajes, que trasciende la poesía o la novela, y que se adentra, en distintas formas de escritura, a la necesidad de comunicarse en castellano a esta región y masa humana, a la que ellas intentan aproximarse, y que llaman "Indoamérica", "Hispanoamérica", "América latina", "Iberoamérica". Los nombres son diversos y ricos en significados, pero también indican una duda por responder. En un terreno más personal, hay dos rasgos que sobresalen en las vidas de la Parra y Mistral: la ausencia del padre y la independencia femenina. Ambas escritoras crecieron en familias sin la presencia paterna (llamada actualmente hogares disfuncionales), en las que la madre debió hacerse cargo de los hijos, su cuidado y educación, lo cual motivó los viajes desde temprana edad en búsqueda de mejores posibilidades. Si bien la familia de Teresa, con cuantiosos recursos, pudo financiar sus estudios en Europa; y la de Gabriela, por el contrario, carente de medios económicos, tuvo que demostrar capacidad de esfuerzo, el hecho de que ambas hayan crecido sin la figura del padre y haberse mudado tempranamente varias veces, marcan una experiencia en común, y quizá lo más impactante sea el estado de inseguridad que deja en las personas que experimentan dichas carencias y mudanzas. Asimismo, estos mismos hechos pudieron influir, determinantemente, en sus vidas adultas. Mistral debió trabajar desde muy joven, se independizó económicamente y permaneció soltera el resto de su vida. Igualmente, de la Parra tuvo la oportunidad de vivir del patrimonio familiar, luego de una herencia, y en parte de su labor como escritora, lo que le permitió cierta independencia, en especial desde 1922, y se mantuvo soltera. Probablemente, la no presencia del padre haya influido en la decisión de las dos escritoras de no casarse, aún cuando en el caso de Mistral tuvo un joven cercano hacia 1910. Consideraciones finales Los documentos dejado por Gabriela Mistral y Teresa de la Parra, a través de "recados" y cartas, develan la fuerte relación que existió entre ambas escritoras, en las que se puede observar una estrecha amistad, afecto y admiración mutua, así como intereses intelectuales por los temas que cada una de ellas trabajaba. De este modo, la comprensión de la relación epistolar entre ambas escritoras puede contribuir a una mayor comprensión de otras facetas de estas damas no solo como escritoras sino como intelectuales preocupadas de su mundo y realidad americana, así como su interés común por América y los americanos. Precisamente, esta faceta de intelectuales y no solo de mujeres escritoras, debe ser uno de los objetos más importantes a investigar. Por otra parte, todavía existe un cúmulo relevante de material inédito de Gabriela Mistral y Teresa de la Parra. Los papeles de Mistral fueron donados por la Señora Doris Dana al Gobierno de Chile a fines del siglo XX, muchos archivos permanece sin publicar. Por su parte, de los papeles de la Parra, a pesar de su prematura muerte, quedan por revisar su anunciado trabajo sobre Bolívar, su diario de convalecencia y cartas. De este material inédito de ambas escritoras, podrían surgir nuevos documentos sobre su relación epistolar. Teresa de la Parra y Gabriela Mistral representan una generación de la escritoras pioneras, que se atrevieron a darle una voz femenina a la literatura americana de comienzos del siglo XX, cuyas vidas y trabajos literarios plasman muchos aspectos interesantes por redescubrir y repensar, por sus puntos de coincidencia en temas como el feminismo, lo criollo americano, la tradición, la tristeza interior de las mujeres latinoamericanas ante sus sociedades, entre otros, que pueden aportar una visión comparativa de dos autoras contemporáneas. Pie de página 1 Existen diversos estudios biográficos sobre Gabriela Mistral, dentro de éstos: Scarpa; Szmulewicz; Horan; Vargas Saavedra. 2 Utilizó el seudónimo Gabriela Mistral en honor de sus dos poetas preferidos, el italiano Gabriele D'Annunzio, y el francés Frédéric Mistral. [En Esta América Nuestra, 2007: 12]. 3 De los estudios biográficos sobre Teresa de la Parra, se encuentran: Díaz Sánchez; Bosch; Lemaitre; Norris; Palacios; Mueller. 4 Existen abundantes estudios sobre la obra de Mistral, dentro de éstos: Quezada; Rubio; Rojo; Cuneo; Falabella. 5 Se han editado cartas de Mistral a intelectuales de México, Uruguay y Argentina: Tan de Usted: epistolario entre Gabriela Mistral y Alfonso Reyes, 1991; El ojo atravesado: correspondencia entre Gabriela Mistral y escritores uruguayos, 2005; Gabriela Mistral y Victoria Ocampo. Esta América Nuestra: correspondencia 1926-1956, 2007. 6 La Biblioteca Nacional de Chile (BNC) conserva cartas inéditas de Mistral con Gallegos y Picón-Salas. Sobre Mistral y Núñez, se puede consultar: García Riera, y Hodge Dupré. 7 No se sabe con exactitud el motivo del cambio de nombre, pero la variación guarda correspondencia con el original. Probablemente, la conservación de su "Teresa" haya sido influenciada por la tradición familiar, su tatarabuela fue doña Teresa de Jerez de Aristiguieta, prima de Bolívar y madre de Carlos Soublette, además de su inspiradora de infancia, Santa Teresa de Jesús, a la cual leyó extensamente. 8 Sobre la obra de Teresa de la Parra, se puede consultar: Picón-Salas; Garrels; Salomone y Cisternas. 9 Así lo recogieron los diarios Ahora y La Tarde, de mayo de 1930. 10 Estas fueron recogidas y publicadas con el título Tres conferencias inéditas (1961), representan un interesante para explorar la visión de Teresa de la Parra sobre el papel de la mujer en la historia americana. 11 Parte de las cartas de Teresa de la Parra fueron publicadas durante su vida en diarios: "A Don Miguel de Unamuno", El Universal (Caracas), 19 de diciembre de 1926; "Carta de Teresa de la Parra al poeta Arciniegas", El Universal (Caracas), 31 de diciembre de 1927; otras cartas fueron recogidas póstumamente en Epistolario íntimo, 1953; Obras Completas, 1965; y en Obras, 1982. 12 Gabriela Mistral. "Teresa de la Parra (Gente americana)". [Manuscrito] en Sala Archivo Escritor. Biblioteca Nacional de Chile. El Mercurio, Santiago, 23 de junio de 1929. 13 Gabriela Mistral. "Dos recados sobre Teresa de la Parra". Repertorio Americano, San José de Costa Rica, 26 de septiembre de 1936. 14 BNC. Sala Archivo de Escritor (SAE). Carta de Teresa de la Parra a Gabriela Mistral. (Fuenfría, noviembre 25, 1933). [Manuscrito]. 15 Ibídem. El subrayado aparece en la carta, de puño y letra de Teresa de la Parra. 16 Este "relato de infancia" se refiere a la novela Memorias de Mamá Blanca. 17 "La Muerte de Teresa de la Parra", El Tiempo, 18 de septiembre de 1936. 18 BNC. SAE. Carta de María Parra de Bunimovitch a Gabriela Mistral (Caracas, diciembre 10, 1947). [Manuscrito]. 19 El autor lo llama "feminismo aristocrático" (Subercaseaux 85). Fuentes de Archivo Biblioteca Nacional de Chile. Sala Archivo Escritor. Carta de María Parra de Bunimovitch a Gabriela Mistral. (Caracas, Diciembre 10, 1947). [Manuscrito] [ Links ]. Biblioteca Nacional de Chile. Sala Archivo Escritor. Carta de Teresa de la Parra a Gabriela Mistral. Fuenfría, 25 de noviembre de 1933. [Manuscrito] [ Links ]. Biblioteca Nacional de Chile. Sala Archivo Escritor. Gabriela Mistral, "Teresa de la Parra (Gente Americana)", El Mercurio, Santiago de Chile, 23 de junio de 1929. [ Links ] Referencias Ballesteros Rosas, L. La escritora en la sociedad latinoamericana. Santiago de Cali: Universidad del Valle, 1994. [ Links ] Boesner, J. "Modernidad y escritura femenina en Venezuela". XXIV International Congress of the Latin American Studies Association (LASA). 2003. http://lasa.international.pitt.edu/Lasa2003/BoersnerJuliana.pdf. [ Links ] Bosch, V. Iconografía de Teresa de la Parra. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1984. [ Links ] Cuneo, A. Para leer a Gabriela Mistral. Santiago: Ed. Andrés Bello, 1998. [ Links ] Díaz Sánchez, R. Teresa de la Parra: claves para una interpretación. Caracas: Garrido, 1954. 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viernes, 5 de octubre de 2018

El genio del pesacartas




El genio del pesacartas
[Cuento - Texto completo.]
Teresa de la Parra

Esta era una vez un gnomo sumamente listo e ingenioso: todo él de alambre, paño y piel de guante. Su cuerpo recordaba una papa, su cabeza una trufa blanca y sus pies a dos cucharitas. Con un pedazo de alambre de sombrero se hizo un par de brazos y un par de piernas. Las manos enguantadas con gamuza color crema no dejaban de prestarle cierta elegancia británica, desmentida, quizás, por el sombrero que era de pimiento rojo. En cuanto a los ojos, particularidad misteriosa, miraban obstinadamente hacia la derecha, cosa que le prestaba un aire bizco sumamente extravagante.
Lo envanecía mucho su origen irlandés, tierra clásica de hadas, sílfides y pigmeos, pero por nada en el mundo hubiera confesado que allá en su país había modestamente formado parte de una compañía de menestriles o cantores ambulantes: semejante detalle no tenía por qué interesar a nadie.
Después de sabe Dios qué viajes y aventuras extraordinarias, había llegado a obtener uno de los más altos puestos a que pueda aspirar un gnomo de cuero.
Era el genio de un pesacartas sobre el escritorio de un poeta. Entiéndase por ello que instalado en la plataforma de la máquina brillante se balanceaba el día entero sonriendo con malicia. En los primeros tiempos había sin duda comprendido el honor que se le hacía al darle aquel puesto de confianza. Pero a fuerza de escuchar al poeta, su dueño, que decía a cada rato: “¡Cuidado!, que nadie lo toque, que no le pasen el plumero. Miren qué gracioso es … ¡Es él quien dirige el vaivén de billetes y cartas! …” Había acabado por ponerse tan pretencioso que perdió por completo el sentido de su importancia real -y esto al punto de que cuando lo quitaban un instante de su sitio para pesar las cartas, le daban verdaderos ataques de rabia y gritaba que nadie tenía derecho a molestarlo, que él estaba en su casa, que haría duplicar la tarifa y demás maldades delirantes.
Pasaba pues, los días, sentado en el pesacartas como un príncipe merovingio en su pavés. Desde allá arriba contemplaba con desdén todo el mundo diminuto del escritorio: un reloj de oro, un cascarón de nuez, un ramo de flores, una lámpara, un tintero, un centímetro, un grupo de barras de lacre de vivos colores, alineados muy respetuosamente alrededor del sello de cristal.
-Sí -decíales desde arriba- yo soy el genio del pesacartas y todos ustedes son mis humildes súbditos. El cascarón de nuez es mi barco para cuando yo quiera regresar a Irlanda, el reloj está ahí para indicar la hora en que me dignaré a dormir; el ramo de flores es mi jardín; la lámpara me alumbra si deseo velar; el centímetro es para anotar los progresos de mi crecimiento (mido ciento setenta milímetros desde que me vino la idea de usar calzado medieval). -No sé todavía qué haré con los lacres-. En cuanto al tintero, está ahí, no cabe duda, para cuando yo quiera divertirme echando redondeles de saliva.
Y diciendo así comenzaba a escupir dentro del tintero con una desvergüenza sin nombre.
-Eres un gran mal educado, protestaba el tintero. Si pudiera subir hasta allá, te haría una buena mancha en la mejilla y te escribiría en las espaldas con letras muy grandes “gnomo malvado”.
-Sí, pero como eres más pesado que el plomo con tu agua asquerosa de cloaca, no puedes hacerme nada. Si me inclino sobre ti, quieras que no, tendrás que reflejar mi imagen.
Y su rostro en efecto aparecía en el fondo del brocal de cobre negro y brillante como el de un diablillo burlón.
Cuando su dueño se sentaba al escritorio, el gnomo tomaba un aire hipócrita y sonreía como diciendo: “Todo marcha bien. Puedes escribir lindísimas páginas, yo estoy aquí”.
Entonces el poeta, que era de natural bondadoso y que se engañaba fácilmente, miraba al genio con complacencia y colocando una barrita de incienso verde en el pebetero, la ponía a arder. El humo subía en finas volutas hacia el gnomo y le cubría la cabeza con su dulce caricia azulada. El diminuto personaje respiraba el perfume con alegría y se estremecía de tal modo que la balanza marcaba quince gramos en lugar de diez que era su peso normal, por lo cual deducía que el incienso era el único alimento digno de él, puesto que era el único que le aprovechaba.
Una noche en que dormía profundamente lo despertó una música muy suave. Eran dos pobres menestriles vestidos más o menos como él y del mismo tamaño, que venían a darle una serenata: uno tocaba la guitarra cantando con expresión apasionada; el otro lo acompañaba tarareando con las dos manos sobre el corazón, como quien dice: “qué divina música, nunca he sentido igual placer”.
-¿Qué es esto?, ¿Qué ocurre? -preguntó el gnomo frotándose los ojos con un puño furibundo. -¿Quién se permite tocar y cantar de noche aquí en mi mesa?
-Somos nosotros -contestó el guitarrista con mucha dulzura-. Parece que has corrido con mucha suerte desde el día en que te fuiste de nuestra compañía ambulante. Eres hoy un gran personaje… y ya ves, hemos hecho el viaje. Estamos muy cansados…
-En primer lugar, les prohíbo que me tuteen y en segundo término, ¡no los conozco!, ¡vaya broma!, yo, yo en una compañía de menestriles… ¿Están locos? ¡Largo, largo de aquí, pedazos de vagabundos!.
-Pero, de veras ¿no nos reconoce usted, monseñor?, insistió el músico decepcionado. Éramos tres, acuérdese, y teníamos grandes éxitos… yo me ponía en el medio, mi compañero a la derecha y usted a la izquierda, bizqueando para que la gente se riera. Tiene usted siempre la misma mirada. Tome, aquí tengo la fotografía que nos sacó un aficionado la víspera del día que usted se escapó.
Y desmontando la guitarra sacó un rollo de papel bromuro que extendió. Se veían en efecto los tres menestriles de cuero y alambre: el de la derecha era en efecto el genio del pesacartas.
-¡Ah!, esto ya es demasiado -gritó exasperado-. No me gustan las burlas. Soy el genio del pesacartas y nada tengo que ver con mendigos como ustedes.
-Pero, monseñor -respondió el guitarrista, a quien invadía una profunda tristeza-. Si no pedimos gran cosa; tan solo el que nos permita vivir aquí en su hermosa propiedad. Piense que hemos gastado en el viaje todas nuestras economías.
-Lo que me tiene sin cuidado.
-No lo molestaremos para nada. Tocaremos lindas romanzas.
-No me gusta la música. Además, los veo venir: harían correr ciertos ruidos perjudiciales a mi buen nombre, muchas gracias, mi situación es muy envidiada… Conozco cierto tintero que se sentiría encantado si pudiera salpicarme con sus calumnias. Arréglenselas como puedan, yo no los conozco.
-¿Es su última palabra? -preguntaron los menestriles rendidos bajo tanta ingratitud.
-Es mi última palabra -concluyó el genio del pesacartas.
Y como los desgraciados músicos permanecieron aún indecisos y desesperados:
-¿Quieren ustedes marcharse enseguida -bramó, poniéndose de pie sobre el platillo-, o llamo a la policía?
Pero en su exaltación, se resbaló, le faltó el pie y rodó, soltando una horrible interjección, hasta ir a dar al fondo del tintero, que se lo tragó.
Sin dar oídos a otros sentimientos que no fueran los del valor y la generosidad, los dos menestriles quisieron liberar al amigo de otros tiempos. Pero por desgracia el tintero que tenía muchas cuentas que cobrar, dejó caer su tapa con estrépito y los menestriles no pudieron ni moverla.
Al siguiente día cuando el poeta vio el desastre, comprendió lo ocurrido y sintió repugnancia por la ingratitud del gnomo. Después de haberlo extraído del pozo negro y después de haber tratado en vano de limpiarlo, no sabiendo qué hacer con él y no queriendo tirarlo a la basura, lo metió en el fondo de una gaveta.
En su destierro, el gnomo de cuero no ha perdido su orgullo. Continúa deslumbrando con sus cuentos fantásticos a la gente del nuevo medio social: un pisapapeles roto, una concha de tortuga y un rollo de viejas facturas.
-Cuando yo reinaba en el pesacartas, era yo quien hacía llegar los telegramas. Pero un día, un loco me arrojó en un tintero…
En cuanto a los dos menestriles, el poeta los ha colocado sobre un gran ramo de follaje. Parecen dos pájaros de colores en un bosque virgen y allí cantan el día entero de un modo encantador.
FIN

Natalicio 129 de Teresa de la Parra


5 de Octubre 1889
5 de Octubre 2018

"Yo creo, querido amigo, que sólo podemos ser felices dentro del misticismo".

Carta a Rafael Carías. Fechada en París, enero 16, 1931. Epistolario Íntimo, ed. cit.,p 123.